
El gran camuflaje, de Suzanne Roussi, reúne ensayos escritos en la década del 40 del siglo XX, pero la muestra como una adelantada respecto de las discusiones actuales de los mecanismos de la cultura. Asimismo, indaga en la relación hombre-naturaleza o entre la naturaleza y la cultura, discusión que hoy está en el centro de las ciencias sociales y las humanidades.
por Ana Pizarro I 21 Septiembre 2026
El Caribe va siendo conocido por el gran público ya no en sus dimensiones política o turística, como lo ha sido abundantemente desde antes de los años 60, sino en la literaria y cultural. El efecto de Casa de las Américas en torno a la articulación del Caribe en su multiplicidad como parte de América Latina resultó fundamental para su reconocimiento en el exterior. Las islas se vinculaban antes esencialmente con sus respectivas metrópolis: Francia, Holanda, España, Inglaterra. Escritores y artistas caribeños comenzaron un diálogo —no siempre pacífico, como son los diálogos— dentro de nuestros territorios y en su relación con el resto del mundo.
En este reconocimiento, sin embargo, fueron quedando atrás los territorios culturales de leguas menos hegemónicas, como fue el caso del Caribe francófono, de rasgos diferenciados con la metrópoli. En nuestros días justamente el histórico Collège de France en París ha querido enmendar este olvido, que es también recuperar un espacio, instalando una cátedra permanente de francofonía y dando la palabra, con el discurso inaugural, a la escritora haitiana Yanick Lahens. En esta línea hemos asistido recientemente a la traducción y publicación en América Latina de los ensayos de Suzanne Césaire, en un volumen que lleva por título El gran camuflaje. Escrituras de la disidencia (1941-1945).
Vuelve entonces al escenario nacional e internacional en este contexto Suzanne Roussi, intelectual martiniqueña, de notoria importancia en los avatares de la literatura de la mitad del siglo XX en la región y en Francia. Suzanne toma el apellido de su marido que es el hoy reconocido intelectual Aimé Césaire. El casamiento de la pareja, en 1937, determina la adopción del apellido del esposo, como es natural en la sociedad francesa. Esta situación tiene para ella dos consecuencias: por una parte, la positiva, está en contacto directo con la creación y el medio intelectual y político en donde se desenvuelve su esposo. Por otra, la negativa, una condición secundaria respecto de su trabajo e imagen de intelectual, ensombrecidos por el brillo de su pareja. Hasta hace muy poco su nombre no aparecía en el relato cultural del Caribe, o del continente, en donde, por lo demás, tampoco ha habido un interés mayor por la cultura afrocaribeña o afroamericana. Sin embargo, el valor de su trabajo es indudable. Al leer esta colección de ensayos es posible percibir los temas y problemas que enfrentaban los intelectuales de la vanguardia estética y política de la época: el vuelco que significan las vanguardias en lo estético, la búsqueda de un lenguaje en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra, desde la mirada del Caribe. También la vivencia de una doble subalternidad: la de pueblos colonizados por Francia y después sometidos al gobierno de Vichy, es decir, a Alemania. Pero centralmente también hay dos temas que atraviesan todo el discurso de Suzanne: la lucha de reivindicación afroamericana que se ha consolidado con el Renacimiento de Harlem en Estados Unidos y con los grupos afroparisinos que lanzan importantes revistas culturales en esa capital. Entonces el ensayo va a tomar en ella la importancia de un arma intelectual esgrimida desde su cuádruple subalternidad, si agregamos a las dos ya apuntadas: la de una escritora afroamericana y la de una voz de intelectual mujer.
Lo cierto es que la pareja de Suzanne y Aimé regresan a Martinica en 1939, integrándose a la enseñanza en un liceo de Fort de France. Se habían conocido en París en la Ecole Normale Supérieure. Vivieron allí los agitados momentos de las vanguardias en eclosión, con su valoración de las culturas ancestrales, que confluían en la experiencia de ambos como una contradicción con la vivencia del menosprecio colonial. Eran los tiempos en que Leo Frobenius abrió en su publicación la historia de África y que los vanguardistas valoraban las estatuillas de Oceanía y de Guinea que se esgrimían como modelo en las casas de Picasso, Matta o Huidobro. Léopold Sedar Senghor venía desde Senegal para formar parte de una militancia vanguardista que promovían los grupos afro a través de revistas como Légitime Défense (1932) o L’étudiant noir (1935). En Norteamérica se erguían las voces poéticas de Langston Hugues, Claude MacKay y otros más. Formaban un frente de defensa de lo que se llamaría la negritud. En medio de ellos, circulaba la joven Suzanne Césaire, organizando, participando, publicando, potenciando la voz africana, la voz caribeña, que a su vuelta a Martinica daría lugar a la revista Tropiques (1941-1943). Esta publicación recibiría los elogios de André Breton, que calificaba de surrealista la originalidad de la cultura latinoamericana que descubría. Es el momento que daría a luz la pintura de Wilfredo Lam; al pensamiento antillano de Édouard Glissant, Patrick Chamoiseau o René Depestre; a la escritura de Derek Walcott.
Lo interesante en la reflexión de ese momento en el Caribe es una búsqueda que intenta encontrar el sentido y los mecanismos de una cultura propia de las colonias afrocaribeñas, y de las culturas colonizadas en general. Se cruzan en ella entonces la dimensión estética, la política, con la específica africana y los mecanismos de su resolución en el lenguaje de la colonización cultural. Este cruce aparece en los siete ensayos que conforman El gran camuflaje. Es sorprendente encontrar que ella, hace un siglo, estaba diseñando en su reflexión los mismos intereses que surgen hoy en el desentrañamiento de los mecanismos de la colonización cultural. Es posible advertir, en este sentido por lo menos, dos elementos de su reflexión que conducen a la actualidad de la discusión sociocultural.
Primeramente, la noción de camuflaje, esto es, el tono de lucha: el camuflaje es un recurso bélico. Es necesario recordar, por eso mismo, que nos situamos en décadas de enfrentamientos: fascismo / comunismo, Primera y Segunda guerras mundiales, el salto tecnológico del siglo que transforma el tiempo-espacio frente a las técnicas tradicionales de locomoción. Es un tiempo de disidencias y una intelectual debe tomar partido. Su partido es el de la descolonización cultural.
El camuflaje para Suzanne consiste en el mecanismo, los modos que posee la cultura caribeña para ocultar su verdadero ser ante la implantación de la cultura metropolitana. Es el encubrimiento lingüístico, simbólico, estético, del ancestro que está en cada uno de los habitantes de la Martinica. El mecanismo que se asienta en la memoria cultural y que religa en su subconsciente la travesía de los barcos negreros. Es un ethos escondido que se manifiesta en los distintos órdenes de la vida y, por lo tanto, a través de la cultura impuesta: “Je suis le grand ancetre noir” (Soy el gran antepasado negro), escribirá más tarde René Depestre, quien definirá la colonización como la “zombificación” del ser humano. Se le extrae el alma, dirá, para dejar solo su fuerza de trabajo.
Este primer engranaje cultural hace de Suzanne Roussi una adelantada respecto de las discusiones actuales de los mecanismos de la cultura. Pero el segundo engranaje tiene también que ver con un tema que hoy se vuelve central en el marco de la situación de cambio climático y el peso del llamado antropoceno: la relación hombre-naturaleza. Es decir, tiene que ver con la división entre naturaleza y cultura, que vuelve a instalase hoy como centro de discusión en las ciencias sociales y la filosofía.
Se trata de la percepción de Roussi del martiniqueño como un “hombre- planta”. El artículo es de 1942. Es interesante la fecha, porque estamos en un período anterior al de la lucha por los derechos civiles y la conducción de Martin Luther King. Roussi critica al yo colectivo del pueblo martiniqueño por su tendencia a “la renuncia de sí mismo. En sus palabras, “por llevar adelante una lucha reducida a la medida de la burguesía. (…) Una feria de vanidades”. Y agrega: “El deseo de imitación se sitúa ahora ya en el inconsciente. (…) Es un ser que ignora su naturaleza, pero no por eso deja de existir”. Antes había escrito: “Intenta vivir una vida que no le es propia”.
Resuenan aquí los análisis más tardíos de Franz Fanon o de Albert Memni respecto de los efectos de la colonización en el colonizado. Es por esta situación que señala: “En las profundidades de su conciencia, él es el hombre-planta, e identificándose con la planta, su deseo es entregarse al ritmo de la vida”.
Luego de esta aproximación, que aparece como negativa, porque es un ser que vive para la asimilación, va surgiendo otra afirmación que augura un futuro superior: “Entiendan que se deja llevar por la vida, dócil y ligero, sin respaldo, sin rebeldía —amistosamente, amorosamente—. Además, es tenaz como solo la planta sabe serlo. Es independiente (de la independencia y la autonomía de la planta). Se abandona a sí mismo, a las estaciones del año, a la luna, al día más o menos largo. A la cosecha. Y siempre y en todo lugar, en las más mínimas representaciones: la primacía de la planta, la planta pisada pero todavía viva; muerta pero renaciente; la planta libre, silenciosa y altiva.”
Esta fusión de hombre y naturaleza, perteneciente al orden de lo ancestral, es lo que sitúa a este pensamiento en el espacio de la contemporaneidad de un Krenak o un Latour. Así es como lo percibimos a través de un siglo.
Los siete ensayos de la autora dicen bastante sobre la época en una reflexión que se adelanta a su tiempo y que leemos hoy en una traducción cuidada y una edición bien hecha que recoge también algunos trabajos sobre la autora.

El gran camuflaje, Suzanne Césaire, traducción de Gabriel González Castro, Editorial USACH, 2026, 106 páginas, $12.000.