Maltrechos y dedicados

“Cuando estos libros maltrechos, propios o ajenos, salen de su reducto íntimo y van a dar a un lugar público, devienen de inmediato objetos melancólicos -porque remiten a una pérdida y también objetos conjeturales, materias de interrogación o duda. Uno se pregunta, en efecto, quién pudo ser su dueño, por qué se deshizo de él”.

por Bruno Cuneo I 30 Septiembre 2021

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Los libros más bellos, escribió Adorno en “Chifladuras bibliográficas” (tomo la referencia de Vislumbres, el bello libro de apuntes de Didi-Huberman), son los libros “maltrechos”, aquellos que han estado con nosotros muchos años y que parecen haber sobrevivido solo para testimoniar la unidad de una vida, su mínima coherencia en medio de un devenir caótico o turbulento, porque los felices, convengamos, leen poco o simplemente no leen. Son los libros que hemos acarreado a todas partes, los que han sobrevivido a las separaciones, los que hemos recuperado atónitos después de un préstamo demasiado largo o, más raro aun, los que hemos vuelto a comprar de mala gana en una librería de viejos, sin saber cómo pudieron ir a parar a esos estantes polvorientos. Los reconocemos porque llevan nuestros nombres, nuestras marcas –cada cual tiene un sistema de notación distinto: dos tickets, un ojo, una F de “fundamental”, no de “falso”, en mi caso-, o por las dedicatorias que nos hicieron y que siempre hacen sonrojar un poco, en especial aquellas más juveniles, cuando nos deseábamos fortuna en la aventura literaria o nos librábamos con entusiasmo a un amor destemplado y atiborrado de literatura: “Para F, el tiempo revelará el secreto de nuestra hermosa aventura”; “Para M, quel sol che pria d’amor mi scaldò ‘l petto”; “Para R, estas son palabras privadas que te dirijo en público”, y cosas por el estilo.

Cuando estos libros maltrechos, propios o ajenos, salen de su reducto íntimo y van a dar a un lugar público, devienen de inmediato objetos melancólicos -porque remiten a una pérdida- y también objetos conjeturales, materias de interrogación o duda. Uno se pregunta, en efecto, quién pudo ser su dueño, por qué se deshizo de él, o bien qué pasó finalmente con ese amor o con esa aventura, y no siempre es la necesidad o el término de una relación lo que orienta nuestras hipótesis, porque pueden existir situaciones más duras, incluso terribles: una vez un librero y yo nos quedamos mudos al ver que un tipo, con cara de militar jubilado, entraba a ofrecer una caja de libros medio azumagados que llevaban la firma de un conocido perseguido político de la dictadura.

Iba a escribir sobre uno de mis libros “maltrechos” –Edad de hombre, de Michel Leiris, por ejemplo-, pero me desviaré hacia esto de los libros “dedicados” que van a dar a las librerías de viejos y la curiosidad que suscitan cuando, además, logramos reconocer al firmante o al destinatario. Tengo una pequeña colección de libros de este tipo: en uno de ellos, Jorge Teillier le dedica con mano temblorosa, de ebrio, Muertes y maravillas al físico Igor Saavedra; en otro, Emir Rodríguez Monegal le agradece a Enrique Lihn su visita a la Universidad de Yale, y tengo otro también en el que Pablo de Rokha le dedica Idioma del mundo a un desconocido, con una letra tan desmesurada como cualquiera de sus versos. Los tres que tengo de Gonzalo Rojas merecen una mención aparte: en todos se declara gran lector y admirador (¿será cierto?) del regalado, y otro generoso era el poeta valdiviano Jorge Torres, que solía dedicar sus propios libros, pero también los de quienes publicaba en su editorial Barba de Palo.

Todas las conversaciones que forman Isla Negra no es una isla… siguen conservando esa ‘frescura única’ que, a pesar de los años transcurridos, O’Hara subrayaba en el prólogo, en parte porque se trata de un grupo de entrevistados excepcionales, que están aquí en la plenitud de sus poderes, tratando de salir todos del apagón cultural de la dictadura y algo afectados también por ‘el sorprendente ascenso poético de Raúl Zurita’, que aún no publicaba Anteparaíso y que había provocado un remezón con la publicación de Purgatorio dos años antes.

Uno de estos últimos, publicado el año 1996, está dedicado a un tal Adán -¿Méndez?, arriesgo un apellido por si quisiera recuperarlo– y es un libro interesante que merecería reeditarse. Se llama Isla negra no es una isla. El canon poético chileno de comienzos de los ochenta e incluye ocho conversaciones con poetas chilenos (Lihn, Hahn, Turkeltaub, Parra, Rojas, Zurita, Silva Acevedo, Teillier), que sostuvo y registró en Chile el poeta y académico peruano Edgar O’Hara hacia finales de 1981, pero que solo verían la luz como conjunto 15 años más tarde.

Un libro similar, aunque empezado un año después y publicado por primera vez en 1990, es el de Juan Andrés Piña, titulado Conversaciones con la poesía chilena, por cierto más conocido, ya que fue reeditado hace algún tiempo y con importantes agregados. Aparte del género y ciertos poetas que se repiten, los hermana el hecho de que ambos volúmenes fueron alentados por el incansable Enrique Lihn e incluyen excelentes retratos fotográficos, de Herman Schwarz, en el de O’Hara, y de Inés Paulino, Claudia Donoso y Paz Errázuriz, en el de Piña. Difieren, sin embargo, en sus pretensiones y en su radio de alcance, ya que el libro del peruano formaba parte originalmente de un proyecto más amplio y ambicioso, concebido como una suerte de radiografía coral de la actividad literaria y fotográfica en Chile, Perú, Argentina, mientras que el de Piña, entre varias otras cosas, pretendía ayudar a “recomponer parte del friso de la literatura nacional del último medio siglo”. Un arreglo de cuentas local, por decirlo de algún modo, mientras que en el libro de O’Hara las voces registradas se sumarían a las de los poetas Emilio Adolfo Westphalen y Américo Ferrari; a los narradores Roberto Fontanarrosa, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, y a los fotógrafos Pedro Luis Raota, Sara Facio, Leonora Vicuña y Eugenio Dittborn, entre otros. Estas conversaciones aparecieron finalmente en distintos medios latinoamericanos, y jamás como conjunto; la “sección chilena”, en tanto, fue a parar a Valdivia gracias al interés y compromiso de Jorge Torres, cuando O’Hara ya empezaba a hartarse del proyecto y de las ofertas truchas de varios editores.

Ahora bien, todas las conversaciones que forman Isla Negra no es una isla… siguen conservando esa “frescura única” que, a pesar de los años transcurridos, O’Hara subrayaba en el prólogo, en parte porque se trata de un grupo de entrevistados excepcionales, que están aquí en la plenitud de sus poderes, tratando de salir todos del apagón cultural de la dictadura y algo afectados también por “el sorprendente ascenso poético de Raúl Zurita”, que aún no publicaba Anteparaíso y que había provocado un remezón con la publicación de Purgatorio dos años antes. O’Hara, que sabe de poesía y mantiene siempre la conversación en esos límites, no pierde oportunidad de poner el tema y las respuestas que obtiene sirven para medir la temperatura del debate que en torno a ese ascenso se estaba dando entonces. Parra, Teillier y Rojas, sin embargo, rehúyen un poco las circunstancias políticas o culturales de la época y prefieren remontarse al neolítico de sus propias obsesiones; Lihn, por el contrario, no deja de situarse: dice interesarle ahora la cháchara o el discurso retórico vacío, del poder o de los diarios, y anuncia al pasar un libro de poemas que nunca publicaría: Musa de la calle, del hospital y de los museos, una suerte de secuela de Poesía de paso. Zurita, que es el más joven de los entrevistados, sitúa por su parte sin complejos su proyecto poético en coordenadas mayores y asimila con desenfado el esfuerzo de Lihn a la construcción literaria, cuando lo importante, según él, sería ahora la construcción de la vida. Y voy a dejar la cosa hasta aquí, porque está claro que no puedo en este espacio reseñarlos a todos.

Una última palabra, tan solo, sobre el título del libro, que algunos podrán encontrar malo, pero que a mí me gusta, no así la bajada, que me recuerda a Harold Bloom y sus bendiciones académicas. Descontada su connotación más obvia, posee el mérito de aclarar, y nunca está de más, que Isla Negra jamás ha sido una isla, ni los poetas chilenos viven aislados.