La abducción del texto

Marciano es una novela que se arriesga con inteligencia en lo formal y valentía en el fondo. Sometido el texto a reconstruir una historia cuya memoria es fragmentaria, Mauricio Hernández Norambuena, líder del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, hablará en primera persona y también a través de una serie de capítulos nombrados con las denominaciones y “chapas” políticas de sus amigos y cómplices. En ese flujo, los espacios de la vida y la muerte también juegan un rol en esta estructura coral en la que la imaginación llena vacíos y romantiza lo que podría también pensarse con mayor crudeza, menor humanidad.

por Javier Edwards Renard I 14 Enero 2026

Compartir:

La más reciente novela de Nona Fernández es un texto complejo, desafiante, seductor, ambiguo y comprometido. Uno que sometió a su autora, como ella misma confiesa en el libro, a las dificultades que enfrenta la ficción cuando el punto de partida es el recuerdo de aquello que se ha registrado como lo haría un periodista o un ghost writer con una persona real, con quien se acuerdan una serie de encuentros en que uno pregunta, el otro responde y, en la grieta inevitable entre lo que ocurre y lo que se recuerda, se instala la imaginación con todas sus posibilidades. Estas dependen de la decisión del autor respecto de cuánta rienda suelta dará a la materia con que llenará esos vacíos y de qué modo: como un imaginador libre y neutro, o como uno comprometido que ha sido seducido por la historia testimonial que reconstruye.

Este ejercicio, difícil para el escritor, también representa una prueba para el lector, desde el momento en que obliga a leer con un punto de vista crítico que le permita elaborar un diálogo independiente en el que pueda llegar a sus conclusiones y, al margen de la función novelesca de entretener, evitar que el libro le impida enfrentar su cúmulo de hechos, formas, estrategias narrativas, supuestos, imaginaciones y puntos de vista. Ello, de modo que ninguna de las herramientas del escritor sea una suerte de canto de sirenas que le impidan pararse frente al texto, verlo de frente y separar el trigo de la paja.

Las dificultades señaladas resultan especialmente desafiantes, desde un punto de vista literario, cuando la autora es Nona Fernández —con sus textos previos y circunstancias— y la materia prima de su denominada novela son los registros de sus encuentros con Mauricio Hernández Norambuena, Comandante Ramiro, Marciano y unas cuantas “chapas” más, miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Persona vuelta personaje, hijo de su contexto político, la dictadura de Pinochet; tiranicida frustrado; autor intelectual del homicidio de Jaime Guzmán Errázuriz, senador de la República en los inicios de la transición de democrática; secuestrador de Cristián Edwards del Río, hijo del entonces dueño de El Mercurio, con el objetivo de financiar el movimiento; líder de actos terroristas, un ser humano con un prontuario que lo tiene cumpliendo una condena en una cárcel de alta seguridad chilena. En Marciano no se dice, pero las dictaduras y el terrorismo son, cualquiera sea la ideología que los sustente, formas extraviadas de comportamiento político que renuncian al Estado de Derecho y la Democracia; cuando ocurren viene el desafío de entender, lo que no implica justificar.

El personaje en que se basa “M” (Mauricio Hernández, alias Marciano) y con quien dialoga “N” (Nona Fernández), habita para siempre en el espacio de lo condenable y discutible, en el conflicto en que ética y derecho se instalan con sus argumentos y dictámenes. Ídolo para algunos, terrorista y criminal para otros, el personaje central, la motivación histórica que pueda haber detrás de este relato, es y será materia de una polémica interminable. Cada lector debe, entonces, decidir si acepta ser o no abducido por el texto y llevado en la nave del lenguaje y poderes narrativos de Nona Fernández al planeta de Marciano, donde las normas son otras: son las propias de la unicidad de unas circunstancias y la construcción de sus interpretaciones. En cualquier caso, una condena ejecutoriada que suma delitos o la mirada ética que califica moralmente los actos que se narran, en ningún caso puede convertirse en el baremo con el que se deba medir la calidad del texto, sus méritos literarios.

Desde esa mirada escritural, Marciano es una novela que se arriesga con inteligencia en lo formal y valentía en el fondo. Sometido el texto a reconstruir una historia cuya memoria es fragmentaria, Hernández hablará en primera persona y también a través de una serie de capítulos nombrados con las denominaciones y “chapas” políticas de sus amigos y cómplices. En ese transcurrir de decires, los espacios de la vida y la muerte también juegan un rol en esta estructura coral en la que la imaginación llena vacíos y romantiza lo que podría también pensarse con mayor crudeza, menor humanidad. El comandante Ramiro, con la sabiduría que inevitablemente dan los años y una prisión de la que seguramente no habrá escape, y la mano de la escritora, tienen su lado humano. Lo que lleva a pensar en que no hay quien no lo tenga o no pueda desarrollar la lógica de su justificación. Y quizás hasta el más equivocado de los violentistas que pueblan la historia, tiene su momento de fragilidad que nos obliga a empatizar, a pesar del juicio más estricto del imperativo categórico de Kant o la banalidad del mal que nos enseñó Hannah Arendt, quien también, a su manera y por sus motivos, quiso salvar los errores políticos de su amante, Martin Heidegger.

En la elaborada estructura narrativa que recoge los encuentros entre el preso y la escritora —11 en total— encontramos capítulos testimoniales de tipo coral o dialógicos, las fichas elaboradas por ‘M’ de sus lecturas como prisionero (de autores como Tabucchi, Kafka, Márai y la propia Fernández con su novela Marciano) y fotografías de imágenes relacionadas. Todo eso arma un texto poroso, de lectura rápida, eficiente y demasiado emotiva.

El eje principal de lo relatado, pero no el único pivote de la trama, es el frustrado atentado a Pinochet. Y tanto “M” como Nona Fernández, cómplices en este libro, articulan las atenuantes sobre lo contado y sus alcances. En un breve capítulo-diálogo, Marciano dice: “La historia me desborda, no es solo mía. Lo que cuente va a estar incompleto. Mi inicio será tramposo, como son todos los inicios y como, probablemente son todas las historias”. Después, vienen el amor, los abortos, las frases inspiradas y todos los personajes de Marciano hablando en una misma frecuencia, igualados bajo una especie de palabra reflexiva y humanizadora que no siempre funciona y debilita el conjunto. Esta falencia no surge de lo que se justifique o decida no justificar, a saber: que el asesinato de un tirano es legítimo o que un paco muerto es solo un paco muerto. Y a “N” no le gusta que “M” le cuente sobre los secuestros, en alguno de los breves capítulos-diálogo que inserta en el texto, dice que prefiere no saber de ellos; ahí parece no haber un acuerdo: secuestrar por plata no es lo mismo que intentar matar a un dictador.

En la elaborada estructura narrativa que recoge los encuentros entre el preso y la escritora —11 en total— encontramos capítulos testimoniales de tipo coral o dialógicos, las fichas elaboradas por “M” de sus lecturas como prisionero (de autores como Tabucchi, Kafka, Márai y la propia Fernández con su novela Marciano) y fotografías de imágenes relacionadas. Todo eso arma un texto poroso, de lectura rápida, eficiente y demasiado emotiva (aquí se aprecia el talento y la trayectoria de la autora como guionista de teleseries).

Estamos frente a un libro hábil y quizás demasiado voluntarioso, comprometido con la construcción de una épica redentora en la que Nona Fernández, en un trayecto de casi tres años, se vuelve un poco marciana, es abducida por su propio relato, olvidando otra frase de “M”: “La historia no le pertenece a nadie, solo se debe a sí misma, es un carrusel de acontecimientos que en su circularidad no van hacia ninguna parte, sino que a todas al mismo tiempo”. Hay en este camino de 514 páginas —muchas de ellas con solo unas cuantas líneas— momentos en que la consistencia y plausibilidad del relato se tropiezan. ¿Pero qué en la vida no arriesga el tropiezo y la necesidad de volver a levantarse? ¿No se escriben así las novelas?

En el arco narrativo que va de Mapocho a Marciano, Nona Fernández construye su imaginario, advierte que puede hacer trampa, que nadie es dueño de lo que cuenta y muestra que ha crecido como narradora, consolidando un libre desparpajo. Curiosamente, leer esta novela en el marco de la historia susurra muchos cuestionamientos, hacerlo bajo la luz controvertida de la Operación Resolución Absoluta grita en voz alta preguntas cuya respuesta no es absoluta ni definitiva. La literatura, entonces, es el espacio legítimo crear escenarios que permiten pensar y Marciano obliga a leer pensando.

 


Marciano, Nona Fernández, Penguin Random House, 2025, 514 páginas, $22.000.

Relacionados

Camilleri, al fin y al cabo

por Valeria Vargas

Proximidad y recuerdos

por Marisol García