El mito, el rito, el grito

Sángrate agua. Poesía reunida (2003-2024) es de esos libros inesperados que uno solo puede celebrar. Porque los primeros poemarios de Roxana Miranda Rupailaf eran inencontrables y esta antología es una muestra contundente de su potencia e imaginación, de su filo y arrebato, de la manera singular en que combina la cultura mapuche-huilliche con textos bíblicos o de la literatura griega clásica, del mismo modo en que vincula el erotismo a la naturaleza, es decir, a lo indomable.

por Sebastián Duarte Rojas I 24 Diciembre 2025

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El cuerpo y el lenguaje, lo femenino y lo acuático, el erotismo y la violencia, las mitologías y, por momentos, incluso la mística: todo esto resuena en la poética de la escritora mapuche-huilliche Roxana Miranda Rupailaf (Osorno, 1982), una obra que, gracias a la publicación de Sángrate agua. Poesía reunida (2003-2024), podemos leer en conjunto y en toda su potencia.

“Hágase la tierra / le pondremos viento en el ombligo / y mar entre las piernas”, dice la primera estrofa de su libro debut, Las tentaciones de Eva (2003), donde ya exploraba todos sus temas predilectos a partir del Génesis. Aquí también vemos las marcas de su estilo, que dota a la mayoría de sus libros de una firme estructura que los sostiene: en este caso, explora la temporalidad de esas tentaciones del título en cinco secciones, que van desde “Manzanas verdes” hasta “Manzanas con gusanos”.

Su segundo volumen, Seducción de los venenos (2008), parte invocando a una serie de mujeres bíblicas transgresoras —(otra vez) Eva, la esposa de Lot, Dalila, María Magdalena—, pero luego entrelaza la imaginería de los testamentos con la tradición mapuche y se organiza, ya no en torno a manzanas, sino serpientes, un símbolo en que se funden la tentadora culebra edénica y las antagónicas Treng-Treng y Kay-Kay. Estos poemas evocan una intensa relación con un otro, una historia común a los libros de la poeta, en que el placer se combina con el dolor: “Te atrapo en los cabellos / te enredo / te cubro / hago un manto / para que tú / busques la leche / y los venenos”.

Por otra parte, ese poemario está marcado por la idea de lo ritual, que volverá a aparecer sobre todo en sus dos libros siguientes. Junto a la abundancia de referencias míticas, estos rituales recuerdan que el mito y el rito son inseparables, y en la obra de la poeta se mezclan incluso con el grito, como en la segunda parte del poema “Ritual de la muerte y su desvelo”: “Sángrate agua / llueve / de relámpagos / hiere. // Grítate de la garganta al cielo. // En el nombre de nadie te mueres”.

Así llegamos a Shumpall (2011) —en algunos sentidos, el núcleo palpitante de la obra de Miranda Rupailaf—, un poema largo en que la figura masculina con la que se relaciona la hablante es vista como la criatura legendaria que le da título, una especie de sireno que puede llevarse a una persona al agua y transformarla. Pese a su fragmentación, a la variedad en la extensión de sus versos y al juego con elementos como la separación entre las estrofas, hay momentos en que este libro evoca un tono clásico, que no por solemne es menos intenso, como en la sucesión de endecasílabos en que canta: “estoy cayendo en ti como suicida / y todos mis aceites en caída / repiten este rezo que es tu nombre / mi cuerpo que se llena de tus peces / la carne que me muerde los abismos”.

En cuanto el dolor y el placer se vuelven indistinguibles, la hablante de Shumpall acepta su propia disolución en ese otro cuerpo-mar: “Córtame la lengua / su éxtasis nocturno / Vas a matarme, sí, / vas a matarme / de plenitud y agua / de un atoro blanco de cuerpo que me metes”. Pero al final es el otro el que desaparece, el que la deja sola: “Y ya sin él me fui rompiendo / las pieles y la carne a cuchillazos /// Voy a morirme de ti, le dije. /// Y solo por no verte / clavé rocas, espinas y conchas en mis ojos. /// Ya ciega del mundo, de ti, del mundo, de ti. /// No dejaron de venirme en oleaje las visiones”. El libro cierra con esa imagen de la ceguera que permite ver y da origen al canto, la que retoma en su próximo poemario.

“Duele clavarse los cuchillos en los ojos / por borrar lo que de pasado adentro queda // La sangre tiene visiones que se estallan // Borbotones de luz en que navegan / los nombres de los gritos / y las sombras”, dice en la primera de tres partes de Trewa Ko (2018), un libro que además refuerza su ligazón con la cultura clásica mediante alusiones a la guerra de Troya, sobre todo a la figura de Héctor, aunque también hay guiños a otros personajes griegos. Sin embargo, el volumen también retoma la mitología mapuche mediante este “perro de agua” (como podríamos traducir su título), que mezcla distintos rasgos animales y que, invocado por los versos rituales de una mujer, desvía las aguas donde vive y sale a tener un encuentro sexual con ella. Todo este poemario parece un complemento de Shumpall, una historia contada una y otra vez por la poeta, vivida nueva y voluntariamente por la hablante.

Este volumen no solo vuelve a poner en circulación la poesía de Roxana Miranda Rupailaf, incluidas las traducciones al mapudungún de Seducción de los venenos y Trewa Ko, sino que también nos permite visualizar la unidad y arquitectura de su obra, una arquitectura que asemeja la de una catedral natural, a la vez marmórea y acuosa, habitada por criaturas polimorfas y arcaicas para las que amar es herir y ser heridas, y cantar en medio del grito.

“Ciega como soy / me arrojo entre las olas / confío en el milagro del delfín / en la espada del tiburón / en descubrir la palabra secreta / para abrirle el vientre al mar en dos”, dice en Trewa Ko, que termina con un texto que, en lo que parece una cruda reescritura del himno nacional chileno, ilumina e incluso resume su obra: “Ya no puedo escaparme del Edén / porque mi paraíso de muertes y atentados / Mi cárcel de aire y de tortura / Las cabezas con gusanos que yo amo / están aquí // Mi fragmento / Mi fragmento / Lo que me pertenece / Lo que me quitaron / Mi mudez se llama Chile / (…) / Es la sangre revuelta con la tierra / Corazones sudando en mi bandera sin estrella / Ya te digo / Ya te digo / Yo no puedo escaparme del Edén”.

Kewakafe (2022), su último libro, se distingue de los demás no solo porque abandona sus cuidadas estructuras de secciones, si bien aborda sus temas habituales. Como lo anuncia el título —“profesional de la pelea”, en mapudungún—, este volumen toma el boxeo como eje, en particular la imagen de la mujer que lucha en el cuadrilátero. Y mientras en los textos anteriores utilizaba mitologías antiguas, aquí hace uso de Hollywood, una de las principales fuentes de mitos contemporáneos, en un par de poemas que aluden a Rocky, y concluye elevando a figura legendaria a la boxeadora chilena y campeona mundial Daniela Asenjo.

“Escribir es como boxear / y recibir en los golpes / la furia de las ballenas / la sangre rabiosa de un toro / la garra de un tigre en la mandíbula. // El rostro no es el mismo / después del impacto. / Puñetazo / herida en plena sangre // La mano que da de lleno en los ojos / las visiones. // Escribo golpeando / con guantes, sudando / por cada movimiento del lenguaje”, dice el poema que abre el conjunto.

Pese a este y otros puntos altos, los puñetazos de este libro no resultan tan efectivos como los anteriores. Por desgracia, lo que desinfla algunos poemas es su intento de hacer del todo explícita una postura, cuando esta es una poética cuya fuerza proviene en gran medida de su ambigüedad y su puesta en crisis de los binarismos. Su escritura siempre ha sido feminista, pero en Kewakafe parece dudar de que sus lectores se den cuenta, lo que tal vez dice menos de la poeta que del estado de época.

Sángrate agua concluye con una pequeña serie de poemas inéditos agrupados bajo el título “Una sombra que me gusta”, dividida a su vez en dos capítulos cuyos nombres (“El asesino, la sangre y el deseo” y “Los gritos y el cuchillo”) anuncian su continuación de asuntos que ha abordado a lo largo de su trabajo, pero ahora enfocados en una ciudad, sus casas y edificios, donde transcurre otra historia al estilo de poemarios anteriores de la autora, que siempre es la misma y otra nueva, pero que al final de esta recopilación acaba en el fuego: “Voy a incendiar esta ciudad / tus pasos / todo árbol de un de pronto será llamas / Yo misma me quemaré las manos y los ojos / el vestido / a pedazos se caerá mi cuerpo oscuro / y no me dolerá / no voy a quejarme / porque la ciudad (tu ciudad) arderá conmigo”.

Este volumen no solo vuelve a poner en circulación la poesía de Roxana Miranda Rupailaf, incluidas las traducciones al mapudungún de Seducción de los venenos y Trewa Ko, sino que también nos permite visualizar la unidad y arquitectura de su obra, una arquitectura que asemeja la de una catedral natural, a la vez marmórea y acuosa, habitada por criaturas polimorfas y arcaicas para las que amar es herir y ser heridas, y cantar en medio del grito.

 


Sángrate agua. Poesía reunida (2003-2024), Roxana Miranda Rupailaf, Editorial UV, 2024, 371 páginas, $14.000.

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