
por Manuel Vicuña I 11 Marzo 2026
Vale la pena verla. Una vez, dos veces, tres. La película Diálogo de exiliados, de Raúl Ruiz, tiene un humor difícil de extinguir. Para sacarle el jugo a ese humor que prescinde del chiste, hay que ser chileno. Porque el humor chileno se aloja en una manera de conversar, de discursear, y Ruiz tenía un oído privilegiado para pillar hasta los dobleces más intrincados del habla nacional.
Diálogo de exiliados narra las peripecias de los desterrados chilenos en París, adoptando un formato documental. Es de 1975, y las situaciones que recrea remiten a los primeros días del destierro, a la fase de instalación de náufragos que todavía sueñan con el carácter pasajero de su condición. Gente de acomodos transitorios, renuente a aprender francés y que vive en compás de espera, a medio camino entre dos países y dos tiempos, sin cortar amarras con lo perdido ni tender lazos fuertes con la sociedad de acogida.
La película no gozó del favor de la izquierda. Nada nuevo en el caso de Ruiz, un cineasta sin ningún punto de contacto con el cine militante. Es una película extemporánea o, mejor dicho, adelantada: tal como Stendhal imaginaba el destino de sus textos más jugados, su público residía en el futuro. Ruiz no se cuadra con los bandos en pugna, ni con la dictadura ni con la oposición, cuando solo se podía estar a favor o en contra, y cualquier resistencia a estas posiciones implicaba una concesión al enemigo.
Ruiz, atento como nadie a las conversaciones íntimas y al discurseo teórico, a los silencios y la impostura, desestabiliza el campo político y, al rato, nada queda en pie. Ni los proyectos históricos de la izquierda, parodiados en la figura del “rapto a la chilena” como sucedáneo táctico de la “vía chilena al socialismo”, ni la noción de orden de los partidarios del Golpe, que glorifican a la autoridad mientras guardan silencio sobre las atrocidades de los militares.
Me parece que no hay, en toda la película, conmiseración por las víctimas. Los exiliados no son redimidos por la desgracia que les toca vivir. Ruiz infunde a su película un aire absurdo, sin lugar para la compasión. El cineasta parece no acusar el golpe del exilio. No hay herida, o quizá la hay, pero no a la vista. Cuando todo daba para armar una épica de la resistencia, Ruiz propone el antiheroísmo de unas figuras (masculinas, sobre todo) que combinan la desidia cotidiana con residuos de voluntarismo político y el aprovechamiento. Diálogos de exiliados retrata, en el fondo, la picaresca del exilio. Ahí están esos personajes no muy escrupulosos y dados a la flojera, a quienes les gusta sacar su tajada a lo amigo. Pillos, en buenas cuentas, que descubren en su condición de desterrados una treta para burlar a los franceses y, amparados en la solidaridad, encontrar una excusa para el chantaje moral.
Atreverse a postular algo así, en esa época, representa una independencia de juicio extrema. A Ruiz le gustaba hacer películas que no rimaran con nada, y en Diálogo de exiliados la tortura y la prisión pueden convertirse en logros curriculares. Las víctimas también se benefician haciéndose las víctimas.
Ruiz decía haber vivido la Unidad Popular como si se tratara de una puesta en escena. Sentía que todos estaban actuando, que todos eran parte del reparto de una obra de teatro donde se derrochaban palabras y las acciones decisivas quedaban aplazadas, con motivo del parloteo de cualquier perico envalentonado por las circunstancias. Esa idea sigue presente en esta cinta donde la colonia del exilio funciona como un pequeño laboratorio de pruebas donde revelar los rasgos del carácter chileno que sobreviven a los descalabros históricos y a las diferencias de clases, por abismales que estas sean. Junto a esa cualidad ontológica del “ser chileno”, Diálogo de exiliados evidencia el absurdo de algunas de las prácticas que justifican la percepción teatral del período de la Unidad Popular. La manía por la asamblea y la pantomima de la democracia directa pierden sentido, y esa pérdida de sentido se expande hacia el pasado, ahora devastado, de eso que la voz en off de la película llama el “proceso chileno”.