Trazar un panorama

Se publica una nueva edición de El circo en llamas de Enrique Lihn, volumen de textos críticos y ensayos que reflejan su vocación por apoyar lo nuevo (Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Claudio Bertoni), ir contra lo establecido y dar cuenta de un período muy agitado a nivel social: la época en que la Revolución cubana (y sus derivas político-literarias, como el caso Padilla) era tema inevitable para los autores latinoamericanos, así como la dictadura de Pinochet.

por Sebastián Duarte Rojas I 10 Marzo 2026

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En su primera reedición desde que apareció en 1997, El circo en llamas: una crítica de la vida, la recopilación de ensayos y reseñas de Enrique Lihn editada por Germán Marín, se lee con más distancia, lo que refuerza su carácter de retrato. Lo retratado aquí no es solo su autor, sino también, como parece sugerir el “Álbum de familia” con que Marín abre cada una de las secciones del libro, toda una época de la literatura chilena. Los textos antologados, escritos entre los 50 y los 80, no se ciñen a la literatura nacional, pero siempre leen la americana y europea desde este país. (Como nos recuerda un poema de Lihn, incluso cuando lo abandonó físicamente, nunca salió del horroroso Chile).

Estos materiales provienen de medios chilenos y extranjeros, revistas académicas y culturales; algunos son ensayos extensos, dedicados a la obra de un autor o más bien panorámicos, otros son reseñas de volúmenes individuales, y también hay pequeñas notas, como los perfiles que publicaba en la revista Cormorán, lugar de nacimiento de Gerardo de Pompier —“Ese venerable esperpento que me ha guiado por el laberinto sin salida de la ulterioridad”—, y los todavía más breves fragmentos que dejó inéditos, con comentarios sobre poetas que recién entraban a la escena literaria nacional, como Juan Luis Martínez o Rodrigo Lira, cuyas propuestas el crítico Lihn apoyó tempranamente.

Además de los recambios generacionales, la escritura crítica del poeta da cuenta de un período muy agitado a nivel social. Es la época en que la Revolución cubana (y sus derivas político-literarias, como el caso Padilla) era tema inevitable para los autores latinoamericanos. Pero a nivel local, también se deja ver el duro golpe de la dictadura de Pinochet, que revivió las discusiones sobre el rol de la poesía a nivel social y la división, central para Lihn, entre autores que escribieron desde el extranjero y quienes lo hicieron en (el horroroso) Chile: “Pues se trata de dos formas distintas y hasta opuestas de producción textual”, escribe en la reseña de un libro de Rodrigo Cánovas, “los exiliados no han tenido que responder con sus obras a la pregunta siguiente: ‘¿Cómo verbalizar un discurso que está prohibido?’”.

Lihn se sitúa en un momento peculiar para la crítica. Estamos en la era del crítico oficial en Chile: varios de estos ensayos son respuestas directas contra el cura Valente, mientras que en un texto temprano ya había atacado a su antecesor, Alone, por su carácter de crítico impresionista, descaradamente subjetivo, lo que sí defendía en un crítico-escritor. Él mismo describe esta figura bifronte al hablar de Jorge Edwards: “Lo que hace Jorge como crítico literario es lo que hace también como escritor. Crítica y autocrítica a la par, o, si se quiere, trazar un panorama en el que él mismo está situado y dentro del cual la definición del contorno debe ayudarle a definir su propia situación”. Pero incluso siendo poeta primero, su crítica evidencia la propagación de la jerga teórica, sobre todo estructuralista —no se queda corto en citas de Wolfgang Kayser, Leo Spitzer, Gérard Genette—, como en su obituario de André Breton cruzado por referencias a Las palabras y las cosas de Michel Foucault, que recién empezaba a circular por este continente.

Varios de estos ensayos son respuestas directas contra el cura Valente, mientras que […] ya había atacado a su antecesor, Alone, por su carácter de crítico impresionista, descaradamente subjetivo, lo que sí defendía en un crítico-escritor. Él mismo describe esta figura bifronte al hablar de Jorge Edwards: ‘Lo que hace Jorge como crítico literario es lo que hace también como escritor. Crítica y autocrítica a la par, o, si se quiere, trazar un panorama en el que él mismo está situado y dentro del cual la definición del contorno debe ayudarle a definir su propia situación’.

El poeta reconoce que en su juventud “leía a Valéry casi en francés, a los simbolistas, un poco a los surrealistas”: por ese temprano interés en el surrealismo, Breton reaparece a lo largo del volumen, mientras desprecia al grupo chileno Mandrágora por afrancesado. En ese sentido, valdría la pena llevar la cuenta de las veces que Lihn recurre a la famosa frase “galicismo mental” (acuñada por el crítico francés Paul Groussac como arma contra Rubén Darío, en una reseña de su libro Los raros, de la que el andariego nicaragüense se apropió en una de sus crónicas, esgrimiéndola de vuelta en primera persona), que abunda en sus textos de/sobre Pompier, como un rasgo común a los escritores latinoamericanos.

Además de Breton, Kafka se muestra aquí como uno de sus autores de cabecera. Pero su reflexión crítica también suele revolotear en torno a los grandes de la poesía chilena: de Gabriela Mistral valora más que nada los últimos poemarios que publicó en vida, los sombríos Tala y Lagar; en cuanto a Vicente Huidobro, insiste en la extraña idea de que los cantos de Altazor funcionarían en cualquier orden, y cuestiona a Pablo Neruda por “hacer poesía política: esto es, ninguna de las dos cosas”, aunque lo reconoce como “uno de los cuatro o cinco poetas contemporáneos básicos de este subcontinente; mal leído por sus manipuladores y admiradores acríticos, entre quienes se contó él mismo”. (Sobre Pablo de Rokha hay apenas comentarios sueltos, aunque Lihn dedica dos textos completos a su hijo Carlos).

Pero sin duda es Nicanor Parra el escritor chileno al que más rinde admiración. “Parra fue el balde de agua fría, el pulverizador de la poesía pura y del dictado automático a la europea”, escribe, y luego repasa su amistad y el momento cuando el antipoeta “ofició como jefe de taller” en la creación del Quebrantahuesos. “Incorporé el relato a la poesía y un narrador-personaje de tamaño natural —reconoce Lihn sobre su influencia—. Creo, sin embargo, que no he imitado nunca a Parra, salvo conscientemente, como se hace un guiño de la intertextualidad. La imitación estaba prohibida inter nos, era el indeseable tic de la flojera mental”.

 


El circo en llamas, Enrique Lihn, Ediciones UDP, 2025, 840 páginas, $40.000.

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