Perder es cuestión de método

El tercer tomo de Las individualidades robadas en América Latina, el monumental proyecto de Danilo Martuccelli, prosigue con su narrativa policial: hay una carta robada, hay un crimen, hay un drama. Si bien la trama se va aclarando en este último volumen, su lectura va dejando nuevas y diversas hebras que se tendrán que resolver metódicamente a lo largo siglo XXI que aún nos queda, bajo la amenaza de seguir perdiendo. ¿Cómo se resuelve, como dice el autor de este texto, el desacoplamiento estructural o, si se quiere, el drama continental perpetuo de desencuentros entre economía, política y cultura?

por Raimundo Frei I 31 Julio 2026

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Hacer una lectura justa sobre el tercer tomo de Las individualidades robadas en América Latina, de Danilo Martuccelli, presenta un desafío mayor, porque en este último volumen se van acumulando todas las piezas de una colosal tarea que aquí concluye: rastrear en qué punto se dejó de entender a los individuos de nuestro continente, y luego de 200 años, observar cómo se redescubrió y fortaleció su figura a partir de las transformaciones estructurales vividas en la última época. Hay que reconocerle al autor la gallardía para emprender esta travesía.

Al finalizar este tercer tomo, la tesis es clara: lo que parecía robado hace dos siglos, ahora aparece con nitidez sobre el escenario: son demasiadas las figuras individuales que circulan en nuestras sociedades contemporáneas. Nadie podría decir honestamente al pararse en medio del centro de Santiago, Buenos Aires, Río de Janeiro, Lima o Bogotá, que nos encontramos con grupos homogéneos, ejes que ordenan claramente la totalidad social, jerarquías nítidas y distintivas. Más bien lo contrario: nos rodean cuerpos y tatuajes, múltiples estilos y colores, pasos apresurados y otros apesadumbrados, mundos fragmentados y múltiples, infinitos celulares con infinitos mensajes e imágenes. Individuos sí, compartiendo un espacio heterogéneo en sus tramas culturales, económicas y políticas. Primera tarea y pregunta del lector de este tercer tomo: ¿qué es entonces lo común de estas individualidades comunes que dan sustento al subtítulo de este último tomo?

Pero partamos más atrás: al comienzo del tomo uno, la trilogía se abre con la imagen de la carta robada de Edgar Allan Poe. La imagen de las individualidades robadas perseguirá al lector en los tres tomos: como en el cuento de Poe, esa carta llamada individualidades siempre estuvo sobre la chimenea, pero era necesario buscarlas de otro modo para encontrarlas. El libro, de hecho, termina justificando la necesidad de haber registrado “nuestra casa” de otra manera. Pero implícitamente en esta empresa también nos acompaña la figura del detective Dupin: aquella mente racional y clarividente que ve lo que nadie más ve. Como ya lo indicó Boltanski en Enigmas y complots, aquí hay una clara recursividad entre novela policial y sociología: modos de aclarar lo que podría ser evidente si miramos bien: racionalmente, metodológicamente, comprensivamente.

No obstante, para situar la lectura propongo imaginar un cambio de escenario, abandonando la comodidad del escritorio francés y la lucidez del detective racional, y situarse en un terreno más propio de nuestro entorno, siguiendo de paso lo que el propio Martuccelli insiste a lo largo de toda su obra. Opto por una novela policial colombiana escrita en los años 90, Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa. Cabe aclarar que el conjunto de razonamientos e intuiciones de lectura que Martuccelli realiza, me parecen en el fondo correctos. Comparto la mayoría de las veces las imágenes que se nos narran: el crimen, los culpables, las imputaciones de responsabilidad, las falsas pistas, los desenlaces. Mi intención con este cambio de escenario, por lo tanto, no es tanto discutir el argumento central sino dejar preguntas para lo que nos queda de siglo XXI, y de paso dejar en claro algunas diferencias de método.

Volvamos a Santiago Gamboa y su obra Perder es cuestión de método: aquí ya no nos encontramos con una sutil carta desaparecida, sino con un cuerpo ahogado y empalado. Pese a la brutalidad de la imagen, esta es precisa. Si seguimos a Martuccelli en el primer capítulo de este tercer volumen, fue la consolidación de los derechos humanos como marco normativo lo que nos abrió, a finales del ciclo de regímenes autoritarios, una nueva imagen de las individualidades, cercana a lo que Hans Joas llamó la “sacralidad de la persona”. Esta apertura va de la mano de haber dejado atrás cientos de desaparecidos, torturados, víctimas de la violencia estatal. Sin embargo, y esto es crucial, es una violencia incesante, que nos acompaña hasta el día de hoy. Como nuestra literatura del siglo XXI no se cansa de recordarnos. Ya en el capítulo cuarto de 2666, de Roberto Bolaño, se repiten incansablemente las distintas formas en que mueren mujeres en el México del narcotráfico. Y están también las mujeres que prefieren quemarse que soportar relaciones violentas en Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez. Es parte de la realidad que nos persigue hasta el día de hoy: no hay día en América Latina en que uno pueda despertar sin un homicidio en sus calles. Una nueva pregunta emerge: ¿cómo conviven las nuevas formas de individualidad —como muestra el libro, nunca nos sentimos tan individualizados y dependientes de nuestra propia capacidad— con esos flujos de violencia que nos persiguen día tras día?

Una de las tesis principales del autor sobre el individualismo contemporáneo es que la vida se experimenta con dureza en nuestro continente. De hecho, en el capítulo tres se muestra que la multiplicación de las violencias es una prueba más de este problema. Me pregunto si es solo una prueba más. Lo que Kathya Araujo y Martuccelli denominan “individualismo agéntico” (una individualidad que surge pese a las instituciones y gracias a las interdependencias relacionales, especialmente familiares) cohabita actualmente con un mayor número de armas, rejas e infinitas cámaras de vigilancia que de un modo u otro separan y disgregan moralmente. Se podría decir que hay una nueva materialidad que desgasta esa forma de individuación. Y si no, ¿cómo reconocer el miedo y los sentimientos de inseguridad que perduran en todo el siglo XXI? Creo que la afectividad de la violencia cotidiana, incluida la que emana de las plataformas digitales, es una hebra para seguir explorando en lo que nos queda del siglo XXI.

Retomando la novela colombiana, en ella cambia no solo el escenario del misterio, sino también cambia el personaje central de la pesquisa. Ya no tenemos al racional Dupin, sino a un periodista (Víctor Silampa), enredado en la trama, desconfiado, pero también muy apasionado. Además, aparecen diferentes colaboradores, diferentes figuras de la narración: el hermano de la víctima, una mujer hermosa, el jefe de policía a quien penosamente se confía, el maldito fiscal. La trama lo enreda todo… y la corrupción también. Este enredo es una buena imagen para adentrarse en el capítulo segundo sobre el neoliberalismo. En esto me parece que la descripción que se hace de él es muy precisa: sujetos enredados en el consumo, en las deudas, así como un Estado enredado con el mundo empresarial a través de concesiones y arreglos institucionales que los favorecen más de la cuenta. El valor del esfuerzo se enreda con la idea de mérito y el valor del emprendimiento. En la misma línea, como lo mostró Miguel Pérez, la lucha por la vivienda digna en Santiago de Chile enreda la gramática de la dignidad con el reconocimiento al esfuerzo personal a través del deseo de la casa propia

No obstante, quedan dudas con dos formas que la sociología argentina ha trabajado en el último tiempo: primero, lo que Ariel Wilkis muestra para los sectores populares: su financiarización, cómo el dinero atraviesa las relaciones como nunca antes (aquí en Chile, atravesados por el crédito que otorgan incluso los supermercados o grandes casas comerciales); un enredo feroz con el circulante y sus mil y un flujos que la estadística oficial poco captura. Una hebra para seguir tirando. Un segundo enredo es con la percepción del Estado, algo que Pablo Semán, Matías Dewey y Javier Auyero ya vislumbraron, si bien aún falta mucho por entender: ¿Cómo nos enredamos con el Estado? ¿Qué le reconocemos a nivel cotidiano? ¿Dónde se constituye un soporte? ¿O es solo la figura de la ausencia, la corrupción y la espera la que lo marca? Cierto, como dice Martuccelli, que “el Estado perdió prerrogativas a la hora de enunciar el interés general”, pero muchas veces auxilia el interés particular (ejemplos sobran en Chile: el AUGE, la gratuidad, la PGU, caminos rurales pavimentados, camiones que llevan el agua a comunidades desabastecidas por la agroindustria). ¿Cómo se puede narrar el rol del Estado cuando la premisa es que el Estado en América Latina es solo un mal gestor y con escaso poder infraestructural? Se la dejamos fácil a la extrema derecha si no rastreamos también ese “crimen”, más allá de todas las críticas que tengamos a la ineficiencia estatal.

Mientras la modernización política del siglo XIX ‘se reveló incapaz de modificar en profundidad las relaciones económicas, sociales y culturales’, y la modernización económica del XX ignoró las individualidades en favor de los sujetos colectivos, en la gran modernización cultural de este siglo, donde la cultura es el epicentro de la discusión sobre modernidad, los cambios ‘se revelan limitados en sus alcances a nivel de la economía y la política’. Es decir, podemos reconocer a las individualidades robadas en este nuevo siglo, pero no tenemos ni una economía ni una política para ellas. Un nuevo desacoplamiento estructural. Un drama continental perpetuo de desencuentros.

Si la carta en el cuento de Poe siempre estuvo ahí, diáfana y clara (aunque arrugada), y solo había que prestar atención a lo evidente, en el trabajo de pensar las individualidades en América Latina creo que hay un grado creciente de opacidad. En ningún otro lugar esto se hace más evidente que en la literatura. Aquí creo que el tiempo juega un rol en la construcción de este volumen, que se hace especialmente evidente en el Capítulo 5, sobre las metamorfosis de los personajes, construido casi en su totalidad por narrativas masculinas. La aparente superficialidad de época trabajada en la narrativa de Alberto Fuguet (y uno incluso podría pensar en la comensalidad del detective Mario Conde, de Padura, en su tetralogía de las cuatro estaciones) se queda muy corta al entender la escritura del continente en los últimos años. No hay referencia alguna a lo que constituye el tsunami narrativo de la última década, marcado en gran parte por mujeres: Fernanda Melchor, Mariana Enriquez, Samanta Schweblin, Ana Paula Maia, Selva Almada, Dahlia de la Cerda y Fernanda Trías, para nombrar solo algunas de ellas.

Esta ausencia puede ser un tema de delimitación temporal (no se llegó hasta ellas, el título se refería al temprano siglo XXI), pero sin duda un análisis de las figuraciones que están en juego en estas narrativas, que continúan por cierto narrando la violencia, ofrecería una lectura distinta sobre la masculinidad o la influencia del medio ambiente en nuestras subjetividades, a partir de las imágenes de fin de mundo que despliegan; o el lugar que juegan territorios rurales en vez de las grandes urbes. Mi intuición es que se trata de una nueva metamorfosis de los personajes: se deja atrás la “socialidad interior” o esa subjetividad “fresca o frívola”, ya que se entra a un terreno más opaco (parafraseando a Mariana Enriquez, nuestra parte de la noche), que debe resistir temporales, huracanes, pestes y otras furias. En vez de la claridad, perdura una psiquis fangosa. Quizás esto no escapa a la idea de individuación agéntica, pero es otra acentuación, y puede estar relacionada con el sinnúmero de fenómenos considerados en este tercer tomo: el auge del feminismo o la perseverancia de lo religioso-pentecostal. Pero pienso que hay otro registro que se debe auscultar a partir de estos trabajos.

Avanzo al final de la novela de Gamboa: Perder es cuestión de método no es el triunfo de la razón. Es, de hecho, darse cuenta de cómo se pierde. Comparte el tono con otras novelas policiales latinoamericanas, como Blanco nocturno de Piglia. Así, cuando pensamos que hallamos la carta, quizás esta en verdad ya había sido falsificada, y con la verdadera entraron a tu cuenta corriente y te robaron todo lo que tenías. Dupin traicionado por una treta latina. Más allá de ese final, quiero enfatizar la idea de que uno pierde por un “método”.

De aquí derivo mi desencuentro metodológico con la idea de clases populares-intermedias que se propone en este tercer volumen. No es que no crea que exista una expansión de la inconsistencia posicional, como lo señala el autor, sino más bien que nos cuesta mucho en América Latina medir bien. Mis colegas de estratificación llevan años trabajando con los modelos de Goldthorpe y Erikson, o la importación del modelo de Erik Olin Wright, pero no tenemos modelos apropiados o compartidos para estratificar que luego tengan resonancia con la experiencia cotidiana. La propuesta de clases populares-intermedias puede que tenga la misma suerte que tantas propuestas de estratificación, porque no se comparten ni tampoco se apropian subjetivamente.

Mi experiencia investigativa al respecto es otra: si uno estadísticamente sitúa bien los umbrales de clases sociales, es relativamente fácil encontrar diferencias; y estas tienen una resonancia cuando uno cualitativamente se acerca a las experiencias de clase. Doy un ejemplo: en una investigación del PNUD sobre desigualdad, rastreamos el sector de trabajadores manuales no calificados, con un alto grado de pobreza multidimensional, que representan en torno al 25% de la población. Al hacer luego las entrevistas cualitativas, lo que llamamos miedo a caer mostraba una característica totalmente distinta a la que los otros grupos poseían: el miedo era concreto y estaba a la vuelta de la esquina: la drogadicción, el alcoholismo y la vida en la calle… y la cárcel. Esta relación concreta con el “fondo” no se encuentra en las otras entrevistas. Los grupos siguen diferenciándose por el tipo de abismo que tienen al frente (y por el hecho de que algunos no ven ninguno), y por cómo delimitan al que está encima con códigos extremadamente finos. En esto creo que un lente más preciso es mejor que un lente que captura el paisaje general, pese a que los dos lentes pueden ser útiles.

Ahora bien, pese a los distintos formatos narrativos, uno quiere saber en la novela policial dónde estaba la carta y quién mató a Casiodoro Pereira, el empalado. El libro de Danilo Martuccelli resuelve eso, sin duda. Pero incluso destapado el enigma, queda el drama (y en eso el autor está más cerca de la narrativa latinoamericana que de la norteamericana). El drama se lee así: mientras la modernización política del siglo XIX “se reveló incapaz de modificar en profundidad las relaciones económicas, sociales y culturales” (tomo 1), y la modernización económica del XX ignoró las individualidades en favor de los sujetos colectivos (tomo 2), en la gran modernización cultural de este siglo, donde la cultura es el epicentro de la discusión sobre modernidad, los cambios “se revelan limitados en sus alcances a nivel de la economía y la política”. Es decir, podemos reconocer a las individualidades robadas en este nuevo siglo, pero no tenemos ni una economía ni una política para ellas. Un nuevo desacoplamiento estructural. Un drama continental perpetuo de desencuentros.

Una lectura simple, pero necesaria, diría que si la cultura rebasa todos sus encuadres, debemos preocuparnos más de la calidad política, los aires de polarización, y una economía que no crece y se vuelve cada vez más dependiente del precio de los minerales. El punto quizás es saber dónde está el problema cultural actual, ya que al menos tenemos individualidades más visibles, quizás demasiado visibles.

Al finalizar el libro se presentan aprensiones sobre nuevos intentos de robo a las individualidades, ya sea por los grandes “holismos” decoloniales o los esencialismos identitarios. Habría que agregar un miedo aledaño, saber cómo esta perspectiva logra crear puentes con otras agendas de investigación, más que encerrarse en su defensa del valor de nuestras individualidades frente a tanto villano. Quizás aquí hay un cambio generacional: mientras las narrativas más clásicas intentan encontrar culpables, las agendas de investigación de las generaciones más jóvenes pretenden ser más acumulativas. Creo que interesa menos achacar responsables y buscar soluciones a problemas concretos de investigación. Por ejemplo, en la última década se han ampliado las redes nacionales e internacionales de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad. Al reconocer el lugar de la objetualidad, de las affordances digitales, de las infraestructuras micro y macro, ¿estamos nuevamente desfigurando la imagen de nuestras individualidades? ¿O estamos ampliando las herramientas conceptuales que nos permiten acercarnos a fenómenos que circulan a distinta escala? Lo mismo podría decirse acerca de los enfoques y discusiones sobre fenómenos tan cercanos y globales como la digitalización, los flujos migratorios y la crisis ambiental. Nadie puede decir que no nos afectan, pero nadie puede pensar que son únicos a nuestras sociedades. Aunque por cierto la escala aquí es otra, más micro y más lenta, estas agendas terminan articulándose en circuitos internacionales cuyos resultados tienen relevancia variable según la audiencia. Se pierde el gran relato, se avanza más lento.

Eso no quita que uno debe estar agradecido con quien intente reflotar una y otra vez la pregunta por esta casa común, por nuestros individuos concretos, y lo haga apelando a la historia, a lo mejor de nuestra sociología y a las diversas ramificaciones artísticas y culturales que acompañan nuestras transformaciones. Aun así, debemos seguir investigando, y perder(nos) a ratos: quedan muchas hebras que tirar y muchos dramas que narrar.

 

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Este texto fue leído en la sección de cierre del seminario internacional “Modernidad, América Latina y la cuestión del individuo”, desarrollado en la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales.

 


Las individualidades robadas de América Latina. Volumen III / La sociedad de las individualidades comunes. El temprano siglo XXI, Danilo Martuccelli, Lom, 2024, 510 páginas, $27.000.

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