Lo que queda fuera de foco

Más allá de lo que plantea El desierto blanco acerca de la función de las historias, sobre los límites del juego y la ficción, la novela del español Luis López Carrasco se puede leer como un retrato generacional y de época narrado desde el futuro. Y aquel retrato alcanza, en estas páginas, algunos momentos de inquietante delicadeza.

por Sebastián Duarte Rojas I 27 Mayo 2026

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Como parte del proceso de selección para un puesto de librero, una de las pocas vacantes disponibles en un mercado laboral cada vez más estrecho, los candidatos participan de una dinámica de grupo en que son los únicos sobrevivientes de una guerra apocalíptica. Vuelan en globo hacia una isla desierta, pero la nave se está desinflando y es necesario el sacrificio de uno de ellos para que el resto de los pasajeros, y de la humanidad, pueda sobrevivir. Deben escoger de manera unánime quién se inmolará por los demás, un juego de roles que muy pronto los actores se toman en serio.

Con esta primera escena como piedra fundacional nos adentramos en el mundo de El desierto blanco, el libro galardonado con el Premio Herralde en 2023, la primera novela del escritor español Luis López Carrasco (Murcia, 1981), quien antes había publicado un solo libro de ficción, una colección de cuentos titulada Europa (2014; Anagrama, 2025). El autor también ha desarrollado una destacada carrera como guionista y director, con documentales de carácter experimental como El futuro (2013) y El año del descubrimiento (2020). La novela El desierto blanco deja en evidencia el influjo de los medios audiovisuales, pero también demuestra un gran manejo de las técnicas literarias.

Echando mano de elementos de la narrativa y el cine de ciencia ficción, la novela se divide en cinco partes con bastantes diferencias entre sí (varían los narradores y protagonistas, además del tono de las secciones), partes que se presentan en un orden distinto al cronológico, pero revelan gradualmente los vínculos y ecos que las entrelazan. Uno de los aciertos de esta estructura narrativa es que algunos hechos cruciales, sobre todo aquellos que en novelas de ciencia ficción más tradicionales habrían estado en el centro del relato, aquí quedan fuera de foco, en los intersticios entre una y otra historia, pero se asoman lo suficiente para que los lectores podamos hacernos una idea de todo lo que ocurre.

Echando mano de elementos de la narrativa y el cine de ciencia ficción, la novela se divide en cinco partes con bastantes diferencias entre sí (varían los narradores y protagonistas, además del tono de las secciones), partes que se presentan en un orden distinto al cronológico, pero revelan gradualmente los vínculos y ecos que las entrelazan.

En el centro de aquel entramado hallamos a Carlos, el personaje que al principio es elegido para sacrificarse por la especie humana; después nos adentramos en capítulos que se enfocan en su pareja, Aitana, que se prepara para una mudanza cuya envergadura poco a poco comprendemos; su amiga Jimena, que tras la caída de un avión queda atrapada por un día y una noche en una isla con el resto de los pasajeros (“¿Cómo catalogar una situación como aquella, tan paradigmática en relatos juveniles y seriales de aventuras?”); y su hermano, quien le envía correos electrónicos desde una distancia insalvable, los que funcionan como una especie de diario de vida y registro del avance de la crisis planetaria —no se explica del todo, pero el agua se ha vuelto escasa, hay constantes apagones—, además de la propia crisis y epifanía personal de Carlos.

“Ayer me di cuenta de que leí de adolescente esos libros que me recomendaba papá y que releerlos ahora, una vez más, y tal y como hizo él mismo, es habitarle, repetirle, residir en su mismo universo de ficción”, dice en aquellos correos finales, los que recalcan y profundizan los temas que el libro viene tratando desde el primer capítulo: el juego y la ficción, la imaginación y la memoria, los viajes y el tiempo, y su importancia para el (porvenir del) ser humano: “En la medida en que en esta casa pasé tanto tiempo leyendo y jugando, leyendo y jugando, las imágenes que veía a mi alrededor eran sobre todo recuerdos de experiencias imaginarias”.

Pero más allá de lo que plantea como metarrelato sobre la función de las historias, El desierto blanco se puede leer como un retrato generacional y de época narrado desde el futuro, uno que alcanza momentos de inquietante delicadeza: “Empezaron los fuegos artificiales y aplaudimos y gritamos por cada cohete, bengala y rueda de fuego, por cada guirnalda y serpentina que chisporroteaba de verde, rojo y dorado, y que explotaba a su vez en esmeraldas, rubíes y zafiros en la superficie quieta del estanque. Así nos recuerdo, dichosos como niños, despreocupados e ignorantes de los peligros que nos rodeaban, que en aquellos años todavía no éramos capaces de ver, nombrar o imaginar”.

 


El desierto blanco, Luis López Carrasco, Anagrama, 2023, 168 páginas, $21.000.

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