Crónica de dos amigos

Correspondencia durante “Residencia en la Tierra” reúne las cartas que intercambiaron Neruda y el escritor argentino Héctor Eandi, principalmente entre 1927 y 1933, quien fue el primero en valorar internacionalmente la obra del poeta. Neruda padece en estas cartas de todo: abandono, tedio, depresión, ansiedad sexual, pobreza y de ocasionales raptos maniáticos. Menos cauto y estratégico que de costumbre, más joven en el fondo, se da el gusto incluso de cargarse a unos cuantos contemporáneos.

por Bruno Cuneo I 27 Mayo 2020

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Rilke, dicen sus biógrafos, se pasaba toda la mañana escribiendo cartas y por eso su correspondencia completa incluye varios miles, que ocupan varios volúmenes de sus obras completas. Neruda escribió muchísimas menos, pero no fueron tan pocas, y un grupo de ellas, publicadas hasta hoy solo en Argentina por Margarita Aguirre, su secretaria, forma uno de los mejores epistolarios poéticos que haya leído y es además una guía inmejorable para conocer la génesis, emocional y verbal, de Residencia en la Tierra, el mejor libro de Neruda y tal vez del idioma.

El libro se llama Correspondencia durante “Residencia en la Tierra” (Sudamericana, 1980) y reúne las 32 cartas que intercambiaron Neruda y el escritor argentino Héctor Eandi, principalmente entre 1927 y 1933, aunque hay algunas posteriores. Eandi, que fue el primero en valorar internacionalmente la obra de Neruda (en 1926 publicó un artículo sobre los Veinte poemas que encendería la relación entre ambos), acompañó y asistió al poeta de muchas maneras durante todo el período –¡desde 1926 a 1933!– en que concibió las Residencias y se desempeñó como cónsul honorario de Chile en destinaciones de Asia que aun hoy harían llorar a un diplomático de carrera: Birmania, Ceylán, Sumatra, Java, Singapur, países de horror colonial, repletos de miserables, alcohólicos, enfermos, “ingleses”, en los que vivió su propia “temporada en el infierno”, como dejó anotado en sus memorias.

Neruda, en efecto, padece en estas cartas de todo: abandono, tedio, depresión, ansiedad sexual, pobreza y de ocasionales raptos maniáticos, que espantan incluso a sus monstruosos vecinos: hace morisquetas grotescas cuando sale a la calle, recoge perros vagos para acompañarse, hace pelear a su mangosta con serpientes venenosas, mete mujeres a su casa por montones, se emborracha, fuma opio, se queda en cama tres días sin poder levantarse. En general, siente que el ser y el lenguaje se le deshacen, que está rodeado, como Kurtz en El corazón de las tinieblas, de “extraños seres de destierro, exterminados, sin comprensión posible”, cuya forma larvaria se acrecienta con el sopor que le provoca un canto ritual que sale de una casa vecina: la “Devil’s Dance”, que es de una “monotonía tiránica y un ritmo de anillos sin fin, como el cante jondo”. Ese ritmo demoníaco, pocos lo han notado, será también el de las Residencias, que Neruda caracteriza como “un montón de versos de gran monotonía, casi rituales, con misterios y dolores”, una salmodia lúgubre y uniforme, “como una cosa comenzada y recomenzada, como eternamente ensayada sin éxito”.

Eandi, que había vivido años antes un horror similar en un poblado del Chaco, se convertirá por ello en su audiencia ideal y único confidente: sentir que alguien desconocido lo piensa y lo recuerda en estos días aciagos, dice, le devuelve la vida a uno que ya solo se siente “pariente de la nada”. No solo eso, Eandi le envía incontables paquetes de diarios, libros y revistas, trata de conseguirle colaboraciones pagadas en algún medio argentino y llega incluso a realizar gestiones con Alfonso Reyes, por entonces cónsul de México en Buenos Aires, para que intervenga en su favor ante la cancillería chilena, que se empeña sádicamente en negarle el traslado a un funcionario que partió a los 22 y ya se encamina a los 30. La generosidad de Eandi, nueve años mayor, no tiene límite, conmueve, y si hace todo lo que hace es porque cree en él, porque reconoce la originalidad y el valor de su obra, pero también porque odia, como dice, “estos tiempos de alacranerías despiadadas y de juventudes empequeñecidas por una envidia digna de sirvientes o de eunucos”.

Del joven Neruda admira también su arrojo, su libertad para desestablecerse y perseverar en su trabajo poético, a diferencia de él, que ha debido casarse y buscarse un trabajo estable en una firma de maquinaria sueca, para desgracia de su vocación, que apenas le dará tres libros y que considera mediocres: “Mi vida se tranquiliza, cada vez más, y esto me desazona a menudo. Yo creo que solo vivimos de veras en ese período salvaje de la juventud, en que hacemos conquistas a costa de nuestra propia destrucción. En cuanto hallamos el equilibrio, en cuanto nos acomodamos para vivir cómodamente, empieza el período de la reproducción y la muerte”. Paradójicamente, Neruda desea precisamente lo contrario: hastiado a morir, quiere establecerse, casarse, vivir en una ciudad grande, y lo logró, al menos por un tiempo, cuando en 1931 conoció en Java a Maruca Agenaar, con quien tuvo una hija, Malva Marina, cuya trágica historia se menciona a medias aquí y constituye la mayor omisión de sus memorias.

Neruda se explaya sobre sus ideas literarias y sus intenciones poéticas, enumera también sus lecturas, de Proust y de los “nuevos ingleses” (Joyce, Huxley, D. H. Lawrence), que lee en inglés y admira sobre todo por su capacidad para ‘relatar directamente, con cierta virilidad y descuido exteriores, que es algo bastante inesperado para hombres como yo, cuya sola noción literaria ha sido modificar la forma, problema cutáneo que me parece sin sentido’.

Hace años leí la correspondencia completa de César Vallejo, que es igual de dramática, pero encontré poquísimas ideas o frases que valiese la pena subrayar, ya que básicamente las cartas eran largas excusas para conseguir algo de plata, casi siempre del bueno de Pablo Abril, que era generoso como Eandi. Neruda, en cambio, se explaya en las suyas sobre sus ideas literarias y sus intenciones poéticas, enumera también sus lecturas, de Proust y de los “nuevos ingleses” (Joyce, Huxley, D. H. Lawrence), que lee en inglés y admira sobre todo por su capacidad para “relatar directamente, con cierta virilidad y descuido exteriores, que es algo bastante inesperado para hombres como yo, cuya sola noción literaria ha sido modificar la forma, problema cutáneo que me parece sin sentido”. Menos cauto y estratégico que de costumbre, más joven en el fondo, se da el gusto incluso de cargarse a unos cuantos contemporáneos. De Victoria Ocampo, por ejemplo, dice que “le consulta a Ortega y Gasset hasta para arreglarse los refajos”; de Borges, que conocía a Eandi, dice que está más preocupado de los problemas sociales y culturales que de la “absorción física del mundo”, y en cuanto al ya mencionado Ortega, “el vampiro escolástico”, no escatima en insolencia: “Todo lo que es raciocinio y esterilidad en España viene de su ‘florida prosa’. Y esa postura de ‘bacán’ de la literatura y las artes, de Apolo y Atenea, de señor protector con oficina en el Olimpo”.

Neruda y Eandi se encontraron recién el año 33, luego de que el fiel amigo trasandino lograra finalmente que lo nombraran cónsul en Buenos Aires. Duró un año en el cargo, se vieron mucho, participaron en fiestas, pero después de eso Neruda partió a Madrid, llegó el éxito, la Guerra Civil española, “la llamada de la historia”, el giro político de su poesía, y la correspondencia entre ambos se fue volviendo cada vez más fría, esporádica, hasta detenerse el año 43.

Dos décadas más tarde, cuando Margarita Aguirre contactó a Eandi para interrogarlo sobre las cartas, llevaban muchos años sin verse ni escribirse. Eandi no se quejó de este olvido ante ella, era noble, y se limitó a entregarle todas las que conservaba y agregó una que nunca se atrevió a enviarle, escrita probablemente en 1961, el año en que jubiló y su empresa lo invitó a conocer Suecia.

Es una carta bellísima, “tal vez demasiado lírica”, en sus propias palabras. En ella Eandi repasa esa época memorable de su vida, en la que asistió, dice, al nacimiento del destino poético de Neruda, e hizo todo lo que pudo por él, mucho antes de que llegaran “los críticos y los profesores de estilística”. Pero la carta da a entender también que se sintió olvidado por el poeta y que no podía acompañarlo cuando le llegó la fama y su poesía se fue llenando de preocupaciones políticas, que eran muy tímidas, casi inexistentes, por la época en que se escribían, como demuestra una carta que Neruda le envió el 33: “Y todavía me queda esa desconfianza del anarquista hacia las formas del Estado, hacia la política impura. Pero creo que mi punto de vista, de intelectual romántico, no tiene importancia. Eso sí, le tengo odio al arte proletario, proletarizante. El arte sistemático no puede tentar, en cualquier época, sino al artista de menor cuantía. Hay aquí una invasión de odas a Moscú, trenes blindados, etc. Yo sigo escribiendo sobre sueños”.

Eandi murió el año 1965 y sus hijos volvieron a publicar el año 2008 el epistolario, que nunca se ha publicado en Chile, por lo que es prácticamente desconocido. Los hijos lo renombraron Neruda-Eandi: Itinerario de una amistad, un título que me parece mucho más justo y cercano para un libro extraordinario, escrito por dos jóvenes escritores que culminaron, con distinta fortuna, sus carreras en Suecia.