Hombres de sangre

por Bernardita Bravo Pelizzola I 11 Noviembre 2025

Compartir:

“Una historia rara vez se concluye al final de un libro”, dice Ana Paula Maia a propósito de la publicación de su última novela, Búfalos salvajes. Nacida en Nova Iguaçu, Brasil, en 1977, es una voz particular dentro de la literatura latinoamericana contemporánea. Inspirada en los wésterns norteamericanos que veía cuando pequeña y en la literatura rusa, sus historias están pobladas de personajes masculinos enfrentados a la violencia y la muerte en zonas rurales.

En Búfalos salvajes regresan Edgar Wilson, Espartacus, Tomás y Bronco Gil, personajes que aparecen anteriormente en Entierre a sus muertos y De cada quinientos un alma. Ahora ellos giran en torno a un matadero de búfalos que colinda con un circo, el “de las revelaciones”, mezcla de misticismo, religión y espectáculo, que tensionará la acción, le agregará misterio e intensificará el sinsentido de la vida. Como telón de fondo hay una epidemia que ya se ha ido, pero aún queda una atmósfera taciturna que tiene a “cada uno inmerso en sus propios dolores”, con el recuerdo de cientos de cuerpos arrojados al fuego y pilas de cadáveres enterrados unto a un lago. En esta trenza de “hombres simples que trabajan” en un pueblo inhóspito, como la misma autora los describe —pues o le interesa narrar crisis existenciales citadinas—, y una trama que a ratos puede resultar algo esquemática, subyacen capas dignas de desenterrar, capas que van más allá de la anécdota, instalando un imaginario consistente en el proyecto literario de la autora.

Nuestra relación con el animal nunca es natural: siempre está la posibilidad de conferirle demasiado… o demasiado poco: la indolencia y pragmatismo económico de la industria alimentaria se entremezcla con las prácticas más naturalizadas de muerte animal o con aquel frenesí que surge cuando nuestro poder tambalea: ejercemos la violencia ante la amenaza potencial de otras especies y sin mucho esfuerzo las hacemos desaparecer. Por otro lado, la domesticación se ha vuelto una forma de apropiación que en ocasiones raya en lo nocivo, aunque se revista de amor y cuidado. Ni esta cercanía excesiva ni la explotación a destajo se ajustan al vínculo entre animales y humanos en esta historia, que más se asemeja a una relación sin jerarquías, donde la convergencia de fuerzas permite que el animal siga siendo salvaje porque los hombres también lo son. Como si fuesen de la misma especie (y el vínculo entre uno y su especie siempre conlleva un aspecto coercitivo), de alguna manera saben que pueden dañarse y aniquilarse sin piedad ni culpa, pero también, tender hacia el afecto.

Edgar Wilson encuentra en estas páginas a un perro herido y, preocupado de curarlo y alimentarlo, piensa que será bueno tenerlo para “que le siga el rastro, lo ayude en su trabajo y lo proteja de cualquier cosa”. Al mismo tiempo, cuando descuera y destripa animales con precisión y destreza, “sabe que está cumpliendo con su cometido, que es poner fin a la vida y no enfrentarse a una muerte desfigurada y vejatoria”. A modo de metáfora, se plantea la dimensión ética del cazador, que no dispara más allá del límite permitido y mantiene la distancia necesaria para que el animal tenga la oportunidad de escapar. El acto de matar, dentro de un tiempo y con un fin, se concibe como parte del ciclo vital, como una muerte natural en vez de oponérsele, implantando respeto en la brutalidad. “El acto de matar lo acerca a la sangre, que es la vida —escribe Ana Paula Maia—. Quien sabe matar también se vuelve capaz de hacer vivir”.

Estas ideas, encarnadas en los cuerpos vivos en acción entre animales y hombres, son reforzadas por un narrador que inyecta a esta simbiosis una dosis de consignas y sentencias que iguala las condiciones: “Todos los búfalos están confinados, los hombres también”; “Carnes para que la tierra los devore indiscriminadamente. No hay súplica, ni ningún otro tipo de manifestación. Salvaje es la muerte”.

En Búfalos salvajes, a la muerte se la trata sin eufemismos ni melodrama: ‘Los muertos permanecen para contar lo que pasó’; ‘los muertos son de la tierra, el espíritu es de Dios’. La pérdida se desplaza a lo que muere dentro de los personajes mientras están vivos. La epidemia incrusta en ellos un paisaje desolador, lo conocido deja de existir para dar paso a ‘un nuevo comienzo basado en esta suspensión de las emociones’.

El riesgo corre para todos, se sacrifica un búfalo, se asesina a un payaso y nadie nota la diferencia. A lo largo de la historia se insiste en un tono dogmático, mezcla de sino trágico y apertura a una sutileza que se toca pero no se obtiene. En definitiva, una reflexión que adquiere un compromiso con esos personajes aparentemente desafectados que pueblan esta novela. Ante la violencia que los traspasa, los cuerpos se repliegan y la naturaleza es más vasta. La animalidad porta el misterio sin objeciones; mientras que ante él, los hombres, sin miedo pero inquietos, alardean o se hunden, se exaltan o caen en la abyección: “Comemos búfalo pensando que es ternera y así, mientras el sabor sea similar, podemos comer cualquier cosa”. Frente al hambre por sobrevivir o al ardor de algún deseo, la textura de la animalidad no discrimina, y la novela realiza un giro frente al fanatismo oportunista o al pseudo fanatismo de ciertas posturas animalistas.

En Búfalos salvajes, a la muerte se la trata sin eufemismos ni melodrama: “Los muertos permanecen para contar lo que pasó”; “los muertos son de la tierra, el espíritu es de Dios”. La pérdida se desplaza a lo que muere dentro de los personajes mientras están vivos. La epidemia incrusta en ellos un paisaje desolador, lo conocido deja de existir para dar paso a “un nuevo comienzo basado en esta suspensión de las emociones”.

A la vez, la irrupción del circo, con la joven Azalea que puede vislumbrar el futuro y un gallo sin cabeza que sigue vivo para deleite de sus espectadores y conmoción de Edgar Wilson (“Esa pequeña criatura vive sin fundamento ni explicación”), sirve como gatillo para que irrumpa el misterio, aquello que se muestra y a la vez se oculta. Los actos mecánicos del trabajo tambalean ante la intromisión de una suerte de misticismo algo burdo, que aun así asienta una dimensión sobrenatural. Los hombres se ven desafiados en la percepción que tienen de sí mismos y los demás, y se vuelven extraños en su propia tierra. Esta sensación de desarraigo es clave para revelar su vulnerabilidad: el problema no es la muerte, sino la existencia de ese otro, una incógnita que no puede resolverse y que disloca su estoicismo. Desacostumbrados al asombro, este los perturba y desagrada más que lo definitivo: ahora son capaces de percibir lo etéreo pero no verse envueltos en él.

En esa bisagra tambalean y, en un acto defensivo, redoblan su frialdad y agresión, mientras se dan cuenta de que “el tiempo de matar y de morir se prolonga y el final nunca llega. Cada día, las horas de oscuridad avanzan hacia la luz, pero esa luz es cada vez más ligera e inútil”. La carne se funde con lo fantasmal proyectado hacia un camino infinito y, por ende, poco soportable, que deriva en el vacío de lo cotidiano. Este descubrimiento los derrota y los vuelve devorables, como a los búfalos: “Búfalos y hombres. Todos se dirigen hacia la muerte. La misma angustia, el mismo espectro de la oscuridad”, leemos.

En este mismo sentido y pese o gracias a sus convicciones, el narrador construye un universo que también intenta descifrar, sin resolverlo del todo. Esta novela breve funciona como un híper cuento respecto de sus libros anteriores, una historia mayor atada a un punto oscuro. Ya encontramos atisbos de ello en Entierre a sus muertos, con ese final que evidencia que algo le ha sido arrebatado al hombre, y que la naturaleza solo se encarga de mostrar, sin intención de alterar el curso pero, de cierto modo prefigurando un secreto que derivará en nuevos enigmas: “Los buitres se mantienen a distancia, posando sobre las ramas más altas y observando tranquilos el trabajo de los hombres, que a ratos alzan la vista e investigan de punta a punta el cielo, como si todavía esperaran algo peor”. Ni la violencia ni la muerte causan escándalo dentro de estas historias, y quizás la invitación es que el lector se aproxime a ellas lejos de un punto de vista ético, que en muchos casos empobrecen o reducen la propuesta estética de una obra. Lo imprevisible, la posibilidad de que el mal sea una manifestación temporal de un bien todavía oculto, se desplaza también a la escritura misma, y cabe preguntarse si con Búfalos salvajes la exploración ha terminado o si su final se desplazará, tal como el de estos hombres de sangre entregados a la ambigüedad de un corazón palpitante.

 


Búfalos salvajes, Ana Paula Maia, traducción de Mario Cámara, Eterna Cadencia, 2025, 128 páginas, $23.000.

Relacionados

El resplandor de la basura

por Vicente Undurraga

Borradores

por Lorena Amaro