
por Daniel Hopenhayn I 3 Julio 2026
Desde que cumplió 100 años, en 2021, hasta su muerte a fines de mayo de este año, Edgar Morin escribió al menos siete libros (cuatro de ellos traducidos al castellano), con la evidente motivación de legar, a un mundo que no vería, un destilado de las ideas que concibió en el camino. No ya las más ambiciosas ni las más complicadas, sino aquellas que, con la paciencia del sedimento, fueron decantando en su cabeza después de pasarse un siglo observando la realidad. Tiene sentido entonces que la última de estas obras se titule Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado? Por lo pronto, los 104 años no eran una mala edad para hacerse esa pregunta, pero en el caso de Morin la cuestión converge con la que ha sido, hace décadas, su principal preocupación: articular un modo de pensamiento que permita inteligir el mundo, y actuar sobre él, después de la crisis de las ideologías y la dispersión de los saberes.
El autor, desde luego, no se preguntó por las lecciones de la historia en calidad de historiador, oficio que solo ha practicado de contrabando. Catalogado en las reseñas como filósofo o sociólogo, fue en realidad un autodictacta que cursó estudios en más de cinco carreras, sin doctorarse en ninguna; se unió a la resistencia francesa y luego al ejército que ocupó Alemania, rompió con el comunismo en los años 50 y desde entonces incursionó en tantas disciplinas, desde el estudio del cine hasta la cibernética, que se tuvo que rebelar contra todas ellas; pues creyó descubrir, en la fragmentación del conocimiento, en la división de la realidad en partes aisladas, una ceguera peor que la falsa conciencia.
Así, se transformó en el padre del “pensamiento complejo”, concepto que en rigor no promueve la abolición de las disciplinas, pero sí una radical interconexión de los saberes biológicos y sociales, de las perspectivas técnicas y éticas. Aplicado a la educación, su enfoque propone enseñar a detectar el error y las ilusiones, a situar la información en sus diversos contextos, a vincular conceptos contradictorios (orden y desorden, por ejemplo) para comprender el mundo globalizado. Se trata, en fin, de recuperar la visión de conjunto, la ubicuidad misma del intelecto. Morin fue un ilustrado, no un iconoclasta, pero parecía intuir que el largo desarrollo de la razón occidental ha terminado engendrando, esta vez a escala civilizatoria, institucional, al enemigo original de Sócrates: una sabiduría incapaz de comprender su ignorancia.
Es desde estas coordenadas que el autor se aproximó a la historia. Esto significa, para empezar, que ninguna de las 16 lecciones contenidas en el libro descubre relaciones lineales de causa y efecto. Al revés, Morin se burla de la ambición de discernir esos patrones ocultos que, una vez identificados, harían de la historia una secuencia predecible o manejable. Así dice la primera lección: “El resultado de una acción puede ser contrario a su intención inicial”. Lo supo la aristocracia francesa cuando, ávida de recuperar el poder que había perdido durante el reinado de Luis XIV, desató en 1788 el proceso que un año después desencadenó la Revolución. Lo sabe también la izquierda chilena y, hasta hace poco, aseguraba saberlo la derecha.
En los años 60 del siglo pasado, a través de la muy influyente revista Communications, que fundó junto a Roland Barthes y Georges Friedmann, Morin polemizó con la Escuela de los Annales, que en aquel entonces dominaba la historiografía francesa, si no mundial. Esta escuela había desplazado la centralidad de los acontecimientos políticos o militares, el influjo de los “grandes hombres”, en favor de los factores socioeconómicos e ideológicos que vertebran procesos de largo alcance. Según Morin, a los historiadores de los Annales no les faltaba razón: más bien les sobraba. La “tendencia racionalizadora”, objetó, había relegado demasiado “el papel de los acontecimientos y de las personalidades fuertes”. Restablecer ese equilibrio siguió siendo su causa hasta el final. La cuestión no era desistir del esfuerzo racionalizador, ni mucho menos, sino evitar que ese esfuerzo nos induzca a subestimar la importancia de aquello que se resiste a ser racionalizado. “El ruido y la furia humanos no pueden considerarse fenómenos marginales”, sintetizó el autor.
De esto se derivan varias de las lecciones aquí presentadas. Lección undécima: “Un solo individuo puede cambiar el curso de la historia mundial”. Bien por los procesos y las causas estructurales, pero los mundos que dejaron Alejandro, Juana de Arco, Churchill, no se explican poniendo a cualquier otro en su lugar. Otras páginas ponderan la enorme influencia de los imaginarios, los mitos y las religiones, a veces desestimada por una inercia cientificista que prefiere confiar en determinismos materiales.
Pero lo que más interesaba a Morin, por lejos, era subrayar la existencia del acontecimiento, de “las apariciones ininterrumpidas de lo inesperado y lo improbable”, que desvían a la historia en direcciones no necesarias. Son los momentos en que el azar busca su causa, y ante cuya ocurrencia los seres humanos corrientes pueden “convertirse en dementes dentro de una demencia”. El problema sería este: “El paso del tiempo anestesia el recuerdo de estos acontecimientos inesperados y sorprendentes. Poco a poco se aducen causas que permitan explicarlos, y una causalidad configurada a posteriori suele desembocar en la racionalización”.
Lecciones de la historia es un ensayo breve, casi una colección de notas que se lee en media tarde y cuyo autor, por edad o templanza, no aspira a presentarse en su máximo vigor. Lo que ofrece es un extracto de ideas maduras, más meditadas que novedosas, expuestas con la claridad de quien no necesita decir nada más. Lo propio ocurre con los eventos históricos que trae a colación, en su mayoría de conocimiento general y a los cuales no se busca añadir nuevas lecturas. En ese sentido, probablemente sea el libro indicado para un lector en formación, que encontrará en él un abanico de entradas a la historia y una invitación estimulante, exenta de monsergas, a dudar de las primeras impresiones. Para lectores más iniciados en la materia, además del interés de ciertos pasajes, el mayor provecho será pasar un rato en buena compañía.
Pese a sus afinidades con el pensamiento posmoderno (desconfianza de las explicaciones únicas, afirmación de una realidad contradictoria y caótica), a Morin nunca le sentó bien la distancia escéptica. Siempre intentó reconstruir un método para entender el mundo y, aunque se declaraba un paladín de la ironía, rara vez se atrevió a usarla sin un propósito edificante. La caída del mito del progreso, por lo mismo, constituía en su discurso una liberación necesaria, pero dejó en su último libro una huella melancólica, tal vez ante la evidencia de que el vacío, en lugar de llenarse con una esperanza sin certezas, que nos obligase a actuar y a decidir, se llenó con ilusiones de progreso cada vez más enajenantes. “El progreso material no va acompañado de ningún progreso moral”, decreta la penúltima lección de este volumen. “Pero el hecho extraordinario es que dos guerras mundiales, las grandes matanzas, los fanatismos delirantes o Hiroshima solo socavaron provisionalmente esta creencia en el progreso”, resucitada ahora por “una élite tecnocrática californiana (…) que promete la inmortalidad una sociedad perfecta regulada por la inteligencia artificial y la continuación de la aventura humana en planetas colonizados”. Morin, a quien la nostalgia restauradora siempre le provocó aversión, se permitió afirmar en este texto, casi a media voz, que “a veces las virtudes nuevas no alcanzan a compensar las virtudes perdidas”.
En momentos de pocas respuestas, arrastrados por “un sinfín de conocimientos nuevos” que solo miran hacia adelante, ¿qué podemos aprender, todavía, del pasado?
Un modo de observar, sugirió Morin, de religar los problemas humanos. La historia no era para él un depósito de enseñanzas, sino algo así como un telón de fondo, un espejo que nos refleja en la medida que nos trasciende. En sus palabras: “La historia es portadora, en forma humana, de las grandes fuerzas cósmicas de unión y desunión, concordia y discordia. (…) La principal lección de la historia es que arroja luz sobre las distintas caras de la humanidad, sobre los diferentes comportamientos humanos, pero también sobre la estrecha combinación antropológica de razón y locura, de técnica y mito”.

Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado?, Edgar Morin, Taurus, 2025, 130 páginas, $17.000.