
Se dice que la ciudad es una de las mayores invenciones de la humanidad, pero quizás es su mayor paradoja. Archivo de sí mismas, las ciudades van grabando en sus edificios, en sus fachadas, en sus calles y calzadas, en su iluminación y arbolaje, las posibilidades técnicas y culturales de siglos de invenciones. La ciudad es un arresto temporal y en ella se comprimen cientos y hasta miles de años. Pero esos muros y calles y edificios por sí solos no bastan. Tanto Humberstone en el desierto como la Atlantis al fondo del mar son ciudades fantasmas ya sin sus sociedades e instituciones que prueban que la ciudad no es solo materia.
por Alejandra Celedón I 19 Junio 2026
“This will kill that”: El libro acabará con el edificio. Victor Hugo articula esas frases apuntando a Notre Dame, en París, a mediados del siglo XIX, para describir cómo la invención de la imprenta, junto a la revolución que significó para la humanidad, desplazaría a otras formas de contar historias y archivar el pasado. Esto, la capacidad de la humanidad para crear actos de expresión mediante la palabra impresa de forma masiva, acabará con el impulso de la civilización de describirse a través de la arquitectura y las ciudades. Así como la invención de la fotografía desestabilizaría a la pintura en su función documental, la reproducción técnica de la palabra impresa remeció en su momento a los edificios: “The tower will crumble”.
Se dice que la ciudad es una de las mayores invenciones de la humanidad, pero quizás es su mayor paradoja. Archivo de sí mismas, las ciudades van grabando en sus edificios, en sus fachadas, en sus calles y calzadas, en su iluminación y arbolaje, las posibilidades técnicas y culturales de siglos de invenciones. La ciudad es un arresto temporal y en ella se comprimen cientos y hasta miles de años. César Aira imagina en Actos de presencia una Buenos Aires vaciada de todo, excepto de sus árboles. La ciudad desapareció, pero solo quedan sus árboles aún dispuestos, algunos en fila siguiendo las antiguas calles, otros secos, otros como memoria de algún parque anterior. Aun con todo desvanecido, esos árboles dirían mucho de Buenos Aires por sí solos. El Olivar en San Isidro ha estado ahí antes de la Lima que conocemos. Importados desde Sevilla y plantados en 1560 para sostener a los necesitados con su aceite, la ciudad tuvo que hacerse paso alrededor de ellos torciendo la grilla del damero, exponiendo una ciudad disputada.
Los edificios cuentan historias lejanas con una precisión que los árboles no podrían, testigos de adoctrinamientos estéticos y técnicos. La catedral de Notre Dame de París, varias veces parcialmente reconstruida, nos cuenta siglos de historias. Después de su incendio de 2019 se decidió volver lo más fielmente al momento original de su construcción, con sus técnicas y estéticas iniciales. Más interesante, sin embargo, era la exposición de distintos tiempos superpuestos. Estos actualmente conviven en la también quemada iglesia de la Veracruz en Lastarria: un monumento de construcción republicana cohabitando junto a su propia insurrección contemporánea. Los muros y capas de la ciudad conviven en un palimpsesto histórico. Permitido por autoridades y voluntades, se vuelve prueba de que no hay otra producción humana que logre tal compresión temporal y espacial.
Las sociedades se constituyeron en los muros de las ciudades y los “otros” pasaron a formar parte de una misma “ciudadanía”: los atenienses, lo santiaguinos, los lisbonetas. Sociedad y ciudad, institución y edificio, son pliegues de un mismo traje. Tanto Humberstone en el desierto como la Atlantis al fondo del mar son ciudades-museo ya sin sus sociedades que prueban que la ciudad no es solo materia. Como Zaira, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, que es una estructura hecha menos de piedra que de las relaciones que la sostienen. Los muros por sí solos no bastan. Zaira pertenece a la serie “Las ciudades y la memoria”, y es quizás el ejemplo más claro de que para Calvino una ciudad no puede comprenderse únicamente por la forma material del momento dado. El viajero (Marco Polo) explica que quien la observa solo como un conjunto de calles, muros y edificios, no ve nada. Marco Polo habría dejado las paredes de la iglesia quemada con las capas del tizne del fuego, porque el orden urbano no se revela en la planta ni en la apariencia: su verdadera estructura está hecha de tiempos y materias superpuestas, como se lee en Zaira:
Las tensiones entre una puerta y otra,
la frecuencia con que dos personas se encuentran en una esquina,
las razones por las que alguien evita una calle,
los afectos que conectan dos balcones,
los rituales que se repiten,
las expectativas, deudas y promesas rotas.
Humberstone y Atlantis son ciudades fantasmas, evidencia de que la forma urbana no basta y solo tiene vida cuando una sociedad la reconoce y actualiza. “Carne y piedra” se modelan mutuamente: la misma ciudad que aglomera, históricamente ha separado y dejado fuera. Desde las murallas que las rodeaban en los dibujos de fortalezas de Francesco di Giorgio (1430-1501) han tenido ese doble poder: las ciudades son tan capaces de juntar lo que la sociedad tiende a dividir como de generar en su diseño desarrollos desiguales, construir guetos, distanciar archipiélagos. Aunque Di Giorgio produjo decenas de esquemas de ciudades fortificadas inspiradas en los modelos utópicos del Renacimiento, el diagrama más claro de tal abstracción es la ciudad ideal de planta estrellada de Filarete, Sforzinda. La ciudad es un acto de exclusión en ambos sentidos: dentro y fuera de ella es un objeto de deseo.
Las primeras ciudades romanas surgían a partir de un trazado inscrito en el territorio: cardo y decumano. Estas dos líneas (una de norte a sur, la otra de este a oeste) se cruzaban perpendicularmente para generar una cuadrícula de manzanas que ordenaba la ciudad como si se tratara de un tablero de juego. En su intersección se ubicaría el foro: el centro de la vida pública. Una cruz ortogonal rayada con una vara en la tierra inauguraba la ciudad: el acto fundacional era, literalmente, un surco. Ese ritual mínimo constituía el grado cero de la forma urbana: una operación de separación capaz de transformar un territorio indiferenciado en un espacio político.
Con esa primera marca o huella en el suelo (la definición de ichnografía o planta arquitectónica para Vitruvio) comenzaba a distinguirse lo público (las calles) de lo privado (las manzanas), lo común de lo propio. Al gesto primario de demarcación seguiría la construcción del perímetro defensivo que convertía esa abstracción geométrica en una entidad autónoma. Esta operación de cierre no solo protegía, sino que producía, siguiendo al arquitecto Pier Vittorio Aureli, la ciudad como forma absoluta: un interior definido por límites precisos y accesos regulados, materializados en las puertas vigiladas. La ciudad nacía, entonces, como el resultado de una serie de actos que separan y distinguen, afirmando el proyecto político que subyace a toda forma urbana. La producción de la ciudad-Estado en Grecia es una unidad política cuya soberanía se sostiene precisamente en la claridad de sus límites. La delimitación (el recorte nítido entre interior y exterior) es la precondición de la ciudad en su origen. La ciudad-Estado no es un desarrollo posterior, sino una consecuencia inmediata del acto fundacional: el momento en que la geometría deviene en política.
Dentro y fuera de ella los sujetos se constituían de maneras muy distintas: al interior ciudadanos, al exterior salvajes. El acto de exclusión de ese muro estaría mediado por el pago de impuestos de aquellos que vivían protegidos dentro. La ciudad, como objeto de deseo, tenía su precio. Por definición, el deseo se alimenta de aquello que no podemos alcanzar.
La gran migración campo-ciudad de mitad del siglo XX hacia Santiago en busca de mejores oportunidades de trabajo, educación, vivienda, terminó en tomas de terreno, poblaciones callampas, lotes rayados con tiza sobre la tierra y posteriores erradicaciones. La ciudad no es para todos. En su inicio la ciudad estaba amurallada, hoy algunos de los muros separadores y los surcos son invisibles, pero siguen ahí. La ciudad marca fronteras invisibles con el valor de sus suelos, excluyendo y marginando a los que no pueden pagar su sitio, sumado a “los prisioneros voluntarios” en sus propios suburbios. La ciudad, como describía David Harvey en El derecho a la ciudad, se va llenando como un teatro (en palcos y graderías diferenciadas, hasta llenarse y dejar gente afuera). Como un avión (con clases y zonas de abordaje), la ciudad reproduce las diferencias sociales.
Más atrás en la historia, la ciudad juntaría lo antes disperso, identificaría lo antes disímil, volvería fijo lo antes móvil. Fue el resultado del tránsito del nomadismo (y por lo tanto la caza) en sedentarismo y estacionalidad (gracias al cultivo y la agricultura). La forma de alimentación y producción definía los primeros asentamientos. Algunos declaran que una ciudad, a diferencia de un poblado o villorrio, se define por el tamaño, otros por la densidad y organización productiva, o por la complejidad de los equipamientos e infraestructura que proveen a sus habitantes. Pero la ciudad, ante todo, es una condición.
El canónico “Valley Section”, dibujado por Alison y Peter Smithson en su Manifiesto de Doorn (1954), desafió la manera en que los congresos internacionales de arquitectura moderna entendieron la ciudad. A partir del diagrama de Patrick Geddes, “Valley Section” construye una diferenciación basada no solo en las condiciones físicas de un corte abstracto por el territorio, sino también en los sujetos que modela (y la modelan).
Las escalas de urbanidad de los Smithson se articulan en torno a sujetos que la sección misma consigna. A cada herramienta o técnica (el hacha, el arco, la pala) que media entre el cuerpo y el territorio, le corresponde una forma de vida y, por lo tanto, un tipo de asentamiento y de sujeto asociado: en la ciudad, el ciudadano y el jardinero; en el campo, el agricultor y el campesino; en los bosques, el cazador y el leñador. En el centro del valle ubican la ciudad. Hacia los bordes, la curva cóncava va diferenciando fábricas, poblados y, finalmente, granjas. En este diagrama continuo del territorio —que se despliega desde lo rural a lo urbano, y de vuelta— la ciudad ocupa el punto central donde emerge un sujeto específico: el ciudadano. Más allá del tamaño, la densidad o la complejidad, la polis define, en su sola condición, la aparición de un sujeto político.
En pandemia, la gente pagó por salir de la ciudad. Paradójicamente, las bondades de su densidad se transformarían en la fuente principal de potencial contagio. Un virus confinó a millones dentro de sus casas, reduciendo casi todas las funciones de la ciudad al ámbito de lo doméstico: la oficina, el comercio, la escuela, el deporte. Por supuesto, versiones y matices de esta reducción de lo urbano a lo doméstico ya existían antes de la pandemia: home office, e-commerce, home schooling. Pero el encierro las volvió norma. Otros, en cambio, optaron por huir hacia el campo, parcelando pequeños lotes en el territorio. Los surcos se multiplicaron hasta volver casi indistinguible el campo de la ciudad. La distopía del Monumento Continuo de fines de los 60, concebida por el grupo radical Superstudio, junto a la visión de Non-Stop City de Archizoom, que imaginaron un planeta completamente urbanizado o completamente ruralizado, parecía, por un instante, haberse vuelto real. El fin de la ciudad amurallada tal como la conocimos.
El Monumento Continuo dibujó una grilla infinita y homogénea que recubre montañas, costas y desiertos sin dejarse afectar. Imaginaron una arquitectura que ya no construye ciudad, sino que la sustituye por un único artefacto global ininterrumpido. Superstudio presagió un planeta donde todo es ciudad (o nada lo es), una utopía tecnológica indiferente al territorio que atraviesa. Non-Stop City, desde otra escala, lleva al límite la lógica de la urbanización: una ciudad sin forma, sin centro y sin final, donde la infraestructura sustituye al lugar y la repetición borra cualquier diferencia. Archizoom imagina una superficie equipada que podría extenderse en una horizontalidad casi rural, vaciada de rasgos urbanos. Es la ciudad convertida en puro funcionamiento, basada en una retícula capaz de alojar cualquier programa sin distinguir zonas, barrios o centros. No hay monumentos, no hay hitos, no hay plazas. No hay ciudad histórica. No hay afuera.
Estas ciudades imaginadas fueron dibujadas y escritas, pero nunca construidas. Nacieron como ironías, exageraciones absurdas que operaron como críticas a la ciudad de su tiempo. Ambos proyectos, repetidos incansablemente en libros, exposiciones y revistas, continúan influyendo la teoría y práctica de la arquitectura contemporánea.
Cuando Victor Hugo apuntó a que el libro atentaba contra el edificio, aludía a la revolución silenciosa que la imprenta produciría en el rol que la ciudad, sus edificios y fachadas habían tenido hasta entonces como soportes para narrar el pasado y proyectar el futuro. Aunque se repite que la ciudad es la mayor invención humana, lo que escribimos e imaginamos de ellas no lo es menos: la ciudad y sus relatos comparten un mismo pliegue. La pandemia puso a prueba esa invención material: bastaron semanas para amenazar con desactivar su funcionamiento que creíamos inamovible, tanto dentro como fuera de sus muros. Bastaron también semanas para reactivar de otros modos sus infraestructuras y que la ciudad fuera nuevamente el lugar más seguro, cerca de los hospitales, con conexión al menos a internet. Frágiles como son, esos muros persisten, siguen contando historias y aún pueden ser leídos como un archivo de nuestras ruinas y posibilidades.
También los libros, como los edificios, necesitaron alguna vez de fachadas. Los frontispicios constituyeron esa primera superficie de lectura y cumplieron una función narrativa condensada desde lo gráfico y estético. Libro y edificio operan como las dos grandes invenciones en las que la arquitectura se despliega, tanto material como conceptualmente. En la tradición desde Vitruvio, fabricatio (la construcción, la forma) y ratiocinatio (la idea, el pensamiento) son inseparables. La fachada y el frontispicio encarnan justamente esa doble dimensión: forma e idea, piedra y papel, edificio y libro.
Imagen de portada: El monumento continuo (1969-1971), de Superstudio (Exit Utopia, Prestel Pub, 2005).