La furia de Gruñona

por Constanza Gutiérrez I 11 Agosto 2026

Compartir:

Hay un tipo de persona a la que el mundo llama “difícil”, Greta Montero (1986) la llama Gruñona y le escribió una novela. En ella, desde Coronel, construyó su universo literario: una ciudad minera en decadencia, un linaje de mujeres que sobrevive callando y una protagonista que se niega a hacer lo mismo. Gruñona es una niña que ama las historias: teleseries, películas, novelas decimonónicas o anécdotas de sus abuelos. Las busca todo el tiempo, las analiza y, como Emma Bovary, las levanta al nivel de ejemplo vital: cada vez que se enfrenta a un problema, se pregunta qué harían sus ídolos televisivos como La Potra Zaina o Marty McFly, y es así como configura su visión de mundo: “Desde chica tuve fama de tener mal genio, de ser enojona, una ‘cabra gruñona’, dice siempre mi mami. Pero para ser enojona hay que tener con quien pelear. Aprendí de las teleseries que veo con ella a media tarde que uno siempre debe tener un archirrival, un antagonista. Ese enemigo es Sofía Flores”.

Está escrita a dos voces: quien lee puede conocer la visión de Sofía Flores de primera mano gracias a fragmentos de su diario, los cuales son intercalados entre las historias, propias o recogidas, que cuenta la protagonista. A través de ese diario nos enteramos de que son compañeras de curso, que Sofía Flores está enamorada de Gruñona y del contraste entre la autenticidad de la última y la necesidad de una máscara que el resto del mundo sí reconoce: Sofía, por ejemplo, vive atrapada en las dinámicas de su familia evangélica, que jamás aceptaría su lesbianismo y, al tener siempre presente la posibilidad de ser expulsada, sabe que esa autenticidad la expone al sufrimiento.

Gruñona será apasionada, pero no es tonta: también se da cuenta. Este es un Bildungsroman torcido: en el género clásico el mundo termina por dar la razón al protagonista, esta novela no hace esa concesión. Precisamente, la tragedia de Gruñona comienza cuando descubre que las historias no alcanzan para enfrentar el mundo real, que es incoherente y violento, y no distingue entre nobles e innobles. En este proceso, las primeras en caer son las teleseries: ocurre tras un breve escarceo con un chico al que quiso comparar con el Leonardo DiCaprio de Romeo+Julieta, hasta que tuvo que defenderse de sus avances con un grito que la expuso: la realidad no tuvo banda sonora ni acuario iluminado. Fue tildada de “maraca” y agredida por una turba en la que incluso está quien luego será su amante.

Este es un Bildungsroman torcido: en el género clásico el mundo termina por dar la razón al protagonista, esta novela no hace esa concesión. Precisamente, la tragedia de Gruñona comienza cuando descubre que las historias no alcanzan para enfrentar el mundo real, que es incoherente y violento, y no distingue entre nobles e innobles.

Las historias de sus abuelas y abuelos también alimentan la narración. En ellas, los hombres luchan contra patrones abusivos o las impredecibles fuerzas de la naturaleza, como guarenes asesinos, y las mujeres combaten a los hombres, animales como el que más. Son relatos de supervivencia a costa de sumisión y silencio: la abuela de Gruñona se casó a los 16 años con un hombre al que no eligió porque su madre los llevó al Registro Civil sin derecho a réplica, y cuando Gruñona pregunta si alguna vez estuvo enamorada, le cuenta de un amigo de infancia que murió. “Nunca más tuve amigos”, dice clavando el cuchillo en la mesa, “nunca nunca nunca le supliques a nadie”. Gruñona pone en práctica este consejo poco después, una madrugada en la playa, en el momento en que un hombre la ataca y elige defenderse. En el hospital se niega a ser una víctima y ahí mismo, postrada, besa a Sofía Flores y experimenta un colapso whitmaniano —“Soy todos los personajes, todos ellos caben en mí”, escribe, y se (nos) prepara para lo que viene—. En otro momento, conoce a una mujer que ha sido traicionada toda la vida y le oye decir: “Estoy vieja ya, no tengo tiempo ni corazón para odiar a nadie”. Es una sorpresa, la primera vez que Gruñona presencia una forma de aceptar la realidad que no es ni la resignación de su abuela ni la furia que ella misma ha cargado toda la vida, sino la voluntariosa decisión de no odiar ni seguir destruyendo.

Gruñona es una novela profunda, entrañable y entretenida, y Montero tiene el buen juicio de no terminarla con heroínas, sino con imperfectas arrepentidas: nos despedimos de Sofía y de Gruñona bajo la lluvia, después de una larga mañana, y con Gruñona entrando a casa con un portazo para, por fin, bañarse. Una pista del tamaño de nuestra libertad.


Gruñona, Greta Montero, Overol, 2025, 104 páginas, $13.000.

Relacionados

En la dirección opuesta

por Vicente Undurraga