Un vicio sin placer

por Manuel Vicuña I 8 Enero 2026

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Son todos unos perdedores declarados, crecieron entre potreros, la vida les cortó el paso en seco y ya no tienen más alternativa que salir adelante a patadas. A estos exallendistas que la historia arrojó a unos tierrales donde nadie le saca ventaja a los otros, y por eso viven en paz, solo les resta conformarse con las sobras del espectáculo del consumo en las vidrieras del comercio capitalino. Se reúnen cada tanto a rememorar los buenos tiempos, a ponerse al día, a tontear sin agredirse. Generosos asados muy regados, tomateras que duran hasta la madrugada, música tropical como una isla de sonido en el mar calmo de la noche.

Hoy celebran al amigo que aprovechó de largarse tras el Golpe, cuando cundía el pánico, pero sin verse apremiado por las nuevas autoridades. Desde siempre prefirió las pichangas de los domingos a las reuniones de los compañeros, la política le pasaba por el lado. Se instala en París, prospera, se casa con una mujer de Lyon, su castellano poco a poco empieza a tartamudear, recurre a las frases en francés, es mon ami para los locales, se llama Kiko Sánchez.

Sánchez se ha envanecido. Es sobrado. Mira en menos, vivir en Chile le parece un acto de patanería. Habla más de la cuenta, no mide sus palabras. Los otros comensales, inicialmente contentos de verlo luego de tantos años de separación, empiezan a mosquearse. Sánchez se equivoca una vez, luego otra, sin darse cuenta de lo ofensivo que resulta. En los antiguos camaradas asoma la envidia y su versión agravada, el resentimiento. Lo que ha logrado es inmerecido, y es hora de bajarle los humos.

Algo así cuenta Germán Marín en su relato “La roja de todos”. En una excursión a la botillería del barrio, los chilenos de corazón lo apuñalan, le parten el cráneo de un peñascazo, le afanan un fajo de billetes y el reloj de oro, y si hubiese resultado fácil, también le habrían robado la dentadura. Después lo arrastran hasta la casa del jolgorio. Lo velan cristianamente. Rezan a su lado y cubren el cadáver con una bandera chilena.

No leo a Marín por casualidad. Llevo un tiempo rondando el tema de la envidia y del resentimiento. Desconfiaría de cualquier persona que diga nunca haber sentido esas emociones. O miente porque le gana la vergüenza, o nunca ha escarbado en su psique, ni siquiera superficialmente. La envidia no se encuentra sepultada como una pieza arqueológica, salvo para el envidioso que anda con los ojos vendados por la vida. La envidia salta a la vista. Siempre regresa a la escena del crimen y revuelve todo. Se revela en la maledicencia, hasta en el humor negro. Hay miradas que la hacen manifiesta, por eso se la asocia con el mal de ojo, incluso con la hechicería. En el Purgatorio dantesco, los envidiosos expían sus faltas con los párpados cosidos con alambres.

Llevo un tiempo rondando el tema de la envidia y del resentimiento. Desconfiaría de cualquier persona que diga nunca haber sentido esas emociones. O miente porque le gana la vergüenza, o nunca ha escarbado en su psique, ni siquiera superficialmente. La envidia no se encuentra sepultada como una pieza arqueológica, salvo para el envidioso que anda con los ojos vendados por la vida. La envidia salta a la vista.

La envidia tiene halo mítico, pedigrí filosófico y estatura teológica en el ordenamiento moral del judeocristianismo.

Los dioses griegos sentían envidia por los héroes que, sin moderar sus pasiones y ambiciones, o bien bendecidos por la Fortuna, conquistaban cimas demasiado próximas al Olimpo. La grandeza que resplandece estaba reservada a los dioses. Cualquier mortal que rebasaba ese límite cometía un acto sacrílego merecedor de castigo.

Aristóteles le destinó reflexiones a la envidia en más de un libro. Concluyó que solo sentimos esa punzada en presencia de “personas cercanas en el tiempo, en el espacio y en edad, en reputación y nacimiento”. Ningún bípedo sensato envidia a Usain Bolt. Aquí también vale mencionar el ensayo “De la envidia”, escrito en 1625 por Francis Bacon. En ese texto ofrece una galería de sujetos predispuestos a la envidia. Las personas deformes, los eunucos, los cojos, los ancianos, los “bastardos”, gente carenciada sin remedio o atada de manos por la Fortuna, son solo algunas de las víctimas predilectas de ese sentimiento.

No hace falta haber leído a Aristóteles o a Bacon para concluir que la envidia solo nace de la comparación con personas conmensurables. Despiertan menos envidia quienes se elevan laboriosamente, afrontando peligros o situaciones adversas, que quienes lo hacen de un salto, sin gradualidad. ¿Cómo “embotar el filo de la envidia”? Es recomendable evitar la ostentación de la propia suerte, de los propios logros, haciendo exhibición, por contrapartida, de los tropiezos que hemos experimentado, de los costos de la notoriedad y el éxito. Prohibidos los derroches del orgullo, la preeminencia insolente.

La Biblia nos presenta la leyenda de Caín y Abel, del crimen fratricida primigenio, y la historia de José vendido como esclavo por sus hermanos. En la Edad Media, la envidia será definida como uno de los siete pecados capitales. Ese veneno que no mata, pero sí genera podredumbre, tiene la impronta de Lucifer, el ángel caído a propósito de la envidia revestida de soberbia.

Hay acuerdo en esto: la envidia es un vicio sin placer. En esto no tiene equivalente. Los otros pecados capitales circulan por otro carril. La soberbia colma de satisfacción a quien se jura de otro planeta. La ira tiene recompensa en la descarga de la violencia. La gula y la lujuria se regocijan con los placeres de la carne. La avaricia se arrima a la chimenea y se alegra contando para callado los bienes que acumula. La pereza aprovecha de pasar ratos agradables en el oasis del ocio. La envidia, en cambio, es pura merma del espíritu y pura turbación de la carne.

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