La sutil melancolía de la lengua

El sistema del tacto es una novela que recurre al fragmento y busca resaltar las elipsis; este montaje cinematográfico inunda las escenas de silencios propicios para la reconstrucción de un pasado que se sospecha inquietante. Costamagna es cercana aquí a la poesía; la intriga es casi inexistente, lo que prevalece es la sinuosidad de una narración que muestra a partir de lo que se oculta.

por Jorge Polanco I 2 Julio 2019

Compartir:

Relacionados

Amores siniestros

por Lorena Amaro

Infractores buena onda

por Iván Poduje

La literatura no tiene por qué ser un psicoanálisis, pero algunas escri­turas reportan ciertas semejanzas. No tanto como terapia del escritor, sino como registro de las fisuras y máculas que deja una época, una so­ciedad o un país. El sistema del tacto, de Alejandra Costamagna, contiene esta pulsión. Las yuxtaposiciones de tiempo y espacio invitan al lector a repensar los vestigios que inciden en los sujetos tanto en la historia de Chile, como de Argentina e Italia. La trama es sencilla: a solicitud de su padre, Ania viaja al funeral de su tío Agustín en Argentina. Durante este viaje al otro lado de la cordi­llera, el pasado retorna y se mezcla con el presente, de tal modo que el lector es testigo de las marcas que los inmigrantes italianos arrastran consigo, de la infancia de la propia Ania entre Chile y Argentina, de la historia política de ambos países. Todo ello asoma teñido por un clima de inadaptación, entre la ruina y la melancolía.

La novela recurre al fragmento y busca resaltar las elipsis; este mon­taje cinematográfico inunda las es­cenas de silencios propicios para la reconstrucción de un pasado que se sospecha inquietante. En el libro se incluyen diversas tipografías que irrumpen en el relato principal, cons­tituyendo la secuencia de una memo­ria dactilográfica de la enseñanza del idioma y de la inmigración, como si la materialidad del pasado se hiciera cuerpo a través de las antiguas letras de las máquinas de escribir.

Digo que “la trama es sencilla” no para denostar, sino para enfatizar la sutileza de un relato que se articula no tanto por lo contado, sino por lo que calla. Costamagna es cercana aquí a la poesía; la intriga es casi inexisten­te, lo que prevalece es la sinuosidad de una narración que muestra a partir de lo que se oculta.

En el libro se incluyen diversas tipografías que irrumpen en el relato principal, cons­tituyendo la secuencia de una memo­ria dactilográfica de la enseñanza del idioma y de la inmigración, como si la materialidad del pasado se hiciera cuerpo a través de las antiguas letras de las máquinas de escribir.

La delicadeza de esta escritura es­timula a pensar lo que está fuera del libro; aquello que los personajes y la narradora insinúan como catástrofe familiar y a la vez política. El padre de Ania, por ejemplo, está obligado cada cierto tiempo a cruzar la cordillera y dejar por meses a su hija en Argen­tina; la “chilenita” sufre una golpiza por parte de otros niños que ven en ella la amenaza del país vecino, a pun­to de entrar en guerra; a esto se suma la historia de los italianos obligados a trasladarse de continente, producto de la pobreza creada por las guerras.

En cuanto al ámbito familiar, la dependencia afectiva de Ania con el padre, la sustitución sicológica de este por parte de su pareja Javier, la muerte de su tío Agustín y, anteriormente, de Nélida –la madre de este último–, dan cuenta de un desarraigo anterior al del país de origen: la falta de patria es al mismo tiempo la latencia de la muerte del padre, figura que expresa a su vez la muerte de la madre, es decir, de la lengua materna. Los “errores ortográ­ficos” de los inmigrantes en los ejerci­cios de dactilografía y los documentos acerca de las precauciones que debían tomar por estos lados, materializan esta carencia melancólica.

Sin embargo, el procedimiento de incluir fotografías como si fueran análogas parece redundante; es decir, reafirma innecesariamente la estrate­gia del “esto fue” o “estuve ahí”, una verosimilitud que duplica el relato. En cambio la intervención de las tipogra­fías como secuelas que incorporan la enseñanza de la máquina de escribir, ofrece una apertura de sentidos que densifica la estructura de la novela. Este procedimiento, que resalta aún más al considerar que Ania es profe­sora, permite una lectura desde el sutil detalle de las letras, al modo de la poe­sía concreta.

En lugar de estancarse en relatos de lo insólito, Costamagna elabora una historia de huellas mudas, horadadas por la precariedad. Un narrar que tra­duce la ruina tanto en la literalidad de las palabras mal escritas como en la vi­vencia de un regreso imposible. El sis­tema del tacto transmite una melancolía corporal de la lengua, como si a través de ella ingresaran todas las edades y las expectativas de retornos silencio­sos, dañados por una violencia sin des­cripciones. Es una hermosa y compleja manera de concebir la novela: relatos que nacen como una despedida.

 

El sistema del tacto, Alejandra Costamagna, Anagrama, 2018, 192 páginas, $17.000.