Almas en pena

por Manuel Vicuña I 4 Noviembre 2026

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Pensamos poco en los fantasmas. Siguen presentes en películas y en libros con la estatura de los clásicos populares, pero los juzgamos algo más propio del pasado o de las zonas rurales o de la gente que desconoce los dictados de la racionalidad. La ciudad los expele de sus espacios, y ni siquiera en las noches se hacen presentes más allá de casos en extremos aislados. De los fantasmas se habla poco, siempre tomando las prevenciones necesarias para no atraer su presencia. Hay apariciones, desde luego. He escuchado historias al respecto, aunque siempre me he dejado llevar, incluso contra mi voluntad, por un sentimiento de incredulidad. Quizá no importa si los fantasmas existen o no en términos empíricos. En cualquier caso, las opiniones están divididas, y eso que en las épocas y en las sociedades más diversas se han reportado sus intromisiones en el mundo de los vivos. Existen los espíritus benignos. Otros, por el contrario, dejan la tendalada y traen consigo el miedo, si no el espanto.

Como la mayoría de los mortales, no vivo pendiente de los fantasmas ni de las almas en pena. Pero recientemente descubrí que sus apariciones forman parte de los coletazos de la “guerra sucia” en Argentina. Las novelas argentinas que abordan el tema de fantasmas y dictadura se cuentan por montones y, siguiendo su paso, desde hace unos años las investigaciones sociológicas, las etnografías de lo extraordinario, han empezado a despejar un nuevo campo de estudio.

La represión tuvo lugar en distintos espacios, se diseminó por el territorio, encontró rincones apartados y encima se instaló en lugares en cuya vecindad, a diario, circulaban multitudes: cárceles, cuarteles, centros de detención clandestinos de zonas rurales o edificaciones emplazadas en medio del trajín urbano. Esos espacios —junto con casas marcadas a sangre y fuego por los operativos policiales, cementerios con fosas comunes, sitios de fusilamientos, sótanos tapiados, cuevas, túneles, descampados— han traído al mundo espectros, en aquellos se ha aposentado el horror y este ha conectado el Más Acá con el Más Allá.

La ciudad y el campo, en amplísimas extensiones, conocieron las prácticas represivas y, en consecuencia, el retorno de los muertos bajo la forma de almas en pena. Estas aparecen en barrios ricos, de clase media, en las villas, en medio del tráfago de Buenos Aires, junto a los pueblos calmos de la provincia. De hecho, se puede armar una verdadera “topografía espectral”, un mapa de Argentina salpicado de cruces, designando los lugares de violación sistemática de los derechos humanos.

La antropóloga Mariana Tello Weiss, en su libro Fantasmas de la dictadura. Una etnografía sobre apariciones, espectros y almas en pena, publicado el 2025, estudia esos fantasmas nacidos a raíz de la dictadura argentina, y lo hace como si estuviera invocando a los muertos y a la vez realizando una plegaria por el descanso de sus almas. Entrevistó a familiares de víctimas de la represión, policías, exconscriptos involucrados en la “guerra sucia”, abogados, sepultureros, trabajadores de sitios de memoria, vecinos de locaciones donde los espectros se manifiestan. Porque de eso se trata: de investigar las apariciones de los muertos que irrumpen en el mundo de los vivos, seres liminares, situados en un limbo, suspendidos en el aire de la indeterminación sobre su destino.

No es fácil reacomodar las prácticas cotidianas para cohabitar con los fantasmas, que a veces son benéficos, sobre todo si preexisten los vínculos familiares, los lazos afectivos entre aparecidos y testigos, pero otras veces son perturbadores, inquietantes, incluso violentos.

Muchos familiares de desaparecidos, deseando saber si están vivos o muertos, dónde se encuentran detenidos o dónde buscar sus restos, realizan sesiones de espiritismo y se entregan, esperanzados y desesperados al mismo tiempo, en las manos de los médiums. Así abren espacios para la intrusión de lo espectral. Como si fuera poco, esta intrusión moviliza recursos científicos; se ha dado el caso de excavaciones arqueológicas y forenses que siguen la huella de las apariciones, validan su calidad de signos.

De todos los casos que reseña Tello, tal vez el que más me sorprendió, por lo siniestro, refiere a un colegio instalado en un ex centro de detención clandestino donde rondan las almas en pena. Algunas señales cochambrosas del uso previo del lugar siguen a la vista de los estudiantes; existen zonas muertas que todos rehúyen; la tétrica historia de los edificios encuentra su morada en los recodos de las conciencias de los adolescentes y de los funcionarios. Los cursos de secundaria se realizan donde antes se mantenía a los prisioneros, y la directora, seguramente ignorando el hecho, eligió como oficina la antigua sala de torturas.

Los espíritus se hacen presentes de distintas maneras: en sueños muy vívidos que impregnan la memoria y consisten no solo en imágenes mentales, también comprometen los sentidos, el tacto, el olfato, y son experimentados como visitas de los muertos llenas de sentido; en autos que se prenden súbitamente, en luces que se encienden y se apagan, en alarmas que se disparan de la nada; en manos posadas en los hombros o en el cuello de los incautos, y en opresiones de pecho; en figuras espectrales que se esfuman en el aire y en presencias que afloran en las fotografías; en voces que se entrometen en las llamadas telefónicas, en las comunicaciones radiales, en gritos despavoridos, quejidos, lamentos, que quedan grabados en cintas cuya finalidad es capturar el canto de los pájaros. En otras ocasiones, cuenta Mariana Tello, se expresan como energías, corrientes de electricidad que atraviesan los cuerpos de pies a cabeza. Los espectros velan por sus familiares, reclaman justicia… o solo están ahí, extraordinarios en su radical alteridad, siendo “algo” indefinido y, por lo tanto, siniestro, o bien “alguien” conocido y, por lo tanto, tal vez, amigable, bienvenido.

Si mi capacidad de comprensión no me falla, para abordar estos fenómenos es necesario mantenerse a distancia de las dicotomías entre verdad y ficción, realidad y fantasía, fe perceptual y evidencia empírica. Hay que dejar de lado la idea de lo verificable objetivamente y los reclamos positivistas de la ciencia. Los fantasmas son seres intangibles, escapan al orbe de lo comprobable, al registro de lo ordinario, desafían a la razón, sacuden desde la base los criterios de verosimilitud establecidos y corren por fuera de la verdad jurídica. Quienes se cruzan con las almas en pena no son, necesariamente, personas que habitan culturas más abiertas a lo extrasensorial, al reinado del mito, al trato ritual con el Más Allá; se cuentan entre ellas, además, personas agnósticas, ateas, materialistas, gente a la que las apariciones las enceguecen con un “resplandor de realidad” que contraviene todas sus convicciones y sacude sus conciencias.

Muchos familiares de desaparecidos, deseando saber si están vivos o muertos, dónde se encuentran detenidos o dónde buscar sus restos, realizan sesiones de espiritismo y se entregan, esperanzados y desesperados al mismo tiempo, en las manos de los médiums. Así abren espacios para la intrusión de lo espectral. Como si fuera poco, esta intrusión moviliza recursos científicos; se ha dado el caso de excavaciones arqueológicas y forenses que siguen la huella de las apariciones, validan su calidad de signos.

El recurso a los videntes es otra alternativa explorada. Trascribo un fragmento de una carta dirigida a un vidente holandés muy célebre, Gerard Croiset; fue escrita el 26 de mayo de 1979 por una madre con un hijo secuestrado de cuyo paradero no tiene noticia: “Mi adorado hijo nació el 22 de octubre de 1957 y se llevó en sus ojos la ternura que jamás encontraré en mi vida. Lo busqué por todos los rincones de mi patria y hasta por medio de organismos internacionales. A pesar de todos los resultados negativos: LO SIENTO VIVO. Pero… ¿Dónde está? Esta pregunta quiero hacérsela a usted que es mi última esperanza. Sé de sus dones sobrenaturales y de la bondad de sus sentimientos, por eso le envío esta carta. Ninguna respuesta por más negativa que sea me hará sufrir más de lo que ya he sufrido”.

Negándose a dar por muertos a sus hijos desaparecidos, hay madres que les siguen tejiendo un suéter cada invierno, o haciéndoles la cama con sábanas limpias cada tanto. Algunos familiares —no pocos— visitan los psiquiátricos en busca de los suyos. Se asegura que la tortura les ha hecho perder el juicio, que ahora, en la Argentina de la transición democrática, transitan convertidos en vagabundos, otra forma de lo espectral: almas en pena recorriendo la ciudad.

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