
Esta es la historia del único director chileno que ha ganado Un Certain Regard, la sección de Cannes en la que despuntaron Apichatpong Weerasethakul, Cristi Puiu, Yorgos Lanthimos y Ali Abbasi. Su película se llama La misteriosa mirada del flamenco, lleva una semana en los cines y está ambientada en los años 80 en un pueblo minero del desierto, donde una niña llamada Lidia crece con una travesti como madre adoptiva.
por Ernesto Garratt I 26 Marzo 2026
Durante una noche otoñal de abril de 2018, el joven estudiante egresado de cine de la Universidad de Chile, Diego Céspedes, mira tímidamente a la multitud congregada en el patio de la residencia del embajador de Francia. Se trata de la despedida oficial de la numerosa delegación chilena que partirá en unos días más al Festival de Cannes. Y entre discursos altisonantes, productores y artistas consagrados de la escena nacional, Diego Céspedes se asoma como una cara nueva. Una cara nueva proveniente de una población de Peñalolén. Una cara nueva que inesperadamente hará historia unos años más tarde en el cine chileno con su impresionante debut en el largometraje La misteriosa mirada del flamenco.
Pero volvamos a 2018. Abril. Embajada de Francia. Quienes lo rodean y pasan por su lado sosteniendo una copa de champagne aún no lo saben, pero este espigado chico ha comenzado una carrera brillante en el cine con su cortometraje El verano del León eléctrico, seleccionado justamente en la edición de Cannes de 2018. Por eso Diego está en ese lugar, en ese momento.
Antes de partir a la Costa Azul y en calidad de crítico de cine que también irá al festival, pude ver El verano del León eléctrico, la historia de una joven de 17 años y su relación con su hermano pequeño, días antes de que se lleve a cabo su forzado matrimonio con el León, un profeta que supuestamente electrocuta cuando lo tocas. Es decir: el abuso de poder disfrazado de fe, la sumisión de las mujeres como destino predispuesto antes de nacer, y un niño que mira todo sin entender lo que está viendo, pero sufriéndolo de todas formas. Desde esa experiencia, Céspedes retrata una situación de acoso y abuso del machismo a través de los ojos de un niño, quien con candidez y amor por su hermana, experimenta una de sus primeras decepciones en la vida: una triste y definitiva separación.
Cuando saludo a Diego Céspedes e intercambio un par de palabras con él y su productora, le digo:
—Creo que puedes ganar.
Y así va a ocurrir: El verano del León eléctrico obtendrá el Primer Premio de la Cinéfondation del Festival de Cannes 2018, el Premio Nest Film Students del Festival de San Sebastián y el Primer Premio del Asiana International Short Film Festival en Corea.
Para entender la magnitud de lo que va a pasar, hay que saber que la Cinéfondation es la sección de Cannes dedicada a los proyectos de las escuelas cinematográficas del mundo, y que ese corto es la única producción chilena seleccionada para participar en la competencia oficial de 2018, convirtiéndose en la tercera en representar al país en la historia del certamen.
Diego Céspedes tiene 23 años. Nunca ha salido de Chile. Y de repente va a estar en la Croisette recogiendo un premio en el festival de cine más importante del mundo. Será su primer rugido.
El verano del León eléctrico es un portentoso cortometraje inspirado en hechos reales: la historia del tristemente conocido “Profeta de Peñalolén”, Hugo Muñoz Escobar, quien llegó a tener siete esposas y más de 30 hijos. Se trata de una historia que ronda no solo la crónica nacional en clave de leyenda urbana, sino que además las propias fronteras hogareñas de Diego Céspedes.
Criado en una población de Peñalonén, relatos como el del “Profeta de Peñalolén” fueron parte del caldo de cultivo que hizo eco y dieron frutos en el quehacer creativo de este director: un artista que creció sin capital cultural, pero que ha sabido usar con una eficacia única las señaléticas de la calle, la vida y la experiencia para construir los cimientos de una filmografía alucinante y conectada con el Chile profundo.
Diego Céspedes creció en una de las villas de Peñañolén que nacieron en los márgenes: casas pequeñitas, irregulares. De ahí viene toda su familia. Sus padres se conocieron ahí, pusieron una peluquería ahí, y en esa peluquería ocurrió algo que Céspedes no vio, pero escuchó el resto de su vida: contrataron a varios chicos, todos eran gays y todos murieron de sida. Él no los alcanzó a conocer. Pero la palabra sida entró en su cabeza como un ruido que nunca terminó de apagarse, y años después se convertiría en el motor secreto de todo lo que haría.
Cuatro años después, con 27 años, Diego Céspedes volverá a Cannes. Esta vez no con la Cinéfondation sino gracias a la Semana de la Crítica, la sección paralela e independiente del festival, organizada por los críticos de cine franceses desde 1962, la misma sección que lanzó a la fama a Bernardo Bertolucci, Ken Loach y Wong Kar-Wai.
El cortometraje con el que compite es Las criaturas que se derriten bajo el sol, uno de los 10 seleccionados entre más de 1.700 trabajos que postulan. El cortometraje de ciencia ficción y temática LGBTQ+ cuenta la historia de Nataly, una mujer trans de visita en una misteriosa comunidad derritiéndose por el calor. En ese viaje, se reencontrará con su amante y su hija pequeña. El registro cambiará radicalmente respecto de El verano del León eléctrico: menos realismo social, más poesía; menos opresión visible, más atmósfera; menos explicación, más sensación.
El propio Céspedes lo reconoce: artísticamente le va a permitir más libertad en el formato y la temática, se alejará un poco de los referentes directos de su cortometraje anterior. Se sentirá más honesto consigo mismo. Algo evolucionará en su manera de ver o más precisamente, en su manera de mirar: ya no le basta contar una historia, necesita construir un mundo propio.
La protagonista de Las criaturas que se derriten bajo el sol es Paula Dinamarca, actriz destinada a reaparecer en su ópera prima como Mamá Boa, la matriarca de la cantina del desierto de La misteriosa mirada del flamenco. Ese será un detalle valioso: Céspedes no cambiará de mundo entre una película y otra. Construirá el mismo mundo con más capas, más tiempo, más cuidado.
En su segunda ida a Cannes en calidad de competidor, Céspedes dijo que no es su intención usar su cine como bandera, pero que su obra dará dignidad al colectivo LGBTQ+. La diferencia entre usar el cine como bandera y usarlo como espejo es exactamente lo que distingue a un propagandista de un artista, y Céspedes lo tuvo claro antes de cumplir los 30 años.

Durante la noche otoñal de 2018, en la residencia del embajador de Francia, el joven estudiante egresado de cine de la Universidad de Chile, Diego Céspedes, sigue en silencio el curso de la velada desde un rincón y su mutismo no hay que confundirlo con falta de carácter, ni concluir que no tiene nada interesante qué decir.
Todo lo contrario.
En unos años, cuando reciba el premio principal de Un Certain Regard en 2025 por su ópera prima, La misteriosa mirada del flamenco, el premio más importante obtenido por un filme chileno en el certamen francés, el delgado hilo de su voz rugirá con esta frase:
—Vengo de una población en Chile, uno de esos barrios obreros donde gente como nosotros no debería lograrlo en un lugar como este. Pero lo logramos. Y no lo hicimos solos, sino que con todas las locas de allá abajo, sin invitación, las ruidosas, las grandes. (…) Este premio no celebra la perfección, sino la fiereza y terquedad de existir tal como somos.
Ganar ese premio será histórico, ya que forma parte de la Sección Oficial de Cannes y Un Certain Regard es la sección en la que despuntaron Apichatpong Weerasethakul, Cristi Puiu, Yorgos Lanthimos y Ali Abbasi. Y el año en que Céspedes triunfará, dejará en el camino a figuras como Kristen Stewart y su formidable debut en la dirección, La cronología del agua, y a Scarlett Johansson con su destacada ópera primera como cineasta, Eleanor La Grande.
Más tarde, Diego Céspedes asentirá con la cabeza en el Festival de cine de Toronto de 2025 (pocos meses después de su histórico triunfo), cuando le recuerde sus palabras en Cannes. También estará de acuerdo conmigo cuando le comente que para ascender en la carrera de la vida —y del arte— en Chile conviene tener un amigo de clase alta. Algo así como el rubio Infante en Machuca, la película de Andrés Wood sobre esa amistad improbable entre un niño de alcurnia y otro moreno de población.
Diego Céspedes tiene en 2018 y en 2026, cuando La misteriosa mirada del flamenco se estrene comercialmente en cines chilenos, la misma conciencia de clase inculcada por la realidad que lo rodeó con un padre conduciendo una furgoneta escolar, con su madre vendiendo joyas de manera independiente.
Cuando llegó a estudiar cine a la Universidad de Chile, traía consigo un capital cultural distinto al de sus compañeros más privilegiados. “No tenía acceso a nada”, recordará en Canadá, sin dramatismo alguno y establecerá que la inflexión vital entre lo que era y lo que será en el cine, llegó en gran medida de la mano de Alicia Scherson. La directora de cine chilena era profesora de la escuela de cine y Diego Céspedes fue su ayudante durante tres años. Alicia Scherson preparó una lista larga de películas de cineastas que Céspedes jamás había visto o escuchado, cine de autor duro y puro de artistas como Lucrecia Martel o Apichatpong Weerasethakul, por ejemplo.
Diego Céspedes recordará de este modo su obsesión con el cine en sus años formativos, viendo todo lo de Martel, todo lo de Weerasethakul y más; recordará sus ganas de validarse con Alicia Scherson, quien lo introdujo al cine arte. Y me contará la reacción de su mentora cuando él le mostró el guion de El verano del León elécrico. Scherson le dijo: “Eres superbueno escribiendo”.
—Si esta persona que admiro me está diciendo esto, entonces sí, me la creo —dice Céspedes durante nuestra conversación en Toronto.
—¿Fue Scherson tu Infante de Machuca?
—Sí, exactamente. De hecho, Alicia me escribió cuando vio La misteriosa mirada del flamenco para felicitarme.
Tras Cannes vendrán el Premio de la Juventud en el festival de San Sebastián, la nominación a los Premio Goya como Mejor Película Iberoamericana, la selección de Chile para los Oscar y un 95% de aprobación en Rotten Tomatoes.
Frente a las consultas de cómo definiría la película, Céspedes dirá a la prensa internacional que para él es más una telenovela que cualquier otra cosa. Una telenovela con algo de wéstern y de fantasía, y hasta con cierto naturalismo en las conversaciones más íntimas. Será la respuesta de alguien que ha pensado mucho en cómo no dejarse atrapar por las etiquetas que le ponen a su trabajo. Sus influencias declaradas, dirá con completa espontaneidad, abarcarán desde Pier Paolo Pasolini a Alice Rohrwacher, del cine contemplativo asiático hasta Lucrecia Martel. Y en el campo de lo popular, admitirá la marca de la cebolla picada de la gran cantante Rocío Jurado y, sin duda, de Pedro Lemebel.
Especulo: si Lemebel estuviera vivo, sería el más orgulloso de La misteriosa mirada del flamenco, ya que la película habita exactamente el territorio humano y político que él defendió toda su vida. Su historia, ambientada en los años 80 en un pueblo minero del desierto de Chile, es la de una niña llamada Lidia que crece en el seno de una familia queer marginada, con una travesti llamada Flamenco como madre adoptiva. Ese escenario y esos cuerpos (travestis, homosexuales, pobres, empujados a los márgenes de Chile durante la dictadura) son los mismos que Lemebel convirtió en materia literaria y política durante décadas.
La película además aborda el vih/sida como lo que siempre fue: no una enfermedad sino una herramienta de persecución y estigmatización. En el relato, una enfermedad desconocida se propaga y se acusa a los homosexuales de transmitirla a través de sus propias miradas.
La crítica la describe como un wéstern queer sobre el amor a la intemperie, una fábula en el fin del mundo de libertad y cuerpos plenos. Ese lenguaje resuena directamente con la poética de Lemebel, La misteriosa mirada del flamenco pone en el centro de la historia chilena a quienes el poder siempre quiso borrar, y lo hace con la misma insolencia lírica que él hubiera aplaudido de pie.
Pero volvamos a la noche otoñal en la Embajada de Francia en 2018. Diego Céspedes sigue mirando con la cámara mental que es su cabeza a una multitud que quizás no lo mira de vuelta como él se merece. Pero eso no importa en esta historia, una que no solo será una historia de movilidad social. También será el relato de alguien que entendió desde muy temprano que la única forma de honrar a los muertos es nombrarlos con precisión y con amor. Que el cine puede ser eso: un lugar donde los que se fueron tienen voz, y donde los que se quedan aprenden a no tenerles miedo a sus propias miradas ni a su propio futuro esplendor.

La misteriosa mirada del flamenco (2025), escrita y dirigida por Diego Céspedes, 104 minutos.