
Consciente de que la patria es la lengua, como diría Canetti, la protagonista del libro Tela de sevoya, de Myriam Moscona, va en busca de los últimos judíos que aún hablan ladino en Bulgaria. Reproducimos el texto leído por la escritora chilena, con motivo de la reedición del libro en México, donde plantea que estamos ante una novela sobre la orfandad como destino, sobre la sensación de no pertenecer a ninguna parte y de cómo puede producir vergüenza en algunas ocasiones y orgullo en otras.
por Andrea Jeftanovic I 30 Enero 2026
El descubrimiento de una palabra puede marcar una vida entera. “Apátrida” fue el nombre que la niña escuchó en su acta de nacimiento, una marca que la avergonzaba frente a los compañeros de escuela, un país inexistente que la hacía sentirse expulsada de todos los países. Años después, en el acta de defunción de su madre, esa palabra regresaba como herencia escrita: nacida en Sofía, muerta en Ciudad de México, nacionalidad: apátrida. La orfandad se volvía lengua, y la lengua, destino.
El ladino (judeoespañol, djidio, djudezmo, lengua de abuelas y exilios) late como un idioma herido que se resiste a morir. Cada palabra pronunciada en esa lengua es un regreso a los patios de Salónica, a las calles de Estambul, a las casas perdidas de Sofía. En México, la niña lo escuchaba en boca de sus mayores como un murmullo extraño, entrañable y severo. No era solo una lengua: era un código secreto para hablar con los muertos, una máquina del tiempo hecha de proverbios, rezos y canciones. Dice: “Avlar en ladino es kontarles a los muertos ke mos akordamos. Es ponerles un kandeliko. No ay otro modo de decir esto. Si se perde la lingua, se pierden los muertos i mos kedamos solos”.
O bien: “Kuando te mueres no es el fin. Los muertos mos kedan en la kaza. Ay ke avlarlos en nuestra lingua para ke se keden kontentos. Si no, se enojen i se asentan en la ombra de uno. Los muertos no tienen fin, solo se asentan, se kallan”.
El ladino, con su música herida, permanece como llave perdida en la ciudad de Toledo en los años de la Inquisición española. Cada palabra abre un valle secreto donde todavía habitan los muertos, donde todavía resuenan las canciones de bodas y las plegarias por los difuntos. Esa lengua, arcaica con riesgos de extinguirse, da paso a una dimensión donde se entrelazan la pérdida y la supervivencia, la memoria y la imaginación, la vigilia y el sueño: “Los sueños mos traen las vozes de los ke ya se fueron. En sueño mi madre me avla en ladino, me kanta las kantikas ke no supe nunca. Me disho: no te olvides, la lingua es el korazon ke late. Si la matas, te mueres tú”.
Volver a la tierra paterna/materna, de los abuelos, de los orígenes, se despliega como un nuevo proyecto vital, un impulso a salir de la patria y configurar un archivo, una recopilación, un acervo lingüístico, pero deriva en algo más, como se lee en estas páginas: “El viaje se inicia con un deseo lejano y adquiere forma en el otoño. Me propongo ir en busca de los últimos judíos que aún hablan ladino, escuchar sus inflexiones, registrar sus voces. Me inquieta conocer la casa de mi madre en Sofia y después Plovdiv, la ciudad de mi padre del que perdí toda posibilidad de rastreo. No conservo mayores datos del lugar donde creció. Eso voy a buscar, sabiendo que la imagen va a fijarse”.
Tela de sevoya es un libro poliédrico, es una novela instalación-escultura. Hay una imagen matriz que conduce el relato: la memoria se corta como cebolla, hace llorar al tiempo que cura las heridas. Cada capa es un archivo de lo imposible: cartas nunca escritas, lenguas apagadas, genealogías deshechas. El recuerdo no es un depósito del pasado, sino un acto presente de escritura que reconstruye con lo que queda, que inventa con lo que falta.
También la imagen de la cebolla aparece como un procedimiento escritural: cada capa arranca lágrimas, cada capa revela otra más profunda, hasta que al final lo único que queda es la música de una lengua que, al pronunciarse, vuelve habitable el mundo. Se despliega capa a capa: sueños, diarios, ensayos, fragmentos poéticos, narrativa autobiográfica, poesía, ensayo y memorias. La vertiente creativa y misteriosa es tan estimulante como la biográfica. Enumero las seis zonas del libro:
—“Kantikas”, con poemas en ladino, cartas y diarios.
—“La cuarta pared”, recuperación de la niñez y la rutina familiar.
—“Distancia de foco”, recuerdos de su infancia y de su familia, como la historia del tío Milcho, compañero de colegio de Elias Canetti, perdido de la memoria hasta que escucha en la televisión que su antiguo amigo ha recibido el Premio Nobel de Literatura.
—“Molino de viento” se congregan los sueños y las visiones que la protagonista enfrenta con ánimo quijotesco, en el resto de los apartados se da cabida a un entrañable “mundo de la vigilia”. Sueño y muerte: las secciones oníricas (“Molino de viento”, “Kantikas”) permiten un diálogo con el inconsciente, los muertos y el inconsciente colectivo.
—“Diario de viaje”, el relato de su encuentro con Bulgaria a los 50 años, en el periplo emprendido a Bulgaria y Macedonia en busca de las raíces paternas y maternas.
—“Pisapapeles” aborda el ladino desde una perspectiva más ensayística, aunque esos papeles que se resisten a volar estén también en sus sueños, en sus recuerdos, en la presencia de esa abuela tiránica que ni en la hora de su muerte abrió camino al perdón. La reflexión de bordes ensayísticos en torno de la condición judía y la historia del ladino, djudezmo o judeoespañol.
La figura de la abuela aparece en cada esquina. Una mujer severa, de ojo hueco y palabra cortante, que legó su lengua como quien impone una ley. Violenta y tierna a la vez, ella es la guardiana de un mundo que se niega a desaparecer. Entre nieta y abuela se cruzan heridas verbales, mandatos, reproches, pero también el regalo de una lengua que abre túneles secretos hacia los ancestros. En esa lengua, la niña aprende que el dolor puede transmitirse como herencia, que los espectros se adhieren como sombras cosidas a los cuerpos. La casa de la infancia se puebla de muertos: el padre ausente, la madre enferma, los abuelos cargados de pérdidas. Cada habitación se convierte en frontera entre la vida y la muerte: “Mi nona —leemos— dezía ke la vida es komo tela de sevoya. Si la tokas mucho se rasga. Andamos kon kuidade para no esfoyarla de más. Ke no se nos vaya en pedazos, ke no se nos muera antes de ora”.
La narradora, hija y nieta de una familia judeo-sefardí originaria de Bulgaria, emprende un viaje desde México hacia los Balcanes para reencontrar la casa de sus padres, reconstruir su identidad familiar y rescatar el ladino, la lengua de sus abuelos, amenazada de extinción. Viajar hacia atrás se convirtió en un destino inevitable. Caminar por las calles de Bulgaria, buscar las casas abandonadas, tocar las puertas de piedra en ruinas, descifrar las direcciones familiares en mapas ajenos: cada paso era un intento de reconstruir la escena perdida. La escritura, entonces, se vuelve un ejercicio de caminar, un inventario de huellas, un diario de viajes por geografías que ya no existen.
La memoria del siglo XX se despliega en esas fronteras móviles: imperios fragmentados, guerras, exterminios. Europa como un mapa movedizo que se configura mientras la caminante intenta fijar, en su cuaderno, una dirección propia. Identidad y pertenencia: a través del viaje físico y espiritual, la narradora busca equilibrar su pertenencia mexicana y sefardí, su vínculo con las “fuentes” familiares y la lengua de sus abuelos.
La escritura se convierte entonces en Kadish, un rezo de duelo: oración por los que ya no están, están muertos, canto para que la lengua no se pierda, conjuro para transformar la muerte en vida: “Pero algo se cambió de posición —cuenta la protagonista— y el día que fui a conocerla con el estómago hecho nudos, confundí el número y fui a dar a Iskar 46 sin darme cuenta de que no se correspondía con la casa de mi madre. Tomé fotos de la cuadra, de la esquina, de las casas contiguas, de los árboles. Me retrataron también a mí, incluso en una de las fotografías, desprevenida, aparezco con los pañuelos de papel despedazados y la cara enrojecida de llanto”.
Esta literatura, que se mueve entre crónica y elegía, entre archivo y poema, responde al imperativo de narrar lo imposible, de dar voz a lo que fue silenciado, de habitar una lengua sin patria y convertirla en territorio. Es, como diría Ottmar Ette, “una literatura friccional”, porque cruza viajes reales y viajes interiores, sueños y documentos, historias personales y memoria colectiva, en un ejercicio de restitución que nunca es completo y que por ello mismo se vuelve motor de escritura. La memoria del siglo XX se despliega como un mapa movedizo, atravesado por fronteras que se redibujan, imperios fragmentados, aldeas desaparecidas, guerras que dejaron huellas imborrables, y en ese contexto el ejercicio de recordar se convierte en una tarea ética, política y poética.
El proceso de memoria en Tela de sevoya es algo inconcluso, con fracasos y hallazgos. Un proceso infinito cargado de ternura, medicaciones, epifanías en movimientos oscilantes entre la subjetividad y la historia. El viaje no concluye en el hallazgo de una casa ni en la obtención de una nacionalidad recuperada, sino en la certeza de que las palabras de la infancia, el rumor de generaciones, son la morada que siempre acoge y guarece en medio de la intemperie.

Tela de sevoya, Myriam Moscona, Tusquets, 2025, 312 páginas, $23.000.