La historia no contada de Chile

Ayer, Ediciones Universidad Alberto Hurtado presentó El lugar sin límites, de José Donoso, en una edición crítica realizada por María Laura Bocaz. A continuación reproducimos el texto que leyó Lorena Amaro durante el lanzamiento, donde enfatiza que “la relectura de este texto fundamental de la literatura chilena” amplifica nuestra noción de historia y de la realidad. En sus palabras, nos acerca a “un conocimiento de los atavismos del poder y de sus asimetrías; construye un mundo simbólico y metafórico en que las penumbras de la sexualidad, la economía y la historia conforman una masa rugosa y opaca, siniestra como solo las pesadillas pueden serlo”.

por Lorena Amaro I 8 Enero 2020

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En su último número del 2019, la revista colombiana Arcadia presentaba una lista de las mejores 100 obras escritas por mujeres de habla hispana en los últimos 100 años. La lista incluye poesía, ensayo, narrativa. En ella hay nombres bastante conocidos, pero también se pone acento en la literatura olvidada, bizarra, de culto. La lista abre con autoras como Gabriela Mistral, Magda Portal o Teresa de la Parra y cierra con su única escritora trans, la argentina Camila Sosa Villada, autora de una impactante primera novela: Las malas (Tusquets, 2019). Su protagonista, Camila, es una travesti de la ciudad de Córdoba; una noche, ella y sus compañeras de prostitución en el Parque Sarmiento descubren a un niño recién nacido, abandonado entre unas canaletas. La presencia de este niño, que devuelve a las mujeres su vitalidad, es precisamente lo opuesto de lo que la sociedad les vaticina en la voz del padre de la narradora: “Vas a terminar tirada en una zanja”. Hoy, cuando las disidencias sexuales se han organizado en importantes agrupaciones en el Cono Sur, esta frase resulta penosa y sorprendente. Parece increíble que a más de 50 años de la publicación de otra novela fundamental, El lugar sin límites, de José Donoso, el cuerpo escarnecido de la travesti siga siendo una realidad, y su representación artística, una forma de resistir a la violencia. Las malas, travestis urbanas que se prostituyen en las calles, son las epígonas literarias de la Manuela, esa travesti encerrada en una casa de prostitución campesina, en un pueblo sin electricidad y al borde de la destrucción, que agoniza sola, con el vestido rasgado y el cuerpo desnudo al alcance de cuatro perros infernales, en una zanja, un canal atravesado por alambres y zarzamoras. Piensa, Manuela, que Don Alejo, el amo y señor de la hacienda y el pueblo, vendrá a salvarla. Pero como cruelmente divaga su hija, la Japonesita, “lo terrible es la esperanza”.

¿Qué distingue a Manuela de las travestis que mueren en Las malas? De cara al contexto histórico en que se presenta la nueva edición crítica de El lugar sin límites, preparada por la académica María Laura Bocaz (Universidad de Mary Washington, Virginia), con la ayuda de Daniela Buksdorf y Gonzalo Campos, me parece necesario subrayar el carácter de avanzada de la ficción donosiana. Sin duda Manuela fue la llave, la que abriría un caudal de representaciones hasta entonces inéditas en la literatura latinoamericana, apenas prefiguradas por el “maricón del piano” que habita Humo hacia el sur, de Marta Brunet (1946), y que habrían de ser plasmadas en lo sucesivo tanto en las fotografías de Paz Errázuriz (La manzana de Adán, 1983), como en las crónicas de Pedro Lemebel de los años 90 y 2000, los cuentos de Iván Monalisa Ojeda (La misma nota, for ever, 2014) o en la claroscura historia de Las malas. La diferencia más significativa entre Manuela y Camila es, probablemente, que la protagonista de Donoso vive su difícil juego de identificaciones en una gran soledad. En la novela de Sosa, lo que les hace posible a sus personajes resistir, enamorarse y vivir, es la comunidad: una comunidad política y amorosa, de locas que se cuidan, se protegen y se sostienen. El único escudo de defensa que tienen contra la violencia patriarcal.

Esta edición crítica aparece, pues, en un momento muy especial, ya que las actuales luchas colectivas reviven viejos enunciados, viejas derrotas y viejas injusticias. La lectura de El lugar sin límites no solo actualiza la denuncia de la violencia atávica ejercida contra estos cuerpos y subjetividades cuir, temidos y resistidos por su otredad, sino que también, gracias al excelente trabajo de revisión y compilación que hace Bocaz, invita a repensar al menos tres aspectos del decisivo texto de Donoso: 1) el que dice relación con el mundo editorial por el que circuló, entre América Latina y España; 2) los cambios vividos por el discurso crítico emanado a partir de él desde sus primeras hasta sus más recientes lecturas; 3) en el plano textual, la inagotable fluencia de las imágenes de esta novela que, como pocas, expone el inconsciente colectivo chileno y plasma la imagen de la humillación como móvil, como pedernal que fricciona y hace estallar la rabia, con diversos resultados.

Luego del estallido social del 18 de octubre y de la performance de LasTesis, se podría especular incluso que esa violación —que alguna vez fuera vista como ‘seducción’— dice relación con aquella vejación sufrida por la Japonesa, ‘en sus mocedades’.

Me detengo brevemente en cada uno de estos puntos:

1) María Laura Bocaz coteja las distintas ediciones del texto, partiendo por la mexicana edición príncipe de Joaquín Mortiz (1966), pasando por sus distintas versiones en editoriales españolas hasta su retorno a Latinoamérica, en la Biblioteca Ayacucho y luego en sucesivas reediciones por Alfaguara —la última, de hecho, con prólogo del escritor argentino Patricio Pron—, y ahora en las Ediciones de la Universidad Alberto Hurtado. Como en toda edición crítica, la académica que trabaja desde hace años los archivos personales del escritor y prepara un libro sobre el tortuoso proceso creativo de El obsceno pájaro de la noche—, se encarga de anotar las divergencias de las distintas ediciones, tratando de fijar la que parece más oportuna a partir de estas lecturas, de los mecanoescritos del editor y de otros antecedentes. En su revisión se evidencia hasta qué punto el mundo editorial español resistió, incluso en plena entrega al Boom, los acentos y giros latinoamericanos, propendiendo a formas de colonialismo cultural en la corrección de los usos y expresiones americanas. Por ejemplo, eliminando diminutivos, cambiando tiempos verbales y otros usos gramaticales que alteran la sintaxis tan particular de Donoso. Bocaz rescata en varios casos los mecanoescritos del autor y también la edición mexicana, un trabajo que por otra parte hace que nos detengamos varias veces en el extraordinario “oído” de Donoso, quizás uno de los atributos más preciados de un narrador.

2) La editora selecciona cinco ensayos que acompañan a la novela, escritos por Severo Sarduy, Fernando Moreno, Sharon Magnarelli, Andrea Ostrov y Carl Fisher. A través de ellos se pueden leer los distintos ciclos que experimentó la crítica de El lugar sin límites. Bocaz observa principalmente tres: un primer momento en que el texto de Severo Sarduy, de 1968, y el de Moreno (1975) proponen el eje interpretativo de la inversión; el segundo, en que se da una matriz psicoanalítica y se enfatizan motivos como el disfraz y lo carnavalesco, y una tercera fase que surge en los 90, “a la luz de los estudios de género y sexualidades”. Se forma así un arco muy interesante, desde enfoques extremadamente centrados en el texto e inspirados en el estructuralismo, hasta miradas culturalistas. A mi modo de ver hay algo más. En tanto los primeros resultan pequeñas piezas maestras, muy minuciosas, abarcadoras y totalizadoras del texto donosiano, de gran factura literaria, las aproximaciones más recientes, como la de Carl Fisher (2015), permiten observar la importancia de los contextos productivos de la escritura y la necesidad crítica de establecer lecturas estético-políticas en diálogo con los marcos históricos y sociales, al mismo tiempo que se revela, con el transcurso del tiempo, el avance de la escritura académica, que hasta cierto punto se distancia del ensayismo literario de las décadas anteriores.

3) La relectura de este texto fundamental de la literatura chilena, en este momento, hace por último patente la enorme versatilidad de la narrativa donosiana y el profundo conocimiento que la literatura, como amplificación de la historia y de la realidad, puede llegar a producir. En este caso, se trata de un conocimiento de los atavismos del poder y de sus asimetrías. Haciendo explotar los márgenes del realismo, Donoso construye un mundo simbólico y metafórico en que las penumbras de la sexualidad, la economía y la historia conforman una masa rugosa y opaca, siniestra como solo las pesadillas pueden serlo. El lugar sin límites, junto con El obsceno pájaro de la noche, son, en esta opacidad que desata lo múltiple, las más enormes novelas que se hayan escrito en Chile sobre la humillación, disparadora, en los últimos meses, del estallido social que vive el país. Y la escena crucial de la novela, el encuentro sexual entre la Manuela y la Japonesa ante los ojos de Alejo Cruz, puede ser leída con este prisma.

La humillación es la expresión plena del poderío, de la propiedad sobre otro. La sufre Manuela, evidentemente, pero también la Japonesita, cuando se siente observada y perseguida por su origen, e incluso la Japonesa, la aparentemente poderosa dueña del prostíbulo de El Olivo. La inestable narración desliza tenuemente su historia, específicamente su posible romance de juventud con el patrón Alejo Cruz: “En sus mocedades había tenido amores con don Alejo. Murmuraban que él la trajo a esta casa cuando la dueña era otra, muerta hacía muchos años. Peros sus amores eran cosa del pasado…” (112). Se ha escrito mucho sobre qué gatilla la famosa apuesta entre don Alejo y la Japonesa, pero me parece que la sorna de él —“si ya estái vieja, que vai a poder…” (124)— y la humillación vivida por ella, no pueden ser obviadas.

Leer hoy El lugar sin límites conduce a la demasiado complaciente constatación de lo inagotable que puede llegar a ser una buena novela. También nos propone un viaje en el tiempo del que es imposible salir con la frente en alto, porque seguimos viviendo en una sociedad estructuralmente violenta.

En su repaso de las lecturas críticas de la novela, Bocaz se detiene en las interpretaciones dadas a la apuesta entre Cruz y la Japonesa: “Contrástese, por ejemplo, el ‘dejarse seducir’ de la Manuela propuesto por Schulz en 1990 (…) con la lectura de violación de Sifuentes-Jáuregui siete años después (…)” (27). Luego del estallido social del 18 de octubre y de la performance de LasTesis, se podría especular incluso que esa violación —que alguna vez fuera vista como “seducción”— dice relación con aquella vejación sufrida por la Japonesa, “en sus mocedades”. Más allá de performar como “lesbiana” en su posesión de la Manuela, como señalan algunas lecturas, en esta novela —que se caracteriza más que por las dicotomías, por la fluidez y permanente transformación de las relaciones entre personajes ambiguos— la Japonesa quizá performa su propia violación en manos de don Alejo, ocupando ella el rol del violador. Una escena de violación heterosexual, en que la Japonesa actúa como macho/macha y amo/ama del cuerpo de Manuela, quien aparece infantilizada: “A ella le gusta hacer lo que está haciendo aquí en las sábanas conmigo. Le gusta que yo no pueda: con nadie, dime que sí, Manuelita linda, dime que nunca con ninguna mujer antes que yo, que soy la primera, la única (…) tú eres la mujer, Manuela, yo soy la macha, ves cómo te estoy bajando los calzones y cómo te quito el sostén para que tus pechos queden desnudos y yo gozártelos, sí tienes, Manuela; no llores, sí tienes pechos, chiquitos como los de una niña…” (147). Una escena de pederastia, una escena en que el patrón exige su derecho a pernada.

Este episodio, uno de los más terribles y recordados de la narrativa donosiana, permite entrever una parte de la historia no contada, la posible recreación o repetición de una violación traumática que lleva a la joven Japonesa, poco experimentada, campesina, de los brazos del patrón al prostíbulo, sin que ella pueda oponer resistencia. Esta historia no contada es también la historia no contada de Chile.

Leer hoy El lugar sin límites conduce a la demasiado complaciente constatación de lo inagotable que puede llegar a ser una buena novela. También nos propone un viaje en el tiempo del que es imposible salir con la frente en alto, porque seguimos viviendo en una sociedad estructuralmente violenta. Pero, asimismo, permite imaginar o augurar (si bien la esperanza es lo más terrible) el fin de la cadena, su colapso, la posibilidad de que nuevxs narradorxs escriban otras representaciones de la travesti, otra historia de la transexual: una que no empiece ni acabe en una zanja.

 

El lugar sin límites (Edición crítica), José Donoso, UAH Ediciones, 2020, 354 páginas, $16.000.