
Una detallada biografía de Jacob y Wilhelm Grimm, la primera publicada en inglés en más de medio siglo, da cuenta de una obra erudita monumental más allá de la célebre colección de cuentos de hadas. Su proyecto de configurar una identidad nacional alemana antes de la unificación es a la vez visionario y problemático.
por Sergio Missana I 28 Noviembre 2025
La posteridad ha sido justa e injusta con los hermanos Grimm. Ha sido justa al fundirlos en una sola entidad, casi una persona, a pesar de tratarse de individuos con temperamentos e incluso intereses distintos. Jacob (1785-1863) era retraído y tuvo una carrera académica más exitosa que el sociable Wilhelm (1786-1859). En vida fueron inseparables, al punto que alguien señaló que vivían “como marido y mujer”. Wilhelm se casó, Jacob compartió el hogar con la pareja y sus hijos. La posteridad ha sido injusta porque hoy se los conoce casi exclusivamente por su colección de cuentos de hadas, solo uno de entre numerosos proyectos. Se consideraban estudiosos, no narradores, pero la historia los recuerda como tales.
The Brothers Grimm: A Biography, de Ann Schmiesing, sitúa la trayectoria de los hermanos en medio de una época turbulenta, marcada por la invasión napoleónica de su estado natal (Hessen) y el colapso del Sacro Imperio Romano Germánico. El mayor y más influyente de los Grimm, Jacob, fue bibliotecario personal de Jérôme Bonaparte, hermano de Napoleón, a quien este nombró rey de Westfalia. Jacob también fue delegado al Congreso de Viena (1814-15) y representante en la Asamblea Nacional de Frankfurt de 1848, cargos que cumplió sin entusiasmo, ya que lo alejaban de su labor de investigación y estudio. Ambos hermanos tuvieron vidas profesionales inestables, marcadas por la necesidad de ganarse la vida y sostener al resto de su familia, a partir de la inesperada muerte de su padre de una neumonía cuando eran adolescentes.
Ayudaron a fundar o hicieron contribuciones significativas en diversos campos del conocimiento, incluyendo la lingüística, la filología y los estudios folclóricos. En 1846, el escritor inglés William Thoms acuñó el neologismo folklore inspirado en Jacob. Los hermanos publicaron análisis sobre poemas medievales, incluyendo el Cantar de los Nibelungos, y una colección de Leyendas alemanas. En sus estudios de fonética, Jacob postuló la llamada “Ley de Grimm” que describe los cambios de sonido de ciertas consonantes en su paso de otros idiomas indoeuropeos al alemán. Publicó una Gramática que no contiene reglas, optando por una visión histórica, orgánica y evolutiva del lenguaje. Mitología germana, de Jacob, es un estudio comparativo de mitos de diversas culturas, y tuvo mayor impacto que los cuentos de hadas. Además, ejerció una influencia decisiva sobre Wagner. En sus años finales, empujados por la necesidad económica, ambos hermanos se abocaron a la elaboración de un monumental Diccionario alemán, que quedó inconcluso al momento de la muerte de Jacob (iban en la letra F).
Cuentos de la infancia y del hogar (1812 y 1815), fruto de una colaboración por partes iguales de ambos hermanos, no fue un éxito de ventas en lengua alemana durante la vida de los Grimm. Incluye clásicos como “Blancanieves”, “La Cenicienta”, “Caperucita roja”, “Hänsel y Gretel”, “La bella durmiente”, “Rapunzel”, “El gato con botas” y “Pulgarcito”. El libro causó cierto desconcierto inicial, debido a la incongruencia entre el título y el contenido oscuro y violento de algunos relatos, no del todo apto para niños, además de contener una profusión de doctas notas académicas. Fue objeto de numerosas ediciones ampliadas a cargo de Wilhelm, quien siguió recopilando cuentos y fue adaptando los originales a la cultura burguesa y a los roles de género imperantes en el siglo XIX, de modo que los personajes femeninos fueron adquiriendo un comportamiento cada vez más más pasivo.
Los Grimm se propusieron transcribir versiones sencillas de cuentos tradicionales, en contraste con las estilizadas (en algunos casos de los mismos relatos) que Charles Perrault había publicado el siglo anterior en Francia. En su biografía, Schmiesing desarticula el mito, alimentado por los propios hermanos, de que recolectaron su material de boca de ancianas campesinas. La mayoría de sus informantes fueron mujeres jóvenes educadas, que relataron historias recogidas de personas a su servicio. Una de sus pocas informantes de clase popular, Dorothea Viehmann, era de ascendencia hugonote, lo que explicaría el origen francés de algunos cuentos.
Esta colección fue congruente con el proyecto mayor de los Grimm, emparentado con el llamado “Romanticismo de Heidelberg”, de fundar una identidad alemana que aglutinara diversas entidades políticas fragmentadas en una sola nación y en rechazo a la ocupación francesa. Los Grimm intentaron articular esa identidad en torno a una lengua común y tradiciones culturales, no sobre la base de categorías biológicas o raciales. Fueron germanistas antes de que existiera Alemania, que completó su unificación en 1871, poco después de su muerte. Sus ideas serían tergiversadas y cooptadas por el etnonacionalismo de finales del siglo XIX y por el nazismo en el XX.
La labor de los Grimm entroncó con el interés del Romanticismo por acercarse a la cultura oral en búsqueda de autenticidad. Trazaron una distinción, más bien cuestionable, entre “poesía natural” (originada en la épica, que habría dejado trazas en cuentos y leyendas populares) y “poesía artística”, que les parecía artificial. Hessen, región montañosa relativamente aislada, les parecía un repositorio natural de esa tradición rural que proponían rescatar de la urbanización e industrialización. Buscaron mantener la “pureza” y simplicidad de los cuentos publicándolos con un mínimo de edición. Pero la redacción y posteriores revisiones por parte de Wilhelm requirieron decisiones editoriales arbitrarias, al dar prioridad a ciertas variantes de los relatos o mezclar versiones.
El proyecto proto-nacionalista de los Grimm ha envejecido y debe entenderse en su contexto. Las “tradiciones inventadas” o “comunidades imaginarias” nacionales dejarían un legado de luces y sombras. En cambio, los cuentos perduran, dotados de una vitalidad inagotable. Han sido objeto de reelaboraciones literarias, interpretaciones psicoanalíticas (comenzando por Freud y Jung) e incontables encarnaciones en la cultura de masas, incluyendo su “disneyficación” en Estados Unidos. Einstein habría afirmado que aquellos padres que quieran tener hijos inteligentes debieran leerles cuentos de hadas. Wilhelm Grimm —en sus ensayos en sucesivas ediciones de los Cuentos— aludió a un hecho misterioso: relatos muy similares se encuentran en diversas culturas sin que haya existido un contacto directo o líneas de trasmisión verificables. El contar historias parece ser una instancia de lo que el antropólogo Donald Brown llamó “universales humanos”. Ocurre en todas las culturas. Lo curioso es que muchos relatos tienen elementos comunes. El hábito de contar historias antecedió a la literatura (que fue durante siglos una manifestación prestigiosa de ese “universal”) y es posible que le sobreviva, como ya ocurre en las redes sociales y en un mundo progresivamente post letrado.

The Brothers Grimm: A Biography, Ann Schmiesing, Yale University Press, 2024, 384 páginas, $19.000.