Hojas, alas, ojos

por Manuel Boher I 2 Julio 2024

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Galileo, escribe el poeta, ensayista y narrador cubano Severo Sarduy (1937-1993), fue maestro en dos cosas: en la anamnesis, es decir, la capacidad de introducir nuevas interpretaciones, disimuladas de forma que no se noten los cambios operados, y en la propaganda, procedimiento en el que Galileo hace pasar un descubrimiento general bajo la máscara de una verdad parcial. “La escritura es el arte de la elipsis”, escribe Sarduy en Cobra, novela publicada por primera vez en Francia, en 1972 (Premio Médicis), y reeditada en Chile el año recién pasado por Editorial Cuneta (la última edición más o menos accesible era la de Sudamericana, de 1986). La novela es barroca, intervenida, escrita en diversos soportes, y siguiendo el genio de Galileo, se proponen teorías generales de la identidad, del cuerpo, del verdadero color de su época; siempre en rechazo de las evidencias naturales y de lo comprobable. Disfrazadas y enmascaradas tras una capa violenta de cosméticos, palabra que, dice Sarduy en Ensayos generales sobre el Barroco, proviene del griego kósmos: el todo, el orden.

El libro comienza con los intentos de Cobra, “la más hermosa travesti del Teatro Lírico de Muñecas”, por reducir el tamaño de sus pies: último bastión o fantasma de su identidad pasada. Pero la hipertelia de Cobra como travesti, es decir, la capacidad de ir más allá de sus fines, luego se vuelve la hipertelia del libro. Ambos puntos, barrocos, exceden el propósito de sus transformaciones. Queda pendiente el resultado de los intentos de Cobra por achicarse los pies, el libro ya ha cambiado de etapa. La creación accidental de una versión enana de Cobra; la venganza de una compañera; los siniestros de un metafísico doctor transfóbico, en una especie de interzona andaluza; el encuentro de Cobra con cuatro presencias; la peregrinación a oriente; el budismo chic de los años 60. Todas etapas aparentemente inconexas, que sin embargo reafirman la idea de que el libro está viajando, cada vez más profundo, hacia la verdadera identidad de Cobra. “Te asignaremos un animal. Repetirás su nombre”, le dice una de estas presencias a Cobra. “Para que veas que yo no soy yo, que el cuerpo no es de uno, que las cosas que nos componen y las fuerzas que nos unen son pasajeras”. Una cobra, deciden, para que envenene, para que ahogue y se enrosque a las víctimas.

‘La escritura es el arte de descomponer un orden y componer un desorden’, dice el narrador de Cobra en la primera mitad del libro. Así, el barroco de Sarduy comparte espacio con el de Lezama, el de Genet, a veces el de Burroughs, a veces se hace muy estrecho al de Claudia Donoso. Un barroco que piensa en cajas. En el que cada descripción desempaqueta, fuera de su objetivo, una atmósfera, un chorro de imágenes y vanidad. Y al mismo tiempo, cada personaje y evento asciende a la categoría de mito, según avatares y místicas antiguas.

La escritura es el arte de descomponer un orden y componer un desorden”, dice el narrador de Cobra en la primera mitad del libro. Así, el barroco de Sarduy comparte espacio con el de Lezama, el de Genet, a veces el de Burroughs, a veces se hace muy estrecho al de Claudia Donoso. Un barroco que piensa en cajas. En el que cada descripción desempaqueta, fuera de su objetivo, una atmósfera, un chorro de imágenes y vanidad. Y al mismo tiempo, cada personaje y evento asciende a la categoría de mito, según avatares y místicas antiguas. Una contradicción en las importancias que se inclina en favor de la significancia. Al final, el aparato de esa vanidad —esa vanitas, o vanity, como la llama Sarduy— no es vanidoso. Es necesario, urge. Equipa al personaje de nuevas identidades, de imbricaciones y perfumes, de misterios orientales que también recuerdan al modernismo de Agustini o al de Darío. En la búsqueda de esa belleza ocurre la hipertelia. Cobra, travesti, no tiene como límite la feminidad, sino el kósmos, el absoluto de una imagen abstracta.

Según Sarduy, la mariposa tibetana que se mimetiza, verde, con el arbusto, ya se ha travestido. Mejor, ha representado satisfactoriamente la invisibilidad. Pero sus ancestros llegaron a tal nivel de mímesis, que luego los insectos herbívoros mordían sus alas indigeribles, tomándolas por hojas. Entonces, en esas alas fueron dibujándose ojos de búho, de pavo real. Sustos, amenazas, agrandamientos: rompe el sentido de su camuflaje inicial. La mariposa tibetana sobrepasa los fines de su transformación, su defensa se desboca en una especie de parábola de la autosuperación, al igual que Cobra, protagonista de esta novela clave para entender los límites entre cuerpo e identidad, con igual vigencia y estilo que hace más de 50 años.

 


Cobra, Severo Sarduy, Editorial Cuneta, 2023, 210 páginas, $20.000.

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