
En El circuito del desapego, la doctora en estudios americanos condensa más de 20 años de investigación sobre nuestras relaciones sociales y políticas. La convergencia y mezcla del neoliberalismo y la democratización, dice, han hecho de Chile una “sociedad archipiélago”, tensionada y desafectada, y de los chilenos unos individuos que, por ejemplo, demandan igualdad y a la vez no dudan en imponerse al resto, y que sueñan con decirle chao al jefe e irse al sur a iniciar una nueva vida.
por Juan Rodríguez Medina I 20 Enero 2026
La sociedad chilena es un caldo hecho de desmesura, desencanto, irritaciones y desapego, cocinado en tres o cuatro décadas y a dos manos: una, la del neoliberalismo; la otra, de la democratización. Así lo ha descubierto Kathya Araujo luego de más de 20 años auscultando las transformaciones estructurales del lazo social y político en Chile.
Doctora en estudios americanos, psicóloga devenida en socióloga, psicoanalista que quiere volver a compatibilizar la consulta con su labor como profesora e investigadora del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago (Idea Usach), autora de libros como Habitar lo social (2009), El miedo a los subordinados (2016) y Las calles (2020), Araujo acaba de publicar un título en el que condensa sus años de trabajo: El circuito del desapego, se llama, y es un retrato y diagnóstico del Chile contemporáneo que, por de pronto, rebate una idea o falta de idea común en estos años de crisis: que no sabemos qué pasa en el país.
Decir que una sociedad está inscrita en un circuito de desmesura, desencanto, irritaciones y desapego suena al peor de los mundos posibles. Sin embargo, no se trata de anomia ni de una sociedad antisocial; lo que ocurre es que el lazo que nos une tiene esas características: “Lo primero que hay que decir es que esta sociedad existe y funciona, acá seguimos estando”, advierte Araujo, de espalda a la ventana de su oficina. “Pero cuando uno trabaja, yo creo que es como un compromiso moral mostrar los procesos más preocupantes. En el libro muestro que ha habido un salto en las condiciones de vida de las personas, la idea no es ser pesimista y negativa, más bien se trata de mostrar que todos los procesos han sido ambivalentes”. Y agrega: “Este no es un ensayo, es un libro que recoge evidencia empírica y trata de hacer una tesis teórica sobre Chile hoy. Por supuesto, uno tiene que decir, y yo soy la primera en decirlo, que aquí no hay anomia, porque el mundo continúa funcionando, aquí todavía hay gente que quisiera tener esperanza. Pero este otro lado es preocupante y uno tiene que leer las cosas más preocupantes para ver cómo sale adelante”.
Al revisar el libro uno se topa con apartados que registran la desmesura del trabajo y la falta de tiempo, los techos y bordes que limitan las expectativas de movilidad social, el demasiado esfuerzo y la escasas recompensas, la irritación y confrontación con las instituciones y los otros, la competitividad y deuda, el deterioro de la propia situación, las búsquedas de refugio y los anhelos de reinicios, de vivir otra vida. Araujo va citando testimonios, tomados de sus investigaciones, que le dan voz a la experiencia de vivir en Chile. Un diseñador de alrededor de 30 años dice: “Pago el arriendo, pago la cuenta del agua y chao, a veces ni siquiera tengo suficiente como para comer”. Una mujer de clase media agrega: “Por ejemplo, si fuéramos todos amigos y a ti te ascienden a gerente general, o sea, estamos todas aseguradas. Demos o no demos resultados”. Y un joven de sectores populares reclama: “Cuando vas al doctor, el doctor te reta, si vas al consultorio también te retan, la relación entre los profesionales y los pobres es así, lo hacen para ponerte en tu lugar, por ser ignorante”.
El Metro de Santiago es una suerte de encarnación de nuestra sociedad: de la modernización, claro, pero también de la irritación en medio de vagones en los que llegan a haber seis personas por metro cuadrado y en los que hay que luchar por el espacio, imponerse. “Para muchos, el Metro, y por lo tanto buena parte de sus encuentros en la ciudad, es una experiencia agotadora”, escribe la autora. “El circuito del desapego explica cómo mientras que la mayoría de los chilenos demanda un país más igualitario, al mismo tiempo buscan proteger los beneficios que han logrado adquirir, insisten en que el esfuerzo individual es un elemento esencial de su dignidad, y siguen creyendo firmemente en la eficacia de un ejercicio ‘fuerte’ de la autoridad”. En otras palabras, hay que evitar la tentación de ver en el neoliberalismo y la democratización algo así como el bien y el mal.
¿Por qué son tan complejos los efectos de esas dos fuerzas, del neoliberalismo y la democratización?
El empuje hacia la democratización social no solo ha tenido efectos positivos, también nos ha individualizado. Contra el peso que se le suele dar a la dimensión económica, ya sea que lo pongas en términos de neoliberalismo o de modernización capitalista, no es lo único que nos define, o que define la condición histórica actual. El nuevo modelo económico que se instaló es también un modelo societal y un modelo moral. Y la democratización también produce un modelo social y un modelo moral, pero que, insisto, no es solo positivo. Nos hemos equivocado al creer que es virtuosa de por sí; no lo es, porque cuando tú empujas a la democratización social, como se dio acá, también te empuja, por ejemplo, a esta cosa más individual, pues eres un igual, pero también eres un sujeto autónomo, ¿no?, y no se ofreció ningún discurso sobre lo colectivo y sobre tus obligaciones reales con el colectivo. El empuje a la democratización de las relaciones sociales también pone en tensión las jerarquías, pero la sociedad no produjo o no hubo una preocupación por producir formas alternativas de ejercicio de las jerarquías.
El desapego parece una paradójica muestra del éxito del neoliberalismo y la democratización. Ambos impulsos lograron moldear a las personas, con consecuencias probablemente no previstas.
Hay que pensar que las dos cosas se ligaron. O sea, los procesos no son paralelos, sino que se mezclan y se tiñen mutuamente. Sí, hay una democratización de las relaciones sociales, pero en un contexto de mucha valoración del esfuerzo personal. Eso produce, por ejemplo, una comprensión bien particular de lo que eres como sujeto de derecho, porque eres un sujeto de derecho que está muy afirmado en lo individual. Podrías afirmarte en tus relaciones con el colectivo, pero no ha sido el caso. Hay cuestiones bien decidoras y preocupantes, por ejemplo, las personas reclaman mucho respecto de cómo son tratadas, pero ellas mismas están muy dispuestas a usar la fuerza contra los otros. Yo puedo defender que necesito que me trates como un igual y que me trates bien, pero si tengo que ir a disputar algo contigo, no tengo ningún problema en decir que lo único que va a solucionar nuestro problema es la fuerza. Ahí están funcionando las dos cosas, que soy tu igual y que tengo que resolver las situaciones de conflicto por la fuerza. Hay algo del lazo social que es puesto en tensión. El lazo social, en el fondo, tiene que ver con la vida en común, con la idea del bien compartido, del bien común, con la disposición de la población para involucrarse.
Es como si fuéramos asociales. ¿O más bien hay una desafección?
Más bien es eso, no diría que son todos asociales. Yo distingo cuatro formas de desapego y una de ellas es efectivamente más anómica, más asocial, en la que entro en una dinámica muy muy contenciosa, muy de disputa, muy de que no me importa, que me da lo mismo y paso por encima de todas las reglas; es una forma que además implica la construcción de otros universos normativos. Esa es una forma de desapego muy preocupante, por supuesto, de la que uno encuentra muchos síntomas, pero las otras tres son fórmulas en las que todavía estás en la vida social, participas más ritualmente o más de lejos, pero no es que no respetes las normas, es que no tienes un afecto por lo social, eso es lo que se pierde… y no es perder poco. Las personas tienden a concentrarse en relaciones más cercanas.
¿Qué tipo de sociedad surge de ahí?
Yo he hablado de una sociedad archipiélago, así funcionan las personas, como archipiélagos. Tú puedes decir, bueno, ¿por qué no? Y creo que la respuesta más importante es: porque uno no hace sociedad a menos que esos archipiélagos tengan la capacidad de producir enlaces de algún tipo con otros archipiélagos, que tengan una visión en conjunto, porque si no, va a continuar lo que estamos viendo, grados muy altos de desconfianza. Cuando vives en un archipiélago todos los otros son muy sospechosos, todos los otros son una amenaza para ti. Vives con tu clan, digamos, los más cercanos o los que tú reconoces, y no se puede hacer una sociedad de esa manera, porque queda amenazada la idea del bien común, del mundo en común. Y también hay un valor que, yo creo, es esencial, y que quizás sea una de las cosas más amenazadas en el mundo actual, que es el pluralismo, el hecho de que somos diferentes y no necesariamente pensamos lo mismo, etcétera, pero vivimos y compartimos, tenemos un mundo en común, el mundo que habitamos, y hay que hacer algo por eso que nos hace interdependientes. La gente se ha olvidado de que la interdependencia existe y de que es imposible que vivas solo con las islitas que están cerca tuyo.
¿Qué se necesita para que exista apego?
Para que haya vida en sociedad y para que tengas una vida relativamente pacificada, relativamente, porque siempre hay desviaciones y a veces uno tiende, en la actualidad, a pensar que las desviaciones no existen, aunque son parte de la vida. Pero, dicho eso, para que una sociedad relativamente funcione, tienes que tener la adhesión de los miembros. Eso fue un gran logro civilizatorio, adherir a las leyes comunes, cuidar lo que tiene. Una de las cosas más importantes para una sociedad es entender que necesita adhesión, no tienes que querer a todo el mundo, pero tienes que adherir a unas normas básicas que hagan posible la vida entre todos. Eso no se puede lograr con control, nadie tiene que empuñar un arma para que lo hagas, porque no hay suficientes armas en ningún lado, ni suficientes policías ni vigilantes para hacer que una sociedad participe. Las sociedades funcionan cuando la gente adhiere y el desapego es una amenaza para eso.
¿En Chile alguna vez hubo mayor adhesión? ¿El apego se fue perdiendo?
Es difícil decirlo, pero puedes reconstruir ese asunto a partir de otros datos. Cuando digo que no hay adhesión, lo hago en el sentido de que, por ejemplo, hay un creciente número de incivilidades, de que aumentan las formas violentas de resolver los conflictos, crecen las violencias en las escuelas, en las instituciones de salud. Hay muchas señales de que el lazo social está puesto en tensión. También hay un grado de rotación súper alto en los trabajos, que no tiene que ver solamente con que te echen, sino con que los jóvenes rotan mucho, porque su adhesión es corta; todo el mundo quiere tener un trabajo independiente, sobre todo no tener un jefe, que es lo que me parece súper decidor. Tenemos un juego en la Lotería que se llama “Chao, jefe”, que refleja completamente las ambiciones nacionales. Yo hice un estudio sobre qué tenía la gente como expectativa de futuro, y las dos grandes cosas eran, una, irse al sur o al campo, que es una fórmula de desapego, y la otra era el “chao, jefe”, que es otra forma de alejarte: voy a hacer mi negocio por más que sea un trabajo horrible, por más que gane poco. Creo que hay algo ahí de que mientras sea sola y me pueda organizar, estoy más feliz. Eso no era así antes, el sueño, varias décadas atrás, era conseguir un trabajo estable y quedarte hasta el fin de la vida, si era posible. Ahora ni soñarlo, o sea, primero, porque no existe ese trabajo estable, pero, además, porque de pronto los propios individuos no quieren tener un trabajo estable, no quieren quedarse mucho tiempo.
Uno podría quedar con la impresión de que los individuos somos arcilla moldeable, sujetos pasivos frente a los discursos sobre, en este caso, el mérito, el esfuerzo individual, etcétera. O, al revés, podríamos suponer que somos agentes libres, que nos gusta y elegimos esto del esfuerzo, del mérito, el individualismo, y por eso los discursos hicieron sentido. ¿Cuánto hay de lo uno y de lo otro?
Los individuos no son arcilla moldeable. Pero las personas tienen que enfrentar una vida social que les pone desafíos específicos y tienen que responder a esos desafíos, y no de cualquier manera, sino de una determinada. Si quieres conseguir un trabajo y tienes la esperanza de tener, al menos relativamente, buen sueldo, lo que vas a tener que hacer es seguir formándote. ¿Y qué paso con eso? Produces un tipo de individuo. En los años 80, 90, había re pocos doctorados en este país, muy poca gente hacía estas formaciones especializadas, pero si estás en una sociedad como la nuestra, tienes que producirte de esa manera. O si tu sueldo lo ganas por bonificaciones, porque el sueldo base es muy bajo y todo el resto tienen que ver con cuánto vendes, compitiendo con ocho colegas, bueno, tienes que enfrentarlo y eso te empuja a comportarte de ciertas maneras. No es que seas arcilla, pero estás expuesto a un mundo social que tiene demandas o desafíos estructurales. Estás obligado a responder. Ahora, nadie sabe exactamente cuáles son las consecuencias para la sociedad de determinadas demandas o desafíos. Hay mucha gente que lo único que quiere es irse al sur, porque está harta de esta vida. Entonces, no es que la gente esté feliz.
¿Es común eso de querer irse al sur?
Es el sueño del noventa y tanto por ciento de los chilenos. Se quieren ir al sur, al campo, a algún lugar. Básicamente, son estrategias de desapego, que tienen que ver con fórmulas como me voy a defender de esta cuestión, me voy a proteger, voy a empezar una nueva vida, voy a tener finalmente la tranquilidad que no tuve, voy a vivir en el mundo que quiero vivir. Lo que quiero decir, insisto, es que no eres arcilla, no son discursos, son experiencias y son estímulos que van produciendo ciertos tipos de individuos; el mundo social te presiona y, por lo tanto, la sociedad no va a cambiar a menos que entendamos qué estamos haciendo en términos de las exigencias que tienen que cumplir las personas. ¿En qué te conviertes cuando tienes que ganar tu bono a fin de mes compitiendo con tus ocho colegas?

El circuito del desapego. Neoliberalismo, democratización y lazo social, Kathya Araujo, Pólvora, 2025, 193 páginas, $19.000.