Las preguntas que deja El agente topo

Creo que una cuota significativa del éxito de El agente topo se debe a la inquietud que produce no saber cuánto hay de ficción y cuánto de documental. ¿Fue la “invención” de este hogar una suerte de peaje para poder filmar adentro y contar, así, la historia que en verdad Alberdi tenía entre manos? Podría serlo, pero… ¿qué pasa cuando un documental rompe el verosímil?

por Álvaro Matus I 18 Junio 2021

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Los límites entre ficción y no ficción, entre lo inventado y lo testimonial, entre el trabajo archivístico y la fabulación, se han vuelto cada vez más difusos en el arte contemporáneo. Incluso más, podríamos afirmar que buena parte de los creadores más sorprendentes —y por cierto arriesgados— caminan por esa orilla sinuosa en la que no se sabe bien si estamos ante un ensayo, una biografía, una novela o si el cruce de todos esos géneros, esa alquimia termina produciendo algo nuevo y más libre: el reflejo de esta vida incierta. En literatura es la ruta alumbrada por W.G. Sebald o Ricardo Piglia, y en el cine hay muchos ejemplos notables de obras híbridas, abiertas a la modernidad siempre cambiante y avasalladora. Pienso en Nanni Moretti, en Naomi Kawase, en Abbas Kiarostami, en Herzog y, más cercano a nosotros, en el cine-ensayo al que tributan las últimas películas de Patricio Guzmán.

Bajo este gran arco estético se ha movido el cine de Maite Alberdi y creo que una cuota significativa del éxito de El agente topo se debe a la inquietud que produce no saber cuánto hay de ficción y cuánto de documental. ¿El detective que contrata al viudo de 83 años es real o un actor? Y Sergio Chamy, el protagonista, ¿sabe que está haciendo una película o cree de verdad que debe investigar a Sonia? El aviso en el diario, ¿responde a una necesidad de la hija de Sonia o es un recurso para echar a andar la cinta? Y en el hogar de ancianos, ¿de qué creen que se trata la película que están filmando: de Chamy o de Sonia o de todos ellos?

Las dudas son muchas como para afirmar que estamos ante un “documental oculto”, esos filmes o reportajes en los que alguien se infiltra en un micromundo (secta religiosa, pandilla, algún sector de la industria) para dar cuenta de una realidad ominosa. A juzgar por la película, a Alberdi la tiene sin cuidado la situación de los hogares de ancianos en Chile. No se le pasa por la mente ponerse en el lugar, por ejemplo, de un reportero de Contacto o Informe especial. Y eso, desde luego, no tiene nada de reprochable. Alberdi incluso “inventa” un asilo, uno donde todo funciona de maravillas: las auxiliares no están nunca cansadas ni se quejan de los turnos ni del bajo salario; los internos hacen gimnasia, las piezas están todas limpias y la directora tiene la mejor disposición para que la filmen hasta en su propia oficina (desde luego, ella lleva la voz cantante en la fiesta de cumpleaños de Chamy).

¿Es lícito filmar a gente que no tiene mucha conciencia de que la están filmando? ¿No será que en algunos casos la propia senectud podría impedirles decidir libremente? Es cierto que nadie corre riesgo con esta cineasta, porque tiene buena madera y quiere a sus personajes. Pero ¿cuáles podrían ser los resultados de un proyecto así en manos menos empáticas?

¿Fue la “invención” de este hogar una suerte de peaje para poder filmar adentro y contar, así, la historia que en verdad Alberdi tenía entre manos?

Podría serlo, pero… ¿qué pasa cuando un documental rompe el verosímil?

¿No será mejor asumir que estamos ante una película de ficción que se desarrolla en espacios reales y sin actores profesionales, para transmitir una sensación de realidad más poderosa?

Hay otro punto conflictivo, ya relacionado con el método: ¿es lícito filmar a gente que no tiene mucha conciencia de que la están filmando? ¿No será que en algunos casos la propia senectud podría impedirles decidir libremente? Es cierto que nadie corre riesgo con esta cineasta, porque tiene buena madera y quiere a sus personajes. Pero ¿cuáles podrían ser los resultados de un proyecto así en manos menos empáticas?

Por supuesto que debe valorarse el respeto que Alberdi siente por su gente y su talento para emocionar al espectador sin caer nunca en lo burdo, moviéndose al filo del sentimentalismo. Sin embargo, aun dando por bueno todo eso, subsiste una pregunta básica: ¿de qué va El agente topo?

Quizás la respuesta sea demasiado prosaica y explique por qué la película no resiste mucho una segunda pasada. Todo se reduce a un hombre de 83 años que consigue un trabajo como investigador privado (ficción) para internarse en un hogar de ancianos (que en su perfección dejó de ser real) para descubrir que el mayor drama no tiene ninguna relación con el maltrato o las negligencias que se produzcan en sus dependencias. Lo que escuece a los internos es la soledad, el abandono de sus propias familias. Y que la demencia senil, en cualquiera de sus formas, es una tragedia salpicada con chispazos de humor.

Todo está bien hecho, reconozcámoslo. Pero ¿acaso no lo sabíamos?