Sangre y napalm, rabia y miedo

por Alberto Arellano I 27 Agosto 2026

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La primera vez que tuve Despachos de guerra en mis manos fue hace poco más de 10 años. Es una edición que aún conservo de tapa roja, también editado por Anagrama bajo la colección “Otra vuelta de tuerca”. Había sabido del libro mucho tiempo atrás por Apocalypse Now (1979), la colosal película de Coppola en la que Herr colaboró como guionista. Publicado originalmente en 1977, Michael Herr llegó en 1967 a Vietnam, dos años después de que Estados Unidos enviara las primeras tropas a Indochina. Era corresponsal de Esquire, cuando la revista vivía su época dorada de la mano de Talese, Mailer y Wolfe, los viejos cracks del Nuevo Periodismo. Un año antes de que Herr llegara a Vietnam, Gay Talese publicó en Esquire “Sinatra está resfriado”, pieza insigne de la joven y pujante narrativa de no ficción; años antes, Norman Mailer había instalado las vigas de ese género nuevo con “Superman va al supermercado”, un larguísimo perfil sobre John F. Kennedy, luego de seguirlo seis meses en su campaña para las elecciones que ganaría en noviembre de 1960.

Herr no era famoso, pero manejaba de sobra los códigos y nuevas formas que adoptaba el ejercicio del oficio periodístico: reporteo de campo profundo, inmersivo y sin prisa (al menos sin tanta), punto de vista, relato en primera persona, desdén por el comunicado y/o los puntos de prensa y/o las versiones oficiales, y la observación aguda como herramienta esencial del reporteo. Todo eso puesto al servicio de contar más que de informar.

Despachos de guerra, del que se ha dicho que es el ‘relato definitivo’ de Vietnam, no es un libro que enseñe sobre estrategias bélicas ni sobre geopolítica ni menos sobre actos heroicos, tal como suele hacerlo la crónica de guerra. Es más bien un retrato íntimo del horror, del caos y del sistema de relaciones humanas —o inhumanas— posibles en medio de la muerte apilada en la selva espesa, asfixiante e impredecible, donde cabe casi únicamente el miedo, el delirio y algo de humor (negro, mayormente) como forma de sobrevivencia.

Justamente por eso, Despachos de guerra, del que se ha dicho que es el “relato definitivo” de Vietnam, no es un libro que enseñe sobre estrategias bélicas ni sobre geopolítica ni menos sobre actos heroicos, tal como suele hacerlo la crónica de guerra. Es más bien un retrato íntimo del horror, del caos y del sistema de relaciones humanas —o inhumanas— posibles en medio de la muerte apilada en la selva espesa, asfixiante e impredecible, donde cabe casi únicamente el miedo, el delirio y algo de humor (negro, mayormente) como forma de sobrevivencia.

Conocí a un chaval de Miles City, Montana, que leía todos los días el Stars and Stripes para comprobar la lista de bajas y ver si, por casualidad, había muerto alguno de su pueblo. No sabía siquiera si había más gente de Miles City en Vietnam. Pero, de todos modos, consultaba. Y es que estaba seguro de que si había otro y le mataban, él estaría bien.

—Pues claro, ¿cómo van a morir en Vietnam dos tíos de un pueblo tan de mierda como Miles City? —decía.

En Despachos de guerra cuesta a veces saber si las cosas ocurrieron exactamente como el autor las cuenta o si algunos personajes, aquellos que no se identifican claramente en el texto, existieron o son arquetipos armados con retazos de varias vidas. Es eso lo que desde siempre se le ha pedido al periodismo: que ofrezca un relato con base en hechos corroborables y personajes reales. Sin embargo, parece haber consenso en que no hay libro periodístico que retrate con tanto realismo y crudeza la cotidianeidad de la guerra —y la relación de los hombres con ella, al decir de John Le Carré— como este. Las licencias literarias o préstamos que Herr pudo haber tomado de la ficción quedan de todas maneras subordinados a su monumental trabajo en terreno y es ahí donde está el principal mérito periodístico de su obra: relatar no desde fuera sino desde las entrañas de la historia. Ir al infierno, volver y contarlo, no es para cualquiera.

A diferencia de la edición de tapa roja que tuve por primera vez en mis manos hace una década, esta nueva edición viene con un prólogo del periodista y escritor italiano Roberto Saviano, alguien que también visitó el infierno para contarnos de qué va. Dice Saviano: “Herr arrastra al lector a la guerra. Literalmente. No le ofrece solo imágenes, sino también comportamientos. El lector no solo percibe el olor de la sangre y del napalm, sino que siente rabia y miedo, siente lo feroz que sería, siente lo que es el hombre cuando debe dejar de ser hombre para sobrevivir. Si yo no hubiera leído Despachos de guerra nunca hubiera escrito lo que he escrito”.

 


Despachos de guerra, Michael Herr, Anagrama, 2025, 304 páginas, $25.000.

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