El sur, en el centro

Aunque en Londres los turistas se concentran en lo que pasa al norte del Támesis, es posible argumentar que el centro de la ciudad está, en verdad, al sur del río. El barrio de Southwark, por ejemplo, es de hecho el centro geográfico, el foco de los seis puentes que cruzan el Támesis, el sitio donde la compañía de Shakespeare construyó el Globe Theatre para poner en escena sus obras, el lugar desde donde partieron los peregrinos hacia Canterbury en los poemas de Chaucer… El sur es donde Malcolm McLaren llegó a las ideas que inventarían el punk y donde el escritor y crítico cultural Mark Fisher hablaba sobre la fantasmagoría del capitalismo y la agonía de un futuro cancelado, argumentos que viven en protestas de estudiantes y movimientos contra la gentrificación.

por Lucía Vodanovic I 30 Marzo 2026

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El mapa del metro de Londres es perversamente bueno, tanto que ha deformado la percepción de las distancias y la escala de la ciudad. El diseñador Malcolm Garrett, conocido por sus trabajos con músicos como Peter Gabriel, Culture Club y Duran Duran en los 80, ha dedicado los últimos años de su carrera a combatirlo. Garrett nos recuerda algo tan obvio que se vuelve invisible: el folleto del metro no es un mapa, sino un diagrama.

Aceptar que el diagrama no es un mapa cambia el eje de la ciudad. Si uno está cerca de la estación de Waterloo y quiere ir a Westminster, la gráfica del metro indica que debemos cruzar el río hacia el norte (el Támesis es el gran divisor entre norte y sur en Londres), cuando en verdad nos estamos moviendo hacia el oeste. Si las proporciones del mapa fueran relativamente reales, Elephant and Castle (el barrio reconocido por su comunidad latina que está muy cerca del río) estaría en Kent. La otra trampa del metro es que muchas veces es más rápido caminar entre dos estaciones que tomarlo, y que al cambiar de líneas el trecho subterráneo es igual o más largo que el que uno haría por la calle.

Garrett es uno de los diseñadores tras el proyecto Legible London, que lleva décadas formulando la antes impensable propuesta de que Londres sea una ciudad totalmente caminable, como cualquier otra capital europea. Para tal efecto, es necesario en primer lugar que olvidemos el mapa del metro. La otra condición es aceptar que es una ciudad con estructura medieval (aunque su historia se extiende hasta el año 50 d. C.), pero a escala de megalópolis contemporánea. Por lo tanto, su diseño no tiene ningún sentido ni razón. Legible London consiste en paneles de tres tipos (Monolith, Midilith y Minilith) impresos con una mezcla de esmalte y vinilo en un marco de metal, instalados en todos los barrios. Los paneles muestran dos mapas, uno con un círculo que indica lo que se puede encontrar en un rango de 15 minutos caminando, y el otro, lo que está a cinco minutos (basado en un caminante promedio que recorre 4,5 kilómetros en una hora).

Todo esto fue una idea de Ken Livingstone, quien en 2004, mientras era alcalde de Londres, se propuso hacer que la ciudad fuese caminable en 10 años. Es que insistir en el underground de Londres es una suerte de masoquismo: es asfixiante, lleno de gente y, como sistema de transporte, es el más caro del mundo (algunas cosas nunca cambian: “Nothing is certain in London except expense”, escribió el poeta del siglo XVIII William Shenstone).

Cuatro millones de personas lo usan cada día, y en las horas punta hay más de 500 trenes recorriendo la capital. El talento del inglés para el eufemismo se luce con los anuncios cuando un tren se detiene, aunque sea unos segundos, amenazando con colapsar todo el sistema y hacer que la ciudad entera llegue tarde al trabajo. Lo más decoroso es la disculpa por el atraso cuando hay una person under the train, en efecto un suicidio o un intento de. Además del atropello, algunas personas que se arrojan a las vías pueden morir electrocutadas, pero las probabilidades están reducidas por el diseño del metro, con el riel de corriente positivo ubicado en el lado opuesto de la plataforma. Para encontrar una corriente letal la persona tiene que estar agarrada de o acostada sobre los rieles de corriente positiva y negativa, pero están intencionalmente posicionados fuera del alcance de ambos brazos al mismo tiempo. Después de cada intento de suicidio, el objetivo del Transport for London es tener todo el sistema andando otra vez después de 53 minutos.

Hace poco he vuelto a ver a Malcolm Garrett hablando del sur, y de mapas, que colecciona y estudia como un devoto. Mirando un mapa en escala real, advierte que Southwark —el municipio que hace de portada a la parte sur de la ciudad, donde está Elephant and Castle, por ejemplo— está, de hecho, en la mitad de Londres. Es el foco de los seis puentes que cruzan el Támesis, y queda a pocos minutos caminando de Southbank (con teatros, galerías de arte, etcétera) y de la Tate Modern. Históricamente fue el lugar de Inglaterra, y del mundo, con más inns, pubs que eran también lugares para que viajeros y peregrinos se alojaran y comieran, y con establos para atender y descansar sus caballos; el más famoso es el George Inn, que todavía funciona.

Southwark es también el lugar desde donde partieron los peregrinos hacia Canterbury en los poemas de Chaucer, textos fundacionales del idioma inglés; el premio a su extenuante caminata era una comida gratis en el Tabard Inn (que ya no existe), rival histórico del George. Es el barrio más cercano a London Bridge, el puente que estructura todo en Londres, y donde hay más atracciones recordando las historias oscuras que le han dado su carácter imperturbable y resignado a la desgracia, ahora todos destinos turísticos: el London Dungeon, el London Bridge Experience, los London Tombs y una serie de recreaciones de tortura, enfermedad y muerte que no sucedieron ahí pero que le vienen al lugar (los de Bloody Mary, Jack the Ripper, la Plaga Negra y el Gran Incendio). Garrett cuenta que movió su oficina de diseño a la pequeña rotonda de St George’s Circus en Southwark, a la cual antiguamente llegaban todos los caminos desde las ciudades principales del sureste de Inglaterra. El diseñador se acaba de dar cuenta que Elephant and Castle es, geográficamente, el centro real de Londres.

En el primer trabajo que tuve en Londres había una mujer boliviana que iba a hacer el aseo. Casi nunca faltaba o se demoraba, y siempre me decía que vivía “en el centro”, contaba historias de “el centro”, compraba cosas “en el centro”. Un día le pregunté en qué parte del centro vivía, intrigada de pensar que tal vez se quedaba cerca de Trafalgar Square o de Oxford Circus. Me dijo que su casa estaba en Elephant and Castle, que era el centro porque todos vivían ahí y porque pasaban todas las micros (32 rutas, siendo precisos). Beatriz venía recién llegando al país y no hablaba casi nada de inglés, así es que estoy segura de que no se había leído el libro del pub de Shakespeare, y muchos menos hablado con Malcolm Garrett, pero se demoró bastante menos en darse cuenta de que Elephant and Castle puede considerarse, si cambiamos la perspectiva, el centro de Londres.

New Cross es donde uno siempre tiene la sensación de escuchar las cosas por primera vez, aunque se hayan originado en otro tiempo o en otro lugar del mundo: movimientos de pensamiento como el accelerationism, tendencias periodísticas como lo hyperlocal o el slow journalism, la arquitectura del grupo Ensemble o el arte del colectivo Autoitalia, las súper premiadas investigaciones del colectivo multidisciplinario Forensic Architecture, el trabajo de las mujeres jóvenes que publicaron la gran revista gal-dem (que hoy también se terminó, víctima de su propio éxito).

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Mientras el norte siempre se ha asociado con la burguesía literaria e intelectual de Londres (todavía parece que la mayoría de los escritores prefieren vivir ahí, si pueden pagarlo), el sur compite como capital del pensamiento y de las ideas. Tal vez porque fui alumna del escritor y crítico cultural Mark Fisher en Goldsmiths College (otra institución del sur, donde la vida y muerte de Fisher se conmemora en un grafiti con una larga frase sobre la emancipación política firmado por su alter ego y el nombre de su blog, K-Punk), o porque su último gran libro fue el fantasmagórico Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures, veo al propio Fisher como un espectro que recorre las ideas que se generan o reciclan en el sur. En las huelgas recientes por las pensiones del sistema público, estudiantes marchaban en apoyo a sus profesores con pancartas que decían “Against the Slow Cancellation of the Future”, que pertenece al italiano Franco Berardi pero la popularizó Fisher en su blog K-Punk.

Según el autor, el capitalismo ha colonizado no solo nuestra cultura y sociedad sino también nuestra psiquis, los ritmos de la vida cotidiana, nuestra atención dispersa. En vez de producir formas de cultura contemporáneas que respondan a un compromiso radical con el presente, hoy tenemos revivals y zombies que persisten para siempre, pero en el fondo no pertenecen ni le importan a nadie. Ese sentido de término ni siquiera es total, eso sería un quiebre radical: la agonía es el sentido gradual en el que se nos escapa la experiencia contemporánea, el desangre lento de la posibilidad de imaginar un futuro político diferente (fanático de la música, para Fisher el futuro, como la música, no ha sido actualizado desde los años 90). En sus libros, blogs, charlas y clases, llamaba a militar una especie de melancolía politizada: resistir a ajustarse al presente y continuar diciendo que no es aceptable. Ser negativo, siempre, pero nunca pesimista. Ser pesimista sería caer en la depresión de pensar que las cosas van a continuar en su zombie mode, otra prueba de que el capitalismo colonizó nuestra imaginación.

Entre los dos ejes, el de la melancolía politizada y la depresión, la vida de Fisher terminó en el segundo. Pero su espectro está en el sur de la ciudad, sobre todo al final, donde la larga avenida de Old Kent Road se abre y llega a otro de los nudos, New Cross. Aquí es donde Malcolm McLaren llegó a las ideas que inventarían el punk y donde Gary Oldman, en su época menos cotizada, dirigió y escribió la película semiautobiográfica Nil by Mouth, sobre una familia pobre en el sureste de Londres, una vida parecida a la que todavía pueden tener muchas familias ahí mismo, aunque es muchísimo más diverso racialmente de lo que muestra la película. Lugares para hacerse las uñas conviven con estatuas del almirante Nelson e interminables hileras de tiendas vendiendo pollo frito, bares de estudiantes y de público local con casas de apuestas, tiendas de disfraces y pop up shops, todo en la sombra del edificio que dice Goldsmiths College en letras de molde, como si fuera Hollywood.

New Cross es donde uno siempre tiene la sensación de escuchar las cosas por primera vez, aunque se hayan originado en otro tiempo o en otro lugar del mundo: movimientos de pensamiento como el accelerationism, tendencias periodísticas como lo hyperlocal o el slow journalism, la arquitectura del grupo Ensemble o el arte del colectivo Autoitalia, las súper premiadas investigaciones del colectivo multidisciplinario Forensic Architecture, el trabajo de las mujeres jóvenes que publicaron la gran revista gal-dem (que hoy también se terminó, víctima de su propio éxito). No importa si empezaron ahí (aunque varias sí), pero parece que en New Cross siempre alguien está escribiendo el libro sobre algo de eso, muchas veces para hacerlo mierda.

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Justo antes de la pandemia, una gran ancla de fierro negro recordando el pasado pirata del sur se volvió a instalar en la calle principal y comercial de Deptford, el barrio que viene después de New Cross, en camino hacia Greenwich, luego de una larga procesión o el tipo de bienvenida que se le da a alguien que viene saliendo de la cárcel. Deptford es también una las paradas que se mencionan en los poemas de Chaucer. Mientras que en Greenwich la historia marítima se celebra y conmemora en una serie de museos y otros atractivos turísticos, en Deptford, un barrio que poca gente fuera de Londres conoce, a no ser como el lugar donde murió el poeta y dramaturgo Christopher Marlowe, el rival, influencia y colaborador de William Shakespeare, esa historia se ha ido olvidando y dejando morir. Deptford, antiguamente un centro comercial y astillero que se convirtió en un depósito de chatarra cuando los muelles en Londres empezaron a cerrar, también se supone que es el nuevo “algo” que se vende como un área con herencia creativa, simplemente por los artistas que estudiaron en Goldsmiths y después nunca se fueron del barrio, y por un par de galerías de arte chicas. El ancla antigua estaba parada en un plinto que los borrachos usaban para sostener sus cervezas y apoyar codos y cigarros, como en un decadente pub al aire libre recordando los tiempos de la gloria naval. El municipio decidió removerla para evitar conductas antisociales.

En ese momento, el ciclo contemporáneo de casi todos los barrios en Londres batallando la gentrificación empezó otra vez: los residentes se enojaron, se agruparon en una campaña (Deptford is Forever), mandaron cartas, juntaron firmas, protestaron, hicieron fiestas, reunieron fondos, se disfrazaron. Pero la historia del ancla en Deptford es distinta, por dos cosas: primero, no se trata de una hilera completa de casas estilo georgian que ha sido demolida, o de la amenaza de botar el pub gay más emblemático de Camden Town, sino algo más a escala humana y muy tierno en su sutileza. Durante ese tiempo en el sur aparecían y se iban distintas pistas de la rabia local (una gran ancla de cartón instalada en la misma calle, anclas dibujadas con tizas, niños chicos con tatuajes de anclas, mínimas anclas hechas de cinta roja en las murallas), casi como signos o señas para iniciados. También leí un post it note rosado con la frase “Anchors don’t make people drink in the street, capitalism does” (Las anclas no hacen que la gente beba en la calle, el capitalismo sí), no lejos del argumento de Mark Fisher sobre la miseria mental no como un problema del individuo, sino de los efectos sociales del capitalismo. Segundo, porque la campaña de los residentes ganó y el ancla fue devuelta a Deptford High Street. Al retornar, fue rebautizada con un gran baño de ron y reinstalada, pero esta vez directamente en la vereda. Las autoridades se negaron a construirle un plinto nuevo.

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