
Hace 100 años el mundo occidental vivía una de sus mayores crisis, cuando no existía un espacio común entre el capitalismo del New Deal, el nazismo, el fascismo y el socialismo soviético. Aunque hoy no exista una alternativa al capitalismo, la situación es diferente porque tanto el progresismo como la derecha comparten una base. Y ese piso común no es el de la democracia, plantea el autor de este trabajo, sino el neoliberalismo y su legado. Y el objetivo fundamental de las disputas es identificar qué aspectos suyos conservar y cuáles descartar. En este escenario, subraya Marcos Nobre, los países democráticos del Sur Global deben formular una nueva teoría de la dependencia, ya no como la de mediados del siglo XX o la de los comienzos de la globalización.
por Marcos Nobre I 24 Agosto 2026
Ya desde antes de 2008 era necesaria una reorganización de los pilares de la gobernanza global para ajustarlos a la ascensión de China. La crisis financiera de aquel año sumó otra demanda: se requería reformar el propio capitalismo. La pandemia de covid-19 ofreció una oportunidad estratégica para avanzar en esa doble tarea. Una década después del anuncio de la quiebra de Lehman Brothers, la emergencia sanitaria fue la ocasión para que determinados segmentos de las élites globales llamaran a la construcción de un nuevo orden global posneoliberal y, en particular, a la creación de un “nuevo Bretton Woods”.
En comparación a la crisis del liberalismo de hace 100 años, la crisis del neoliberalismo y la idea de un nuevo orden actuales no alcanzan a proponer una alternativa al capitalismo, como aquella que representaba la Unión Soviética. Independientemente de la caracterización que se haga de China, lo cierto es que, a diferencia de la antigua URSS, no está en el epicentro de un movimiento internacional amplio y bien implementado en diversas naciones y regiones. Pese a que siguió el modelo soviético durante al menos tres décadas, China adoptó un camino propio y singular desde fines de la década de 1970. Esta alternativo le permitió sobrevivir al colapso del sistema soviético sin renunciar a su proyecto. En la crisis actual, aunque el mundo globalizado depende de China en variados aspectos, el país no se ha constituido como un modelo replicable o exportable.
La ausencia de una alternativa poscapitalista a imitar no significa que hoy, tal como hace 100 años, no existan serias tensiones geopolíticas. Tampoco excluye la existencia de modelos capitalistas supuestamente exportables y en una competencia de vida o muerte, como sucedió hace un siglo con los capitalismos de corte fascista y el New Deal. La posibilidad de que la crisis actual lleve a un quiebre drástico, en la forma de una guerra global, sigue estando sobre la mesa. Es justamente allí desde donde surge el llamado a un “nuevo Bretton Woods”: reorganizar la gobernanza global para que la transición hacia un orden posneoliberal no quede atravesada por la tragedia y la incertidumbre de un conflicto bélico generalizado.
El emplazamiento doble a reformar el capitalismo y su modelo de gobernanza se plantea como una forma de conversión a un nuevo credo. El contenido de esa creencia aún debe definirse, pues su dirección y alcance forman parte de una batalla en desarrollo al interior del establishment neoliberal. Cualquiera que sea el resultado de esta confrontación, la autoreforma sigue buscando convertirse en un nuevo credo, algo que la era neoliberal ha tendido a llamar de “consenso”. O un “nuevo consenso”, como señaló Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional de la administración Biden, en abril de 2023.
Aunque parezca paradójico, el modelo propuesto para esta transición hacia el posneoliberalismo busca imitar el camino seguido por el propio neoliberalismo durante su ascenso y consolidación, por lo menos según la interpretación más recurrente respecto de cómo sucedió ese proceso. En esta versión de la historia, el neoliberalismo surgió a partir de la formulación de un nuevo paradigma, con teoría y preceptos de política económica propios, así como una visión específica de la sociedad y la geopolítica. A continuación, el proyecto pasó a una fase de implementación, reflejada en su penetración en las instituciones y en las disputas culturales y electorales que consolidaron este nuevo modelo como hegemónico.
La lógica que sostiene la adaptación contemporánea del proyecto anterior se articula de la siguiente forma: el neoliberalismo irrumpió en un contexto de Guerra Fría y logró asentarse dentro del mundo capitalista sin necesidad de un conflicto bélico generalizado. Algunos países centrales comprenden el momento actual de desglobalización como una nueva forma de Guerra Fría que, siempre y cuando permanezca “fría”, permitirá una transición hacia un nuevo orden posneoliberal, tal como sucedió con el ascenso del neoliberalismo.
Sin embargo, esta propuesta no sería factible si solo se sustentara en el poder institucional y económico de las élites globales que la impulsan. Incluso si no se concretizara esa pretendida transición, existen otras victorias que hacen que el proyecto sea plausible. En primer lugar, la imposibilidad de revertir las transformaciones sociales producidas por el neoliberalismo inviabilizó cualquier programa que pretenda “volver atrás”: hoy en día, la idea de retornar a una regulación keynesiana no es más que un voluntarismo político ilusorio. Por otro lado, la consolidación de una división política extrema, de vida o muerte, fruto de la propia crisis del neoliberalismo, favorece a un proyecto de transición dentro del orden: presenta la victoria de la extrema derecha como una amenaza para forzar la moderación de las fuerzas de izquierda.
Antes que ser una regulación puramente económica y superficial, el neoliberalismo se enraizó profundamente en la vida social. Su éxito para desmantelar mecanismos universales de solidaridad ha exacerbado disputas distributivas, lo que ha provocado tanto efectos destructivos como autodestructivos. La notoria fractura política que hoy se observa en diversas regiones es resultado de este proceso. En los países aún democráticos, esta división enfrenta a una derecha dispuesta a aliarse con la extrema derecha y a un nuevo progresismo que busca reformar el neoliberalismo, alejándose de sus expresiones más radicales a la izquierda. No es simplemente “polarización”, en la que ambos lados pertenecerían al mismo “campo magnético”. Más bien, esos campos no son solo distintos, sino que irreconciliables. Son dos “proyectos de mundo”.
Siguiendo las analogías, podría afirmarse que hace 100 años se produjo una escisión semejante, cuando no había un espacio común entre el capitalismo del New Deal, el nazismo, el fascismo y el socialismo soviético. Aunque hoy no exista una alternativa al capitalismo, la situación es diferente porque los dos campos constituidos sí comparten una base. Y ese piso común no es el de la democracia, aun cuando en los países donde todavía impera la extrema derecha pose de su principal defensora, al contrario de lo que sucedió hace un siglo. El terreno compartido es el neoliberalismo y su legado. Y el objetivo fundamental de las disputas es identificar qué aspectos suyos conservar y cuáles descartar.
Ambos lados de la división actual son herederos legítimos del neoliberalismo, cada uno a su manera. Son dos caras de una misma moneda. Al analizar cómo se configuró esta disputa en Estados Unidos, Gary Gerstle utilizó dos términos que ayudan a entender el proceso en el que estamos: un lado es heredero del “neovictorianismo” (el neoliberalismo conservador de Ronald Reagan en la década de 1980), el otro del “cosmopolitismo” (el neoliberalismo progresista que se consolidó a partir del gobierno de Bill Clinton en los años 90). La diferencia actual radica en que, en muchos lugares, la derecha radical de corte neovictoriano es controlada por la extrema derecha, con la violencia brutal y explícita que la caracteriza. Por su parte, el nuevo progresismo se ha convertido en el establishment de buena parte de los países que aún se consideran democráticos.
Es cierto que la amenaza autoritaria de la derecha radical permite al nuevo progresismo mantener la base que lo sostiene como parte de la clase dirigente. Sin embargo, también le impone la necesidad de preservar la mayor cantidad de cuadros posibles que antes se dedicaban a la implementación de programas neoliberales. Es justamente desde la clase dirigente que surge el emplazamiento a un “nuevo Bretton Woods”, otra peculiaridad de la situación actual: para el nuevo progresismo no es necesario llevar adelante el costoso esfuerzo de tomar el control de las instituciones. Para continuar con las analogías, el contrafactual histórico para una reforma del neoliberalismo desde dentro sería un orden keynesiano que hubiera logrado renovarse para evitar ser reemplazado por el orden neoliberal “antisistema”. En la lucha por el legado del neoliberalismo, es la derecha radical la que se presenta como “antisistema” y busca controlar las instituciones. Esto recuerda que, aunque provenga del campo del nuevo progresismo, el llamado a un nuevo Bretton Woods implica mucho más que la formación de bloques y alianzas entre los países que aún son democráticos. Para tener éxito, esta invitación debe ser ampliada a las autocracias consolidadas y a los países con sistemas de partido único, así como también a aquellos que están en vías de convertirse en lo uno o lo otro.
La gran división entre la derecha radical y el nuevo progresismo organiza los espacios políticos nacionales de los países que aún son democráticos, pero no encuentra un correlato en los alineamientos internacionales. Cuando los gobiernos del nuevo progresismo adoptan políticas de comercio exterior como el friendshoring, la “amistad” geopolítica no exige que sus socios defiendan la democracia según una determinada manera. El trasfondo de la disputa por el nuevo orden es la desconexión entre los conflictos nacionales y globales.
Este desajuste es, en buena medida, la raíz de las dificultades para negociar nuevas reglas del juego para la gobernanza global. Mientras persista la división política a vida o muerte en los países aún democráticos —y al no existir alineamientos geopolíticos consolidados, siquiera entre los países del Norte global—, cualquier diálogo para alcanzar acuerdos globales quedará pospuesto indefinidamente. Hasta ahora, nada indica que esta disputa entre la derecha radical y el nuevo progresismo vaya a resolverse a corto plazo.
Esto no implica que se deban abandonar los acercamientos y negociaciones en curso. Alcanzar nuevos patrones de gobernanza global puede significar la diferencia entre guerra y paz. Y para muchos países del Sur global, un “nuevo Bretton Woods” puede traer consigo algo de alivio a sus deudas y financiamiento para acceder a las tecnologías necesarias para una transición energética efectiva.
El problema es que dicho escenario, ya de por sí bastante optimista, resulta insuficiente. Es importante considerar que, bajo los términos actuales, la negociación de un nuevo orden internacional contempla una auténtica transición ecológica que sea socialmente justa, a pesar de que las desigualdades mundiales son insostenibles y el medioambiente está al borde del colapso. Por más que el discurso predominante sobre la reorganización geopolítica y geoeconómica gire en torno a esta premisa, los tres países líderes en emisiones de carbono actúan en sentido contrario: los Estados Unidos de Joe Biden incrementaron la explotación petrolera y aceleraron el fracking; China anunció que solo comenzará a revertir su curva después de 2030, lo que postergaría la carbono neutralidad hasta, por lo menos, 2060; e India se manifestó rápidamente en la misma dirección.
Aun cuando los esfuerzos por reformar instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio tengan éxito en algún momento, lo que está en juego es el establecimiento de los fundamentos tecnológicos y productivos para una transición meramente energética. Incluso limitada a esos términos, se trata de una transición que debería completarse recién en tres o cuatro décadas, si efectivamente llegara a ocurrir.
De una forma u otra, la factura no será barata para los países del Sur Global. La reforma puede implicar exigencias prohibitivas de alineamiento geopolítico, incluso si los países aún democráticos del Sur no puedan costearlo. El precio será especialmente alto si el “nuevo consenso” no amplía su margen de acción para enfrentar la pobreza y las desigualdades. Para muchas de estas naciones, es un precio que podría frustrar cualquier intento de escapar de la trampa neoextractivista que sofoca su autonomía doméstica y condiciona su inserción internacional.
Los países democráticos del Sur Global no pueden darse el lujo de romper sus vínculos económicos con socios autocráticos o de partido único. En el contexto actual de desglobalización, el desacople está limitado a las naciones que pueden pagarlo. El friendshoring, como política de comercio y seguridad nacional, está reservado para quienes pueden escoger a sus amigos.
En un comienzo, la globalización de las “ventajas comparativas” en la división del trabajo llevó a la reprimarización y la desindustrialización de países con economías dependientes. Por ejemplo, el resultado de esto fue la transformación de la mayoría de los países latinoamericanos en sociedades y economías neoextractivistas, a pesar de que varios gobiernos de izquierda de la región implementaron programas en contra del neoliberalismo. No hay motivos para atribuir intenciones neoliberales a gobiernos que se oponen a ellas explícitamente. No obstante, es necesario distinguir sus pretensiones de las prácticas que, frente al carácter inescapable del neoliberalismo como regulación global del capitalismo, se vieron obligados a adoptar para viabilizar sus proyectos políticos.
La reducción de la política a una división entre la derecha radical y el nuevo progresismo no dejó espacio para terceras vías, ni en el discurso ni en la práctica. Hoy día, tanto a nivel nacional como global, los gobiernos de izquierda —o simplemente progresistas— integran el campo del nuevo progresismo. Como orden global, el neoliberalismo ha relegado las intenciones domésticas y ha reestablecido los márgenes de acción disponibles para los países periféricos. En este contexto, “resistir” al neoliberalismo significa explorar formas de acción dentro de marcos rígidos. O por lo menos así parece cuando se comparan los efectos del orden neoliberal en muchos países periféricos, con los de formas anteriores de regulación del capitalismo.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en América Latina se consolidó una estrategia de desarrollo que aspiraba a mayores grados de autonomía y de autosuficiencia productiva, la conocida política de industrialización por sustitución de importaciones. En sus múltiples configuraciones, este modelo fue protagonista de diversos proyectos nacionales destinados a crear un mercado consumidor interno significativo y a reducir —o incluso superar— la dependencia típica de las economías basadas en las exportaciones de bienes primarios.
Con la consolidación del orden neoliberal, la globalización de las “ventajas comparativas” golpeó directamente a la promesa de la sustitución de importaciones como proyecto nacional. Las supuestas “ventajas” de América Latina llevaron a la explotación súper intensiva de minerales y productos agropecuarios que, en gran medida, desplazaron la participación de sectores industriales complejos en los PIB nacionales. Los países latinoamericanos fueron confinados progresivamente en la trampa neoextractivista.
Aunque esa trampa aminore el margen de acción de los países de la región, eso no significa que la solución sea regresar al proyecto desarrollista previo. El retorno no es posible ni deseable. Las condiciones materiales ya no existen y los proyectos nacionales de industrialización también estuvieron atravesados por el autoritarismo, la destrucción ambiental y el fortalecimiento de las desigualdades sociales. Nada de esto debería servir de modelo para las pretensiones contemporáneas.
Por otro lado, hoy en día, tal como ayer, el desafío consiste en hallar referentes para el desarrollo nacional y la inserción en el ámbito internacional, que permitan un ejercicio más amplio de la propia autonomía. Esta vez sin que aumenten las desigualdades ni se impongan barreras a la transición ecológica. Y sin que esto implique una amenaza a la democracia, allí donde fue posible protegerla o instaurarla.
Para ello es fundamental que las cuatro décadas de la trampa neoextractivista creadas por el neoliberalismo no sean examinadas exclusivamente como un problema económico, sino que sea entendidas en sus múltiples dimensiones. El neoliberalismo es un auténtico modelo de sociedad y no un simple conjunto de preceptos económicos; su impacto sobre la periferia del mundo globalizado debe ser observada con ese mismo lente. Esto también se aplica al emplazamiento a una transición posneoliberal: los términos bajo los cuales se está planificando el nuevo orden y los diferentes modelos de desarrollo deben ser analizados en toda su complejidad.
Reconocer la especificidad de la situación actual conlleva entender que la trampa neoextractivista no se despliega de la misma manera en todas partes. Identificar las distintas formas de los escombros dejados por la globalización de las “ventajas comparativas” en el mundo es, en realidad, la primera obligación teórica para comprender la posición del Sur Global en el declive del orden neoliberal.
En el caso de muchos de los países todavía democráticos del Sur, la dimensión política de la trampa actual toma forma en los términos de la división fundamental entre la derecha radical y el nuevo progresismo. En Brasil, por ejemplo, la trampa neoextractivista aprisiona al país entre el colapso climático global y la posibilidad de contener a la extrema derecha en el ámbito nacional. La explotación depredadora de recursos naturales sin ningún tipo de freno u obstáculo es parte del programa de la derecha radical. Por su parte, el reemplazo del extractivismo depredador por una sociedad de bajo carbono es parte del programa del nuevo progresismo. Sin embargo, si el nuevo progresismo quiere seguir derrotando a la derecha radical en el campo electoral y mantener su programa de lucha contra las desigualdades, no podrá prescindir del neoextractivismo. Así es como se configura la trampa.
En los términos en que se presenta actualmente la transición dentro del orden global, parecen coexistir dos modelos de desarrollo, con perspectivas de mediano y largo plazo. Por un lado, los movimientos de desglobalización en curso brindan una oportunidad única para que diversos países del Sur Global modifiquen sus actuales patrones de dependencia, mientras que expanden su autonomía y rango de acción. Este proceso, que requiere tiempo y no implica una ruptura total con los socios comerciales tradicionales, podría alterar la correlación de fuerzas a escala nacional y permitir la sobrevivencia de cierta democracia, en cuanto desafía las configuraciones de la trampa neoextractivista. Por otro lado, es posible que los países que estén estancados en la trampa permanezcan anclados al neoliberalismo; no sería extraño que el neoliberalismo y el posneoliberalismo coexistieran en condiciones desiguales durante mucho tiempo, estratificados según el poder y la libertad relativos de cada nación. Incluso la propia transición energética podría desarrollarse de forma desigual entre los países del Norte y del Sur. Asimismo, cabe considerar la probable convivencia entre regímenes, tanto neoliberales como posneoliberales, de carácter democrático y autoritario.
En los países todavía democráticos, el imperativo categórico de evitar a cualquier costo soluciones bélicas para conflictos internacionales se entrelaza con la defensa del nuevo progresismo. En la actual correlación de fuerzas, solo una victoria generalizada del nuevo progresismo podría preservar algo de democracia a escala nacional y permitir la creación de bloques geopolíticos capaces de negociar una coexistencia lo más pacífica posible. Por su parte, la preservación más o menos generalizada y duradera de la paz es una condición ineludible para la eficacia de cualquier acuerdo global orientado a enfrentar la urgencia climática.
Se trata de un horizonte de acción extremadamente reducido. En países del Norte Global, la camisa de fuerza política del nuevo progresismo restringe, en cierto grado, a los tecnócratas que encontraron allí su espacio, pero limita aún más a la izquierda. En los países todavía democráticos del Sur, las restricciones de la izquierda dentro del nuevo progresismo se ven agravadas por la propia condición de dependencia y el estrecho rango de acción en el ámbito global.
Los bloques geopolíticos del futuro no serán homogéneos, sino que se caracterizarán por grandes asimetrías de poder y relaciones de subordinación entre quienes los conformen. En este escenario, los países todavía democráticos del Sur Global pueden y deben negociar los términos de su participación con países autocráticos y con régimen de partido único. A estos últimos les interesa mantener vínculos con una posible nueva coalición geopolítico progresista, mientras que a los primeros no les conviene “desacoplar” sus economías de aquellos países que no se alineen con dicho bloque.
Incluso en un contexto de cierto alivio internacional y del inicio de una transición energética, las restricciones impuestas a los países del Sur no se limitarán a la dependencia del financiamiento externo ni a la transferencia y producción autónoma de tecnología. Incluso si logran acceder a algún tipo de refuerzo financiero, estarán desprovistos del aparato teórico y la caja de herramientas práctica para aprovechar al máximo el margen de acción que el nuevo escenario podría abrirles: tan desprovistos como lo estaban hace cuatro décadas, cuando el neoliberalismo se impuso. Es probable que la situación se mantenga así, a menos que la lucha por una reforma efectiva de la gobernanza global traiga aparejados esfuerzos para producir esas herramientas.
Es posible que un “nuevo Bretton Woods” no ocurra, del mismo modo que es posible que la trampa neoextractivista permanezca tendida durante mucho tiempo más. Sin embargo, hay algo que el Sur Global puede hacer de todas formas: ya que las analogías están de moda, que la invitación a un nuevo Bretton Woods venga acompañada del llamado a una nueva teoría de la dependencia.
En la década de 1960, la teoría de la dependencia buscó comprender la posición específica que los países en desarrollo ocupaban en la economía y la política mundiales. En el caso de América Latina, estuvo íntimamente vinculada al modelo de la industrialización por sustitución de importaciones y al “estructuralismo” característico del pensamiento económico de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), ampliada posteriormente para incluir al Caribe.
Una vía para producir las herramientas necesarias para el momento actual es renovar la teoría de la dependencia. Este camino podría partir del desarrollo de una nueva teoría económica, pero no puede ser reducido a eso si su objetivo es entender verdaderamente al neoliberalismo y discernir con precisión las tendencias hacia una reconfiguración posneoliberal del capitalismo. Las herramientas teóricas y prácticas que exige el momento actual no pueden ser producidas sin un esfuerzo interdisciplinario y colaborativo. Y esta tarea no puede limitarse al trabajo de un único grupo de investigación ni a una sola región del mundo. Asimismo, no puede consistir en adaptar formulaciones obsoletas a las circunstancias actuales. Para empezar, debe tener en cuenta no solo las críticas dirigidas a la versión original de la teoría de la dependencia, sino también las autocríticas formuladas por sus propios teóricos, particularmente desde la década de 1980.
Al momento de las negociaciones de Bretton Woods, la posibilidad de la industrialización por sustitución de importaciones y la teoría de la dependencia no existían. Hoy, del mismo modo, faltan instrumentos para que el Sur Global negocie su participación en un eventual nuevo modelo de gobernanza global. En la búsqueda de una referencia histórica para una acción colaborativa similar, puede que el movimiento de 1974, cuando el esfuerzo conjunto de los países en desarrollo culminó en las resoluciones del Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), sea más interesante para el Sur que el de 1944. En la época del NOEI, la teoría de la dependencia ya era una herramienta a disposición, que fue efectivamente utilizada en las propuestas presentadas ante la ONU. Aun así, es importante recordar que las formulaciones de 1974, es decir, hace más de medio siglo, llegaron tarde: su estructura keynesiana era inviable para los países periféricos de entonces, como parece ser para el mundo globalizado contemporáneo.
En un presente marcado por la superposición de crisis y fragilidades, formular parámetros comunes capaces de considerar las condiciones de los diferentes países es una tarea necesaria. Y también es difícil. Dar forma a un esfuerzo global para producir estos instrumentos puede llevar tiempo, tal como ocurrió tanto en las negociaciones de Bretton Woods como en el desarrollo de las propuestas del NOEI. Sin embargo, por grande que sea la distancia entre la timidez de la acción y la urgencia del momento —y por abrumador que resulte el esfuerzo requerido para encontrar respuestas adecuadas a tantas preguntas simultáneas—, lo que está realmente prohibido es no hacer nada.
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Diferentes versiones de este artículo fueron publicadas en The Ideas Letter (“A New Dependency Theory Movement”, 18 de abril de 2024), Revista Piauí (“O que vem depois do neoliberalismo? A armadilha neoextractivista do Sul Global pode ser uma oportunidade para renovar a teoría da dependência”, n. 213, junio de 2024) y en Phenomenal World (“Condicionalidades periféricas. É hora de uma nova teoría da dependência”, 26 de septiembre de 2024). Agradecemos al autor y a María Fernanda Sikorski por su inmediata disposición a aceptar su publicación en revista Santiago. Traducción de Rodrigo Millán Valdés.