Loco, Rey

Quien fuera su editor tanto en The Clinic como en Random House, recuerda en estas páginas a Germán Carrasco, fallecido este mes a los 54 años y considerado por muchos como el mejor poeta de su generación.

por Vicente Undurraga I 21 Febrero 2026

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Delectación por las cosas, por sus más impensadas formas y relaciones. Eso se impone en ciertas obras literarias de especial energía y carácter. No un fetichismo sino una fenomenología de la minucia. Estaba encontrando algo así al leer la prosa sorprendente de Juan José Saer, en especial la de Nadie nada nunca, novela en la que, escueta pero demorosamente, el escritor argentino narra una temporada en una localidad ribereña en la que están matando caballos, en las noches, a balazos en la sien. Mientras esto ocurre, en el lapso de unos meses, rematados por un caluroso febrero, “el mes irreal”, el narrador se demora, se delecta en las naderías y las acciones más nimias descritas como quien narra un combate naval. Esa vocación de zoom, que es un encuadre pero sobre todo un ralentí sobre lo visto, permitiría pensar un encuentro entre la obra de Saer y la poesía de Germán Carrasco, que murió a los 54 años, de meningitis.

Cuando Saer describe en detalle cómo un hombre hunde los pies en el río, cómo el vino blanco se une al hielo dentro de un vaso o cómo una pelota de plástico colorada sube por el aire y se detiene un instante en el cielo recortada contra un sol irreal para luego caer, uno recuerda las descripciones que Carrasco hace, con igual delectación, del sol sobre el cuerpo de una mujer deseada (“El clima es un pintor, Nicoletta”) o de la luz de un notebook sobre un hombre acuclillado “en una pieza tipo calabozo”. Son ejemplos. También al modo de Saer, Carrasco escribe con una modalidad reiterativa, recurrente en elementos, imágenes y frases literales que van y vienen; un escribir cubista, de poner y reponer bloques (palabras, frases, párrafos) una y otra vez dentro de un mismo poema, o de un mismo libro, o incluso entre distintos libros y géneros, reiterando un sentido pero también variándolo. Frases e imágenes que insisten para abrir variaciones.

Cómo saltan, a lo ninjas, las letras en sus poemas. Y digo las letras porque la celebración que la poesía de Carrasco supone, también su resaca feroz, el encuentro con lo oscuro, comienza en ellas, en las letras, antes aun que en las palabras. De pocos poetas recuerdo un uso tan efectivo de vocales sueltas, interjecciones, modismos monosilábicos de irremplazable eficacia: zzz, ta (por “está”), uf, saaaáh. Luego la consistencia misma de las palabras y sus sentidos cambiantes ocupaban, cómo no, su atención, inclinado como fue a los sustantivos que son también verbos o adjetivos. “Calas”, verbo y flor; “clavados”, acción y calificativo; “ruda”, planta y carácter.

Escribía contra los formalismos y la rigidez, contra el contenidismo y la prevalencia de los temas, pero supo plasmar los contradictorios contenidos de la vida y plantarle cara a los de la muerte con arrojo. Cree su poesía en tantas cosas como en las que descree, y eso quizás lo vuelve tan contemporáneo. Cree, por ejemplo (“p ej”, anotaría él, a pura letra), en la metáfora, tan vilipendiada a veces: en la metáfora —en la “imagen mediadora”, diría Saer—, y en las comparaciones, a condición de que sean enérgicas (“como europeo ante el canto de una india / o cubano en un supermercado / en estado de completa alucinación”). Cree en todo eso, pero es un parroquiano de la praxis (esa palabra que en sus versos solía entrar con toda soltura) de la sospecha, por eso sus poemas tantas veces tratan de sí mismos, se corrigen sobre la marcha y hasta se ríen de sí, toman distancia, se comentan y parodian, y también se tiran besos. Como DJ en éxtasis, Carrasco se apropia y tematiza autores y cita y se autocita. Confía en el habla de su tiempo, o mejor dicho en el ingreso al poema del habla de su tiempo, de ahí que haya tanto flow en su poesía, y es al mismo tiempo un crítico severo de las macanas del decir corriente. Los lenguajes de la estafa no se le iban.

Como pocas, su poesía logra darle pase, y con frecuencia pase gol, a los términos de nuestra época: brígido, culear, caradura, barsa… Está repleto y nunca desencajan. Esa es la poesía nueva, la que parece que hubiera existido de antes, pero no estaba escrita. Familiaridad y extrañeza. Lo de siempre renovado. Como el continuo —otra cosa en la que esta poesía cree— entre el cuerpo, el propio y el deseado, y la naturaleza y sus brazos de madera, piedra, aire, vegetal y agua:

Costa y cordillera

una pareja siempre tendrá la oportunidad
de huir al hielo a los glaciares al oxígeno
en caso que algo se destemple
luego de 5, 7 o 50 años de matrimonio.
Ahí podrán fugarse y soñar
que son pumas o güiñas o zorros,
o mejor: un hombre y una mujer de hielo
que enfrían todo pensamiento que anulan
la esclavitud de los sentidos
y luego se derriten y son agua
pura que baja hacia el valle.

Tal vez no estuviera en su piel envejecer, lo cierto es que el poeta de los clavados y del nado incesante se fue temprano a las aguas eternas. Lo leeremos hasta morir porque, si en esto último nos tomó ahora la repentina delantera, en lo de intuir la vida y alumbrar sus laberintos nos lleva tanta o más distancia.

Fue un poeta no solo prolífico sino proliferante, de energía superlativa (expresada en montones de imágenes pregnantes, como la de un dios con una mancha en la vista que deja puntos ciegos de acción libre al ser humano a condición de que se desplace constantemente; o la de un tipo enardecido gritando consignas en la calle y haciendo “el gesto de fornicar con todo el cuerpo / como si bailara limbo / o se culeara el aire”); mistraliano en más de un oscuro punto, a su pesar parriano de alturas, lihneano en su densidad y alcaldiano en su frescura, ligero y pesado, zigzagueante y veloz, uno y múltiple. Se podría hablar de tantos poemas suyos. No solo de esos tres fabulosos libros iniciales que son La insidia del sol sobre las cosas, Calas y Clavados, ni de esa obra cúlmine en tantos sentidos que es Ruda, también de algunos últimos, especialmente de ese repunte que es Cripsis.

Poeta de risas y roces, de lenguajes prestados como se prestan ropas, de caricias y patadas voladoras, de las montañas y las casas de fachada continua, de las camisas viejas que devienen paños, de los cines abandonados y las flores secas que pedía dejar un tiempo sobre la mesa, Carrasco se ponía con decisión de parte de las cosas, no interpretándolas ni describiéndolas, componiendo con ellas. Tiene un poema inolvidable a un camión de basura, otro a un tsunami, a unas cintas de VHS, a una mujer que posa, temerosa o deseante, sus manos sobre la cartera. Y no falta espacio para las críticas ni la ira: “… echando a perder jamás han aprendido / escribir un mal libro es como chocar el auto de papá; / tiene un país entero para ensayar: a un país entero / lo podemos dejar cagando sangre y lo hemos hecho”.

Carrasco se desplaza entre días y placeres, penas, penumbras y brillos, con los nervios y desajustes de ojo y labia que marcan su canto, como la ronquera de un baladista o el asma de un trompeta. Ernesto Rodríguez escribió en 2016 que esta poesía “parece a punto de desafinar, pero su sintaxis impecable se va afirmando en las palabras, apoyándose en ellas así como Thelonius Monk cuando cada nota queda clara y suspendida”.

Tal vez no estuviera en su piel envejecer, lo cierto es que el poeta de los clavados y del nado incesante se fue temprano a las aguas eternas. Lo leeremos hasta morir porque, si en esto último nos tomó ahora la repentina delantera, en lo de intuir la vida y alumbrar sus laberintos nos lleva tanta o más distancia. No habría que desoír lo que hubo en Carrasco de religiosidad. No es que no se riera de la religión y las múltiples beaterías y sordideces que la habitan, como en el inicio de Resurrección y saqueo: “Cae la noche en la república / como la pesada sotana de un cura pedófilo / que oscurece la ventana”. Es, más bien, que hay algo irreductible en sus poemas con los dioses y con Dios, el de la mayúscula; con la necesidad, como en el coito y el poema, de espacios y momentos sagrados donde darse y abrirse, o caer. No faltan en sus páginas raptos de rezos, momentos de gloria a Dios en las alturas (literal) y luego versos con dioses repartiendo malvaviscos u otros “con déficit atencional”.

Cuando murió Gonzalo Rojas, Carrasco escribió una nota reivindicando su poesía. Tras ponderar su escritura sincopada y exculpar sus alardes fornicios, Carrasco se preguntaba: “Qué haces ahí tan remuertazo, Gonzalo?”. Eso mismo nos preguntamos nosotros ahora de él. Pero corto no se quedó: dejó mil cien páginas de poesía. Más unas 500 de prosa. El tiempo y las lecturas irán colando, pero de una cosa podemos estar seguros. Permanecerá.

Si a la hora de ponderar su trabajo hubiera que hacerse cargo de sus salidas de madre, su porfía y chifladuras, de sus insidias y algunas descarriladas o fijaciones —peleador como el que más, y a veces solo de más, como igualmente lo fuera Saer, dicho sea de paso—, quizás cabría resolver el asunto echando mano simple y justamente a dos versos de Rojas, de su poema “Al fondo de todo esto duerme un caballo blanco”:

Facha de loco, sabe
que es el rey.

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