
En Yo sé lo que sé, Kathryn Scanlan cuenta la historia de una mujer que en Estados Unidos se dedicó a preparar caballos de carrera. El resultado es un libro ameno y a ratos conmovedor, un auténtico fresco de la fauna que gira en torno a los hipódromos: jinetes, preparadores herradores, jueces, veterinarios, cronometradores, cajeros y cajeras que reciben y pagan las apuestas. Lo que predomina en este relato es la suave y desnuda tonalidad afectiva de la escritura.
por Agustín Squella I 17 Junio 2026
Al menos para mí, nada puede ser comparable a una carrera de caballos en la que los competidores entran en tierra derecha y el tropel de participantes —identificados por los colores de las casaquillas de los jinetes, por el relato oficial de cada carrera y por las imágenes que se transmiten por circuito cerrado de televisión— se abalanza sobre la meta y ofrece un espectáculo único, estético por donde se lo mire, además de vibrante, enérgico y casi siempre incierto.
De “la gloriosa incertidumbre del turf”, solía hablar un viejo periodista porteño que conducía un programa radial llamado “La hora de los lamentos”, en inequívoca alusión a lo mucho que se lamentan los hípicos cuando los resultados no son los esperados, especialmente si los asistentes tienen un boleto de apuestas en el bolsillo, contra el cual frotar en ese momento una patita de conejo que llevan en el mismo bolsillo.
Viendo carreras durante largo tiempo, uno se familiariza con los caballos y, asimismo, con la muy peculiar geografía humana que pulula por los hipódromos, sean extraños, apostadores habituales o trabajadores del lugar.
Hípica para ver, entonces, pero también para leer, como me ocurrió recientemente con un libro que he disfrutado a rabiar. Un libro ameno, bien escrito y, por momentos, conmovedor. Se titula Yo sé lo que sé y es de Kathryn Scanlan, quien valiéndose de breves y sugerentes párrafos, cuenta la historia de una mujer que en los Estados Unidos se dedicó a preparar finasangres de carrera y que fue varias veces entrevistada personalmente por Scanlan. Así se dice en Chile —“preparar” caballos de carrera—, porque en verdad se trata de algo más que “entrenarlos” o ponerlos en forma. Preparar caballos de carreras, lo mismo que conducirlos, no es un trabajo, por remunerado que sea, sino un oficio. La preparadora protagonista de este relato comenzó desde pequeña a visitar caballos en un hipódromo cercano, restándose muchas veces a las clases que debía recibir en el colegio, y desarrollando un fulminante amor por los caballos y las carreras que estos protagonizan regularmente en los hipódromos. Hay hipódromos en varios de los estados que forman los Estados Unidos de Norteamérica, e incluso más de un hipódromo en un mismo estado, de manera que los jinetes, cuidadores de caballos, preparadores y muchos otros (herradores, jueces, veterinarios, cronometradores, cajeros y cajeras que reciben y pagan las apuestas) que están en el oficio, como también el público que concurre a ver las carreras, van desplazándose continuamente de un hipódromo a otro, buscando la suerte, como se dice. Susana se llama la niña que empezó a conectarse tempranamente con los caballos y que terminó siendo preparadora de varios durante largo tiempo. Esa fue siempre su única ocupación. “Vivir en el hipódromo —confidenció Susana a la autora de este libro— es tener la vida llena”. El hipódromo, agrega, “me enseñó a confiar y a no confiar demasiado” y “ese fue el lugar que me crió”. Y agrega: “Durante años y años, no andas con nadie que no sea del hipódromo” y “si tus padres se llevan mal, si discuten, si hay una situación de maltrato, tienes a tu caballo. Cuando las cosas andan mal, yo me iba con el caballo y el caballo siempre mejoraba todo. Por eso siempre digo que fue mi caballo el que me crió”.
Scanlan podría decir, como Elias Canetti, que “algunas cosas las escribimos únicamente para incrementar la vida en este mundo”.
Cuenta Susana que en las caballerizas por las que iba y venía, quedándose en moteles más bien modestos, viejos camiones o desvencijadas casas rodantes, los del ambiente se referían a ella como “la chica de la Coca-Cola”, porque “todo el mundo quería invitarme a un trago, emborracharme, pero yo pedía una gaseosa. No es que nunca me descontrolara, pero era raro. Una le dice que sí a un trago y de repente tiene 20 más adelante, y 20 personas diciéndole que se lo tome”.
Según se dice, la política “es sin llorar” —algo que la experiencia desmiente a menudo—, ¿pero pasará lo mismo con nuestra preparadora de finasangres? Con frecuencia se incurre en faltas en los hipódromos y en incorrecciones de los jinetes en alguna carrera. Son muchos los actores que intervienen en esta actividad. Pero todo se olvida con un buen acierto. Susana empezó en el hipódromo a los siete años y allí conoció y trató no solo a sus colegas, sino también a los criadores de caballos, a los propietarios, a los herradores, a los jinetes, a los jueces, a los operadores de los circuitos cerrados de televisión, tipos que después de sus labores no siempre piden o esperan solo un vaso de agua.
Además de las muchas historias que acumula Sonia y que Kathryn Scanlan registra con muy buena pluma y sin rodeos, el texto de esta última resulta conmovedor, si bien para nada sentimental. Como siempre pasa con la buena literatura, conoces un mundo y, gracias a él, lo haces con varios mundos a la vez; conoces también a personajes de ficción, y lo haces con cada uno de los que te encuentras a diario y cruzas una palabra o una mirada. Lo que predomina en este relato es la suave y desnuda tonalidad afectiva de la escritura.
En las caballerizas, a cargo de preparadores, capataces y cuidadores suele haber mascotas: un perro, un gato y hasta posiblemente un loro. A veces meten una cabra en el corral que se encuentra algún caballo, y lo que sucede es que aquel animal tranquiliza al caballo. En los alrededores del hipódromo, uno de los cuidadores de caballos del corral de Susana se encontró con un cuervo que adoptó de inmediato y al que empezó a llamar Charlie. Tuvo que cortarle parte de las alas para que no volara lejos, hasta que le crecieron de nuevo y el cuervo se marchó sin previo aviso. Ni un solo graznido de alerta ni de despedida. Días después, en los alrededores del hipódromo, el mismo empleado se topó con un gran árbol lleno de cuervos y todas las aves se echaron a volar de inmediato. Su afligido dueño llamó a Charlie varias veces por su nombre y este volvió a las ramas del árbol. Allí fue tomado en brazos por su dueño y, no más llegados de regreso al corral, volvieron a cortarle las alas.
Ya bien mayor y retirada de su oficio, Susana, cerca de los 80, quiso visitar un hipódromo para volver a estar con “gente del ambiente”. “Yo quería ir —cuenta ella—, pero si vas, terminas queriendo volver al hipódromo. Dicen que uno nunca se saca las carreras de la sangre. Sigo soñando con ellas casi todas las noches”, concluye sus confesiones.

Yo sé lo que sé, Kathryn Scanlan, traducción de Daniela Betancur, Fiordo, 2023, 159 páginas, $17.000.