Los paraísos artificiales de Martín Rejtman

Con algo de intuición meditada, el cineasta argentino se sorprende en medio de la escritura de Cuarto sucio, ubicación peligrosa con las posibilidades que dan los hoteles, las pensiones y otros espacios fugaces para leer sociedades diversas y, sobre todo, para leerse a sí mismo. En Ámsterdam, anota en su cuaderno de campo: “En el espejo de la habitación me veo con cara de cansado. En el espejo del baño, sin embargo, me veo bien. ¿Cuál será la verdadera imagen?”. Tal vez la lectura de este libro nos enseñe que solo en esas habitaciones anónimas podemos elegir nuestro reflejo, y que es probable que la ventana dé a nuestra propia vida.

por Yanko González Cangas I 12 Febrero 2026

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Este libro es un singular diario de hoteles, pensiones, albergues, resorts y moteles, espacios de tránsito que cristalizan la promesa de vivir otra vida y de que una nueva cama en una ciudad distinta nos regalará otros sueños. Sabemos que es una mentira. Pero, al igual que la poesía, es una mentira sincera. Digo, la cama será con toda probabilidad peor que la que nos deforma los huesos en nuestra casa, que la almohada siempre muy blanda, muy alta o muy baja, nos mezquinará el descanso y que un incesante tamborileo de los dedos del neurótico de la habitación de al lado nos arruinará la paciencia y los nervios. Y es que el vecino neurasténico somos nosotros que vamos dejando ruido donde buscamos silencio; y es que todos los que huimos, los que decidimos movernos de nuestras casas, pueblos o ciudades, somos ese vecino infame e irritante para otros. Y el café nunca será el correcto, ni los jugos naturales serán naturales, y nos quedaremos afuera de nuestro cuarto una y otra vez, porque las tarjetas se desmagnetizarán siempre-siempre, incluso si el recepcionista las frota con criptonita. Y el agua de la ducha caerá demasiado caliente y escasa, o en demasía y fría. Y el aire acondicionado terminará de regularse cuando estemos haciendo el checkout entre tosiendo y estornudando.

Pero los desesperados, los afligidos del consabido terruño, los angustiados de las ciudades propias, si pueden y en cuanto pueden, vuelven a los aeropuertos y a dormir en jergones ajenos con las ilusiones intactas de torcer sus pequeñas biografías con la sola magia de esa cartulina colgada en el pomo que reza “no molestar”. Cómo no estar de acuerdo con Rejtman: “Lo importante es el momento de estar en el aire. Ahí sucede mi verdadera vida”. Ya por su oficio (el de la cinematografía), ya por su ocio (el del yoga), Cuarto sucio, ubicación peligrosa es el singular registro de incesantes escapadas hacia estos paraísos artificiales.

La forma de escrutar del narrador es minutísima, a veces microscópica, pero siempre etnográfica, con un tono menor y modesto que descree del glamur de la prosa como de la alfombra roja. Y es que si bien el libro no encuentra hermanos en obras canónicas de cineastas, sí encuentra fraternidades en la antropología.

En este sentido y mirado en conjunto, el libro de Rejtman es un libro insólito por su monográfica focalización: descontando su travesía y estadía en un apartamento de la universidad de Iowa como escritor en residencia (una zona muy sabrosa del libro), se contabilizan (si no conté mal) cerca de 112 alojamientos en un número igual de imponente de metrópolis, entre hoteles de lujo, de cadenas chetas, de medio pelo, resort, Airbnb, Bed and Breakfast, repartidos en Asia, Europa, Estados Unidos y América Latina. Un foco que está en las antípodas de las clásicas narrativas del “yo” de algunos de sus célebres colegas cineastas; pienso en Mi último suspiro de Buñuel, Conquista de lo inútil de Herzog o Atrapa el pez dorado de David Lynch, debido a que suspende el “yo cineasta” transformándolo en un telón de fondo apenas perceptible o siempre incómodo: a veces nadie de los estudiantes o académicos se interesan o se dan el tiempo para ir a cenar con él “por su falta de carisma” o “pocas aspiraciones”; apenas recibe balbuceos como juicio a sus películas, cada vez los festivales le ofrecen escasas atenciones, amén que los hoteles son menos estrellados y más desmejorados. Por ello, pareciera que puso la lupa en estos “no lugares” (aeropuertos, aviones y especialmente hoteles) para quitarse de encima las bobadas y banalidades adheridas al mundo de la realización cinematográfica y subrayar que su manera de mirar consiste en renunciar al espectáculo para ver el mecanismo. El más cercano, y el apenas visto: recepcionistas, camareras, huéspedes, lobbies, pasillos, desayunos, regateos, conflictos por claves de wifi, ruiditos, tardanzas, mermeladas insípidas y bufetes marchitos, en fin, esa coreografía invisible que complota contra nuestro alivio y transforma en ficción el edén del viaje, porque tanto en casa como fuera de ella, todo parece reducirse a la logística y, cansado, uno entrega su biografía a cambio de una frazada y una ducha que funcione. Pero Rejtman insiste, porque sabe que el hotel de allá y acullá es de algún modo la patria provisional donde la humanidad se cura de sí misma.

Ahora bien, la forma de escrutar del narrador es minutísima, a veces microscópica, pero siempre etnográfica, con un tono menor y modesto que descree del glamur de la prosa como de la alfombra roja. Y es que si bien el libro no encuentra hermanos en obras canónicas de cineastas, sí encuentra fraternidades en la antropología. Lamentablemente, el libro Los no lugares, de Marc Augé, fue más conocido que otro precedente, Un etnólogo en el metro, del mismo autor, lo que paradójicamente volvió manido el darle más importancia que la justa y necesaria a aquellos espacios de tránsito y anonimato, de vocación casi exclusivamente funcional, donde se suceden movimientos masivos, mecánicos y repetitivos, y donde toda relación está condenada a ser efímera. Digo lamentablemente, porque Augé buscaba lo opuesto y eso queda claro en Un etnólogo en el metro: relevar esos intersticios temporales y espaciales como axiales para la reproducción de la vida social. Claro, la masificación del turismo y la oferta hotelera, o más nítido aún, el estruendo de la industria del ocio fue transformando el viaje no solo en huella de carbono y los alojamientos para trotamundos en el alimento de la segregación y la gentrificación, sino a todo genuino flâneur o andariego volador en alguien más bien vulgar o éticamente reprochable. Digo, ordinario ya no es solo el peregrino que va con sus hijos a Disney World o a Miami a tomar el sol y a trapichar con relojes, sino cualquiera que toma un avión y gasta miles de litros de agua en el lavado de sábanas y toallas usadas por una sola noche. El maestro Lévi-Strauss se anticipó y en los años 60 dijo “odio los viajes y los exploradores”, apuntando con el dedo al turista de postal, al antropólogo de cucalón y a la folclorización de la cultura. Pero Rejtman sabe que tiene una ventaja, lo que lo hace inmune al exotismo, a las ortodoxias etnográficas y el ecofanatismo de último minuto: el humor. Y lo despliega demorado, con belleza y doble fondo. En sus estadías en Chile, por ejemplo, y de paso en uno de los clásicos hoteles del centro de Concepción (El Araucano) o en el renombrado Crown Plaza, con los ojos abiertos y sumergido en la semiósferas de estos “no lugares”, devela dos metáforas constitutivas de nuestra identidad ciudadana con dos oraciones sagradas. La primera y tutelar: “Gobierne quien gobierne, mañana tengo que ir a trabajar igual”. La segunda y más escondida: “Duchas cortas, duchas cortas”, voceada por una dueña de hostal a sus huéspedes cada mañana y todos los días.

El maestro Lévi-Strauss se anticipó y en los años 60 dijo ‘odio los viajes y los exploradores’, apuntando con el dedo al turista de postal, al antropólogo de cucalón y a la folclorización de la cultura. Pero Rejtman sabe que tiene una ventaja, lo que lo hace inmune al exotismo, a las ortodoxias etnográficas y el ecofanatismo de último minuto: el humor. Y lo despliega demorado, con belleza y doble fondo.

Con igual detalle, Rejtman repara en el paisaje humano: de paso por Santiago a pito de otro festival y en una cena, el actor “Pancho Reyes” le comenta que actuó en películas de Raúl Ruiz y en Una mujer fantástica. Rejtman registra no sé si una verdad o una verosimilitud, y apunta: “Noté que cuando conozco actores en Chile me pasa algo que con los actores argentinos no me pasa: a veces tengo la impresión de que son especialmente simpáticos conmigo, como si estuvieran presentándose profesionalmente”. Prueben a subtitular este apunte. A mí me dio el siguiente resultado: ladinos y rastreros, o sea. Menos verosímil, pero más verdadero, es este otro registro en su diario de hoteles y lugares: “Los blancos ricos sudafricanos se parecen a la clase alta chilena, tienen un sentimiento de superioridad absoluta de clase y de raza. Viven, a lo mejor sin saberlo, en un mundo que ya no existe”. Y hay otra observación inapelable, aplicable por igual al santiaguino y al parisino: “Lo provinciana que es la gente de las grandes ciudades”. Porque claro, llegan a Paillaco, buscan algo que pudiera ser poco menos que el espejo de Berlín, no lo hallan, y entonces deploran el mundo entero, como si el paisaje les debiera sus caprichos. Pareciera insignificante, pero es la voz baja de Rejtman la que no le da importancia al hallazgo. Sí, hay viajantes y viajantes, y el cosmopolita metropolitano presume de mundo pero trae tierra de macetero en el bolsillo.

Creo ver que Martín Rejtman, con algo de intuición meditada, se sorprendió en medio de la escritura de este volumen sobre las posibilidades que dan estos espacios típicamente citadinos, anónimos y fugaces para leer sociedades diversas y, sobre todo, para leerse a sí mismo. Sí, encuentra un thriller en los jabones, un drama en las cortinas de blackout, un wéstern en las recepciones y mucha comedia en la rendija de su ojo mágico, pero en un hotel de Ámsterdam, anota en su cuaderno de campo: “En el espejo de la habitación me veo con cara de cansado. En el espejo del baño, sin embargo, me veo bien. ¿Cuál será la verdadera imagen?”. Tal vez, en algún momento de su bitácora, descubrió que en los hoteles se entra con un yo portátil y se sale con un yo de alquiler. Un “yo” que, como las toallas, se puede cambiar a diario y que cuelgan de un gancho que nadie mira. De este modo, digo, parece decirnos que hay espejos para obedecer y otros para rebelarse; unos que devuelven al funcionario y otros que insinúan al fugitivo, pero solo fuera de casa podemos elegir nuestro reflejo. Es en una habitación anónima donde descubrimos, con sorpresa, que la ventana da a nuestra propia vida.

Hay libros que se escriben para ordenar el mundo y otros que se escriben para desordenarlo. Cuarto sucio, ubicación peligrosa pertenece a la segunda especie. Además, posee la singularidad de no tener intención alguna de perturbar nada: solo deja que las llaves extraviadas, los desayunos decepcionantes y las conversaciones anodinas muestren la lógica secreta de nuestra época, situando su inventario lejos del costumbrismo y muy cerca de una forma de pensamiento.

 


Cuarto sucio, ubicación peligrosa, Martín Rejtman, Ediciones UDP, 2025, 282 páginas, $27.000.

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