
La participación del Ejército en la política, e incluso en la gestación de revoluciones, viene desde los orígenes de nuestras repúblicas en América Latina. El propio O’Higgins parecía más concentrado en la creación de un ejército libertador del Perú que en los asuntos internos de Chile, y eso explica el surgimiento de Ramón Freire, líder del Ejército de Concepción hacia el sur, como lo ejemplifica ahora el historiador Juan Luis Ossa en su reciente libro.
por Guillermo Parvex I 13 Febrero 2026
Los albores de la Independencia de Chile constituyen un período de profunda transformación política, social y militar, en el cual el Ejército emergió no solo como instrumento bélico, sino también como actor político decisivo en la configuración del nuevo orden republicano. Entre 1810 y 1823, el proceso emancipador chileno estuvo marcado por una compleja interacción entre las fuerzas militares, las élites criollas y los proyectos políticos en pugna, en un escenario continental convulsionado por las ideas revolucionarias provenientes de Europa y las experiencias independentistas de América.
La formación del ejército patriota no puede entenderse únicamente como una respuesta militar al poder colonial, sino como un proceso de politización en el que oficiales asumieron roles que trascendieron el campo de batalla. Ejércitos, política y revolución es un título sin duda muy sugerente, pues encapsula en un todo conceptos a veces antagónicos, al relacionar a las Fuerzas Armadas con la política y la revolución en el contexto de la realidad chilena entre 1808 y 1826.
Una breve muestra de las conspiraciones surgidas por la peligrosa combinación de milicia, política y revolución puede ser graficada en este segmento de nuestra historia, que inserto previo al análisis del libro:
Era abril de 1818… La independencia había sido lograda, pero la paz aún era frágil. Los generales O’Higgins y San Martín coincidían en que el coronel Manuel Rodríguez, con su popularidad y su prédica de rotación en el poder, se había convertido en un peligro para el orden recién establecido.
San Martín, en carta del 5 de ese mes a su amigo O’Higgins, le señala en uno de sus párrafos: “En toda revolución hay hombres así. Sirven para encender la llama, pero no para mantener el fuego”.
Al día siguiente O’Higgins le respondía:
“Rodríguez es un pájaro de mala cuenta… se le aplicará el remedio”.
El 26 de mayo, Rodríguez era asesinado en Tiltil.
Este libro del doctor en historia de la Universidad de Oxford, Juan Luis Ossa, fue originalmente publicado en inglés por la Universidad de Liverpool y, recientemente, en español por Crítica. En estas páginas, el autor postula que la interacción entre esos tres conceptos fue fundamental para la construcción del Estado de Chile, pero después se convirtió en un obstáculo para la estabilidad política de la nueva nación.
Ossa aclara que la invasión napoleónica vino a cambiar radicalmente la relación entre la corona española y sus colonias, generando un vacío de poder que fue resuelto mediante la creación de juntas revolucionarias que derivaron en la generación de estamentos políticos y militares, indispensables para llenar esa carencia de gobernabilidad tras la caída del rey Fernando VII.
Sin embargo, esta ligazón entre ejército, política y revolución fue tan fuerte que en la mayoría de las veces un mismo actor era militar, político y además un revolucionario.
El texto no solo permite interiorizarse en estos aspectos, sino además en aquellas luchas libradas entre caudillos chilenos, que buscaron hegemonizar el vacío dejado por la desintegración del imperio español, generando una revolución entre provincias chilenas, ya que mientras algunos creían que los notables de Santiago debían tomar el control, con justa razón emergieron líderes en provincias, especialmente del sur, que buscaban lo mismo, por sentir legítimamente que poseían los mismos derechos.
Mientras algunos se contentaban con resguardar esta lejana colonia española de los apetitos franceses mientras el monarca estaba preso de Napoleón, otros más radicales, como los hermanos Carrera, vieron en este trance la gran oportunidad para lograr una independencia real de la corona española.
Esto despertó de inmediato una reacción de los centros de mayor poder de la monarquía en América, como lo era el Virreinato del Perú. Los representantes de la monarquía no se limitaron a lo político, sino que participaron en lo militar, lo que se ve reflejado en el despacho desde Lima de tropas bajo bandera española, lideradas por el brigadier Mariano Osorio.
Ello tuvo, como contra respuesta, la generación de un aparato militar chileno netamente involucrado en la nueva política y claramente revolucionario.
El independentismo de los hermanos Carrera, sostiene Juan Luis Ossa, tuvo el apoyo de amplios sectores políticos, militares y revolucionarios.
Cuando se produce el Desastre de Rancagua y la ocupación de Santiago por el brigadier Osorio primero y el gobernador Marcó del Pont después, esos sectores políticos más moderados, aquellos que se quedaron en Chile y no cruzaron la cordillera, fueron condescendientes con los españoles hasta que, en el seno de esta élite criolla, se comprende que los representantes de España desean retrotraer la situación a 1810.
Es entonces que comienza a incubarse en ellos, nuevamente, el deseo de una revolución que lleve a la independencia del país.
Sin embargo, aquí es importante detenerse a analizar lo señalado por Ossa, en el sentido de que estas luchas militares no correspondían a las clásicas entre ejércitos de dos naciones o imperios, sino que la mayoría de los integrantes de los bandos patriotas y realistas eran personas nacidas en Sudamérica, lo que da a estas luchas el carácter de revolución interna más que de guerra clásica.
Pero esta revolución no culminaría con el triunfo de las armas patriotas en Chacabuco y Maipú, pues cuando ya O’Higgins se consolida como militar y político, surgen antagonistas, que discrepan profundamente de su aspiración de un futuro americanista.
Claramente influido por José de San Martín, el general Bernardo O’Higgins adoptó el proyecto americanista y revolucionario, que también impulsaba Bolívar, de una gran “patria americana”, al cual se oponían con fuerza aquellos que querían países soberanos e independientes entre sí.
Ello llevó a O’Higgins a concentrarse, más que en los temas internos de Chile, en la creación de un ejército libertador del Perú, idea que había nacido de San Martín. Se había acordado que tal milicia sería financiada en partes iguales entre chilenos y argentinos, lo que finalmente no ocurrió: el costo económico lo asumió Chile, mientras que las glorias se las llevó San Martín.
Además, este interés de liberar al Perú del dominio español hizo distraer los escasos recursos de la naciente república, que no tuvo cómo afrontar la liberación del sur de Chile, en especial de Chiloé, donde las tropas hispanas seguían sentando sus reales.
Esto generó malestares políticos que levantaron la figura del general Ramón Freire, que insistía en que era más prioritario liberar a Chile de los reductos monárquicos del extremo sur que ir a luchar por la independencia de otro país, por muy americano que fuera.
De esta manera, Freire aflora como un militar revolucionario, generando un gran apoyo de la sociedad de Concepción al sur, que le permitió poner en jaque a O’Higgins, llevándolo a abdicar en 1823.
Freire, militarmente hablando, logró vencer a las tropas españolas en Chiloé, culminando de esta manera el proceso de nuestra Independencia.
Pero no todo terminaría ahí, ya que sectores políticos buscaban reivindicar la figura de O’Higgins, ya exiliado en el Perú, generando una serie de levantamientos que quitaron estabilidad a la naciente república.
Es entonces, como lo plantea Juan Luis Ossa, que surge la interrogante sobre el futuro del Ejército, la pregunta por si debía continuar liderando la esfera pública, la política y quizá la revolución.
Ya se estaba haciendo habitual que los oficiales veteranos de las revoluciones independentistas intentaran alzarse en armas contra el gobierno, pues la guerra había convertido a esos militares en políticos y revolucionarios. Sin embargo, todos esos intentos fueron dominados con eficiencia por los gobiernos de Freire, Blanco Encalada y Pinto.
Me llama la atención —y esto no es una crítica negativa al excelente trabajo de Juan Luis Ossa— la razón por la que concentra su análisis solamente entre el período que va desde 1808 hasta 1826. No olvidemos que en 1829 estalló la guerra civil entre pipiolos y pelucones, y el general José Joaquín Prieto se rebeló desde Concepción con sus tropas contra el gobierno.
En plena guerra civil, el recién asumido presidente José Tomás Ovalle convocó en su primer ministerio a Diego Portales, que juró el 6 de abril de 1830 con un poder casi caudillista, al concentrar los ministerios del Interior, Relaciones Exteriores, de Guerra y Marina. Antes de dos semanas se libró la batalla de Lircay, que dio el triunfo a la revolución.
Es a comienzos de 1830, conscientes de esta peligrosa trilogía “ejército, política y revolución”, que se restablece el funcionamiento de la Academia Militar o Escuela Militar, a fin de preparar una nueva oficialidad, apegada irrestrictamente a su función en el Ejército y apartada de la política y, por ende, de aventuras revolucionarias.
Para vigilar en forma más efectiva al nuevo Ejército, en proceso de depuración de caudillos, se refuerza a partir de 1830 la Guardia Nacional, que había sido creada en 1825. Integrada por lo que hoy llamaríamos reservistas, el potenciamiento de esta entidad tuvo dos propósitos fundamentales: primero, generar una gran reserva, con buen nivel de instrucción militar, de bajo costo, preparada para actuar ante cualquier conflicto externo; segundo, y dado que contaba con ocho guardias nacionales por cada militar de planta, estaba capacitada para convertirse en un fuerte contrapeso a eventuales sectores político-golpistas del Ejército.
Con todo, Ejércitos, política y revolución presenta un excelente análisis de una situación poco tocada de nuestra historia republicana, que permite explicar muchos de los fenómenos ocurridos durante la primera mitad del siglo XIX.
Imagen de portada: Batalla de Rancagua (c. 1820), de Giulio Nanetti. Museo Histórico Nacional.

Ejércitos, política y revolución, Juan Luis Ossa, Crítica, 2025, 328 páginas, $22.900.