
A inicios de los años 50, el poeta llegó desde el sur a Santiago a estudiar y luego hizo de la capital su aldea. Un territorio donde forjó amistades, fue empleado de la Universidad de Chile y elaboró un circuito de bares recurrentes, donde tuvo que lidiar con el toque de queda y otros obstáculos. El bar La Unión Chica fue un refugio, al que se sumaron otros locales como El Lagar de Don Quijote y el Isla de Pascua, donde “a veces se cae y la reunión se prolonga”, decía el autor de Muertes y maravillas. Por supuesto, quien pasara por los tres podía perderse sin dejar rastro.
por Javier García Bustos I 20 Abril 2026
Un periodista le pregunta a inicios de los 90: “Usted estaba invitado a Nueva York, Estados Unidos. ¿Cómo le fue?”.
“Nadie va a Nueva York por tres días —respondió Jorge Teillier—. La única parte donde puedo ir es al Nueva York que está al lado del metro de la Chile, en Santiago, donde está el bar La Unión Chica”.
Situado en calle Nueva York 11, al frente del Club de la Unión, donde ingresaban autoridades, políticos, corredores de la Bolsa y familias prominentes, el bar restaurant —que ofrece callos a la madrileña, cola de mono y pipeño— fue el refugio de empleados públicos, jugadores de dominó y “un punto de encuentro de fracasados: los triunfadores son aburridos”, decía Jorge Teillier acerca de la fauna que visitaba el local La Unión, rebautizado como La Unión Chica.
El fotógrafo Álvaro Hoppe capturó una imagen icónica del poeta en la entrada del bar en 1985: de terno y corbata, con una bolsa plástica en la mano, que contenía libros y, en ocasiones, también un sánguche. “Ese día Jorge estaba radiante. Estaba orgulloso. Estoy seguro, sí, creo estar seguro, de que en esa bolsa trasladaba ejemplares de su nuevo libro”, dice el fotógrafo, quien recibió de Teillier una copia del libro de poemas recién publicado Cartas para reinas de otras primaveras.
“La Unión Chica fue fundada hace cerca de medio siglo”, apuntó Teillier en “Los ‘bares metafísicos’ de un poeta”, texto publicado en El Mercurio en 1980. “Su actual dueño, Wenceslao Álvarez —conocido como don Wenche—, mantiene la tradición hispana de su padre, fundador del lugar”. Además, “a veces se cae en El Triángulo de las Bermudas y la reunión se prolonga en términos que descalificaría un bebedor moderado habitual”, agrega el poeta, también asiduo a otros locales del centro que componían tres puntos de un triángulo, quizás equilátero o isósceles, pero ciertamente de ángulos inestables: El Lagar de Don Quijote (ubicado en Morandé con Catedral) y el Isla de Pascua, que ya no existe, pero que quedaba cerca de la calle San Antonio y Alameda, detrás de lo que fue la tienda Almacenes París.
“Suelo ir de la Biblioteca Nacional a la Isla de Pascua sin recurrir a ninguna agencia de viaje”, escribió Teillier. “Me basta llegar a la calle Rosa Eguiguren para entrar al bar restaurant Isla de Pascua, un pasaje entre Alameda con salida a San Antonio”, precisó sobre su ubicación el poeta, al tiempo que destacaba la carne mechada, el pernil, el arrollado y el barros luco que allí preparaban.
“Cabe recordar que El Lagar de Don Quijote, el Isla de Pascua y La Unión Chica pertenecían a lo que se denominaba Triángulo de las Bermudas, pues en cualquiera de esos lugares se podía desaparecer sin dejar rastros”, escribió Francisco Véjar, amigo y especie de último secretario de Jorge Teillier.
En La Unión Chica, Teillier compartía con amigos, profesores en ejercicio y jubilados, hípicos y colegas de las letras nacionales. Entre la barra, los brindis improvisados y las mesas circulan Sady Zañartu, Eduardo Molina y Rolando Cárdenas. Con el tiempo se sumaron a “la mesa de los poetas” de Jorge, su hermano Iván, Aristóteles España, Germán Arestizábal, Álvaro Ruiz, Lorenzo Peirano, Juan Guzmán, Carlos Olivares, Ramón Díaz Eterovic y Juan Cameron. Las únicas mujeres eran la poeta Stella Díaz Varín y la fotógrafa Leonora Vicuña, quien retrató aquellos años de bohemia. A veces se trasladaba desde el litoral central a la calle Nueva York el poeta Jonás (Jaime Gómez Rogers) o se sumaba, entre las copas, el escritor Francisco Coloane, que vivía en calle Miraflores, en pleno centro de la ciudad.
“El medio ambiente no era muy propicio. Muchas patrullas nocturnas, militares”, cuenta Juan Cameron, autor de Ciudadano discontinuado.
Jorge Teillier, nacido en Lautaro en 1935, llegó a Santiago a inicio de la década del 50. Ingresó a estudiar Historia y Geografía, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Nunca se tituló. Por esos años era asiduo a Las Lanzas, Los Cisnes y El Center, en Ñuñoa, “adonde nos solía invitar nuestro profesor Ricardo Latcham”, recordó el poeta sobre sus años de estudiante. El docente y crítico literario les decía: “Empecemos el cañoneo a babor”.
Teillier fue profesor en el Liceo Nocturno N.° 1 de Santiago. Con 20 años, contrajo matrimonio con Sybila Arredondo y de esa relación nacieron Carolina y Sebastián. A los 23 años, comenzó a trabajar en algunas traducciones para el Boletín de la Universidad de Chile. En la Casa Central ocupaba la oficina 229. Con los años se convirtió en funcionario de la rectoría y a fines de los 60 asumió la dirección del Boletín. Es en esta publicación donde aparece su ensayo Los poetas de los lares (1965), un manifiesto sobre su poética. Al mismo tiempo, dirige la revista Orfeo.
A Teillier le gusta el sector donde habita. La ciudad es un universo donde se concentran sus intereses. Tiene a mano la librería Universitaria y a pocas cuadras se halla la Biblioteca Nacional, por donde merodean sus amigas y amigos. Tras finalizar sus labores, solo debe cruzar la Alameda y caminar hasta Nueva York 11, sin necesidad alguna de ir a la Bolsa de Comercio.
“La Unión Chica era residencia permanente de Teillier. ¡Si hasta correspondencia allí le llegaba!”, rememora el poeta Jaime Quezada, quien también compartió en el bar Isla de Pascua. “Ahí Teillier me regaló un ejemplar de El gran Meaulnes, ese librito memorable de Alain Fournier”, añade del local donde se recuerda una especialidad: el pastel de choclo, que en 1982 costaba 185 pesos.
Con la llegada de la dictadura militar, las labores se irán reduciendo en la universidad pública. Teillier deja de ir a la Casa Central a mediados de los 70. Sin embargo, nunca abandona La Unión Chica: incluso asiste al local una semana antes de morir, el 22 de abril de 1996. Sus días allí están registrados. Apunta al inicio del poema Nueva York 11: “Aturdidos, ciegos vagabundos de la nada. / ¿Cómo están, mis mejores y únicos amigos? / ¿Cesantes como yo? ¿Debo leer avisos económicos? / ¿Ir a sentarme al parque o jugar una fija el domingo?”.
“Jorge siempre se movía en relación con la línea del metro. Nunca, o rara vez, se alejaba hacia los costados, ya sea para el norte o el sur de la Alameda”, dice el escritor Ramón Díaz Eterovic, Premio Nacional de Literatura 2025, quien fue el recopilador de Vagabundos de la nada (2003), libro que recoge las “Actas de La Unión Chica” —custodiadas por Teillier—, donde se registraba la asistencia al bar, noticias y anécdotas de la época. Y también había espacio para las denuncias: “Se sospecha que el socio Jorge Teillier ha vendido el libro de actas o lo ha dejado empeñado en algún lugar”.
A inicio de los 70, tras su separación con Sybila Arredondo, Teillier conoce a la artista Cristina Wenke, quien vive en una casa en calle San Pascual 355, Las Condes. Cerca del metro estación Escuela Militar. Muy cerca estaba el bar La Orquídea, bar restaurant tradicional al que llegaban jardineros, trabajadores de la construcción, vendedores informales y cuidadores de autos.
Santiago en dictadura es una ciudad llena de restricciones. El toque de queda se extendió desde el 11 de septiembre de 1973 hasta enero de 1987. La bohemia estaba subordinada a los sinsabores del control policial. A veces el poeta se juntaba en la librería Universitaria con su hijo Sebastián. “Nos veíamos relativamente poco. Alguna vez fuimos al cine, o a visitar a algún amigo o amiga de él. Pero también nos veíamos en la casa de Cristina”, recuerda Sebastián Teillier, quien junto a su padre vio la película Woodstock y el filme Z, de Costa-Gavras, en el centro.
De caminar pausado, de largos silencios, el poeta se traslada desde su casa al centro poco antes del mediodía y comparte los primeros vasos de vino con los amigos y parroquianos. También le gusta conversar con los dueños de los quioscos de diarios y revistas del centro, en esa época mucho más nutridos que ahora, y pasar las horas junto a algunas botellas de vino. “Yo me invito a entrar / a la casa del vino / cuyas puertas siempre abiertas / no sirven para salir”, anota en “Cosas vistas”.
Los 14 libros publicados por el poeta fueron escritos en Santiago. “Fue en la ciudad donde principalmente se forjó su expresión literaria y alcanzó su mayor altura, si bien luego la caída, el profundo deterioro interno que se fue reflejando en su poesía y en las consecuencias de su constantemente incrementado alcoholismo”, leemos al inicio de la antología Nostalgia de la Tierra (Cátedra, 2013), edición a cargo de Juan Carlos Villavicencio.
“Cuando yo lo conocí tenía mucha pena, una pena existencial, acumulaba tantos fracasos y ruinas… Parte de su familia estaba en el exilio”, recuerda Leonora Vicuña, quien conoció a Teillier en 1979, en la Sociedad de Escritores de Chile (Sech). Rápidamente se hicieron amigos. “Jorge era de una amistad profunda, de diálogo increíble. Era una persona luminosa”, dice Vicuña, quien ahora vive en Carahue, Región de la Araucanía. La poeta y fotógrafa compartió en distintos bares y restaurantes con Teillier. Así capturó imágenes del autor de El árbol de la memoria junto a sus amigos y admiradores. Algunos retratos suyos son en La Unión Chica, otros en la Sech, y en el Ítalo, bar ubicado en avenida 10 de Julio. También concurrían al Isla de Pascua: “La entrada era infesta, el olor a orina… Era un local interesante, pero era como entrar al infierno, era amplio, ancho, oscuro. Tenía un mesón enorme. Me acuerdo de las bombonas de cebolla en escabeche, de los huevos duros que ofrecían”, agrega Vicuña, quien en los 80 vivía en una casa de calle San Isidro 75, que se ubicaba junto a una sede de la Iglesia Positivista.
Cuando era muy tarde y se acercaba la hora del toque de queda, el poeta alojaba donde su amiga Leonora. “Jorge tenía una estrategia para irse a la casa, usaba habitualmente el metro, entonces tomaba en bares cercanos a las estaciones. Cuando se le pasaba la hora, se quedaba conmigo. Yo llamaba a Cristina por teléfono para que no se preocupara”, señala Vicuña.
Al bar Isla de Pascua se entraba por San Antonio. “Era un lugar —comenta Díaz Eterovic— donde se servía comida y copas. Era una de las últimas ‘estaciones’ de Jorge antes de partir hacia Las Condes”. Y al Lagar de Don Quijote, ubicado en Catedral 1203, llegaban varios amigos luego de recorrer las librerías antiguas del centro buscando primeras ediciones de Alberto Rojas Jiménez, Romeo Murga, María Monvel y Carlos Pezoa Véliz.
El creador de la saga del detective Heredia recuerda también que “otra de sus últimas estaciones era El Cucú, un bar pequeño que quedaba en la calle San Isidro. Tenía la particularidad de que recibía a jugadores de ajedrez, que movían las piezas y las copas al mismo tiempo. Otras picadas de Jorge eran el Chuncho, que quedaba en la esquina de Alameda y Arturo Prat. Tenía un subterráneo tranquilo. Y estaba el Red Bar, en Alameda y Serrano”.
El editor Erwin Díaz, a cargo de la selección de textos de la antología Los dominios perdidos (1992), de Teillier, cuenta que conoció al poeta a inicio de los 80 en la Sech. “Era un verdadero refugio. Ahí nos juntábamos todos los escritores en dictadura”, señala, y agrega que no era fácil la convivencia con el vecindario de la Sech. Ubicada en calle Almirante Simpson 7, en Providencia, por el frente quedaba el restaurant Casa Cena, donde era habitual ver a Álvaro Corbalán, de la CNI, con amigos. “A veces nos increpaba. Era una persona muy violenta”, recuerda Díaz.
Otro dato que comenta Leonora Vicuña es que a Teillier “no le gustaba el mundo intelectual, lo académico, la cátedra… Aunque era un profundo conocedor de muchas cosas. No andaba hablando de poesía, hablaba de la vida y tenía un humor negro especial, que a veces era bien ácido”. Prefería jugar, inventar historias, especular. Sobre su afición al alcohol, dijo lo siguiente: “En un país aburrido como este, no queda otra que ser alcohólico”; “Mi doctor me recetó dos copitas de vino en la noche, pero se le olvidó decirme de qué porte”; “El bar es como una casa, la casa de uno… Pero el vino no te lleva a ninguna parte”.
Un día, recuerda su amigo Lorenzo Peirano, Teillier se lesionó una pierna. Terminaron en un hospital. Después de varias horas, los llevaron a ambos en ambulancia al sector oriente de la ciudad. El poeta sonreía, pero también estaba molesto. En un momento, le comentó al chofer de la ambulancia: “Encuentro el colmo que si voy en la ambulancia no toquen la sirena”.
Teiller y sus amigos habían ingresado y salido del Triángulo de las Bermudas en varias ocasiones. Eran unos sobrevivientes de la noche, del toque, de la cesantía, del tedio y del apagón cultural. El bar La Unión Chica sigue existiendo en calle Nueva York, a pasos del metro estación Universidad de Chile. Una foto del poeta cuelga en la pared. El Lagar de Don Quijote, a su vez, sobrevive como un punto de encuentro de parroquianos sedientos y ansiosos por un sánguche de arrollado. El bar restaurant Isla de Pascua ya es pasado.
Imagen de portada: Jorge Teillier fuera del bar La Unión. Fotografía: Álvaro Hoppe.