
La interpretación de los sueños, escrito hacia 1899, pero post datado para hacerlo coincidir con el nuevo siglo y cuya versión definitiva se alcanzó recién en la octava edición, luego de intercambios de Freud con múltiples corresponsales que le contaban sus sueños o ensayaban interpretarlos, muestra que en la actividad onírica se despliega una extraña forma de escritura que revela, al mismo tiempo, el lugar que la ficción posee en la condición humana.
por Carlos Peña I 12 Enero 2026
Un padre vio morir a su hijo luego de una larga enfermedad. En el velatorio yace el cuerpo de su hijo, rodeado de velones. El padre, cansado de dolor, sueña que su hijo está de pie junto a su cama, le toma el brazo y le susurra: “Padre, padre, ¿no ves que ardo?”. El padre despierta, y ve un brazo del cadáver quemado por una vela que le había caído encima.
Al interpretar ese sueño, Freud sugiere que en él se observa el cumplimiento de un deseo del padre dormido: que el hijo siguiera vivo junto a él. Las palabras del sueño —¿no ves que ardo?— serían restos de una escena diurna, palabras investidas de afecto, en las que subyace el anhelo de ver al hijo vivo. Seguramente, observa Freud, el hijo pronunció esas palabras cuando, aún respirando, la fiebre lo abrasaba. Para componer ese sueño, entonces, un deseo y un afecto se ataron a un resto diurno ligado a su vez a unas palabras. El padre, en vez de despertar con el resplandor del incendio, incorporó esa percepción al sueño, transmutándola y extendiendo el sueño como una forma vicaria, sustituta, de extender la vida del hijo. Más tarde, al revisar la doctrina de los sueños (1932), Freud observa que una de las fallas del sueño es “la fijación inconsciente a un trauma”.
En esos planteamientos de Freud, el sueño aparece como “un jeroglífico”, una escritura que debe ser interpretada, pero no para identificar su referencia —puesto que su significación no es lo que él designa— sino para develar el sentido que ella produce a partir de una gramática constituida por el deseo y las vicisitudes del soñador.
La interpretación de los sueños (escrito hacia 1899, pero post datado para hacerlo coincidir con el nuevo siglo y cuya versión definitiva se alcanzó recién en la octava edición, luego de intercambios de Freud con múltiples corresponsales que le contaban sus sueños o ensayaban interpretarlos), presenta así una doble relación con la escritura que conviene explorar. En ese texto se muestra que en los sueños se despliega una extraña forma de escritura que, bien mirada, revela, al mismo tiempo, el lugar que la ficción posee en la condición humana.
Los sueños, explica Freud, aparecen como un contenido manifiesto al que subyace un contenido latente que el primero oculta; pero que, al ocultarlo, expresa y revela. Como estas frases que ahora se extienden sobre el papel, el sueño tendría un significante y un significado, y como advirtió Ferdinand de Saussure, entre ambos habría un abismo, sin nada aparente que permita salvarlo. La interpretación de los sueños consiste entonces en descifrar el contenido manifiesto, o los retazos que el soñador recuerda, para alcanzar de esa forma el contenido latente. Esa tarea interpretativa, va a explicar más tarde, exige dilucidar dos cuestiones distintas. Por una parte, la técnica o el método que ha de seguirse para llevarla a cabo, y de otra parte, una teoría que permita fundarla.
Una sencilla y breve explicación de la técnica nos permitirá asomarnos a la teoría que en ella se insinúa.
La técnica consiste en lograr que el soñador exprese todo aquello que con ocasión del sueño comparezca ante su conciencia. De esa forma las cadenas asociativas que se forman entre las ocurrencias del soñador y el contenido manifiesto permiten asomarse al contenido inconsciente, ese “deseo secreto” —lo llama Freud en su Breve informe sobre el psicoanálisis (1924-1923)—, que el sueño manifiesta. Dicho tránsito, que en ocasiones Freud describe, sirviéndose de una imagen como una trascripción, pero que en realidad es la producción de un sentido, revela un conjunto de mecanismos que configuran lo que llega a la conciencia del soñador (condensación, desplazamiento, metáfora, metonimia, etc.); todos esos elementos que permitieron a Lacan declarar, en su retorno a Freud, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Mediante el estudio del proceso que transforma el deseo latente en el contenido manifiesto, expresa en ese texto, “hemos averiguado lo mejor que sabemos acerca de la vida inconsciente”.
Sin embargo, a la hora de interpretar y, por decirlo así, efectuar el tránsito desde lo manifiesto a lo latente, el intérprete no cuenta con un código universal o compartido, puesto que el simbolismo del sueño dependerá en una medida relevante de las características idiosincrásicas —entre ellas, la particular infancia— del soñador. Y es que el soñador inventa, sin saberlo, su propia gramática.
¿Cuál es la teoría que funda esa técnica o permite explicarse lo que en ella se muestra? La respuesta a esta pregunta es la que permite aseverar que al analizar los sueños, Freud muestra la índole de la escritura, pero al hacerlo también logra asomarse a la esencia de la cultura humana.
Freud imagina el aparato psíquico compuesto de dos sistemas (a veces va a preferir hablar de procesos) enlazados temporal o sucesivamente en una misma dirección. Uno de ellos es el sistema de la motilidad, el que hace posible el movimiento en un sentido amplio; el otro es el sistema perceptivo. Este último, imagina Freud, tiene contacto con el mundo exterior, con las vivencias, algunas de las cuales servirán de material para el contenido manifiesto. El otro sistema, que hace posible la motilidad, cuenta con el inconsciente y de manera previa a él con el preconsciente. Freud imagina el funcionamiento de ese aparato como un tránsito, primero desde el sistema perceptivo que atrae, por decirlo así, a un elemento inconsciente, el que, atado a una representación-palabra, es desfigurado por el preconsciente hasta transformarlo en el sueño. Pero en la medida en que el aparato perceptivo no tiene memoria, para llevar a cabo esa función —y contar con esos retazos de vigilia que alguna vez acaecieron— ha de haber un sistema de huellas mnémicas, que es el que permite las asociaciones propias del sueño. Esas huellas son inconscientes y despertadas por el sistema perceptivo y, desfiguradas por el preconsciente, acaban en el movimiento. Ese esquema, que había sido presentado a Fliess en la carta del 6 de diciembre del año 1896, volverá en Más allá del principio del placer (1920) y persistirá con variaciones hasta el final: un deseo secreto es atraído por una representación-palabra y emboscado en ella aparece en el preconsciente. La representación-palabra aparece, así, movida por un deseo secreto.
Los sueños para Freud no son ni premonitorios, ni una vuelta al pasado, sino que en ellos se produce un presente de manera retardada, como si el presente, el hoy, fuera un ya sido que se configura con los retazos de algo que acaeció, solo que lo habíamos olvidado. El presente, por decirlo así, se estructura como un recuerdo. En esa descripción, el sueño aparece como una escritura que es resultado de un sistema de significantes inconscientes y mudos. Esos significantes inconscientes, atraídos por su asociación con alguna vivencia depositada en la memoria y deformados por el preconsciente, comparecen ante la conciencia. Esa escritura, que conduce a lo que podríamos llamar el texto del sueño, se traza en medio de las brumas del dormir y gracias a un conjunto de inscripciones —huellas mnémicas, las llama Freud— que yacen en la memoria.
En esa síntesis —que es también una simplificación—, asoma el tema de la escritura tal como ella ha sido presentada desde muy antiguo. En la escritura por antonomasia, la Biblia, se advierte que en todo texto existe la letra y el espíritu, y que mientras la primera mata, el segundo que en ella subyace, vivifica (San Pablo, 1 Corintios, 3:6). Y en la tradición jurídica se repite la misma distinción según se lee en el texto del digesto atribuido a Paulo. Comete fraude quien se atiene a la letra, pero traiciona el espíritu. Tanto en la tradición bíblica como en la jurídica, el texto es concebido como el portador de un contenido manifiesto que la tradición jurídica llama littera o verba y otro contenido latente, sensus o mens. La interpretación consiste entonces en descubrir el sensus por debajo del verba o littera (hasta alcanzar lo que los medievales llamarán verbus sensus). Los juristas medievales llevaban a cabo esa tarea identificando lo que llamaban ratio legis, el sentido o finalidad de la ley que, una vez alcanzado, controlaba el trabajo de la interpretación verificando que el sentido fuera compatible o admitido por la letra, pero no determinado por ella. Hay, en la tradición jurídica, algo similar a la búsqueda de un sentido en el trabajo analítico, solo que en este último la ratio legis es el deseo inconsciente del soñador.
Pero no llegan hasta ahí las sugerencias que, a propósito del aparato psíquico, formula Freud, insinuando los rasgos de toda escritura. Cinco años antes de la aparición de la interpretación de los sueños, Freud escribió un texto que luego desechó, conocido como Proyecto de una psicología para neurólogos (1895), donde imagina el aparato psíquico de una forma similar a como aparecerá cinco años más tarde, en el texto de La interpretación. En ese texto que dejó archivado, imaginó dos tipos de neuronas, una de ellas permanentemente influida por la excitación del medio, y la otra inalterable e inmune. Esta última, dice él, poseería barreras de contacto en las que se imprimirían las vivencias que provienen de las primeras. La magnitud de esa impresión —grabada en barreras de contacto que se comunican total o parcialmente— genera la memoria. La existencia de esos dos tipos de neuronas, explica Freud, mostraría la característica de todo sistema neuronal: ser permanentemente receptivo, abierto a la excitación del medio y, a la vez, retentivo, capaz de archivar esas impresiones. Abierto a la multiplicidad de las vivencias y, asimismo, capaz de retenerlas; receptor y archivo, ambas cosas a la vez.
Sin embargo, ¿cómo es posible que el sistema de la memoria retenga la totalidad de la experiencia, siendo, como es obvio, limitado? Si las neuronas, como imagina en el Proyecto, constituyen una materialidad en la que se imprime la experiencia, ¿cómo podría el sistema psíquico estar abierto a registrar e imprimir nuevas experiencias?
Al resolver ese problema, Freud expone la clave de la escritura y de la memoria que aparecía ya en el mito de la invención de la escritura que se cuenta en el Fedro de Platón, y que se reitera más tarde en diversas versiones, hasta alcanzar a Nietzsche o a Borges: la escritura y la memoria, se dijo desde entonces, es una forma de olvido y la realidad a la que intentan referirse no existe o, lo que es lo mismo, huyó para siempre.
Lo que ocurre, explica en un breve y notable texto escrito hacia 1924, que lleva por título El block maravilloso, es que la mente humana funciona como una pizarra que, una vez llena y colmada de anotaciones, debe ser borrada para volver a escribir nuevamente sobre ella. De esa manera, la pizarra registra una nueva escritura; pero la antigua sigue allí como si quien escribe, queriendo borrar sus huellas, no pudiera hacerlo nunca del todo y en cambio, al tachar la vieja escritura, acabara modificándola, reescribiendo lo que en ella se trazó por vez primera, hasta que el original, borroneado por los nuevos textos, se pierde para siempre, salvo un resto que no es más que simple literatura.
Esa idea de Freud, que bien mirada conduce a concebir al sujeto como constituido por una ficción —una idea que el propio Freud formula en La novela familiar del neurótico—, puede ser extendida desde luego a todo el ámbito de la cultura, esa suma de experiencias que, precipitada por siglos, llega hasta nosotros bajo la forma de restos, de vestigios y de archivos debajo de los cuales la realidad, el mundo en el que surgieron, se perdió ya para siempre, de manera que al intentar reconstruirla en realidad solo hacemos literatura, porque la realidad a la que se referían, o a la que pretendían referirse, se perdió para siempre. La cultura aparece como una escritura sobre otra escritura, sin que nunca podamos leer el original.
Así, tanto en La interpretación de los sueños como en el Proyecto de 1895 o en El block maravilloso, una misma idea persigue Freud: la de que el psiquismo humano es una forma de escritura o de inscripción, una escritura sobre la escritura que carece de original, es decir, de una versión primigenia que nos permita conocer la realidad a que el texto se refiere. Los sueños aparecen así plagados de términos no referenciales, como el hircocervo del que habla Aristóteles en el Organon, o los gigantes que, según Cervantes, veía el Quijote. Ni el hircocervo ni los gigantes existen; bien, ¿pero de dónde salieron entonces si no de la misma escritura que simula describirlos y que así produce su significado? El sueño aparece de esta forma como una escritura que produce el objeto al que se refiere. No hay, pues, un original. La escritura produce un sentido y simula una referencia que, como lo muestra el análisis, tiene la tarea de encubrirlo. Esta idea de Freud sugiere el estatus de la literatura de ficción. Por eso tiene toda la razón Javier Marías cuando sostiene que es imposible contar algo si por contar o narrar se entiende la descripción fiel de algo acontecido. El texto literario, en cambio, sería el único que nos permite asomarnos a una realidad inconmovible, porque en ella todo es inventado y el invento es lo único que sabemos de verdad. Suele decirse que la literatura nos permite evadirnos de una realidad que nos escuece y nos irrita. Y es cierto, solo que, si le creemos a Freud, la realidad de la que huimos es la que se oculta en los sueños.
El sueño con que se inició este texto, leído por Lacan y por Žižek, muestra lo anterior. Veámoslo de nuevo.
Un padre vela a su hijo que yace muerto, rodeado de velas encendidas. Cansado, se retira a la pieza contigua a dormir un momento. Sueña entonces que su hijo está a su lado, de pie junto a su cama, y lo despierta susurrándole este reproche: Padre, ¿no ves que ardo?
Freud sugiere que la presencia del hijo en el sueño le permitía al padre seguir durmiendo, hasta que el olor a carne quemada lo despierta. Žižek, siguiendo a Lacan (quien había dicho que, al revés que los de Freud, sus sueños no estaban inspirados por el deseo de dormir, sino por el deseo de despertar), interpreta el sueño diciendo en cambio que el padre despertó “para poder seguir sonando”. El sueño le revelaba la culpa que sentía por la muerte de su hijo, esa era la verdad de su inconsciente, y para huir de ella, despierta. Aquella parte de nuestra condición no simbolizada, que no puede ser expresada, y que no comprendemos, y de la que en la vigilia huimos al ocuparnos de esto y de lo otro, asomaría en los sueños, mostrándonos esa realidad que no vemos, ese vacío que nos rodea y nos amenaza y al que nos asomamos gracias a los sueños y la literatura.

La interpretación de los sueños, Sigmund Freud, traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, Alianza, 2011, 432 páginas, $30.890.