Abril 9, 2019

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El 2016, un doctor en psicología y profesor de la Universidad de Toronto inició una campaña de protesta contra una enmienda del gobierno que lo obligaba a usar en sus clases pronombres neutrales de género. Lo hizo filmando una serie de videos que posteó con el título de “Un profesor en contra de lo políticamente correcto”. Luego se fue contra el posmodernismo y la izquierda, para pregonar una mezcla de individualismo, competencia, Jung y lecturas religiosas. Su nombre es Jordan B. Peterson y, además de vender millones de ejemplares de su libro 12 Rules for Life: an Antidote to Chaos, representa uno de los mayores ejemplos del “mercado de las ideas”… eso que antes llamábamos “esfera pública”.

por marcelo somarriva

Internet y el surgimiento de las redes sociales han modificado para bien y para mal las condiciones del debate público tradicional, proporcionando el libre acceso a plataformas de expresión que antes eran restringidas a unos pocos y permitiendo la aparición de nuevas estrategias para la expresión de toda clase de opiniones. Lo que alguna vez se llamó “esfera pública” hoy es el “mercado de las ideas”, o peor aún, un campo de “batalla”. La figura del “intelectual público” se ha transformado cada vez más en la de un activista que domina los medios digitales y cuya difusa posición ideológica muchas veces solo puede delinearse siguiendo las posturas de las multitudes que lo siguen.

Una de las novedades que ha traído al mundo de las ideas el gobierno de Donald Trump, directamente asociada a estas nuevas condiciones del debate público, son los llamados “intelectuales de la red oscura” o la Intellectual Dark Web, un grupo heterogéneo de académicos, psicólogos, economistas, científicos, empresarios y periodistas, de izquierda y derecha, como Steven Pinker, Douglas Murray, Nicholas Christakis y muchos otros. A este diverso grupo solo parece unirlo la queja de sentirse arrinconados por la ortodoxia dominante de lo “políticamente correcto” y una defensa de la libertad de expresión, especialmente a raíz de los debates que han ocurrido recientemente en las universidades de Estados Unidos y el Reino Unido, donde acusan a la izquierda radical de dominar la discusión académica e imponer sus visiones entre los estudiantes. Las universidades, tal como alegaron hace algunos años Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, se han convertido en “espacios seguros”, protegidos por jóvenes adultos que se oponen agresivamente al planteamiento de cualquier opinión discrepante que ponga en peligro esta precaria tranquilidad.

El nombre de “red oscura” parece el resultado de una campaña en contra de este movimiento y que lo coloca en ese reverso clandestino de internet, esa nube fraudulenta donde se supone que se hace toda clase de intercambios u operaciones ilícitas. Pero esto no es así, ya que el nombre surgió de uno de sus propios miembros, Bret Weinstein, y lo que, a primera vista parece un paso en falso, es en realidad un acierto publicitario que vincula a estos autores con un pensamiento supuestamente subversivo o alternativo.

La figura del “intelectual público” se ha transformado cada vez más en la de un activista que domina los medios digitales y cuya difusa posición ideológica muchas veces solo puede delinearse siguiendo las posturas de las multitudes que lo siguen.

Uno de los más llamativos y polémicos miembros de esta “red oscura” es el psicólogo canadiense Jordan B. Peterson, una celebridad en redes sociales que este año publicó el libro 12 Rules for Life: an Antidote to Chaos (“12 reglas para la vida, un antídoto contra el caos”), un híbrido donde se funden autoayuda, ciencia, mitología y filosofía al servicio de un mensaje patriarcal, que ha vendido millones de ejemplares en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia y Alemania.

Peterson, 55 años, doctor en psicología y académico de la Universidad de Toronto, es algo así como un “youtuber” filosófico, un charlista motivacional y un acalorado polemista o lo más parecido a una estrella de rock que haya producido la academia. La campaña promocional de su libro se ha parecido más a una gira de conciertos, con grandes arenas repletas de admiradores devotos, que los soñolientos compromisos literarios tradicionales con discursos y colas para obtener una firma. Peterson se inició en las redes sociales el 2013, cuando era apenas un profesor carismático que comenzó a subir videos de sus clases e intervenciones públicas en un canal de YouTube, donde ofrecía fórmulas para encontrar el sentido de la vida.

Su salto a la estratosfera de la fama ocurrió hace dos años, cuando se opuso públicamente a una enmienda legal canadiense que según él iba a obligarlo a usar pronombres neutrales de género en sus clases –asunto que muchos discutieron– e inició una campaña de protesta filmando una serie de videos que luego posteó bajo el rótulo de “Un profesor en contra de lo políticamente correcto”. Peterson le añadió así una dimensión política a su mensaje existencial sobre la vida humana basado en el sufrimiento, la competencia y la jerarquía, elaborado a partir de la interpretación de los grandes mitos humanos y los arquetipos de Jung. Este psicólogo ofreció a su creciente audiencia algo rara vez visto en un debate ideológico o cultural: el espectáculo de un académico con la camisa arremangada presto a dar la pelea contra lo que consideraba un intento más de una cábala neo-marxista posmoderna que se había apoderado de la enseñanza de las humanidades y las ciencias sociales en las universidades occidentales y amenazaba con poner en tela de juicio verdades y diferencias que, según él, se fundaban en la naturaleza de las cosas y no respondían a construcciones culturales o sociales. Peterson, como dice el encabezado de un video posteado por uno de sus seguidores, cual nuevo mesías, había trazado una raya en la arena.

Desde entonces la figura de este “guerrero cultural” no ha parado de crecer, revelando cómo su mensaje de psicólogo clínico estaba íntimamente ligado con una propuesta de recuperar la amenazada sociedad patriarcal y fortalecer las jerarquías sociales expurgadas de visiones para él espurias, como la “jerarquía blanca”, la igualdad de género y la inclusión de las minorías. Las bases de su ideario desbordan los confines de la psicología tradicional y se proyectaban hacia la ciencia, el análisis de los mitos ancestrales, las grandes obras de la literatura y la filosofía. Es decir, el forraje habitual de un gurú, o bien, de un charlatán con pretensiones.

Como muchos de sus compañeros de la “red oscura intelectual”, Peterson es reacio a enjaularse en un domicilio político y, por lo mismo, su público es muy diverso. Sin embargo, sus posiciones son evidentemente políticas, por mucho que se niegue a ponerles un rótulo. Su carrera profesional se inició estudiando ciencias políticas, pero luego se cambió a la facultad de psicología, doctorándose en la universidad de McGill. El principal impulso de su vocación académica fue su admitida obsesión por la Guerra Fría y las ideologías totalitarias del siglo XX, que llevaron al mundo a un paso de la autodestrucción, asunto que lo hundió en una depresión profunda, con pesadillas y todo.

Traspasado el nivel de la autoayuda, el libro se vuelve más problemático y empieza a hacer agua desde un punto de vista argumental. Peterson describe cada una de sus reglas mediante ensayos ensamblados a partir de digresiones inspiradas en la neurociencia, la biología evolutiva, la exégesis de la Biblia, los mitos y algunos clásicos literarios, junto a anécdotas de su experiencia clínica o familiar.

En medio de esta crisis terminal, Peterson concluyó que estas ideologías venenosas capturaban a sus seguidores en una espiral de exterminio solo porque funcionaban como relatos o ficciones de auto-realización heroica de carácter religioso, proporcionando así un sentido a la vida de millones, a pesar de ofrecer una visión del mundo completamente nihilista. Ese mismo nihilismo, concluyó luego, era la derivación natural del neo-marxismo de los intelectuales posmodernos que se habían apoderado de las humanidades y ciencias sociales en las universidades, propagando en ellas mentiras y confusión.

Con el propósito de no olvidar jamás los excesos del estalinismo, Peterson llegó al extremo de convertir su casa en Toronto en una verdadera mansión siniestra del totalitarismo, saturándola con propaganda soviética. En recuerdo del fin de la Guerra Fría, incluso bautizó a su hija con el nombre de Mikhaila, en homenaje al hombre de la glasnost.

Empujado a definirse ideológicamente, en una ocasión Peterson admitió ser un individualista, enemigo de colectivismos de izquierda y derecha, a pesar de reconocer impulsos que lo acercaban alternativamente a uno u otro sector. En otras oportunidades ha negado ser conservador, aunque su discurso proponga recuperar el pasado, y tampoco admite ser creyente, aunque sus intervenciones públicas son de un fervor casi evangélico. Le gusta, en cambio, presentarse como un liberal clásico británico del siglo XVIII, lo que no parece tener mucho asidero en sus visiones de la sociedad. Pero posar en compañía de Adam Smith y David Hume, como dechado de racionalidad y bonhomía, tiene un encanto irresistible, aun cuando sus ideas lo empujen a las antípodas de estos pensadores.

Su irrupción en la tribuna pública cayó del cielo para la inefable “derecha alternativa” norteamericana, surgida en la campaña de Trump, fenómeno político ligado habitualmente a jóvenes hombres blancos agraviados por las políticas identitarias de los liberales demócratas. Lo que no es raro, considerando que su popularidad se catapultó gracias a su posición polémica frente a la promoción de las libertades de género y los derechos de las minorías.

Un rápido examen de su presencia en YouTube permite notar el frenesí que sus seguidores manifiestan cada vez que Peterson ha enfrentado a sus detractores con una estrategia que combina la afectación intelectual con un acabado dominio de las tácticas de la pelea callejera. Tras años de trabajar puliendo sus habilidades escénicas y su imagen personal, Peterson ha terminado por convertirse en un ícono de su mensaje de dureza ancestral, sentido del deber y dominio de la verdad. En él hay algo claramente prefabricado, a pesar de la convicción con que sostiene sus ideas. Peterson claramente cree lo que dice. Su aspecto es siempre el mismo, vestido con trajes sobrios, a pesar de algunos agregados vaqueros disonantes; su cara angulosa tiene una perpetua expresión contrita y el ceño fruncido. Parece una lograda imitación de la cara que ponía Clint Eastwood en Gran Torino, la mueca de alguien que acaba de tomarse un buen vaso de líquido anticongelante. Sus debates e intervenciones públicas las enfrenta como sesiones teatrales, en las que hipnotiza a la audiencia, llegando incluso a derramar lágrimas de cocodrilo. En la discusión puede mostrarse en pleno control de sí mismo, amparado en evidencias irrebatibles –de difícil validación–, o bien dispuesto a repartir puñetes y epítetos denigrantes. Sus contrincantes son comúnmente descalificados como “copos de nieve” (snowflakes) o “guerreros de la justicia social” (social justice warriors), y ha propuesto que la atención puesta en la corrección política es una patología clínica. Sus seguidores celebran su posición de boxeador doctorado, reproduciendo y posteando videos suyos debidamente editados y etiquetados como sesiones en las que este gurú, una y otra vez, les restriega a sus rivales la cara contra el suelo.

Sin embargo, los seguidores de Peterson no solo son una horda de depredadores sino también un número indeterminado –pero muy alto– de personas a quienes sus servicios de asesoría psicológica en línea y el mensaje de sus presentaciones públicas habrían ayudado a enmendar sus vidas. Peterson y sus mensajes indudablemente funcionan en diversos niveles y apelan a seguidores que no caben solo en la categoría de jóvenes hombres blancos. Tampoco hay que omitir un detalle importante: esta audiencia indeterminada y ferviente hace aportes monetarios para mantener a su líder, que hasta hace poco recibía mensualmente alrededor de 80 mil dólares mensuales a través de la plataforma de donaciones en línea Patreon.

Como muchos de sus compañeros de la “red oscura intelectual”, Peterson es reacio a enjaularse en un domicilio político y, por lo mismo, su público es muy diverso. Sin embargo, sus posiciones son evidentemente políticas, por mucho que se niegue a ponerles un rótulo.

Su libro 12 Rules for Life: an Antidote to Chaos también funciona en diversos niveles. Puede leerse como un libro de autoayuda, con mensajes encomiables que llaman a hacerle frente al valle de lágrimas que es la vida, asumiendo responsabilidades personales, sin echarle la culpa al capitalismo neoliberal o a la extrema izquierda. Sus mandatos de pararse derecho y con los hombros echados hacia atrás, ordenar la pieza y superarse a uno mismo, comparándose no con el resto del mundo, sino con quien era uno el día anterior, caen en esta categoría. Otras de sus reglas, como las de adoptar un perro o un gato o la de permitir que los skaters destruyan libremente las ciudades, son algo más rebuscadas y no tienen una relación evidente con su mensaje de la búsqueda de un Sentido –con mayúsculas– para evitar que el caos se desborde y nos hundamos en el nihilismo.

Traspasado el nivel de la autoayuda, el libro se vuelve más problemático y empieza a hacer agua desde un punto de vista argumental. Peterson describe cada una de sus reglas mediante ensayos ensamblados a partir de digresiones inspiradas en la neurociencia, la biología evolutiva, la exégesis de la Biblia, los mitos y algunos clásicos literarios, junto a anécdotas de su experiencia clínica o familiar. Estas digresiones se estiran hasta deformarse y el lector se pierde por completo, olvidando el inicio de esta peregrinación verbal. ¿Tengo que pararme derecho, ordenar la pieza o adoptar un gato? Para explicarnos por qué tenemos que andar derechos, Peterson expone detalles científicos sobre la vida de las langostas que llevan merodeando por el fondo marino desde hace más de 300 millones de años, viviendo de manera terrorífica en un régimen de competencia y jerarquías homicidas. El rudimentario cerebro de estos crustáceos, al igual que el nuestro, también secreta serotonina y esto le permite a Peterson concluir que esta forma de vida ha estado presente en nuestro escenario evolutivo mucho antes de la aparición de los dinosaurios. Luego de esta exposición submarina, el autor emprende un vuelo místico a la sabiduría ancestral del Tao para probar que las mujeres representan el caos y los hombres el orden, incursión que se complementa con un largo análisis de las desventuras de Adán, Eva y su desdichada estirpe, nuestros “ancestros primordiales”. Para entonces, las razones de por qué teníamos que pararnos derechos habrán perdido toda su importancia y el lector estará más interesado en aprender la fórmula para poder dar esos saltos extraordinarios entre la biología evolutiva y los relatos del Génesis, sin romperse la espalda. Su argumento de que la experiencia evolutiva y la sabiduría ancestral de los grandes relatos mitológicos son unidades de información encapsuladas e incorporadas en nuestra naturaleza, no parece muy convincente. Da la idea, en cambio, de que se trata de piezas de un estrafalario artefacto de propaganda reaccionaria.

Pero a estas alturas, ¿quién necesita de un nuevo discurso para apuntalar una sociedad jerarquizada y patriarcal? Más importante que desmontar el tinglado ideológico de Peterson o encasillarlo en alguna categoría ideológica, es poner atención a lo que él representa como síntoma y expresión de los fenómenos de mucho mayor alcance que están transformando el debate público en la actualidad y que tendrán una evidente consecuencia política, que no promete ser muy buena.

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