La posada

Primeras ediciones de Spinoza, textos hebreos impresos en Constantinopla a principios del siglo XVI, volúmenes anotados por Lenin, la tesis doctoral de Rosa Luxemburgo o cartas y manuscritos de Marx eran parte del tesoro que podía encontrarse en el número 5 de Hillway Street, en Londres, donde vivía el extraordinario bibliófilo y erudito Chimen Abramsky. Ahora su nieto reconstruye la vida en una vivienda formada por paredes de libros, famosa como centro cultural por el que circulaban figuras como Eric Hobsbawm, Isaiah Berlin y Harold Pinter.

por Yanko González I 26 Agosto 2022

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Marx sentía —contó Friedrich Engels en el funeral del autor de El capital— que él era el Darwin del mundo social, el que había revelado los secretos que explican cómo las sociedades se transforman y evolucionan en el tiempo, naufragando unas y sobreviviendo otras. Durante décadas, además, los estudiosos del socialismo sostenían que Marx había escrito a Darwin ofreciéndose para dedicarle el primer volumen de El capital. Se sabía el resultado —el nombre de Darwin no aparece homenajeado en el primer volumen—, pero se ignoraba todo lo demás, incluyendo las razones del naturalista para declinar el ofrecimiento.

La clave, como otras muchas de índole histórica de la literatura socialista, aparecería en la casa de Chimen Abramsky, un expatriado ruso de origen judío que, en sus muchas encarnaciones, además de librero, editor y activista de izquierda, era experto en manuscritos, erudito marxista, jefe del Departamento de Estudios Judíos y Hebreos en University College London y, por sobre todo, uno de los más extraordinarios coleccionistas de libros en Inglaterra. Su vieja casa del norte de Londres regida por su esposa, la siquiatra Miriam Nirenstein, congregó no solo millares de libros, sino también a algunos de sus autores vivos: un abanico extenso de ilustres amistades, desde Isaiah Berlin a Eric Hobsbawm, y desde el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli a E. P. Thompson, pasando por Stuart Hall, Perry Anderson o el Nobel Harold Pinter. Como narra su nieto, Sasha Abramsky, autor de esta exquisita y singular biografía intelectual, el número 5 de Hillway Street “era más una posada que una casa residencial”.

La posada, como se entrevé en el título de este libro, abrigaba colecciones únicas de ejemplares, manuscritos e incunables que Abramsky identificó, buscó y atesoró durante años y que fue disponiendo simbólicamente según peculiaridad y afecto en las habitaciones de una vivienda holgada, pero austera. Pergaminos, códices, libros y periódicos abarcaban una basta porción de la cultura escrita occidental —y más allá— en diferentes lenguas. En algunos casos, sus piezas documentales, particularmente las pertenecientes a su colección judaica y socialista, eran los últimos testimonios materiales de ediciones e ideas desaparecidas. Aunque cada cuarto de la casa —a excepción del baño y la cocina— estaba cubierto del suelo al techo con estanterías de libros en doble fila, no era la abundancia o la rareza lo que magnetizaba a sus amigos, coleccionistas o estudiosos, sino las “llaves de lectura”: memoria y erudición que Chimen Abramsky había tallado pacientemente en torno a sus miles y miles de páginas impresas. Encontrar esas llaves, la genealogía de su forja y descifrar al cerrajero que vivía rodeado de paredes de palabras es la delicada empresa investigativa que acomete su nieto Sasha, a través de un amplio repertorio de técnicas investigativas y fuentes orales —familiares y amicales—, documentales y archivísticas, teñidos con sus propios recuerdos biográficos y un fino estudio de sus colecciones, anotaciones y subrayados.

La posada, como se entrevé en el título de este libro, abrigaba colecciones únicas de ejemplares, manuscritos e incunables que Abramsky identificó, buscó y atesoró durante años y que fue disponiendo simbólicamente según peculiaridad y afecto en las habitaciones de una vivienda holgada, pero austera. Pergaminos, códices, libros y periódicos abarcaban una basta porción de la cultura escrita occidental —y más allá— en diferentes lenguas.

Los cruces, bifurcaciones y empalmes narrativos aluden a un viaje nemotécnico propio de su herencia familiar y la del cosmos del biografiado: cada capítulo del libro es una habitación que alberga la encarnación de las obras en una vida leída (vivida). Así, el apartado primero es el dormitorio principal —la “fortaleza”— que esconde tras algunas estanterías vidriadas cientos de los libros y manuscritos más preciados de su filiación ideológica: volúmenes anotados por Lenin, tratados de Trotski, originales mecanografiados de Rosa Luxemburgo —como su tesis doctoral—, cartas y manuscritos de Marx, incluido su carné de miembro de la Primera Internacional, entre otros cientos de impresos invaluables. El recibidor era “un portal extraordinario”, con libros únicos sobre la comuna de París, la rusia bolchevique y diversos y singulares remanentes bibliográficos de su librería, Shapiro, Valentine & Co., en la que trabajó hasta mediados de los años 60, tiempo en que, ya alejado del estalinismo y del Partido Comunista, Chimen Abramsky se vinculó a la enseñanza universitaria.

Subiendo, la habitación grande del segundo piso alude a sus raíces, emplazando una de las bibliotecas sobre literatura judía más importante en manos privadas. Su intención era resucitar allí una civilización cuya cultura impresa no solo orbitaba en torno a la Torah y el Talmud, sino también sobre filosofía, astronomía, gramática, medicina, mística y poesía. De esta manera, encontraban cobijo en esa gran habitación primeras ediciones de Spinoza, textos hebreos impresos en Constantinopla a principios del siglo XVI —como la del erudito talmúdico y matemático Elijah Mizrahi— o un ejemplar de la escasa biblia hebrea Bomberg, impresa en Venecia en 1521. Los ejemplares y voces del salón, el comedor, la cocina, completan una casa —y un libro— asombroso y vivo que entrelaza textos y contextos, haciéndonos más inteligibles, a través de las vocaciones y decisiones de Abramsky, la Europa de entreguerras, los cismas de la izquierda inglesa, la renovación teológica y la ortodoxia en el mundo judío, los matices políticos en la formación del Estado de Israel, el auge y caída del estalinismo o la sofisticada bibliófila, solo para iniciados, que un día revela la correspondencia de Turguénev y otro la de Heinrich Heine.

Este abarrotado conjunto es, como corresponde, salpicado de acaloradas discusiones, condumios, cantos y voceos políticos de sus familiares y contertulios, generoso de ideas, camaradería y lucidez intelectual. Esto último permite entender por qué fue Abramsky quien abrió el camino para dilucidar la airada negativa de Darwin a Marx. Con la extraordinaria evidencia epistolar que supuso la adquisición de parte de la biblioteca del influyente intelectual alemán, Abramsky esclarece que en realidad fue Edward Aveling, compañero de la hija de Marx, Eleanor, quien había ofrecido la dedicatoria al naturalista y que este declina, no porque disintiera de la teoría económica y política planteada en la obra, sino porque temió que se le asociara con tan “célebre” grupo de ateos… Ya tenía “bastantes problemas con su muy cristiana esposa”.

Chimen Abramsky, además de librero, editor y activista de izquierda, era uno de los más extraordinarios coleccionistas de libros en Inglaterra.

Lejos del fleco anecdótico, el episodio revela una dimensión axial en la vida de Abramsky: su condición de teórico, obsesionado con la interpretación de la voluntad de la historia, que lo dotaba de gran musculatura intelectual para realizar exégesis de primer orden de la evidencia que acopiaba. En este caso, suponemos que el coleccionista estaba en alerta de las implicancias epistemológicas y políticas que tenían las obras de estos dos epónimos de la ciencia moderna. Precisar su parentesco era clave para desestimar las acusaciones, por ejemplo, de “darwinista social” a Marx, o de “biologizar” la lucha de clases para convertirla en una suerte de lucha por la sobrevivencia, naturalizando el capitalismo. Mismas capacidades que llevaron a Abramsky a tener un rol preponderante en el Comité de Asuntos Judíos del Partido Comunista Británico, donde reunió argumentadamente un completo dossier de pruebas sobre el Holocausto o su contribución determinante en el rescate de más de mil 500 rollos de la Torah, escondidos desde la ocupación nazi en Bohemia y Moravia.

Aunque el impresionante bibliófilo habla a través de su correspondencia, sus objetos y curatoría impresa, la mayor parte del tiempo es “hablado” coralmente por quienes lo conocieron, especialmente por su nieto Sasha, quien se interna en los libros de su abuelo y rehistoriza parte de su contenido para descifrar las motivaciones de su primer lector. En este sentido, asombra la retención y nitidez de algunos recuerdos bio-bibliográficos que el investigador y periodista retuvo de la casa de sus abuelos: la diagramación del mobiliario, la localización de las puertas y armarios, el rumor y calor de algunas conversaciones y comidas, y cómo no, los colores, olores y texturas de la miríada de tomos que dormían y despertaban repentinamente en las atestadas habitaciones de la casa.

El recorrido sinestésico y espacial del narrador es quizás la hipérbole del método de loci que Abramsky en Rusia y antes, el padre de este, Yehezkel (sabio y afamado rabino, “un Mozart de la Torah”, que recitaba de memoria cualquier texto judío que le pidieran), habían utilizado para retener toda huella y estela de la letra impresa. Relata Sasha que el historiador de Cambridge Christopher de Hamel le consultó a Abramsky sobre una fotografía de un salterio hebreo del siglo XV. Chimen Abramsky —recordó Hamel— miró la fotografía del salterio y le respondió rápidamente: “Se vendió en Parke-Bernet, el 17 de julio de 1956, lote 14, 18 mil dólares. Estuvo primero en la colección Siegfried, Frankfurt, subasta de Baer, enero de 1922, lote 3, 90 marcos. Le faltan dos páginas después del folio 17, la página 61 es una sustitución moderna y la oración del final es única. Y ahora está valorado entre 63 mil y 67 mil 500 libras”. La realidad, pareciera decirnos nuestro protagonista en cada episodio —y habitación—, hay que aprenderla de memoria, porque es la “presentificación” del presente.

Aunque se rodeó de amigos célebres, dictó cientos de conferencias, escribió miles de cartas, artículos, líbelos, catálogos bibliográficos para Sotheby’s y, a través de su ayuda, conversaciones, erudición, memoria y generosidad, influyó de manera decisiva en algunos hitos comprensivos de la historiografía del socialismo europeo y el mundo hebreo y judío, su figura pasó asordinada en las marquesinas de la intelectualidad inglesa.

Aunque se rodeó de amigos célebres, dictó cientos de conferencias, escribió miles de cartas, artículos, líbelos, catálogos bibliográficos para Sotheby’s y, a través de su ayuda, conversaciones, erudición, memoria y generosidad, influyó de manera decisiva en algunos hitos comprensivos de la historiografía del socialismo europeo y el mundo hebreo y judío, su figura pasó asordinada en las marquesinas de la intelectualidad inglesa. Su único libro, en coautoría con el historiador Henry Collins —Karl Marx and the British Labour Movement (1965)—, fue bien criticado y tuvo una repercusión promisoria. No obstante, su pluma tenía serias limitaciones derivadas de su esclavitud a los detalles, a su memoria irreductible.

Hobsbawm concluyó lo evidente: Chimen tenía dificultad de ordenar sus ideas por escrito, porque nunca desechaba ningún dato, “sabía demasiado como para eso”. Se esperaba de él —apuntalado por Collins— que finalizara su proyecto más ambicioso, la biografía de Marx. Sin embargo, la muerte prematura de Collins dejó en la huerfanía escritural a Abramsky, quien prosiguió diseminando sus hallazgos, subrayados y detalles en la oralidad y en la guarida libre de sus cartas. “Fue un maestro sin obra maestra”, dijo de él su antiguo alumno Steven Zipperstein. No obstante, su nieto da copiosas muestras de que Abramsky, a su modo, se inscribe en aquella larga línea de pensadores y eruditos “judíos no judíos”, aquellos descritos por Isaac Deutscher en un libro que el propio Abramsky atesoraba en el comedor: “Aquel herético que trasciende al judaísmo y que, por lo mismo, pertenece a la tradición judía”. Tal como sus venerados Spinoza, Rosa Luxemburgo y Karl Marx.

 


La casa de los veinte mil libros, Sasha Abramsky, Periférica, 2016, 368 páginas, $22.000.