Héroes de baja intensidad

No debiera la crítica aguarle al espectador la fiesta del cine, especialmente cuando cuesta encontrar películas que arrastren público a las salas. Sin embargo, hay que matizar las expectativas creadas por las campañas publicitarias y los rifirrafes al margen de la pantalla. Dicho de manera muy simple: Argentina, 1985 es una película pesada, lenta, que funciona por inercia gracias a dos o tres chispazos y que apela a hechos estelares a los cuales es imposible no prestarles atención.

por Pablo Riquelme I 6 Octubre 2022

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Argentina, 1985, la última película del director bonaerense Santiago Mitre, ha llegado a la cartelera precedida de una provechosa peregrinación por los festivales de Venecia y San Sebastián, donde ganó el premio del público, y también de una jugosa polémica por su distribución en los cines trasandinos. Varias cadenas se negaron a estrenarla debido a que solo tendrán tres semanas para exhibirla, pues el 21 de octubre será colgada en la parrilla de Amazon, que produjo el filme, y en consecuencia la venta de entradas se hará poca. El cálculo ha salido mal: solo en el primer fin de semana, la película convocó a 200 mil espectadores. Pero más allá de la dimensión comercial, ha quedado en la opinión pública la sensación de que en la estrategia de las cadenas hubo sesgos políticos. En las afiebradas batallas culturales de la Argentina actual, el filme pateó el avispero siguiendo la premisa houllebecquiana según la cual primero debes ubicar dónde la sociedad tiene su herida y después, meter el dedo y apretar.

La película trata del Juicio a las Juntas, el más importante de la historia argentina, llevado a cabo en 1985, en pleno despegue del gobierno de Alfonsín, por la justicia civil contra los generales y almirantes de las juntas militares (a diferencia de Chile, donde el poder lo concentró Pinochet, en Argentina se ejerció de manera colegiada), para que respondieran por los asesinatos, secuestros y torturas ejecutados entre 1976 y 1983. Fue la primera vez en la historia global que una cúpula militar debió someterse al código civil de una República, y la película lo señala con épica. El protagonista de la historia es Julio César Strassera, el fiscal que lideró la acusación (interpretado por Ricardo Darín), retratado como un burócrata del montón y buen padre de familia, pero con una herida a cuestas: su desempeño como defensor de la ley durante la dictadura fue mediocre. Strassera encuentra en este proceso histórico la posibilidad de redimirse personalmente y, a través de la búsqueda de justicia y del establecimiento de la verdad, restituir la conciencia moral de la República. Es una de esas coyunturas donde los destinos del individuo y de la comunidad se intersecan. No existe, lo sabemos, productora de mitos más grande que la maquinaria del cine. De este modo, el gris funcionario judicial del comienzo termina convertido en el tribuno más elevado del areópago y hace su ingreso al santoral de la patria. Es, en suma, la beatificación de un héroe improbable; alguien que, como dice el mismo Strassera, es consciente de que “la historia no la hicieron tipos como yo”.

El filme tiene un grave problema de género. Formalmente la película responde a los códigos del thriller judicial clásico, al estilo de algunos largometrajes de Frank Capra y Sidney Lumet. Pero el guion decidió añadir varias capas de humor, que en parte emanan de la personalidad del fiscal Strassera de carne y hueso en el que se basó la historia. El humor siempre se agradece, sobre todo si sirve para aliviar la densa temática del filme. Este tema, sin embargo, demandaba una solemnidad mayor: los desaparecidos y los muertos son asuntos demasiado crudos como para que la risa supere al drama.

No debiera la crítica aguarle al espectador la fiesta del cine, especialmente cuando cuesta encontrar películas que arrastren público a las salas. Sin embargo, hay que matizar las expectativas creadas por las campañas publicitarias y los rifirrafes al margen de la pantalla. Dicho de manera muy simple: Argentina, 1985 es una película pesada, lenta, que funciona por inercia gracias a dos o tres chispazos y que apela a hechos estelares a los cuales es imposible no prestarles atención. Sin embargo, es una película decepcionante.

En primer lugar, el filme tiene un grave problema de género. Formalmente la película responde a los códigos del thriller judicial clásico, al estilo de algunos largometrajes de Frank Capra y Sidney Lumet. Pero el guion decidió añadir varias capas de humor, que en parte emanan de la personalidad del fiscal Strassera de carne y hueso en el que se basó la historia. El humor siempre se agradece, sobre todo si sirve para aliviar la densa temática del filme. Este tema, sin embargo, demandaba una solemnidad mayor: los desaparecidos y los muertos son asuntos demasiado crudos como para que la risa supere al drama. El punto es que la película a ratos parece una comedia y eso juega contra la trama, pues vuelve inverosímiles algunas situaciones y se traspasan los códigos de género que el propio filme pacta con el espectador. El ejemplo más concreto se evidencia cuando el fiscal y su familia reciben amenazas de muerte anónimas a través de una llamada telefónica, un acontecimiento indispensable para la construcción de un héroe. Si la película no logra tomarse en serio el momento más dramático, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros, los espectadores? Así, el Strassera de la película resulta un héroe sin sacrificios. Hacer tu trabajo, por más arriesgado que sea, no es heroico, es el deber. El heroísmo no requiere togas ni discursos para la historia, por más elocuentes que sean las palabras, sino sacrificios. Clint Eastwood ha fabricado héroes de toda laya cumpliendo este requisito.

El ejemplo más concreto se evidencia cuando el fiscal y su familia reciben amenazas de muerte anónimas a través de una llamada telefónica, un acontecimiento indispensable para la construcción de un héroe. Si la película no logra tomarse en serio el momento más dramático, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros, los espectadores? Así, el Strassera de la película resulta un héroe sin sacrificios.

El asunto tiene una segunda derivada. La falta de obstáculos reales para Strassera y Moreno Ocampo, su fiscal adjunto (interpretado por un correcto Peter Lanzani), hace trizas la tensión dramática. La historia avanza sin accidentes hacia un desenlace obvio y, lo más imperdonable, desenganchando emocionalmente al espectador. Volvemos al asunto del deber: que Strassera quiera hacer justicia no impresiona. Podrían conmover sus motivaciones, el por qué, más allá de la rectitud, es tan necesaria la reparación. Subsanar un pasado de cobardía no es suficiente, pues no tiene nada de extraordinario ser cobarde en una dictadura. La anomalía es lo contrario. Y al final, cuando la emoción llega, es tarde: el testimonio de la mujer que debió dar a luz a su hijo en cautiverio sin ayuda de sus torturadores es electrizante, pero la emoción dramática opera a la inversa de la justicia: si tarda demasiado, no llega.

Un tercer aspecto es la falta de complejidad de los personajes antagónicos: los militares. Hitchcock le dijo a Truffaut que el secreto de un buen thriller eran los malos: mientras más elaborados fueran, mejor sería la película. Pues bien: aquí los generales están completamente desdibujados. Son unos viejos silenciosos sentados en el banquillo de la Historia que inspiran más lástima que miedo. Aquí, la banalidad del mal no diluye su responsabilidad individual en la canalla colectiva, como en las historias de juicio a los nazis, sino en la inexistencia. Los malos no tienen motivaciones ni argumentos; existen solo para ser crucificados. De hecho, la premisa básica de la investigación de Strassera es demostrar que el terrorismo de Estado provino de las más altas esferas. No se logra. El guion cumple con demostrar los horrores transversales de los años de plomo, pero nunca aparece la prueba, el papel o el testimonio que ilustre que fue un plan diseñado por los altos mandos.

Vaya uno a saber por qué un filme que entrega menos de lo que promete ha incendiado tanto la pradera. Lo que está claro es que no es porque el filme meta el dedo en la llaga con firmeza. La película no incomoda y desaprovecha la ocasión de despejar dudas razonables, por ejemplo, si este juicio habría sido viable si Argentina no hubiera perdido la guerra por las Malvinas.

Un tercer aspecto es la falta de complejidad de los personajes antagónicos: los militares. Hitchcock le dijo a Truffaut que el secreto de un buen thriller eran los malos: mientras más elaborados fueran, mejor sería la película. Pues bien: aquí los generales están completamente desdibujados. Son unos viejos silenciosos sentados en el banquillo de la Historia que inspiran más lástima que miedo. Aquí, la banalidad del mal no diluye su responsabilidad individual en la canalla colectiva, como en las historias de juicio a los nazis, sino en la inexistencia.

Santiago Mitre (1980) ha demostrado ser un buen guionista (coescribió dos buenas películas de Pablo Trapero) y un director con pulso a la hora de retratar los engranajes del poder. Con El estudiante (2011), una película rodada con el vuelto del pan, había realizado una estupenda disección de la política universitaria y de las infinitas facciones en las que puede implosionar la democracia asambleísta. Vista desde la actualidad, curiosamente, es una película que ayuda a entender muy bien a la generación que detenta el poder en el Chile de hoy. Y en La cordillera (2017) había indagado en las dimensiones espirituales de un presidente argentino en las cuerdas de la legitimidad que, a los pocos meses de asumir su mandato, se estrenaba internacionalmente en una cumbre en Chile. Las circunstancias geopolíticas y familiares lo llevaban a realizar un extraño pacto mefistofélico para salvarse. Buena parte de las expectativas de Argentina, 1985 venían de la promesa a medio cumplir que había hecho en ese largometraje. Era una película rara, que se le iba de las manos, pero con una atmósfera inolvidable.

De hecho, tal vez lo más valioso de Argentina, 1985 tenga que ver con cierta atmósfera que no proviene de la trama ni de la puesta en escena, sino de la ansiedad y la nostalgia que derrama. Algo tiene que andar muy chueco en la política argentina como para que el héroe de turno sea un fiscal que salva los muebles de la República. En las canciones de Los Abuelos de la Nada (“Sobre la palma de mi lengua / vive el himno de mi corazón. / Siento la alianza más perfecta / que, en justicia, me une a vos”) y de Charly García (“Mamá, la libertad / siempre la llevarás / dentro del corazón. / Te pueden corromper, / te puedes olvidar, / pero ella siempre está”) que acompañan dos momentos clave del filme, se huele la añoranza, el anhelo por conectar con ese año en que la madre patria comulgó con la pureza. Ese año previo al gol de Maradona contra los ingleses en México, la última vez que Argentina fue campeona del mundo.

 

 


Argentina, 1985 (2022), dirigida por Santiago Mitre, escrita por Santiago Mitre y Mariano Llinás, 140 minutos, disponible en cines.

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