
Curriculum vitae abarca la primera mitad de la vida de Muriel Spark. Fue escrita por la autora de Memento mori y La plenitud de la señorita Brodie cuando tenía 74 años y ya era muy famosa, porque quería aclarar errores y habladurías sobre su vida, aunque ya venía de vuelta: había sobrevivido a un marido agresivo, a la vida colonial africana, a Londres bombardeada y a las dificultades de ser independiente. Su singularidad y genio novelístico siguen conquistando a nuevas generaciones de lectores.
por Marcela Fuentealba I 27 Octubre 2026
Muriel Spark (1918), escritora prolífica y novelista ejemplar del siglo XX, murió hace 20 años. Sabemos de su vida por Curriculum vitae, su autobiografía hasta los cuarenta y tantos, que muestra el periplo posible, o atajos y redes, de una mujer talentosa en el fragor del Imperio británico: se educó en colegios públicos de Edimburgo, vivió en África colonial a los 20 años, volvió a Londres bajo las bombas para trabajar en Inteligencia; pasó hambre, deliró por las anfetaminas, escribió poesía hasta que descolló con una novela sobre voces en su cabeza, y siguió sin parar con una obra peculiar y popular, que la hizo famosa y así pudo irse y liberarse para siempre.
Se puso a la labor biográfica, con sus papeles y amistades, a los 74 años, para desmentir las muchas “extravagancias e imprecisiones” que aparecieron sobre su vida desde fines de los 50, cuando se hizo famosa. Pero las aclaraciones no bastaron y nuevas biografías (a su muerte apareció la no autorizada) especulan sobre sus misterios hasta hoy: en 2025, Frances Wilson publicó Electric Spark: The Enigma of Muriel Spark, que detalla las coincidencias a nivel casi paranormal entre sus novelas y su vida. Pero veamos lo que dice ella en su Curriculum vitae.
Nació en Edimburgo, hija de un funcionario, judío asimilado de apellido Camberg, y de una inglesa provinciana, persona no bien vista entonces, pues a diferencia de los demás extranjeros, con los que no había mayor problema, a los ingleses los encontraban “hipócritas y superficiales”. La niña era consciente de la mezcla e inadecuación, y también del encanto y el lenguaje necesarios para ir más allá de los obstáculos de la clase y la cultura: vivía en una comunidad. Sus prodigiosos recuerdos van desde la forma en que se vendía la mantequilla a los vestidos de una tía estrafalaria, del humor hogareño y de las afinidades y diferencias con los amigos. Su abuela materna, desde sus dichos hasta sus anticuadas costumbres, fue la fuente para el mundo de ancianos de una de sus novelas más graciosas, Memento mori, con la muerte acechando telefónicamente a viejos solitarios. Su madre, supersticiosa y encantadora, y su padre, serio y gracioso, además de un hermano mayor, eran el marco de un mundo siempre sorprendente, con noticias de imperios, descubrimientos y guerras.
Entonces los escoceses de clase media tenían excelentes escuelas para sus hijos, más o menos religiosas, por una tradición digna: quienes se habían enriquecido no usaban sus fortunas solo para construir mansiones o explotar la mitad del país, sino que dejaban parte de su herencia para financiar colegios que llevaban sus nombres durante generaciones. Muriel fue a esos colegios, donde tuvo una educación de primera, con profesores que jamás olvidó, y brilló especialmente en lenguaje. Una de esas maestras protagoniza su novela La plenitud de la señorita Brodie, que la hizo aún más famosa (y rica, cuando se adaptó al cine y al teatro), entrañable retrato de los ideales y la influencia de una profesora en sus alumnas, su gracia para trasmitir ganas de vivir y conocer. Muriel fue poeta escolar destacada, con la mezcla de sagacidad del léxico familiar y la profundidad de las lecciones de los clásicos y la literatura romántica. Desde entonces, además de la literatura, sus muchos y buenos amigos serían lo más importante de su vida.
Escuchémosla: “A fin de escribir sobre la vida, tal como yo me proponía hacerlo, sentía que primero tenía que vivir. Más o menos desde aquella época (salida del colegio), lo esencial de la literatura empezó a residir, para mí, fuera de la literatura: estaba en otra parte, allá en el mundo”.
Aprendió taquigrafía y dactilografía, a escribir en tono “moderno” y directo; trabajó educando a niños ricos para rendir exámenes y en una tienda de ropa para damas, Small’s, donde “no me cansé jamás de absorber aquella atmósfera mezcla de lujo, auténtica elegancia y tontería”. Se le ocurrió escribir una novela, La tienda por departamentos, que nunca empezó, pero aguzó la mirada hacia los absurdos, entrañables y siniestros personajes que poblarían sus novelas. Era mediados de los años 30 y la literatura empezaba a mostrar renovada libertad y humor.
A los 19 años, con sus amigas comprometidas o casadas, ella quería ver mundo, así es que se comprometió con un profesor 13 años mayor, Sydney O. Spark, destinado a trabajar por tres años en Rodesia del Sur (hoy Zimbabue), llamada así por su colonizador británico minero, Cecil Rhodes; curiosamente, es de los lugares del mundo con más idiomas oficiales: 14. La fascinación de lo nuevo antiquísimo, de las enormes cataratas Victoria y las ruinas de la cultura bantú del siglo IX se mezclaban con un provincianismo triste y la desoladora crueldad hacia los africanos. Pronto se quedó embarazada; su marido le pidió abortar, porque apenas soportaba vivir, por serios problemas mentales. Tuvo a su hijo y supo que el matrimonio se terminaba. Vivió dos años más con él, en pleno campo, donde el régimen colonial era menos estricto, feliz porque el niño se criaba con gente amable, preocupada porque el marido se ponía cada vez más violento. Justo cuando iba a dejarlo, estalló la Segunda Guerra Mundial; él se unió al Ejército, ella inició el divorcio. Mantuvo el apellido Spark (chispa), para tener el mismo de su hijo, Robin, cuestión que le sirvió después para anunciar su estilo chispeante.
Como siempre, su empuje y capacidad de hacer amigos la salvó del desastre; escribió poesía y publicó en revistas locales; “The Go-Away Bird” más tarde se convirtió en un cuento clásico sobre la tristeza e ignorancia del colonialismo, de vivir el desarraigo y la hostilidad, bajo el melancólico canto del turaco, “go-way”, vete, ¡vete! Tras varios vericuetos, que incluyen tres meses varada en Ciudad del Cabo, donde se hizo amiga de María Bonaparte, princesa de Grecia y literata freudiana, logró volver a Inglaterra en 1944. Dejó a su hijo con sus padres en Edimburgo y partió a buscarse la vida en Londres, bombardeada.
No fue a Edimburgo porque, fuera de no encontrar trabajo, quería “experimentar” la guerra, seguir el mandato de trabajo obligatorio para las mujeres menores de 45 sin ataduras familiares. Tenía 26 años. En Londres llegó a una residencia para mujeres, el Club Helena, que describe en la novela Las señoritas de escasos medios: la comida, en lata o en polvo, se racionaba en una libreta; en las noches sonaban las sirenas anunciando bombas y no se veía nada por el smog, mientras había que fijarse en cada palabra dicha: “La conversación descuidada cuesta vidas”, advertían los afiches en las oficinas públicas. Era, en todo caso, un cúmulo de chicas adorables y peculiares.
Cuando se presentó a buscar trabajo, fue reclutada en el Foreign Office para contrainteligencia: debía escribir historias inventadas, de forma muy verosímil, que se trasmitían en alemán para desmoralizar a las tropas nazis. Entre las salas de prensa de Whitehall conoció a nuevos amigos, algunos para toda la vida, y comenzó a disfrutar de la ciudad aún acechada.
Siguió escribiendo poemas y ensayos, y cuando terminó la guerra encontró trabajo en revistas literarias: le ofrecieron editar The Poetry Review, publicación de una tal Poetry Society, que la había premiado por sus poemas. Ahí aprendió a lidiar con un mundo de nobles revenidos y literatos de segunda, pero millonarios, que le hicieron la vida imposible con cartas anónimas, acusaciones moralistas por ser divorciada, acoso de un novio psicopático. Todo ello sirvió de material para otra de sus novelas, La intromisión, tan cruda como divertida, que sigue un tema clave: la vida real y la ficción, lo que los personajes creen ser y como son vistos, se imbrican para conformar una realidad imposible, donde la astucia y la intuición priman sobre la razón y la fuerza.
Desde 1949, de nuevo sin trabajo y aleccionada por el mini escándalo, dice que nunca más se deshizo de ningún documento y guardó cartas, contratos, todo lo que supusiera precisar relaciones y fechas. En esa época conoció a Derek Stanford, un joven literato ambicioso, bisexual, excéntrico y divertido. Su asociación fue amplia, escribieron libros críticos a cuatro manos, sobre Wordsworth y Mary Shelley, pero la competencia terminó por separarlos: cuando Muriel tuvo éxito, a él le dio un colapso nervioso. Antes de eso, él la acompañó en la pobreza (tenía un solo vestido y los zapatos con hoyos), y la cuidó cuando cayó en el delirio a causa de las anfetaminas para adelgazar.
De esos años, mediados de los 50, vienen las imprecisiones y mitos, desperdigados en su mayor parte por Stanford en un libro de memorias: que si estaba loca y enamorada de T. S. Eliot (según ella, estaba obsesionada con escribir sobre su poesía y le encargaron un libro; otras fuentes dicen que lo perseguía); que si Graham Greene, su amigo en el catolicismo (Muriel se convirtió entonces), le dio dinero para que sobreviviera (sí, gracias a eso pudo recuperarse en calma); que si su primera novela de éxito, The Comforters (Las voces), es una copia a The Ordeal of Gilbert Pinfold (La odisea de Gilbert Pinfold) de Evelyn Waugh, aparecida ese mismo año (imposible que la haya copiado: Waugh también tomaba entonces muchos estimulantes). Ambos libros dan lugar a las voces alucinatorias que acechan a personajes católicos y literarios atormentados, con humor, desparpajo e inteligencia. Waugh escribió una reseña elogiosa de la supuesta usurpadora.
En un punto, las aclaraciones se vuelven un poco aburridas, pero Muriel termina su propia biografía contando de otra preciosa amistad, con una señora irlandesa a la que le arrendaba departamento en Londres.
Las biografías posteriores hablan de su capacidad de pronosticar o prefigurar el futuro: algo pasaba en una novela, luego en su vida. También de si se volvió lesbiana, o de que se peleó para siempre con su hijo. Ella no contó nada más y siguió escribiendo sus variadas y magníficas novelas. Vivió un tiempo en Londres, otro en Nueva York, y desde 1968 en Italia. Ahí está enterrada hace 20 años, en el pueblo de Oliveto, lejos del mundanal, adorable y estúpido ruido que describió.
Libros revisados:
Curriculum vitae, Muriel Spark, La Bestia Equilátera, 2021.
Las voces, Muriel Spark, Blackie Books, 2022.
La plenitud de la señorita Brodie, Muriel Spark, Pre-Textos, 2006.
Las señoritas de escasos medios, Muriel Spark, Impedimenta, 2011.
Memento mori, Muriel Spark, La Bestia Equilátera, 2009.
Electric Spark: The Enigma of Muriel Spark, de Frances Wilson, Bloomsbury, 2025.