El hilo de Ginzburg

Heredero de la rica cultura humanista, el historiador italiano despliega con maestría una erudición entendida como una herramienta analítica que nos permite comprender y leer entre líneas el pasado y el presente, percibir, encontrar y creer en las anomalías y construir casos de estudio reveladores, como su gran libro El queso y los gusanos.

por Rafael Gaune Corradi I 19 Enero 2026

Compartir:

“Hay cuatro formas de hacer un libro. Aquel que escribe cosas de otros sin agregar nada, es un escriba (scriptor). El que escribe cosas de otros agregando cosas que no son propias, es un compilador (compilator). El que escribe cosas de otros como principales y agrega cosas propias con la intención de esclarecer, es considerado un comentador (commentator). Quien escribe tanto cosas propias como de otros, pero las suyas como principales y las de otros para confirmarlas, es un autor (auctor)”. Con estas palabras, San Buenaventura definía y establecía las formas de hacer un libro, distinguiendo además el camino para convertirse en autor. Carlo Ginzburg (1939), destacado historiador italiano, influyente y reconocido a nivel mundial, creador, junto a otros, del proyecto editorial y metodológico de la microhistoria, es un autor que escribe sobre temas propios y ajenos, y cuyas ideas se fundamentan en una lectura profunda de un amplio espectro de autores e ideas. Entre ellos se encuentran clásicos, medievales y humanistas, grandes novelistas de los siglos XIX y XX (Stendhal, Balzac, Flaubert, Manzoni, Dostoievski, Proust, Kafka, Primo Levi, Cesare Pavese e Italo Calvino), historiadores (Bloch, Frugoni, Momigliano y Cantimori), historiadores del arte (Warburg, Panofsky, Gombrich y Yates) y filólogos (Auerbach, Spitzer, Strauss y Timpanaro). Es, al mismo tiempo, un gran comentador con espíritu de filólogo, que nos ayuda a esclarecer las zonas grises del pensamiento y de las palabras. Heredero de la rica cultura humanista, es un políglota de vidas y lecturas que despliega con maestría una erudición entendida como una herramienta analítica que nos permite comprender y leer entre líneas el pasado y el presente, percibir, encontrar y creer en las anomalías y construir casos de estudio reveladores.

Desde el fundamental El queso y los gusanos (1976), y luego con los influyentes Mitos, emblemas e indicios (1986) y El hilo y las huellas (2006), hasta las últimas traducciones al español, La letra mata (2024) y Una historia sin final (2025), este omnívoro nos sigue enseñando el valor de contar historias, de construir casos de estudio que, aunque pueden parecer distantes, nos interpelan con radicalidad: ¿pueden los ensayos de Montaigne o las traducciones del Inca Garcilaso, por ejemplo, hablarnos de la vida civil y política de la actualidad? Como dijo en una entrevista en France Culture, el 26 de julio de este año, “no basta con encontrar lo que se busca, hay que buscar lo inesperado”.

¿Qué resulta inesperado cuando leemos a Ginzburg? ¿Por qué seguimos buscándolo? ¿Por qué seguimos escribiendo sobre su obra? Cuando traduje Aún aprendo (2021), una recopilación de cuatro ensayos sobre una retrospectiva metodológica, escribí una breve introducción titulada “¿Qué hemos aprendido de Carlo Ginzburg?”. Esa pregunta, en plural, que indica además uno de los procesos más relevantes del ser humano —aprender—, me sigue acompañando cada vez que leo, enseño, traduzco o escribo sobre él, principalmente cuando pienso en el papel de las humanidades hoy en día. Ginzburg utiliza las humanidades, y por ende el lenguaje y las palabras, como una caja de resonancia para pensar los problemas históricos y la vida humana en el tiempo. El arte, la filología, la iconografía e iconología, la historia del arte y la filosofía convergen de manera elegante y natural en su escritura, en la que aborda problemas religiosos y políticos, genealogías intelectuales, formas de leer en profundidad a autores e ideas, así como la manera de pensar el oficio de la historia. Pero, específicamente en las formas de narrar, ¿qué nos sigue enseñando?

Pienso que su forma de narrar está vinculada con la lectura lenta de los textos y las fuentes (como él mismo la define a través de Nietzsche) y que esto debe manifestarse en la escritura. Antes que aprender a escribir, hay que aprender a borrar. La escritura de la historia, como aparece en las citas que utiliza de Walter Benjamin, debe ser a contrapelo y a contraluz. La velocidad de la producción académica se equilibra con una cocina a fuego lento que se expresa en libros, donde radica el verdadero pensamiento de un autor o autora. Las anomalías que se despliegan en la escritura tienen un valor ejemplar y, sin duda, las escrituras y las preguntas que parten desde nuestro presente no pueden quedarse ahí, sino que deben comprender y rescatar el lenguaje de los actores y actrices del pasado. La escritura de Ginzburg es un antídoto contra el desprecio a las humanidades, ya que demuestra que la forma de narrar la historia debe encontrar, como diría Vico, una “consciencia de lo cierto” (verum ipsum factum) y, de este modo, seguir siendo relevante en el espacio público, en el conocimiento y en nuestras aulas. En un mundo que desprecia y desconfía de la erudición —incluso de la ciencia—, leerlo es un bálsamo que permite comprender el significado profundo de lo que llamamos humanidades.

En una época en la que se les exige a las humanidades velocidad, impacto, facilidad y posicionarse en competencias imaginarias, la forma de narrar de Ginzburg va en una dirección opuesta: lentitud, reflexión, anomalías, junto a vidas e ideas estudiadas en amplitud y profundidad. El impacto de su forma de narrar la historia (que no se puede medir según las lógicas de las redes sociales o de la superficialidad con la que se habla de impacto en las universidades del mundo), se enriquece con las lecturas pausadas de sus libros, que se vienen realizando desde los años 70 del siglo XX en todos los rincones del mundo y en varios idiomas. La narración y voz de Domenico Scandella, conocido como Menocchio, el molinero friulano, protagonista de El queso y los gusanos, acusado y condenado por hereje, sigue enseñándonos y sorprendiéndonos con su inquietante actualidad.

“Yo he dicho que por lo que yo pienso y creo, todo era un caos, es decir, tierra, aire, agua y fuego juntos; y aquel volumen poco a poco formó una masa, como se hace el queso con la leche y en él se forman gusanos, y estos fueron los ángeles; y la santísima majestad quiso que aquello fuese Dios y los ángeles; y entre aquel número de ángeles también estaba Dios creado también él de aquella masa”. Así Menocchio explicaba en las actas inquisitoriales su interpretación del caos inicial del mundo y el cosmos religioso de un molinero, que conocimos hace 49 años a través de la escritura de Ginzburg. Vinculando el contexto del reformismo católico pos-Trento, la circulación de ideas heréticas en el norte de Italia y la persecución del disenso, la narración del molinero no cae en esa búsqueda de “irracionalismo estetizante” de los sujetos populares, sino todo lo contrario. Su heterodoxia se situaba entre la circularidad de la baja y la alta cultura de un sujeto subalterno que lee e interpreta la Biblia, el Florilegio de la Biblia, el Decamerón de Boccaccio, los Viajes de Juan de Mandeville y otras obras, y crea una cosmogonía por la que es “ajusticiado por el Santo Oficio” en una época en la que también se condenaba a Giordano Bruno en Roma.

En una época en la que se les exige a las humanidades velocidad, impacto, facilidad y posicionarse en competencias imaginarias, la forma de narrar de Ginzburg va en una dirección opuesta: lentitud, reflexión, anomalías, junto a vidas e ideas estudiadas en amplitud y profundidad. El impacto de su forma de narrar la historia (que no se puede medir según las lógicas de las redes sociales o de la superficialidad con la que se habla de impacto en las universidades del mundo), se enriquece con las lecturas pausadas de sus libros.

El queso y los gusanos posee la semilla de una metodología y una escritura que se han ido desplegando con fuerza en la historiografía hasta la actualidad: los indicios en las huellas documentales que, junto a los signos de los detectives y los síntomas de la medicina, fundamentarán el “paradigma indiciario”. Ginzburg entiende a Menocchio como un caso que se crea y recrea en la investigación, la reflexión y la escritura. La vida del hereje es la anomalía y el margen que hay que descifrar para poner en duda los paradigmas y demostrar, al mismo tiempo, que una escritura histórica que se pliega a una dimensión narrativa, refuerza la dimensión cognoscitiva y analítica de un caso.

Si tuviera que responder nuevamente a la pregunta “¿Qué hemos aprendido de Carlo Ginzburg?”, me decantaría invocando el mito del Minotauro. Ginzburg mismo, en el primer párrafo de El hilo y las huellas, utiliza la metáfora del hilo (“el hilo del relato, que nos ayuda a orientarnos en el laberinto de la realidad”) que Ariadna regaló a Teseo al ingresar al laberinto del Minotauro, para matarlo, y poder regresar sin perderse y vivir en el amor perpetuo con ella; Ginzburg se transforma en uno de los hilos que nos permiten ingresar al laberinto del pasado; sus libros y reflexiones son huellas que nos acompañan en nuestro trabajo y en la docencia. El hilo de Ginzburg lo constituyen también las formas en que hemos aprendido a desenredar las vidas silenciadas del pasado y a comprender la profundidad del caso de estudio y de los detalles (una letra, lo que no está escrito, lo que se oculta, los sueños de mujeres transcritos en actas inquisitoriales, los detalles ínfimos en una imagen).

Como nos enseña la metáfora del hilo, podemos comprender las formas de narrar la historia desde diversos puntos de vista, llevar el hilo por diversos caminos, perdernos y reencontrarnos, tal como nos han ilustrado dos grandes maestros argentinos. Borges, por un lado, retrata en “La casa de Asterión” (1947) la mirada del Minotauro deseoso de morir y de su liberación, hasta el punto de hacerle decir: “¿Cómo será mi redentor? ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?”. El Teseo de Borges concluye: “¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió”. Cortázar, por otro lado, buscó el reverso de la narración y modificó el mito oficial en su libro Los reyes (1949). Teseo no es el héroe, sino el animal, que está encerrado, es diferente, es libre, piensa, reflexiona, es un poeta. Según Cortázar, el hilo de Ariadna debía servir para que el Minotauro, después de matar al héroe, pudiera salir del laberinto. Sin embargo, para este, al igual que en la narración de Borges, la muerte en las manos del héroe es una liberación: “Mira, solo hay un modo de matar a los monstruos: aceptarlos”. Cuando el Minotauro le ofrece el cuello a Teseo y comienza a desangrarse, el animal encerrado se libera de su cuerpo, pero no de su posteridad: “Ya lo sabrás, una vida te espera para el olvido. No quiero llantos, no quiero imágenes. Solo el olvido. Y entonces seré más yo”.

El hilo de Ginzburg es comprender que en las formas de narrar la historia o las historias pueden aparecer y confluir diversas perspectivas y puntos de vista: la mirada o el amor de Ariadna, el relato oficial de Teseo y el reverso del Minotauro como un protagonista y héroe silenciado, pero nunca podemos olvidar —basta recordar todas las disputas entre Ginzburg y Hayden White sobre la dimensión narrativa de la historia— las estrictas, ricas y densas fronteras entre la ficción y la verdad que nos exige la escritura de la historia basada en pruebas, sobre todo en un mundo saturado de posverdades, noticias falsas y usos sin distancia crítica de la inteligencia artificial.

En un mundo saturado de informaciones que confirman los prejuicios y valores de los lectores, la escritura de Ginzburg invita a ser filólogos para esclarecer los textos que nos ayudan a orientarnos en la vida y en el tiempo.

 

Imagen de portada: Emilia Edwards.

 


El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg, traducción de Francisco Martín, Ariel, 2016, 299 páginas, $24.900.

Relacionados