Mario Vargas Llosa (1936-2025): Rebelión y derrota de los justos

El escritor e historiador peruano subraya en este artículo que tras la muerte del autor de La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral queda un vacío muy difícil de llenar. Ademas de su calidad literaria, plantea, Vargas Llosa era “el único autor en español que ha protagonizado debates, reflexiones y controversias de repercusiones globales”. Al presente texto lo siguen algunos fragmentos del diario que Iwasaki llevó cuando acompañó a Vargas Llosa a Estocolmo, para recibir el Premio Nobel de Literatura el 2010.

por Fernando Iwasaki I 5 Septiembre 2025

Compartir:

Es demasiado pronto para que se comprenda en toda su extensión lo que voy a compartir, pero mi certeza es tan rotunda como la desolación que me invade: Mario Vargas Llosa ha sido el único intelectual global de habla hispana. El único creador y pensador hispanohablante que fue reconocido como par e interlocutor por las más grandes personalidades literarias, políticas, artísticas y doctrinarias de otras lenguas. El único autor en español que ha protagonizado debates, reflexiones y controversias de repercusiones globales. El único intelectual que fue capaz de crear y ocupar en vida un espacio que ha desaparecido con su muerte, pues no existe otra figura en nuestra lengua con prestigio, influencia y universalidad semejantes.

Y que conste que no hablo del Premio Nobel de Literatura. Ni de su ingreso en la Academia Francesa. Ni siquiera de sus ideas, tan denostadas como aplaudidas. Hablo de renombre y admiración, pues antes de recibir el Nobel en 2010, Vargas Llosa ya había sido investido Doctor Honoris Causa por 47 universidades de todo el planeta, como Yale (1994), Harvard (1999), Oxford (2003), Sorbona (2005) y Humboldt (2005). Hablo de autoridad y predicamento, pues antes de ser académico de Francia (sin haber escrito jamás en francés) fue el único autor vivo publicado en la colección La Pléiade de Gallimard. Hablo de compromiso y decencia, porque Vargas Llosa fue el primero que denunció la persecución de los homosexuales durante el castrismo y el primero que recusó por igual a dictadores de todos los signos, como Fidel Castro, Augusto Pinochet, Hugo Chávez, Francisco Franco, Daniel Ortega y Jorge Rafael Videla.

No estoy comparando a Mario Vargas Llosa con ningún otro autor de habla hispana, porque en ese sentido fue único y no admite comparación posible. De hecho, no estoy pensando en premios, traducciones o ventas, sino en un valioso e intangible patrimonio que trasciende a su propia obra literaria, ensayística y periodística. En realidad, contemplando el vacío que ha dejado advierto la clarividencia de la Academia Francesa, pues Vargas Llosa fue capaz de asimilar lo esencial de los autores franceses que siempre admiró: la iniciativa política de Malraux, la apasionada desmesura de Victor Hugo, la condición de hombre-pluma de Flaubert, el compromiso vocacional de Sartre, la ambición transgresora de Bataille, la sensatez iconoclasta de Revel y la racionalidad libertaria y filantrópica de Camus.

Sin valorar todavía su legado literario, de Vargas Llosa podríamos decir que encarnó lo mismo que escribió sobre Sartre en 1980: “Alguien que ejerce un magisterio más allá de lo que sabe, de lo que escribe y aun de lo que dice, un hombre al que una vasta audiencia confiere el poder de legislar sobre asuntos que van desde las grandes cuestiones morales, culturales y políticas hasta las más triviales”. Ahora es imposible que todos perciban lo que planteo, aunque muy pronto advertiremos cómo la lengua española ha perdido interlocución global con la desaparición de Mario Vargas Llosa.

Respecto de su obra, me hace ilusión destacar tres puntos esenciales: la precisión de su escritura, los personajes de sus novelas y las lecciones morales que atesoran sus libros. La prosa precisa de Vargas Llosa siempre me deslumbró más que su técnica narrativa, pues en su afán de mantener una economía verbal consiguió una escritura tan límpida, concisa y rigurosa, que encuentro ideal tanto para aprender a escribir como para aprender español. En cuanto a sus criaturas —el Poeta, Zavalita, Mayta, Urania, Mascarita, don Rigoberto, etc.—, resultan memorables porque asumen con dignidad la épica de la derrota. En sus ensayos y artículos periodísticos Vargas Llosa siempre fustigó la intransigencia ideológica, religiosa y nacionalista, pero en sus ficciones homenajeó a figuras inolvidables que persiguieron en vano justicias nacionales, religiosas o ideológicas, como Antonio Consejero, Flora Tristán o Roger Casement. La tenacidad, el idealismo y una existencia agónica consagrada a la búsqueda de una justicia utópica los redimía, los henchía de un conmovedor aliento épico y los elevaba a la categoría de héroes. Y ahí es donde hallamos la gran lección moral que palpita en los libros de Vargas Llosa: la necesidad de entronizar la justicia. ¿No sería la libertad? De ninguna manera, pues sin justicia no es posible libertad.

El acta del jurado de los académicos suecos definió muy bien la obra de Vargas Llosa —“Cartografía de las estructuras del poder y afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo”—, pues la resistencia de los justos es el eje de Pantaleón y las visitadoras (1973), El hablador (1987), Lituma en los Andes (1993), Los cuadernos de don Rigoberto (1997), Travesuras de la niña mala (2006) y Tiempos recios (2019). Por otro lado, la rebelión de los justos crepita en La casa verde (1966), La fiesta del chivo (2000), El paraíso en la otra esquina (2003) y El héroe discreto (2013). Finalmente, la derrota de los justos es la terrible certeza que nos dejan La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) y El sueño del celta (2010). Mario Vargas Llosa —el último boomcano— era el superviviente de la más brillante promoción de escritores hispanoamericanos y con su muerte hemos perdido todos: la cultura peruana, la literatura latinoamericana y la lengua española.

Diario de Estocolmo
(diciembre de 2010)

07.12.2010: Y Mario hizo nevar de emoción a Estocolmo

Aguardaba el discurso de Mario Vargas Llosa después de haber repasado las alocuciones de Coetzee y Octavio Paz, Günter Grass e Imre Kertész, porque estaba persuadido de que su texto no solo tendría lucidez y compromiso, sino además algo entrañable y personal, como a su manera lo fueron las lecciones de Camus y Orhan Pamuk. Y no nos defraudó, ya que a su habitual clarividencia le añadió sentido del amor y humor al arte.

Así, al repasar su historia sentimental como lector, Vargas Llosa recordó cómo aprendió a leer en Cochabamba con apenas cinco años, descubriendo desde que era un niño las vidas posibles que le ofrecía la literatura a través de las obras de Verne, Dumas y Victor Hugo, los primeros autores que devoró para “convertir el sueño en vida y la vida en sueño”. El inventario de los escritores convocados por Vargas Llosa comenzó con Flaubert, de quien aprendió que la literatura era una disciplina tenaz; Faulkner, cuya lectura le reveló la importancia de la forma; Sartre, esencial para comprender que las palabras también son actos; Orwell y Camus, genuinos espejos morales, y André Malraux, cuya enseñanza consistió en asumir que el heroísmo y la épica todavía son necesarios en nuestra época, porque el fanatismo y las dictaduras son las peores amenazas contra nuestra civilización.

Vargas Llosa estableció las conexiones entre literatura y civilización, afirmando que “la literatura es una fraternidad de la diversidad humana”, pues conmueve por igual a hombres y mujeres de todos los credos, razas y sociedades. Así, gracias a los mundos fraguados por la ficción protestamos contra las insuficiencias de la vida y adquirimos conciencia de la libertad. De ahí que las dictaduras abominen la libertad que palpita en todas las ficciones, pues “los fabuladores propagan la insumisión” y porque los tiranos saben que “un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni desacatos”. Vargas Llosa enfatizó que la literatura supone la civilización para advertir rotundo que “la hazaña de la civilización es la democracia liberal”, acaso “el único camino hacia la felicidad que finge la literatura”.

Sin embargo, el Nobel peruano advirtió que la verdadera pesadilla de nuestra época es el fanatismo religioso y nacionalista, encarnado en el nihilismo suicida del terrorismo contemporáneo. Con la autoridad que le confiere haber poblado sus libros de fanáticos de todas las raleas —pienso en Galileo Gall, Alejandro Mayta, el Consejero, Mascarita, etc.—, Vargas Llosa nos exhortó a combatir a los fanáticos en nombre de la civilización que preservan la libertad y la literatura, porque “la ficción es necesaria para que la civilización siga existiendo”.

Como en sus mejores novelas, el discurso del escritor peruano fue rico en reflexiones políticas, memorias personales, digresiones literarias y conmovedoras gratitudes, que a medida que avanzaba el discurso le permitieron retomar temas, interpolar ejemplos y desplazarse por esa vasta “cartografía” geográfica y sentimental que tanto destacaron los académicos suecos. Así, Vargas Llosa reconoció sus deudas con París y Barcelona, España y el Perú, Carmen Balcells y Carlos Barral, Isaiah Berlin y Karl Popper, Julian Sorel y Ana Karenina, Comala y el improbable Sur donde fue apuñalado Juan Dahlmann. En realidad, al entreverar ficción y no ficción, países imaginarios y territorios del atlas, personajes literarios y personas de “carne” y hueso, Vargas Llosa puso al mismo nivel sus querencias y lealtades, ya que reclamó para sí todas las ciudadanías de su felicidad (“quiero a España tanto como al Perú”, sentenció) e hizo hincapié en que el amor a los países no es obligatorio, sino íntimo, libre y entrañable como el de los amantes, los padres o los amigos.

Al comenzar su discurso, Mario Vargas Llosa confesó conmovido que a su madre le habría encantado estar en aquella sala, y entonces me alegré de que sí estuvieran allí Carmen Balcells, Fernando de Szyszlo, Freddy Cooper y tantos amigos que han venido de tan lejos para contemplar cómo Mario Vargas Llosa ha hecho nevar de emoción a Estocolmo.


07.12.2010: “¡El Perú es Patricia!”

Hubo un momento mágico durante la lectura del discurso del Nobel. Mario nos estaba diciendo que la patria no es más que un puñado de recuerdos o la certeza de tener un hogar, y así el Perú podía ser Arequipa, la esquina de Diego Ferré, la redacción de La Crónica o los amigos del Movimiento Libertad, cuando de pronto exclamo: “¡Patricia es el Perú!”, y con la voz rota comenzó a decirle cuánto la quiere y cuánto le debe. La conmoción era tan grande, que nadie se esperó la risueña media verónica con la que abrochó el lance: “Hasta cuando me riñe me hace el mejor de los elogios: ¡Mario, para lo único que tú sirves es para escribir!”. Y yo me alegré por Álvaro, Gonzalo y Morgana. Y por todos los nietos. Pero sobre todo por Patricia.


08.12.2010: Paisaje después del discurso

Los peruanos felicitamos a la Navidad, el Año Nuevo e incluso las Fiestas Patrias, pero nunca nos habíamos dado enhorabuenas por un triunfo individual como el Nobel de Literatura. Sin embargo, mientras las autoridades contemplaban las fotografías y manuscritos de la exposición “Mario Vargas Llosa: la libertad y la vida”, los peruanos que coincidimos en el Instituto Cervantes de Estocolmo no dejábamos de abrazarnos y de congratularnos por el discurso de Mario, la felicidad de los Vargas Llosa y el aprecio de España y los españoles por la obra, el ejemplo y la persona del más ilustre de nuestros paisanos. Para mí, que vivo en Sevilla desde hace más de 20 años, tales muestras de afecto no son ningún secreto, mas para el centenar de amigos, periodistas, diplomáticos y autoridades provenientes del Perú, ver juntas en Estocolmo a la ministra de Cultura española y a la directora general del Instituto Cervantes ha supuesto un pasmo y otro masaje en el ego.

“Mario Vargas Llosa: la libertad y la vida” es una exposición diseñada por la Universidad Católica de Lima y que gracias al patrocinio del Instituto Cervantes se expuso en septiembre pasado en la Maison de l’Amérique Latine de París. Con ocasión del galardón de la Academia Sueca, una selección de aquella muestra ha venido hasta Estocolmo y todos los invitados a la inauguración comentamos que ha sido como ver las ilustraciones del texto leído por Mario el día anterior. El paisaje después del discurso del Nobel.

En efecto, en “Mario Vargas Llosa: la libertad y la vida” hay fotos, cartas, manuscritos, rarezas editoriales y todas esas virguerías que vuelven locos a los fetichistas literarios y a los hispanistas extranjeros, esos cazadores de coloquialismos de Triana o Chumbivilcas, pero sobre todo de reliquias de sus autores favoritos. No obstante, en medio de aquel esplendor de recuerdos y memorias, las nietas del escritor estaban fascinadas de formar parte de aquella exposición, tal como Alonso Quijano cuando conversaba con los lectores de la primera parte del Quijote en la segunda parte de las aventuras del Caballero de la Triste Figura. Ahí estaban los libros, las ciudades bienhalladas, los amigos escritores, las pasiones de entonces y los acontecimientos de ahora, pero sobre todo los hijos, por supuesto los nietos y siempre Patricia, porque Patricia viene de “patria” para Mario.

La editorial Gallimard editó en septiembre pasado un bello catálogo para esta edición, aunque el discurso del Premio Nobel —“Elogio de la lectura y la ficción”— les ha concedido un sentido nuevo a las piezas reunidas en “Mario Vargas Llosa: la libertad y la vida”, ya que desde ayer sabemos que la literatura es la suma de ambas.

Vargas Llosa fue capaz de asimilar lo esencial de los autores franceses que siempre admiró: la iniciativa política de Malraux, la apasionada desmesura de Victor Hugo, la condición de hombre-pluma de Flaubert, el compromiso vocacional de Sartre, la ambición transgresora de Bataille, la sensatez iconoclasta de Revel y la racionalidad libertaria y filantrópica de Camus.

09.12.2010: Contra viento y nevadas

La “nevada” es una aprensión más bien volcánica y que solo afecta a los nacidos en Arequipa, exasperándoles el carácter y erizándoles la susceptibilidad. Sin embargo, las nevadas de Estocolmo han tenido un efecto bienhechor en el ánimo de Mario Vargas Llosa, quien ha atendido a los medios de prensa en cuatro lenguas distintas, ha debatido con los demás premiados por la Academia Sueca y ha impartido una clase a los estudiantes de la Rinkeby School, una escuela especial para hijos de inmigrantes. Como se puede apreciar, las nevadas de Estocolmo endulzan el temperamento de los arequipeños, aunque Vargas Llosa se haya quedado afónico en el intento.

Entre el debate de los “Nobel Minds” celebrado en la biblioteca Bernardotte del Palacio Real y la visita a la Rinkeby School, Vargas Llosa ha disfrutado del cariño de los amigos, los hijos y los nietos, mientras Patricia —en efecto— gestionaba las entrevistas, las sesiones de fotos y las invitaciones que recibe sin cesar por móviles, faxes y correos electrónicos. Todas las colaboradoras de Mario se han reunido en Estocolmo durante estos días, lo mismo para disfrutar que para seguir trabajando, porque Rosi, Lucía, Fiorella y Verónica son quienes ayudan a Patricia a procesar una agenda que después del Premio Nobel de Literatura se ha multiplicado de forma exponencial.

Por eso me ha parecido entrañable que —en medio del vértigo de sus actividades— Mario se diera tiempo para hacerles cariños a Isabela y Anaís, Josefina y Ariadna, Aitana y Leandro. “Abuelo, no hables tanto”, le advirtió Aitana, preocupada por su ronquera. Mario se ríe y celebra la amonestación de su nieta agregando divertido: “Ya solo falta que me diga que hable menos y escriba más”.

Pasada la emoción del discurso del Nobel, muchos periodistas y curiosos han querido que matice algunas cosas o que hable de las que se dejó en el tintero, pero Vargas Llosa sonríe y pasa de los temas ásperos y polémicos. ¿Para qué hablar de otros asuntos? Estocolmo está blanca como una novia y toda Suecia es una fiesta en su honor. Quienes lo conocemos y sabemos cuántas circunstancias difíciles ha tenido que vivir antes de recibir la más alta de las distinciones literarias no solo tenemos la certeza de que se la merece, sino que incluso ha tenido (y tiene) la grandeza de no hacer reproches ni de ajustarle cuentas a nadie.

Ahora que todos hablan de sus novelas, a mí me hace ilusión recordar sus ensayos, como Desafíos a la libertad o Contra viento y marea, dos títulos que retratan a Vargas Llosa tal como es todavía. A saber, riguroso, brillante, humilde y desprendido. Eso sí, ahora mismo es algo menos vehemente, porque las nevadas de Estocolmo endulzan a los arequipeños.


10.12.10: El Nobel de la lengua española

Cuando el escritor y académico sueco Per Wätsberg se dirigió a Mario Vargas Llosa en español y no en inglés, todos cuantos seguíamos la ceremonia tuvimos la certeza de que en la obra y persona del Nobel peruano se reconocía la grandeza y universalidad de la lengua española y la literatura en español, pues para cifrar el mundo literario del premiado Per Wätsberg tuvo que convocar a Tolstói, Flaubert, Faulkner, Camus, Balzac y Sartre, entre otros clásicos que se disuelven en el torrente de la obra del nuevo clásico de la lengua española.

La víspera de la entrega del Nobel de Literatura estuvo marcada por dos actos singulares. A saber, la recepción de la Fundación Nobel en el Nordic Museum y la cena que el gobierno peruano celebró en el Dance Museum, dos eventos donde hispanohablantes de todas las nacionalidades nos unimos una vez más para festejar el premio de Vargas Llosa.

Así, en la recepción de la Fundación Nobel la delegación oficial peruana compartió su protagonismo con la ministra de Cultura de España, la directora del Instituto Cervantes y el cuerpo diplomático español y del resto de países latinoamericanos que se acercaron al Nordic Museum para cumplimentar al Nobel de Literatura. A pesar de formar parte del estricto protocolo oficial, la recepción de la Fundación Nobel destacó por su sencillez y por la intensidad del trabajo en los guardarropas, porque las galas de los invitados estaban sepultadas bajo los abrigos, las botas y los gorros polares.

El Dance Museum está a unos cientos de metros del Nordic Museum, mas como era imposible atravesar el temporal de nieve con tacones o trajeados de etiqueta, los coches y autobuses de la organización hicieron varios viajes que aumentaron las esperas a la intemperie. Y Mario Vargas Llosa ya no solo estaba afónico, sino con los primeros síntomas de fiebre.

La delegación oficial peruana estaba presidida por el pintor Fernando de Szyszlo, amigo entrañable del Premio Nobel y embajador en Misión Especial nombrado para la ocasión por el gobierno de Alan García, quien pronunció unas breves y conmovedoras palabras que fueron respondidas con el mismo cariño por Vargas Llosa: “Fernando es uno de los amigos que más quiero y admiro, y tal vez la única persona con la que no he discrepado jamás”. Todos aplaudíamos, muchos llorábamos y nadie quería recordar episodios negativos del pasado, abolidos para siempre por la felicidad del Nobel. Así, en la cena coincidieron familiares y amigos de la infancia, editores y estudiosos de la obra de Vargas Llosa, compañeros del Movimiento Libertad y todos los que de forma voluntaria y desinteresada decidimos acercarnos hasta Estocolmo para arropar a Mario en el momento más grande de su carrera literaria.

Si en su maravilloso discurso Vargas Llosa confesó cuánto echaba en falta a su madre, contemplando la felicidad de los asistentes me acordé de “Cartucho” Miró Quesada y “Pipo” Thorndike, de Luis García Berlanga y Guillermo Cabrera Infante, entre otros amigos ausentes a quienes les habría encantado disfrutar de la fiesta del Nobel. Por eso, Fernando de Szyszlo, Carmen Balcells, José Miguel Oviedo y todos los comensales del Dance Museum nos congratulábamos por haber podido estar ahí y vivir aquella fiesta junto a Mario, quien tuvo que retirase más temprano por culpa de la fiebre.

El día de la entrega del Premio Nobel amaneció soleado, aunque la luz solar se extinguió antes de la una del mediodía. Para entonces el Grand Hotel era un revuelo de periodistas, fotógrafos, sastres, modistas y peluqueras. Algunos editores recién llegados en la víspera habían perdido sus equipajes y se vieron en la urgencia de alquilar los trajes del protocolo. Ni las fotos en familia ni ver a los niños tan guapos aportó algún instante de calma, pues cuando nos enteramos de que Carmen Balcells había tenido que regresar a Barcelona por razones familiares se nos encogió el corazón. Si alguien merecía estar junto a los Vargas Llosa en primera fila, esa era Carmen Balcells.

Para uno que ha visto ensayar y probar sonido a tantos artistas flamencos, nunca me habría imaginado que los Premios Nobel serían todavía más ajenos ante el “estreno” que se les avecinaba en el Stockholm Concert Hall. No hay como ser Nobel de Química o de Economía para ser invulnerable al miedo escénico. O al menos eso creerían ellos, porque seguro que nunca se imaginaron que Vargas Llosa sería despedido del lobby del Grand Hotel como una estrella del rock.

En efecto, la aparición de cada miembro de la familia Vargas Llosa era recibida entre gritos, piropos, hurras y felicitaciones, para asombro de los demás premiados que habían viajado hasta Estocolmo sin fans, hinchas o grupis. ¿De dónde había salido toda esa fervorosa marabunta que coreaba el nombre del Nobel de Literatura? Para que nadie se resintiera, le hicimos la ola al Nobel de Física y cuando llegó uno de los galardonados en Química le dedicamos la conocida melodía de “Soy japonés, japonés, japonés…”. Hasta que Mario Vargas Llosa salió del ascensor.

Todos los amigos peruanos y españoles, argentinos y colombianos, chilenos y cubanos que habíamos decidido ir a Estocolmo por nuestra cuenta, para darnos el gusto de expresarle a Mario todo nuestro cariño y admiración, seguro que nunca imaginamos que la emoción sería tan grande y la explosión de alegría tan inmensa. Al verlo salir entre aplausos y banderitas peruanas, pensé que no podía haber justicia mayor y que la obra y la persona de Mario, su familia y sus seres queridos se merecían una fiesta así, un reconocimiento así, una felicidad así.

El jolgorio continuó en el “Stockholm Room” del Grand Hotel, donde a través de una pantalla gigante seguimos la transmisión por el canal sueco SVT 1. Debo admitir que solo recuerdo una situación semejante: cuando vi la final de la Eurocopa 2008 desde un abarrotado salón del Colegio de España de París. Entonces todos nos abrazábamos y saltábamos por el triunfo de España, pero ahí en Estocolmo era muy distinto, porque la mayoría llorábamos o nos felicitábamos porque nos reconocíamos felices en la gloria y la posteridad de Mario Vargas Llosa. Qué maravilla por Álvaro, que tantos sinsabores ha vivido junto a su padre; que extraordinario por Gonzalo, que es la discreción encarnada; qué alegría por Morgana, cuyas bellísimas fotografías también narran historias, y qué felicidad por Patricia, porque solo ella sabe cuántas privaciones y renuncias personales suyas han permitido que todos vivamos este momento.

Mario Vargas Llosa es el undécimo Premio Nobel de la lengua española, pero sin duda es el primero que todos los hispanohablantes sentimos como propio.

Posdata: Laus Patricia

Tras la partida de Mario Vargas Llosa he leído numerosos artículos que ponderan su obra y su figura, pero a mí me gustaría hacer hincapié en lo afortunado que fue al contar con Patricia Llosa en los momentos estelares de su trayectoria, pues Patricia no solo fue la madre de sus hijos, sino que a su lado escribió sus mejores libros, con ella compartió los episodios más duros y dulces de su vida, y fue ella quien lo acompañó en sus últimos días, después de unos años de separación. Para comprender el maravilloso papel de Patricia, debo compararla con Friderike Zweig, quien veló por el legado de su exmarido Stefan; con Aurora Bernárdez, quien arropó a su exmarido Julio Cortázar hasta que falleció, y con Elizabeth Howard, quien acompañó en la enfermedad a su exmarido Kingsley Amis.

No estoy hablando de “viudas de escritores”. Hablo de mujeres excepcionales como Sylvia Beach y Olga Ivinskaya, cuya amorosa lealtad hacia sus exparejas no siempre ha sido bien entendida ni valorada. ¿Cuántos hombres han hecho lo mismo por sus exmujeres?

He creído imprescindible precisar la valía y el lugar de Patricia Llosa en la vida y la memoria de Mario Vargas Llosa.

Relacionados