Una declaración de interdependencia

Este jueves a las 11.30 horas, el historiador Jeremy Adelman, director del Diploma de Honor en Global History (Cambridge/UDP), dictará en la Universidad Diego Portales la conferencia “Imágenes que hacen mundo: fotografía e historia global”. Actual director del Global History Lab en la Universidad de Cambridge, Adelman ha escrito sobre una amplia gama de temas, como el auge de los nacionalismos, por qué es peligroso pensar que el mundo está en fase terminal o los desafíos del capitalismo moderno. Su último libro es The Capitalist Era: The Making —and Unmaking— of the Global Mind, una aguda mirada a la desintegración del orden global. El mundo, sugiere este ensayo, se ha convertido en un entramado de redes de intercambios y flujos que, sin embargo, cada vez está más permeado por la desconfianza y el miedo. Reproducimos las páginas introductorias de este volumen.

por Jeremy Adelman I 6 Octubre 2026

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El pánico se apoderó del mundo. Una peste mortal se propagó desde Hong Kong hasta San Francisco. La sequía azotó el noreste de Brasil y los graneros de Rusia. Desempleo, huelgas, masacres, pogromos… hubo incluso una obra de teatro en Broadway sobre los ruinosos pánicos bancarios. Los titulares de los periódicos de todo el mundo clamaban por esta calamidad. Los pintores alejaron sus paletas de los telúricos paisajes de la campiña para centrarse en sombrías estampas de campos sobreexplotados, trabajados por campesinos con la espalda rota. Fueron años de miedo: miedo a la escasez de alimentos y combustible, alarma por la pérdida de dinero, turbulencia financieras e inquietud ante los migrantes procedentes de lugares lejanos. Los gobiernos impusieron aranceles a sus socios comerciales y, con la ayuda de nuevos aparatos, como las ametralladoras y el alambre de púas, los comandantes enviaron soldados a tierras lejanas para matar a personas que hablaban distintos idiomas. El exterminio de los pueblos nativos alcanzó un espantoso apogeo. Otros nuevos dispositivos transformaron la forma en que la gente se enteraba de cómo se derramaba la sangre y se perdía el dinero al otro lado del mundo. Los periódicos baratos, los cables de larga distancia y las cámaras portátiles acercaron lo lejano. Globalizaron una grande peur, especialmente el miedo a verse abrumados por los extranjeros, y el miedo de ser asesinados por ellos. El planeta se sentía, al mismo tiempo, más pequeño y más peligroso.

Fueron los turbulentos años de la década de 1890, una transición del optimismo del pasado victoriano a la incertidumbre sobre el futuro. El alborozo de las emocionantes aventuras de Julio Verne en tierras desconocidas (La vuelta al mundo en ochenta días salió de imprenta en 1872) dio paso a las visiones de H. G. Wells de una Tierra moribunda, futuros distópicos y horrores patógenos (La guerra de los mundos llegó a las librerías en el ominoso año de 1898). Hoy en día, nos desplazamos por una oferta ilimitada de variaciones digitalmente mejoradas de los temores de Wells sobre invasiones y guerras de extracción extraterrestre. Vivimos tiempos de creciente temor a las grietas atmosféricas, a la política depredadora y a las imágenes cotidianas de exterminio.

Parte de la naturaleza misma de los estados de pánico es que las personas que los viven no logran situarlos en su contexto; son incapaces de ver que lo que se siente como el fin de los tiempos suele ser más bien un punto de inflexión, una transición difícil e incierta, más que un gran final. La búsqueda de contexto y sentido es lo que motiva este libro: comprender las emociones recurrentes de los dos últimos siglos. Recordar épocas anteriores marcadas por la ansiedad y la ira nos permite poner nuestro presente en perspectiva. Nos recuerda que el miedo siempre ha estado en conflicto con otras emociones, como la alegría y el entusiasmo, que alimentaban visiones alternativas del futuro de nuestro planeta.

Las emociones exaltadas, y no solo el frío cálculo del interés propio, han determinado cómo los extraños se han considerado y tratado mutuamente en la era capitalista. El sentimiento y el interés propio se entrelazaron para dar forma a los ritmos del capitalismo mundial, al tiempo que animaban los grandes debates y contradicciones que crearon y destruyeron la Mentalidad Global.

Este libro es una historia de cómo los seres humanos llegamos a compartir la Tierra, nos guste o no. Personas desconocidas entre sí se unieron en su búsqueda de alimento, combustible, seguridad, respeto e ideas. Esto no es nada nuevo para una especie social. Pero la escala de la dependencia mutua generada por el capitalismo moderno cambió radicalmente desde la Revolución Industrial. Así como cambió lo que está en juego. La magnitud y los riesgos implicados en depender de los extraños han provocado sentimientos encontrados: miedo y entusiasmo, simpatía y recelo; la intensidad de la necesidad mutua genera tanto visiones utópicas de un mundo unificado y temor existencial, como indiferencia, confusión y agotamiento. Esa guerra se ha librado tanto dentro de nuestras cabezas como sobre el suelo, en alta mar y en los cielos. Últimamente, el estado de ánimo se decanta por el pesimismo. Un antiguo optimista global ha caído en la desesperación. Necesitamos menos expertos y más terapeutas que, según él se lamentaba, “puedan ayudarnos a aceptar quiénes somos”.

Una tentación es definir todo este espectro emocional en términos de sus extremos. Los nativistas sombríos y agoreros advierten sobre un apocalipsis: o se regresa a los fundamentos de las lealtades de “sangre y tierra” de la nación y la tribu, o se enfrenta la extinción mediante el aniquilamiento cultural y demográfico a manos de hordas migrantes o de una competencia económica desleal. En el otro extremo se encuentran los universalistas del mundo unificado, para quienes solamente la solidaridad desinteresada redimirá a la humanidad de otro tipo de extinción: la ruina ecológica o una guerra devastadora. Cada extremo tiene su narrativa predilecta, poblada de salvadores y villanos.

El debate sobre cómo necesitamos a los extraños y cómo ellos nos necesitan a nosotros ha sido, y sigue siendo, sobre qué tipo de interdependencia debería prevalecer. ¿Será o debería ser el orden mundial más inclusivo, con fronteras relativamente abiertas y brazos acogedores? ¿O este orden será depredador y jerárquico, con nosotros arrebatando a los demás lo que necesitamos, cuando y como podamos?

Quedan al margen de estas narrativas los verdaderos marginados: aquellas personas que representan una amenaza o que necesitan desesperadamente ser salvadas. En razón de que ellas están tan necesitadas, se les reduce a figuras caricaturescas deformadas por los estereotipos sobre los extraños. En términos fotográficos, debemos ampliar el objetivo para que entren en escena esos extraños que han quedado fuera del relato, para ver que ellos también tienen sentimientos significativos y profundamente contradictorios sobre el compartir el planeta con “nosotros”, porque nosotros los necesitamos a ellos.

Ampliar el encuadre tiene consecuencias sobre lo que vemos y sobre cómo lo vemos. Para empezar, significa admitir las fricciones que son intrínsecas a la condición moderna, las cuestionadas necesidades de la vida moderna. Durante los dos últimos siglos, las opciones no han consistido en decidir entre vivir en la pureza de la tribu-nación o en la felicidad de un mundo unificado, sino sobre gestionar las tensiones entre ambas. Los extraños a menudo discrepan y luchan precisamente porque necesitan lo que el otro tiene; eso es lo que hace que la necesidad sea puesta en cuestión. Las tecnologías, los mercados y los flujos de ideas crearon una unidad del mundo sin unificarlo.

O lo uno o lo otro

Cada bando tiene sus propios puntos ciegos, para sus respectivos intereses. Los tribalistas deben lidiar con una gran evasiva. Afirmar que se puede ser independiente y restaurar la autonomía del propio grupo sin renunciar a lo que aportan los extraños es perpetuar la ilusión de que se puede vivir libre de las limitaciones de la dependencia, al tiempo que se disfruta de sus beneficios. En el mejor de los casos, esto es irreflexivo; en el peor, malicioso. Lleva a las personas dependientes a tomar algo y a negar que lo están tomando. La negación es un paso hacia la deshumanización de aquellos de quienes se depende.

Los partidarios de un mundo unificado también tienen ajustes de cuentas que hacer. Aceptar la unidad fracturada de un mundo de extraños desafía el sueño universalista: la creación de un orden político poshistórico, integrado bajo un único sistema de valores, en el que los seres humanos trabajen juntos como “ciudadanos globales”. Esta fantasía de unidad borra el mundo diferenciado de extraños que negocian, discuten y pelean por la distribución de las cosas que necesitan. Niega el interés propio en obtener beneficios de los demás, el que subyace al impulso de gestionar, controlar y dominar a las personas que necesitamos. La redención no nos espera, como si los extraños fueran a llevarse bien simplemente porque se necesitan unos a otros. De esta negación surge una aversión a aceptar el precio que se exige a los demás y su propia forma de crueldad, en especial hacia los extraños que nunca pidieron formar parte de la visión de alguien más.

Los debates que nos dividen nunca han sido sobre la interdependencia o la independencia. Esta dicotomía es engañosa. Es peligrosa. Ser independiente significaría pobreza, indigencia, y vidas más breves y menos creativas. Pocos experimentos sociales a gran escala en la historia moderna han perseguido realmente este retroceso hacia el aislamiento. Pensemos en Pol Pot en Camboya. Es más, las declaraciones de independencia nunca han sido anuncios de soledad, ni un llamado a regresar a una isla metafórica. Más bien, son requerimientos de personas libres para que otras personas, desconocidas y también libres, las reconozcan; y súplicas para integrarse a la interdependencia bajo sus propios términos no impuestos; y requerimientos de personas que no son libres para que se reconozcan sus demandas de libertad.

El debate sobre cómo necesitamos a los extraños y cómo ellos nos necesitan a nosotros ha sido, y sigue siendo, sobre qué tipo de interdependencia debería prevalecer. ¿Será o debería ser el orden mundial más inclusivo, con fronteras relativamente abiertas y brazos acogedores? ¿O este orden será depredador y jerárquico, con nosotros arrebatando a los demás lo que necesitamos, cuando y como podamos? ¿Cómo equilibrar la inclusión con la jerarquía? ¿Qué combinación de intereses, propios y ajenos, regirán la forma en que los extraños se traten entre sí?

Estas preguntas nos han planteado numerosos desafíos. Durante más de dos siglos, nuestra búsqueda de las respuestas —impulsada por un potente cóctel de compasión, celos, miedo y angustia— ha dado forma a las políticas públicas, las normas y las instituciones que regulan nuestro mundo. Ahora que esos sistemas de guía se tambalean, las preguntas que les dieron su fuerza se nos vuelven a plantear.

El estilo ‘o lo uno o lo otro’ que domina nuestros debates pasa por alto la esencia de la vida interdependiente: el necesitar a los extraños para sobrevivir es concederles a esos extraños cierto control sobre los recursos, sobre la información y sobre el reconocimiento. Es una situación incómoda. Es también ineludible.

Después de dos siglos de historia, llegó el momento de afrontar el hecho de que los extraños albergan sentimientos encontrados los unos hacia los otros. La Mentalidad Global siempre estuvo dividida. Los universalistas pueden pregonar sueños de unidad en un mundo unificado y las virtudes de ayudar a los extraños menesterosos, pero no han sido precisamente santos en lo que respecta a sus propios intereses y métodos. Por su parte, los tribalistas pueden afirmar que se preocupan ante todo por su propia parentela, clan o nación, mientras culpan a los extraños de sus desgracias, pero ocultan las formas en que necesitan a esos extraños, a quienes a veces detestan justamente porque los necesitan y, sin embargo, en ocasiones, encuentran las formas de acogerlos.

El estilo “o lo uno o lo otro” que domina nuestros debates pasa por alto la esencia de la vida interdependiente: el necesitar a los extraños para sobrevivir es concederles a esos extraños cierto control sobre los recursos, sobre la información y sobre el reconocimiento. Es una situación incómoda. Es también ineludible. Ser interdependiente provoca una tensión interna, no importa quién seas, porque otorgas a otros la capacidad de influir en tu forma de vida. Al menos entre vecinos y ciudadanos existen foros y rituales, desde los parlamentos hasta las parroquias, para acordar las normas que rigen la convivencia y cómo impugnarlas. Esto no ocurre con los vínculos entre sociedades y entre extraños. Sea lo que sea que se piense de las Naciones Unidas, los organismos de control de armamento, los organismos de monitoreo del clima o las instituciones benéficas y los bancos globales, estas entidades no comparten el poder de convocatoria ni la legitimidad de las afiliaciones de vecindario o nacionales; hay poco margen para el intercambio democrático y el debate sobre las normas técnicas que regulan las cadenas de suministro globales y las reservas de vacunas, o la proliferación nuclear y las emisiones de carbono, normas que realmente determinan cuestiones de vida o muerte, como el acceso a las vacunas o los riesgos de las bombas atómicas.

Durante dos siglos, la integración a través de las fronteras redujo la dependencia entre vecinos y aumentó la dependencia entre extraños. Se abrió una brecha entre nuestras necesidades y nuestro control sobre las maneras de satisfacerlas.

Esa brecha se ha llenado con una mezcla inestable de cooperación y competencia, de compartir y acaparar. El equilibrio ha oscilado y cambiado a lo largo de las generaciones. Pero una cosa es cierta sobre la construcción del mundo moderno: esa mezcla nunca ha llevado a los extremos de una unificación mundial ni a un retorno al bendito aislamiento. Las dicotomías simplistas ocultan las tensiones reales en torno al poder y el control, sobre quién cosecha los frutos de la interdependencia y quién asume los costos. Es tiempo de lidiar con nuestras identidades mezcladas, con nuestras necesidades cuestionadas. Es tiempo de lidiar con la verdadera agitación que está en el corazón de un mundo interdependiente.

Para ayudar con este ajuste de cuentas, necesitamos herramientas. Algunas proceden de reflexiones anteriores sobre el dilema de la interdependencia. Este libro se basa en las percepciones extraídas de transiciones previas, algunas de ellas peligrosas. Un sociólogo que escribió a finales de la década de 1930, Norbert Elias, observó el funcionamiento de lo que denominó la “economía afectiva”. Se refería a los sentimientos que unen o separan a los miembros de la sociedad entre sí, a las emociones que los aglutinan para objetivos comunes o que los llevan a alejarse y que, en ocasiones, conducen al salvajismo. Elias, un judío nacido en Alemania que escribía desde su exilio en Gran Bretaña, observó cómo la creciente interdependencia entre los pueblos aumentaba la división de sus funciones sociales: a medida que las personas se especializaban en diferentes tareas y roles, se volvían más competentes y productivas. Esto amplió el radio de la población que quedó “en una relación de dependencia mutua”. De este modo, la interdependencia creó riqueza, ciencia, arte y poesía. Pero también provocó vergüenza, repugnancia y miedo “a los gestos de superioridad de los demás”. Si se desataban, los temores a ser controlados por otros podían conducir a la agresión, frustrando o incluso arruinando los beneficios de la interdependencia. ¿Cuál de esas emociones en pugna acabaría imponiéndose? La respuesta a esa pregunta, sostenía Elias en su obra clásica de 1939, El proceso de la civilización, dependía de aprender la moderación, cultivar los buenos modales y desarrollar la capacidad de refrenar “los impulsos y emociones espontáneos”. Los miedos, las ansiedades y los resentimientos seguían acechando en el interior. Al fin y al cabo, una mayor interdependencia significaba una mayor necesidad de los demás y una mayor vulnerabilidad ante su posible desprecio; gestionar estos sentimientos requería contención y autocontrol.

Aquí yace un drama de la vida moderna: la lucha por regular la mezcla explosiva de apego y miedo en un mundo en el que las personas necesitan lo que tienen los demás. Muchos de los actores, normas e instituciones creados a lo largo de los dos últimos siglos se diseñaron precisamente para moderar y gestionar el sistema límbico global mediante una combinación de contención y recompensa.

 

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Traducción de Patricio Tapia.

La conferencia en la UDP es a las 11.30 horas, el jueves 8 de octubre, en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades (Ejército 333, Santiago).

 


The Capitalist Era: The Making —and Unmaking— of the Global Mind, Jeremy Adelman, Princeton University Press, 2026, 400 páginas.

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