Maturana: el biólogo que trascendió las fronteras del laboratorio

El legado de Humberto Maturana, fallecido el viernes pasado, se expandió hasta la filosofía, la sociología, la inteligencia artificial, la educación, el lenguaje y, sobre todo, en la teoría de sistemas y cibernética. Su gran aporte cristaliza en el término autopoiesis, según el cual todo ser vivo es un sistema cerrado que está continuamente creándose a sí mismo y, por tanto, reparándose, manteniéndose y modificándose. La Enciclopedia Británica señala que la autopoiesis es una de las seis grandes definiciones científicas de la vida.

por Gonzalo Argandoña Lazo I 11 Mayo 2021

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“Lo que el ojo de la rana le dice al cerebro de la rana” es el título de un paper emblemático, publicado en noviembre de 1959 y coescrito por Humberto Maturana. En ese entonces, él era un joven biólogo que había obtenido recientemente su doctorado en Harvard y trabajaba en un laboratorio del MIT en Boston.

Ese artículo es considerado un clásico dentro de los estudios sobre la visión, pero estuvo a punto de nunca ver la luz. En esa época, aún persistía la vieja concepción del ojo como un mero receptor que se limitaba a enviar señales al cerebro para su interpretación: la clásica concepción del sistema visual que funciona como un radar o una máquina de fax, copiando fielmente la realidad exterior y transmitiéndola hacia el cerebro.

Pero al estudiar la visión de la rana, Maturana y sus colegas del Laboratorio de Electrónica del MIT, colocaron electrodos en el nervio óptico del animal para poder escuchar las señales que enviaba. A continuación, movieron objetos alrededor del ojo de la rana, descubriendo la existencia de células que responden a rasgos específicos de un estímulo visual, como bordes, movimiento y cambios en los niveles de luz. Incluso identificaron lo que llamaron “detectores de bichos”, es decir, células en la retina de la rana que están pre-programadas para responder cuando entran en el campo visual objetos pequeños y oscuros, que se detienen y luego se mueven de forma intermitente (¿alguna semejanza con la descripción de una mosca?).

En resumen, descubrieron que mucho de lo que se creía que ocurría en el cerebro en realidad sucedía en el propio ojo: “El ojo habla al cerebro en un lenguaje ya muy organizado e interpretado, en lugar de transmitir una copia más o menos exacta de la distribución de la luz en los receptores”.

Estos importantes resultados fueron recibidos con escepticismo e inicialmente fueron descartados para ser publicados en una revista científica. Pero después, colegas de otras universidades visitaron el laboratorio para conocer los experimentos en detalle, y así fue como esta investigación clásica sobre la visión terminó por ser aceptada.

Si bien se trataba de un estudio específico sobre la visión de un animal, de él se desprendían claras implicancias epistemológicas y filosóficas: se trataba de un primer ejemplo de muchos en la vida de Maturana de cómo su trabajo en un área particular terminó generando ondas y resonancias mucho más allá de la academia, en campos tan diversos como la educación, la sociología, la lingüística, la inmunología y la ética.

Autopoiesis

Luego de su fructífero paso por Harvard y el MIT, Maturana volvió a Chile en 1960.

“Regresé cumpliendo un compromiso que había contraído antes de salir con la Universidad de Chile, pero íntimamente con el deseo de retribuir al país todo lo que había recibido de él”, cuenta el propio Maturana en el prefacio a la segunda edición del libro De máquinas y seres vivos.

En ese entonces trabajaba como asistente en la cátedra de biología de la Escuela de Medicina. Logró convencer a su superior de impartir hacia el final de año una serie de clases, donde Maturana podría dar el contenido que quisiese. Para ese entonces, él había estudiado medicina, biología, anatomía, genética; había incursionado en antropología, arqueología y paleontología; y se había interesado por la etnología y la mitología durante sus 10 años de inquieto estudiante en Chile y el extranjero.

Según relata Maturana, al final de la última clase, un estudiante le preguntó: “Señor, usted dice que la vida se originó en la Tierra hace más menos 3.500 millones de años. ¿Qué sucedió cuando se originó la vida? ¿Qué comenzó al nacer la vida, de modo que usted puede decir ahora que la vida comenzó en ese momento?”.

Maturana recuerda: “Al oír esa pregunta me di cuenta de que no tenía respuesta. (…) ¿Qué comienza cuando nacen los seres vivos en la Tierra y se ha conservado desde entonces? O puesto de otra manera: ¿qué clase de sistema es un ser vivo?”.

La palabra surge de la combinación de dos palabras griegas: ‘auto’ (sí mismo) y ‘poiesis’ (creación). ‘Los seres vivos somos sistemas moleculares autopoiéticos, es decir, sistemas moleculares que nos producimos a nosotros mismos, y la realización de esa producción de nosotros mismos como sistemas moleculares constituye el vivir’, señaló Maturana en 2019.

Esta anécdota fue uno de los gatillantes de la búsqueda a una respuesta que hasta entonces nadie había dado en biología.

Después, en 1965, se crea la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, aglutinando a diferentes investigadores, entre ellos Humberto Maturana, pero sin un edificio físico que los uniera. Un par de años después, la Facultad recibe un terreno donde operar: un sitio en la comuna de Ñuñoa, que se compró para albergar un pequeño ciclotrón donado por la Universidad de California. Se levantaron unos precarios módulos prefabricados, que supuestamente durarían solo dos años, a la espera de la construcción de edificios definitivos. En uno de estos módulos, que finalmente quedaría en pie y funcionando por décadas, se instala Maturana.

Para ese entonces, había realizado una serie de experimentos en la visión del color, llegando a la conclusión de que el sistema nervioso no opera como un detector de longitudes de onda para definir el color, sino que cualquier “color” dado es una cierta relación de actividades neuronales internas. También Maturana había propuesto la idea que fue la base de su investigación posterior: que el sistema nervioso no puede distinguir la ilusión de la percepción.

En 1970 regresa a Chile otro científico brillante y con mente inquieta, con un espíritu más allá de los cánones habituales de la ortodoxia: Francisco Varela. Juntos trabajan en dar respuesta a esa escurridiza pregunta de qué es la vida. Ambos habían iniciado una fructífera relación años atrás, cuando un joven estudiante Varela fue a visitar a Maturana en su laboratorio. En ese primer encuentro, Humberto le preguntó a Francisco qué era lo que le interesaba, y él respondió con el entusiasmo de sus 20 años: “¡El psiquismo en el universo!”. Humberto sonrió y dijo: “Muchacho, has llegado al lugar adecuado”, según recuerda el propio Francisco Varela.

Fruto de su trabajo conjunto nace el concepto de autopoiesis, publicado por primera vez en 1973, en el pequeño libro De máquinas y seres vivos. Se trata de una de las pocas ideas originales pensadas en Chile que haya tenido la trascendencia que tuvo en las ciencias y en otras disciplinas.

La palabra surge de la combinación de dos palabras griegas: “auto” (sí mismo) y “poiesis” (creación). “Los seres vivos somos sistemas moleculares autopoiéticos, es decir, sistemas moleculares que nos producimos a nosotros mismos, y la realización de esa producción de nosotros mismos como sistemas moleculares constituye el vivir”, señaló Maturana en 2019.

Según su teoría, todo ser vivo es un sistema cerrado que está continuamente creándose a sí mismo y, por tanto, reparándose, manteniéndose y modificándose. El ejemplo más sencillo puede ser el de una herida que se cura.

Según el texto de 1973, los sistemas biológicos son unidades que se producen y mantienen a sí mismas “como una red de procesos de producción (transformación y destrucción) de componentes que: (i) a través de sus interacciones y transformaciones continuamente regeneran y realizan la red de procesos (las relaciones) que los han producido, y (ii) la constituyen (la máquina) como una unidad concreta en el espacio en el que ellos (los componentes) existen”. Aunque el sistema cambie en sus componentes o estructura, dicha red permanece inalterable durante toda su existencia, manteniendo la identidad de este. Los seres vivos son sistemas autopoiéticos moleculares, que están vivos solo mientras están en autopoiesis.

La Enciclopedia Británica ha recogido la autopoiesis como una de las seis grandes definiciones científicas de la vida. Más allá de su aplicación en la biología, este concepto ha tenido gran impacto en la teoría de sistemas y cibernética. Su influencia se expandió hasta la filosofía, la sociología, la inteligencia artificial, la educación y el lenguaje. Actualmente, una búsqueda sencilla en Google arroja más de 800.000 documentos relacionados con la palabra autopoiesis.

Con posterioridad, el libro El árbol del conocimiento (1984) haría una exposición más amigable, buscando explicar de manera sencilla conceptos como autopoiesis, clausura operacional y acoplamiento estructural, en una de las obras de divulgación más fascinantes que se han publicado en el país y que se ha traducido a más de 12 idiomas.

En esta obra se plantea un viaje a través de la organización del conocimiento desde la unidad de vida mínima (la unidad autopoiética) hasta la conciencia humana y la organización social, en un recorrido que trasciende las fronteras de los laboratorios y la biología, como siempre lo hizo Humberto Maturana a lo largo de su vida.