Los círculos de la infancia

La filósofa Aïcha Liviana Messina y la sicóloga Constanza Michelson publican Una falla en la lógica del universo, libro formado por los correos electrónicos que se enviaron entre marzo y agosto de este año, es decir, un epistolario cruzado por la enfermedad, el encierro y la reflexión acerca del nuevo ordenamiento de las relaciones. Anécdotas cotidianas se combinan con observaciones de libros y pensamientos de mucho mayor alcance, como el cuerpo, la maternidad, el miedo y la vida común. A continuación reproducimos una parte de la correspondencia donde la infancia se une, inexorablemente, con la violencia y la vulnerabilidad.

por Aïcha Liviana Messina y Constanza Michelson I 11 Diciembre 2020

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Aïcha,

Me quedo pensando en lo que dices sobre la ley. La ley que autoriza la violencia.

Nunca he podido entender el antisemitismo. He leído y no retengo nada, quizás porque nunca me ha hecho sentido alguna te­sis realmente. Pienso en un ensayo de Benjamin sobre los juicios a las brujas y dice algo que me inquieta: las brujas siempre existieron de algún modo en el imaginario social, pero con baja intensidad. Incluso en el cristianismo era considerado algo anecdótico, pues se creía que dios no había dado poderes al diablo, por lo tanto, eran inofensivas. No es hasta, más o menos, el 1300 que irrumpe la locura con el asunto de las brujas, y esto es lo que me interesa de lo que propone Benjamin: coincide con la irrupción de la ciencia. A mayor interés por la ciencia, mayor interés por la brujería, el terror y la cacería.

Las cosas aparecen de modos antitéticos: aparece una luz que refuerza su sombra.

¿Los judíos son la sombra de qué?, ¿o las mujeres?, ¿o los in­dígenas? O quizá la pregunta es: ¿son sombra para qué? Detrás de todo racismo o segregación hay un proceso político que lo utiliza como soporte psicológico, soporte para justificar el crimen tras su proyecto por el Bien. ¡Por dios! Es el grito al momento del crimen de las guerras santas, cuando se comete el crimen.

En el caso de los juicios a las brujas, fueron los eruditos, filó­sofos y científicos de la época los que encontraban las señales del diablo en cualquier gesto. El sinsentido ya es un mal suficiente, pero se vuelve realmente peligroso cuando se le pretende poner lógica, concluye Benjamin; hay ocasiones en que no hay nada más loco que la razón.

Hemos estado hablando de la infancia. A los niños no se los ubica como una sombra o tal vez sí, pero de un modo menos evi­dente. Dijiste que a los niños se les teme. Coincido.

La única diversidad que hoy se soporta es la sexual (menos mal) o la de estética artística o pachamámica. La diversidad cuica. La diversidad de la infancia no se soporta, se excluye, se expulsa, se encierra, se medica. Se teme la violencia de los niños. ¿Qué hacer con un niño con conductas violentas? Se tolera un poco más que sea lento, pero no demasiado –escribe Michelson.

Pienso en la estética de la infancia imaginada, es colores paste­les, los monitos siempre cuentan historias en que nunca corren pe­ligro (supongo que eso está bien, de otro modo sería un escándalo), pero preguntaba qué sentirán los niños abandonados, los que están siendo abusados de todas las maneras que existen. ¿Qué pensarán cuando ven esos colores, esos monitos en las casas de acogida, en la sala de espera del consultorio, en tribunales, o en su propia pieza? Piensan que nunca fueron niños, que eso no existe para ellos. Algu­na vez pensé eso sobre mí misma: nunca fui niña. Quizás por eso me parece una desfachatez esos adultos que se creen niños, que hablan como niños, jóvenes ni tan jóvenes kinki (creo que esa es la palabra) que actúan como si fueran siempre “la nueva generación”, llenos de juguetes y narcisismo, ¡qué crimen creer que existe la infancia así!

La infancia es existencial. Llena de obstáculos y de infiernos que crean los adultos a los niños.

Yo nunca creí en el genio. No le tuve nunca miedo a los hom­bres, a pesar de la violencia de mi padre. Le tengo miedo a los padres violentos, a las madres locas, a los padres sin amor. A mí misma como madre.

A los niños se les teme cuando no coinciden con el ideal del color pastel. Se le teme a su sexualidad, su complejidad, su angus­tia. La educación alternativa se jacta de combatir lo tradicional, hablan de diversidad, pero la única diversidad que hoy se soporta es la sexual (menos mal) o la de estética artística o pachamámica. La diversidad cuica. La diversidad de la infancia no se soporta, se excluye, se expulsa, se encierra, se medica. Se teme la violencia de los niños. ¿Qué hacer con un niño con conductas violentas? Se tolera un poco más que sea lento, pero no demasiado.

Pablo de Rokha, el poeta, escribió que Lucifer es el símbolo más triste, el más solo. Supe que mi padre le dijo a alguien: “no me gusta como soy, pero no puedo evitarlo”, sentí la conmiseración, la pena más profunda.

¿Qué pasa con los niños y sus pulsiones? ¿A cuáles se los aban­dona? De eso no queremos saber nada. Se supone que queremos saber de los que son abusados, víctimas. Pero depende de dónde vengan. El Sename sigue siendo el infierno que quedó revelado hace unos años, tras la muerte de una niña se hizo un recuento –macabro– de cuántos niños han fallecido ahí. Quizás porque tras un leve desplazamiento en el imaginario se convierten en delin­cuentes. A los niños malos se les despoja de todo. Son la sombra de la infancia color pastel.

La infancia duele demasiado.

Un abrazo, querida.

 

Le 16 mai 2020 à 13:30, Aïcha Liviana Messina

<alivianamessina@gmail.com> a écrit: Infancia, tiempo, palos en la tierra

 

Querida Constanza,

¿Cómo estás?

El nivel de contagio está siendo muy alto. No sé si es angus­tiante la situación, pero es silenciosa. No estamos frente a la nada, sino frente a algo, que se va a determinar cada día más.

Este aislamiento es difícil. Uno piensa, se mueve, abre los ojos, porque están los otros. Te debo haber hablado mil veces de estos niños abandonados: a algunos se les atrofian los sentidos y por ende el cerebro porque no reciben cariño. Mueren porque en falta de cariño, sus sentidos no se activaron. La vida se cerró. Pero en algunos se les abre la ventana de la imaginación. La resiliencia es esta ventana interna. Me fascina y me emociona mucho esto. Pienso en la vida secreta de los sentidos.

No están los niños hoy en la casa. Ellos no paran, no se aflo­jan. Miran un dibujo animado y lo procesan, el que sea. Saborean la comida. Aunque sea mentira me dicen que cociné bien. Cualifi­can el mundo en permanencia. Hemos salido en monopatín (ante el nuevo periodo de confinamiento). Eran libres como el aire, con sus mascarillas. Qué les importaba la molestia de no besarse. Les importaba moverse, expandirse.

Siempre he visto la infancia como un círculo. Un círculo no marcado. Cuando jóvenes nadábamos en el mar lo más lejos que podíamos. Trazábamos un círculo mental para ver hasta dónde po­díamos ir. En el mejor de los casos, había alguien que llamaba, que gritaba “¡vuelvan a la orilla!”.

La infancia es una voz esperada, un juego nuevo, en general un límite nuevo. Es ir hacia el mundo creándose una memoria.

Emmanuel, mi hijo, cuando aprendió a deslizarse solo por el resbalín, decía siempre: “¿viste mamá?”. Era súper pequeño, pero, literalmente, llamaba la atención. Bajaba por el resbalín para ser visto, para otros, para ser esperado, para la conquista.

Siempre he visto la infancia como un círculo. Un círculo no marcado. Cuando jóvenes nadábamos en el mar lo más lejos que podíamos. Trazábamos un círculo mental para ver hasta dónde po­díamos ir. En el mejor de los casos, había alguien que llamaba, que gritaba ‘¡vuelvan a la orilla!’. Sin duda mi círculo mental se dibujaba porque mi abuelo adorable me llamaba. O porque sabía que me habría llamado –escribe Messina.

“¿Viste mamá? Soy tu hijo, y soy el rey del resbalín”.

Yo soy volada (o aparento serlo), siempre miro hacia otros lugares. Mi atención no se fija. Pero su frase creó como un hoyo dentro de mí, una caja de resonancia. Soy volada, pero soy capaz de escuchar un llanto aunque no sea perceptible.

Es porque sus frases, sus interpelaciones, su alegría maravillosa, han hecho lo que hacen los perritos en la tierra: un hoyo, para depo­sitar algo, nada. No importa qué o si hay algo. El hoyo está hecho. Él es mi hijo profundo porque sus frases forjan mis percepciones. Lo felicito un montón cuando se baja del resbalín. Ahora que esta­mos encerrados, lo felicito cuando baila. Él sabe que no siempre lo veo, que soy volada. Pero no le afecta. Él no espera que lo vea. No existimos en función de un fin, sino por una serie de desvíos. Él solo quiere que esté ahí, en algún lugar, y que forme sus círculos, con Milena. Son lo máximo de la travesura entre los dos. Pero los círculos de la infancia son el máximo aprendizaje.

Hoy no sé dónde ponerme en la casa. Me he dado cuenta de que durante meses había huido de algunos rayos de la luz. Es curio­so esto en una casa: la luz vuelve de manera idéntica en el mismo lugar. Es una repetición que no molesta. Supongo que empieza a molestar cuando uno sabe que hay cosas que no va a volver a vivir. Alguna forma de ser enamorado, o de ser sostenido, o de ser vivo.

La última vez hablamos del antisemitismo, de la violencia, del miedo, y de la infancia.

En el entretiempo salí a dar una vuelta por primera vez. Fui a caminar por estas calles muy bellas en la tarde del barrio (¡un barrio tan hípster que prefiero ni nombrarlo!). Camino igual con una sensación de abismo. Pero camino y es fantástico. Es el cora­zón mismo de la emoción. Una emoción es un movimiento, una apertura. No ha de ser cómoda.

Luego salí a caminar con un amigo. ¡Copuchamos! Pelamos a los mismos de siempre, pero con mascarilla, y entonces sin cachar del todo hasta qué punto era divertido. Pero pelamos. Trazamos nuestro círculo infantil. También preguntamos. Nos regalamos una pregunta. Lo acompañé a su casa y me acompañó a la mía. Fue la única salida amistosa de estos dos meses.

Constanza, hace dos meses que estamos encerrados y solo me comunico por zoom. Estoy bien, pero es difícil. Quisiera plantar una carpa en la tierra y hacer como que este plantar sea mi relación con el tiempo y con los otros. El tiempo es producido por nuestras praxis. Hacer algo junto a otro es producir el tiempo junto a otro.

Hay que hacer lo que se puede, pero hay que producir el tiempo. Si no realmente estaremos muy mal.

Te mando un abrazo grande,

Aïcha

 

Una falla en la lógica del universo, Aïcha Liviana Messina y Constanza Michelson, Ediciones Metales Pesados, 2020, 127 páginas, $10.600.