Resonancias metaleras

¿Por qué una música que suena agresiva y habla de muerte y desolación es capaz de ocupar un lugar central en la vida de tantas personas alrededor del mundo y resiste el paso del tiempo y las modas? El influyente sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa tiene la respuesta y en Cantan los ángeles, rugen los monstruos explica el heavy metal a la luz de su teoría de la resonancia.

por Luis Felipe Saavedra I 21 Octubre 2026

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La llegada en helicóptero, 250 mil personas coreando el nombre del grupo, una obertura sinfónica monumental, el primer riff de guitarra y la formación clásica en pleno sobre un escenario gigantesco. El inicio del show de Iron Maiden en el festival Rock In Rio de 2001 fue, para Hartmut Rosa, lo más cercano a una epifanía, un momento de rebalse emocional que le impuso la misión de comunicarle al mundo que el heavy metal tiene un poder transformador que, en su opinión, ni siquiera las religiones poseen hoy, y por eso sigue tan vigente.

Suena exagerado, pero en Cantan los ángeles, rugen los monstruos: una breve sociología del heavy metal, el pensador recurre a un estimulante repertorio teórico, que va de la nueva fenomenología a canciones de Black Sabbath, para justificar una premisa tan audaz. Envalentonado por su propia experiencia como fan del género, se lanza a diseccionar la cultura del metal para que incluso aquellos que no soportan el ruido comprendan por qué Judas Priest o Dream Theater significan mucho más que —buena o mala— música.

Hartmut Rosa (1965, Lörrach) es heredero de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt. Ha estado varias veces en Chile, la última en el Congreso Futuro 2025, y es famoso por su análisis de la modernidad a través de la teoría de la aceleración social, donde argumenta que el ritmo frenético del cambio tecnológico genera una alienación profunda en el individuo. Como antídoto a este fenómeno, Rosa propone la teoría de la resonancia, desarrollada en su obra cumbre, Resonancia: una sociología de la relación con el mundo (2016), donde plantea la necesidad de establecer vínculos significativos y vibrantes con los demás, con el arte, con la naturaleza y con nosotros mismos.

En un mundo anestesiado, diagnostica Rosa, el estallido vital del metal establece una conexión física por medio de la vibración del sonido, una conexión social sobre la base de una comunidad de fans, y, sobre todo, una conexión existencial, porque habla de “las últimas cosas”. Intentar comprender el fenómeno bajo la lupa de la racionalidad, el orden o los cánones del buen gusto, es un ejercicio estéril. El metal, anota, ofrece “una seguridad ontológica” en tiempos de incertidumbre, “un cordón umbilical con el mundo”.

Revelaciones sonoras

Todo amante del arte atesora ese instante en que una película lo hizo sentirse adulto, un poema lo golpeó con el peso de la muerte o una canción definió su destino. Son como epifanías, revelaciones, momentos que ocurren pocas veces, pero la certeza de su existencia es motivo para perseguirlas toda la vida.

Esas experiencias cumbre, como las llamó Abraham Maslow, no son puramente racionales y por eso ocurren con mayor frecuencia con el sonido. La sociedad actual, explica Rosa, es marcadamente visiocentrista y, por lo tanto, analítica y racional, pero el oído es un sentido de vulnerabilidad y emoción. El sonido no se queda afuera, como una película que miramos, sino que entra en nosotros por medio de ondas vibratorias que resuenan —un concepto propio de la acústica— en nuestro cuerpo y mente, y nos hace partícipes.

A lo largo del ensayo, de espíritu divulgativo y generoso en confesiones personales, Rosa encuentra apoyo en la sólida tradición de la psicología de la música, que intenta descifrar el impacto del sonido en la subjetividad. Se remite a autores fundamentales, como John Sloboda y su análisis cognitivo en La mente musical, y lo complementa con el enfoque fenomenológico de Alf Gabrielsson, quien dedicó años a estudiar las experiencias fuertes con la música (SEM, por sus siglas en inglés). Gabrielsson describe estados de absorción tan profundos que la frontera entre el sujeto y el objeto se disuelve, exactamente lo que les sucede a miles cuando escuchan Metallica o Slayer, lo que Rosa llama resonancia.

Para alivio del lector que no tolera la agresividad del metal, Rosa reconoce que la resonancia puede surgir con otros géneros musicales: de manera física y comunitaria en una rave de electrónica con sistemas de sonido que atraviesan el cuerpo; en las estructuras y armonías que sugieren un orden cósmico de la música clásica, o en la improvisación del jazz, donde músico y auditor viajan de la mano. En todos los casos, para establecer la conexión profunda, es imprescindible ponerse a disposición de la experiencia, salir a su encuentro. La música de fondo no sirve, y el metal no es música de fondo.

El metal es liberador porque no reprime nada, ni el ruido ni la belleza. Representa mejor que cualquier otro género la tensión entre lo monstruoso y lo angelical: puede sonar saturado y agresivo, pero detrás de ese manto se asoman armonías clásicas y melodías sublimes. El autor, esto es importante, tiene la audacia para afirmar todo eso a partir de su gusto por estilos amigables, dentro del abanico del género, como el heavy metal, el powermetal o el metal sinfónico (…). En las vetas más extremas y lóbregas, advierte Rosa, la atonalidad y el ruido no dejan ver por ningún lado los ángeles, imposibilitando la esperanza y la conexión.

Esto es serio

Si no somos uno de ellos, seguro tenemos un amigo, un familiar, un compañero de trabajo, el hijo de un vecino metalero. Es una porción fija de la población, una cifra censable, y su popularidad no mengua con los años. En las calles de Copenhague o Antofagasta, los metaleros son fácilmente reconocibles por su ropa negra, pelo largo en la medida de lo posible y poleras con tipografías indescifrables e imágenes espantosas.

Pero más allá del look, lo que distingue a esta subcultura es la seriedad con que se toma a sí misma. Ser metalero es una opción de vida, no un entretenimiento pasajero, y por eso el peor insulto que puede recibir un militante del metal es el de poser (advenedizo). Porque el verdadero fan es erudito, exigente, como los amantes de la música clásica o el jazz, aunque sin el prestigio que esos géneros musicales transfieren a quienes los escuchan. Al contrario, el metal ha sido históricamente despreciado por la musicología, ninguneado por la crítica cultural, satanizado por padres y apoderados, y marginado en los medios masivos. Ese rechazo es el que ha fortalecido a la comunidad y sigue atrayendo a nuevos fans.

Desde sus comienzos en ciudades industriales de Reino Unido a fines de los 60, el heavy metal ha construido un sonido áspero y oscuro, extremando los elementos del rock clásico: distorsión, peso, solos de guitarra, aullidos y gruñidos. Los pioneros Black Sabbath llevaron al disco la alienación de las fábricas; Judas Priest pisaron el acelerador y definieron la estética de cuero y puntas; Iron Maiden sumó épica y técnica, mientras en Estados Unidos y Europa se desarrollaban estilos como el thrash, death, progressive, black o doom, cada uno con sus dinámicas particulares.

El metal es un océano de sonidos y este no es el libro para navegarlo, porque es un texto de sociología antes que de música, pero ayuda a entender su lógica interna gracias a pedagógicos capítulos dedicados a caracterizar al fan del género, su tradicional sexismo, el culto a la atrocidad en las gráficas, el circuito de festivales, las revistas especializadas y la inequívoca influencia del Romanticismo en su estética, con su fascinación por las sagas, los mitos, la muerte y la decadencia.

Lo medular en Cantan los ángeles, rugen los monstruos es el análisis del concierto como el momento propicio para que ocurran las epifanías que persiguen los fans. En una sala oscura y cálida, acogedora como el útero materno o ante las fuerzas naturales en un festival al aire libre, como el legendario Wacken alemán, el concierto condensa los aspectos más valiosos de la experiencia metalera: la peregrinación hasta el sitio donde sucederá el show, las indumentarias como hábitos de monjes, la tensión y expectativa de que algo trascendente va a ocurrir, la atención conjunta de miles de personas. Y una vez que la música por fin arranca, el sonido atronador, el calor, el efecto energizante del ritmo, la saturación de las guitarras, la respuesta física en forma de baile ritual o agitación de las cabezas —mosh pit y headbanging—, la comunión entre fans y músicos. Todo eso junto produce o al menos favorece lo que Rosa llama la resonancia: una experiencia que va mucho más lejos que el placer, es un rebalse emocional que transforma y funde al individuo con el cosmos. Una fuerza tan poderosa que da sentido a la existencia.

El autor no inventa la rueda al comparar el concierto de rock o metal con un rito religioso, pero es cuidadoso en las distinciones: en el metal no hay teología, ni verdades absolutas, ni promesas de salvación. Tampoco culpa o penitencia. Mientras que las religiones monoteístas suelen endurecerse en dogmas y explicaciones intelectuales para suprimir el “desierto existencial”, el metal mira de frente la grieta: la enfermedad, la guerra y la finitud. El metalero no busca que alguien lo salve, sino que alguien lo escuche y sostenga su angustia a través del sonido, algo que las instituciones religiosas han dejado de ofrecer.

El metal es liberador porque no reprime nada, ni el ruido ni la belleza. Representa mejor que cualquier otro género la tensión entre lo monstruoso y lo angelical: puede sonar saturado y agresivo, pero detrás de ese manto se asoman armonías clásicas y melodías sublimes. El autor, esto es importante, tiene la audacia para afirmar todo eso a partir de su gusto por estilos amigables, dentro del abanico del género, como el heavy metal, el powermetal o el metal sinfónico, en los que efectivamente hay voces afinadas, escalas temperadas y hasta cuerdas y teclados. En las vetas más extremas y lóbregas, advierte Rosa, la atonalidad y el ruido no dejan ver por ningún lado los ángeles, imposibilitando la esperanza y la conexión. Para que la magia suceda, es necesaria la tensión y reconciliación entre ambas posibilidades existenciales, de ahí el epígrafe al inicio del ensayo, tomado de Así habló Zaratustra: “El ser humano es como un árbol. Cuánto más quiere elevarse hacia las alturas y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra”.

Más allá de los gustos musicales del lector, porque los de Rosa son conservadores y hasta reaccionarios dentro del género que lo apasiona, encontrar la redención, o por lo menos combatir temporalmente la alienación a través de la música, es una posibilidad cierta para quien conoce su poder. Hay que salir al encuentro de la experiencia, no importa si es con una canción de Iron Maiden, una improvisación de John Coltrane, una sinfonía de Mahler o una conmovedora y vibrante balada de Camilo Sesto.

 


Cantan los ángeles, rugen los monstruos: una breve sociología del heavy metal, Hartmut Rosa, traducción de Christopher Morales Bonilla, NED Ediciones, 2025, 208 páginas, $32.000.

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