John Keats entre Cortázar y Borges: una subterránea batalla

El poeta inglés fue uno de los primeros en percatarse de la idea de tradición, y por eso lee a Shakespeare, a Spenser, a Milton y a Wordsworth. Al igual que muchos otros escritores, lee hacia atrás para proyectarla hacia adelante, hacia el futuro, un gesto muy borgeano que sin embargo no fue valorado por el autor de “El aleph”. Sí lo fue, en cambio, por Cortázar, traductor de una biografía de Keats muy importante para darlo a conocer en nuestra lengua.

por Gonzalo León I 7 Julio 2020

Compartir:

Relacionados

En Chile las figuras de Cortázar y Borges suelen asociarse a la centralidad de la literatura argentina, pero lo cierto es que primero la ocupó Cortázar y luego Borges. Con los años, sin embargo, la obra de Cortázar ha sido asociada a un tipo de literatura adolescente en oposición a la complejidad que ofrece la de Borges. Muy pocos escritores han escapado de esa oposición; entre ellos se puede mencionar a Juan José Becerra, que el año pasado publicó la novela ¡Felicidades!, cuya historia gira en torno al autor de Rayuela.

En Plan de operaciones, la crítica y ensayista Beatriz Sarlo señaló que Borges se había resistido todo lo posible a ocupar la centralidad de la literatura argentina, se sentía cómodo en cierta marginalidad y, lo más importante, podía seguir escribiendo y alejado de lo que eso significaba. Hasta que en un momento le fue inevitable. Héctor Libertella, en el prólogo de 11 relatos argentinos del siglo XX, escribió algo en esa misma línea: ya que su literatura había nacido marginal y descentrada, “por lo mismo terminó haciéndose centralmente argentina”.

Sin embargo, no hubo disputa entre Cortázar y Borges, entendida como animadversión y declaraciones para allá y para acá a través de los medios, lo que hubo fueron divergencias en las lecturas y sus respectivas valoraciones que cada uno hacía de ciertos autores trasandinos y de la literatura universal. El poeta inglés John Keats (1795-1821) es una de esas lecturas donde, quizá, más se manifiesta esta divergencia.

Según consigna el Borges, de Adolfo Bioy Casares, en 1957 los amigos sostuvieron el siguiente diálogo: “Bioy: ‘¿Qué pensás de las cartas de Keats?’. Borges: ‘Han de ser tan malas como los poemas. Hay muchísima cursilería en Keats’”. En una primera lectura sorprende que Borges tuviera esa opinión de un poeta importante para la poesía inglesa, más en una persona como él que elevó a la categoría de gran poeta a Sir Thomas Brown: “El tipo literario –prefigurado por Ben Jonson, en quien campean ya todos los signos de su clase: el atarearse con la gloria, la reverencia y la preocupación del lenguaje, la urdidura prolija de teorías para legitimar la labor, el sentirse hombre de una época, el estudio de otros idiomas y hasta la presidencia de un cenáculo y el organizar banderías– es manifiesto en él”.

Para Harold Bloom, sin embargo, es indiscutible el valor de Keats. En su ensayo La Compañía visionaria: Wordsworth, Coleridge y Keats, señaló que el movimiento al que pertenecen estos poetas –el romanticismo– es una estética que permanece hasta la actualidad y que su valor radica precisamente en haber cambiado la poesía, a partir de ellos se puede hablar de poesía moderna. De hecho, a partir de Wordworth ve un cambio que continúa más allá de Keats: Browning, Tennyson, Arnold, Yeats, T.S. Eliot y Crane son parte de un camino que inauguró Wordsworth: “Para la poesía contemporánea, asumir la personalidad es tan irrelevante como abandonarla (según las manifestaciones de Eliot y su escuela). Nuestros poetas eran y son Románticos así como los poetas acostumbraban ser Cristianos”.

Cuando Bloom analizó Oda a un ruiseñor, afirmó que “Keats se aproxima a ese acto supremo de la Imaginación Romántica, un dominante en su maestro Wordsworth: la fluida disolución o desvanecimiento donde los límites del tiempo y el espacio desaparecen, y las fronteras entre el ser y el no ser, la vida y la muerte, parecen derrumbarse”.

A esta altura la invectiva de Borges es evidente: ataca a Keats, pero a través de Cortázar, o más bien del gusto de Cortázar. Porque a fin de cuentas, y esta es una de las enseñanzas de Borges, la lectura es una apropiación, y Cortázar se había apropiado de Keats, porque lo había leído mejor que él, y eso podía irritarlo, pero no al punto de mencionar los libros o a los involucrados de manera directa.

¿Pero qué podría explicar la opinión de Borges en 1957? La respuesta está en el plano de deducción a través de la lectura. Unos años antes, específicamente en 1955, Cortázar, que ya no vivía en Argentina y pronto ocuparía esa centralidad mencionada al comienzo, había traducido Vida y cartas de John Keats, de Lord Houghton, que es una biografía armada a partir de las cartas del poeta, en la que, por supuesto, hay investigación, opinión, una antología de su obra (porque Keats mandaba sus poemas a los amigos para que los juzgaran) y un poco de relato. No es descabellado pensar que en 1957, cuando Borges se refería a las cartas de Keats, estuviera hablando de este libro.

Otra hipótesis sería que a Borges no le gustara la literatura inglesa, pero si uno analiza los títulos que seleccionó para su Biblioteca Personal, proyecto editorial en los 80 que consistió en elegir 100 títulos que él consideraba imprescindibles para que se comercializaran en los quioscos de revistas, se demuestran dos cosas: su amor por la literatura inglesa, ya que hay más de 20 títulos seleccionados de los 72 que alcanzaron a salir, y su positiva valoración de Cortázar, de quien selecciona tres libros: Cuentos, Evangelios apócrifos I y II.

Examinemos entonces el libro publicado por Cortázar en 1955. Desde la nota preliminar Cortázar señala que “cuando se clausuraba una dimensión agotada por Coleridge, Hazlitt y Lamb, esta biografía se propone como base satisfactoria de la columna que la crítica posterior (Arnold, Swinburne) y la contemporánea (Colvin, de Selincourt, Middleton Murry), habrían de erigir en reconocimiento y testimonio de una alta obra poética”. No deja de sorprender el conocimiento de la poesía inglesa que manifiesta Cortázar; no se trata de que esté repitiendo como loro algo que dijeron otros, sino que verdaderamente se adentró en el mundo que, al menos, rodeaba a Keats, y ese mundo era muy amplio. De partida Hazlitt, a quien Keats frecuentaba, asistiendo además a sus conferencias, era el crítico literario de la época; había tomado la posta de John Dryden (1631-1700), el primer crítico literario inglés. Hazlitt siguió el camino para el análisis de la obra de Shakespeare que Samuel Johnson había inaugurado a mediados del siglo XVIII. En definitiva, Cortázar sabe quién es quién en el mundo que rodeaba a Keats.

El segundo aspecto a observar es que en la nota preliminar queda asentada la importancia de Keats para la literatura argentina, ya que fue consignada tempranamente por Miguel Cané: “Y luego de un salto sobre la Mancha –dice en Prosa ligera– a Inglaterra y allí, arriba, alto a la cumbre y al honor, Dickens, Eliot y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen entrañas, sangre y vísceras”. Es decir, Cané reordena el canon romántico, poniendo en la cima a Keats. Cortázar lee a Cané y su intento por apropiarse de Keats para la literatura trasandina, y, sin decirlo, no puede rechazar la invitación para traducir Vida y cartas, de Lord Houghton. Un dato anecdótico, pero muy revelador, es que Borges trabajó en la Biblioteca Miguel Cané hasta que el peronismo lo sacó de ahí y lo puso como inspector de aves.

¿Cómo Borges, que siempre supo unir la literatura argentina con la inglesa, no vio a Keats como puente, habiendo trabajado en la Biblioteca Miguel Cané?

Es una pregunta algo difícil de responder, más teniendo en cuenta la mente de Borges. Pero en 1959 Borges parece querer terminar la tarea y ataca a la generación de Keats, la misma que había mencionado Cané, en estos términos: “Mejor la generación de Coleridge, De Quincey y Wordsworth, que la de Shelley, Keats y Byron; sin embargo, para toda la gente estos y no aquellos son los famosos. El menos malo de los últimos es Byron”. Curioso, pero en el Borges, de Bioy, no hay ninguna mención directa a Miguel Cané aparte de esta, y es tangencial para reordenar el canon que había establecido con anterioridad. La operación de Borges es sencilla: sacar a Cané del medio y borrar sus valoraciones. Y al hacerlo, ataca la traducción y el gusto de Cortázar por Keats, que no solo tradujo a Keats sino que también escribió un ensayo sobre él, Imagen de John Keats, publicado póstumamente como el Borges, pero escrito entre 1951 y 1952.

Vida y cartas es un libro increíble, que se va armando con las cartas de Keats, con las notas de Cortázar, con retratos del biografiado y sus cercanos, con toda una investigación hecha por Lord Houghton en una época donde la voz de Keats aún era reconocible en los círculos poéticos ingleses.

En Imagen Cortázar escribe que “voy del brazo de Keats, actitud más natural para conocerlo que la otra tan frecuente, en que al pobre lo izan en una nube mientras el crítico junta mesas y sillas para armarse una plataforma que no hacía la menor falta”. Luego advierte que “si al hablar de la Condesa de Noailles me acuerdo por ahí de Damon Runyon, no hay que perder el sueño buscando correspondencias”. Como algunos saben, la Condesa de Noailles fue la primera dama de honor de la esposa del rey Luis XVI y fue guillotinada junto a su marido en 1794. Borges, nada de lerdo, menciona a la condesa a propósito de Keats. “Estuve leyendo a Keats”, le dice a Bioy. “¿Sabés a quién se parece? Bueno, es un sacrilegio: a la condesa de Noailles. Todo está lleno de hojas, plantas y botánica”.

A esta altura la invectiva de Borges es evidente: ataca a Keats, pero a través de Cortázar, o más bien del gusto de Cortázar. Porque a fin de cuentas, y esta es una de las enseñanzas de Borges, la lectura es una apropiación, y Cortázar se había apropiado de Keats, porque lo había leído mejor que él, y eso podía irritarlo, pero no al punto de mencionar los libros o a los involucrados de manera directa. Tampoco se trata de que despreciara a Cortázar, la inclusión como número uno de su Biblioteca Personal lo confirma, a menos que estas palabras, incluidas en el prólogo de los títulos seleccionados, fueran falsas: “El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido”. Como se puede observar, lo menos que tiene es falsedad; al contrario, peca de honestidad al reconocer defectos y muchas virtudes. Aunque con Borges nunca se sabe, porque como Cortázar había muerto el mismo año en el que arrancaba su Biblioteca Personal, quedaba mal hablar desdeñosamente.

Pero antes de eso, Cortázar cuenta en el prólogo de Imagen de John Keats que tradujo el libro de Lord Houghton en 1947, sin embargo “el día en que conseguí la edición Buxton-Forman de las Cartas, y vi claro en tanta cosa oscura de la correspondencia de John, Houghton ya estaba traducido. Lo revisé, puse notas, aclaré dificultades; pero comprendo que no saldrá como debería”. Es decir que Cortázar venía madurando la edición de este libro mucho antes de 1955, por lo que su apropiación y por tanto lectura o descubrimiento es bastante anterior.

Vida y cartas es un libro increíble, que se va armando con las cartas de Keats, con las notas de Cortázar, con retratos del biografiado y sus cercanos, con toda una investigación hecha por Lord Houghton en una época donde la voz de Keats aún era reconocible en los círculos poéticos ingleses. Mientras leemos apreciamos el avance y las dificultades que le implica su poema narrativo Endimión, de más de cuatro mil versos, y encontramos que su mayor virtud como lector fue haberse dado cuenta tempranamente de la importancia de Wordsworth, no solo en lo poético propiamente tal, sino también en lo relativo a su ojo crítico. El crítico español Ángel Rupérez, en el prólogo de Antología esencial de la poesía inglesa, sostiene que la importancia de Wordsworth fue haber introducido el concepto de tradición en la poesía de su país. Y Keats es uno de los primeros en percatarse de esto y por eso lee a Shakespeare, a Spenser, a Milton y a Wordsworth. Keats lee hacia atrás en la poesía de su país para proyectarla hacia adelante, hacia el futuro.

A lo largo de las páginas, Keats se va mostrando como un lector tardío pero de gran intensidad, que en un momento despierta y es capaz de ver, como Borges, las intenciones de autores muy importantes y hacer asociaciones y encontrar defectos (hasta en su admirado Wordsworth) que muy  pocos, salvo William Hazlitt, estaban capacitados para ver. En 1818 escribe una carta donde manifiesta lo que debería ser la poesía: “Pienso que la poesía debería sorprender por un hermoso exceso y no por su singularidad; debería impresionar al lector como la expresión en palabras de sus más elevados pensamientos, y parecerle casi un recuerdo”.

Se ha dicho que sus poemas pecaban de hablar siempre del mismo tema, y es verdad que hay muchos que hablan de la muerte, pero no todos son así, también hay poemas de amor. Por varios elementos de sus poemas –abejas, aves, cosa común en el romanticismo– resultaba casi innecesario que Emily Dickinson (1830-1886) reconociera el influjo de John Keats, ya que en su poesía también se encuentran dichos elementos, con la muerte como tema.