
Terrenos despejados recoge una treintena de ensayos —artículos, fragmentos de libros, notas y columnas— de Benjamín Subercaseaux (1902-1973), en lo que supone un valioso y necesario esfuerzo por reponer en el ruedo a un autor que en su momento fuera tan celebrado como influyente.
por Vicente Undurraga I 1 Abril 2026
Primer ensayista en obtener el Premio Municipal de Santiago, en 1941, y luego reconocido con el Premio Nacional de Literatura en 1963, Benjamín Subercaseaux es autor de decenas de libros en prácticamente todos los géneros, pero ha trascendido especialmente por Chile o una loca geografía, en el que da detallada y personalísima cuenta de la vida natural y cultural en el territorio nacional. Al celebrar esa obra, en uno de sus recado-ensayos, Gabriela Mistral dijo que la pulcritud la atraviesa “como una virtud cardinal”, añadiendo que “es costumbre en el sudamericano que el cuido literario se deslice hacia lo formal y esto a la inercia de frases y periodos; pero en usted el dinamismo no se relaja, no flaquea y se siente alácrito en los repechos, alegre en la ‘bajada’ y dichoso siempre”.
Esta antología, preparada y prologada por Felipe Aburto, compartimenta la escritura del autor según asuntos que permiten ver el despliegue de observaciones e ideas, y de matices o cambios, saludables cambios en las ideas a través del tiempo. Abre el libro un texto titulado “Situando la mirada nueva”, en el que Subercaseaux reflexiona a fondo sobre pensar en la literatura, es decir, sobre ensayar, para lo cual busca recuperar la mirada del niño, cuyo entendimiento no ha sido abollado por el paso del tiempo, “no está sometido como nosotros al yugo de la percepción acostumbrada”. Se produce así, como dice Aburto, “la ganancia específica del desacuerdo”, que permite ver todo como por primera vez.
Y aunque en ocasiones puede dar la impresión de dar por sentadas muy rápido ciertas cuestiones (como que el pensamiento es anterior y superior a la escritura, o como que el aburrimiento es un “estado particular de inferioridad e inercia”, siendo que puede ser visto, como lo hiciera en un largo elogio Joseph Brodsky, como la cuna de toda creación y pensamiento nuevo); aunque, decía, pase muy raudo por ciertas consideraciones, el autor plantea con agudeza la necesidad de una mirada nueva que recupere la intuición, aquel resabio del instinto que la inteligencia y la praxis no logran liquidar del todo en mentes lúcidas. En esos afanes, Subercaseaux se divierte y nos divierte estableciendo diferencias entre idiotas, imbéciles y estúpidos, pues mientras en los dos primeros opera cierta regresión a tipos primitivos, dice, en el estúpido lo que hay es un alejamiento ya definitivo de los instintos. Y en su concepto, la mirada nueva no es otra cosa que “el instinto rehabilitado”.
El autor se pasea en estas páginas con soltura por cuestiones como la guerra, los billetes, los tranvías, las algas y los niños, entre otras materias de la ciudad y la naturaleza. Es llamativa la atención adelantada que pone en pro de una “concienciación del hombre respecto al Animal”. Pero antes de estas reflexiones, en la primera sección del libro hay un conjunto de textos sobre la escritura misma y la crítica literaria en los que Subercaseaux se da maña para formular y establecer matices respecto de por qué, citando a Thibaudet, “un pensamiento libre vive en una encrucijada perpetua”. Un pensar el pensamiento y la escritura que le permite hacer distinciones operativas entre escritores y pensadores e indagar acerca de las mecánicas de la creación. Dando indirectamente una pista, en un texto fechado en 1936 decía Subercaseaux: “Grave error sería creer que las obras no tienen madre. Ella es el Público, quien las cuida, las protege y las alimenta… Las obras del espíritu son asimiladas o rechazadas en relación con el empuje que dan a esta corriente o a la transparencia que comunican sus aguas”.
Mención aparte merece cuando Subercaseaux se mete de lleno en lo local, pensando la chilenidad en sus aspectos generales y también en los más ínfimos, pero más reveladores, como la particular especie de envidia que se da por estos pagos: “La envidia que perjudica al que tiene”. O las animitas, a las que dedica un texto de especial calado.
Es notable asimismo verlo adentrarse en disquisiciones sobre pestillos o elevando una verdadera diatriba contra el paraguas, texto en el que asoma su veta humorística. Ese empeño por observar lo local es justamente lo que más celebra Mistral: “Yo no sé que haya un empleo mejor de nuestras potencias que decir el terrón natal”. Y si bien a veces cierta inclinación sentenciosa puede achatar algunos pasajes, lo que comparece aquí es la obra esencial de un autor que, como Martín Cerda, Clarence Finlayson, Luis Oyarzún o la misma Mistral, resultan claves a la hora del pensar el ensayo en Chile, y de intentar proyectarlo.

Terrenos despejados. Ensayos, artículos, notas, Benjamín Subercaseaux, Atmosféricas, 2025, 224 páginas, $14.000.