
El jueves pasado se presentó en la Universidad Diego Portales el libro McOndo Revisited, un ensayo de Thomas Nulley-Valdés que indaga en los efectos de esa antología de Alberto Fuguet y Sergio Gómez que levantó polvareda por su gesto iconoclasta y por preguntarse, desde una mirada proestadounidense y mucho antes de que las discusiones identitarias estuvieran de moda, qué definía lo latinoamericano.
por Sebastián Duarte Rojas I 28 Marzo 2026
“Aquí están, estas son, las señales captadas en el corazón de una fiesta. Las metálicas y frías y monocordes señales. El derrotado himno de batalla, la triunfante marcha fúnebre”; así empieza el cuento “Señales captadas en el corazón de una fiesta” de Rodrigo Fresán, el más extenso de la controvertida antología McOndo (Mondadori, 1996), editada por los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez.
A tres décadas de esa publicación, este jueves se presentó en la Universidad Diego Portales el libro McOndo Revisited: The Making of a Generation Defining Anthology in the Latin American Literature-World, del académico australiano-chileno Thomas Nulley-Valdés, en un diálogo con Fuguet y Cristián Opazo, decano de la Facultad de Letras UC, que fue moderado por Álvaro Bisama, director de la Escuela de Literatura Creativa UDP.
La antología de Fuguet y Gómez era una especie de secuela internacional de su Cuentos con walkman (1993, con escritores chilenos menores de 25 años) y, como se desprende del título, una respuesta a García Márquez y compañía o, más bien, a la instalación del realismo mágico como la (única) escritura esperable en Hispanoamérica. “Presentación del país McOndo”, su prólogo, cuenta la anécdota sobre dos escritores latinoamericanos a los que, por su origen, una revista estadounidense les pidió textos, pero luego los rechazaron porque, en palabras del editor, “bien pudieron ser escritos en cualquier país del Primer Mundo”. En la charla, Fuguet reconoció que estos escritores, anónimos en el libro, fueron el argentino C. E. Feiling y él mismo.
McOndo reúne cuentos de 17 autores nacidos después de 1959 (“que coincide con la siempre recurrida revolución cubana”, dicen los editores en el prólogo, aludiendo a ese evento clave para el Boom) y provenientes de 10 países hispanoamericanos, cuyos nombres, como destacaron los presentadores, siguen presentes en la escena literaria: Martín Rejtman, Edmundo Paz Soldán, Ray Loriga… Fuguet señaló al último autor de la compilación, el uruguayo Gustavo Escanlar, como otro “dueño de McOndo”, porque “si había alguien que quería tener amigos en América Latina, o hermanos, o compañeros de viaje, era Gustavo”.
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Sigue el relato Fresán: “Las fiestas reúnen —con la misma forzada camaradería de un viaje en barco o del servicio militar obligatorio— un cultivo representativo y desconcertante pero siempre esclarecedor de un determinado tiempo y espacio. Señales captadas, señales emitidas y piedad para todos aquellos que crean encontrar refugio o escondite en el corazón de una fiesta”.
McOndo nunca se ha reeditado y no parece posible que ocurra. Como dijo Fuguet: “Hay mucha gente que se asqueó con el prólogo”, entre quienes se encuentran algunos de los escritores antologados. Aquel prólogo es el texto que más ha resonado y circulado, muy por encima de los cuentos que lo siguen. “Lo que nunca se entendió —agregó Fuguet— es que era tongue-in-cheek, que había algo de hueveo en esto, había algo de punk, de chiste”, con lo que alude a sus pasajes más polémicos: “Si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh”.
El libro se lanzó en un McDonald’s, con cajitas felices para periodistas e invitados. “Y ahí yo dije, probablemente mientras alguien mascaba un cheeseburger, ‘arruiné mi carrera para siempre’. Pero bueno, las cosas tienen su vuelta”, sostuvo Fuguet, refiriéndose a este nuevo volumen crítico, el primero dedicado por entero a McOndo. Nulley-Valdés se identificó con su alegato contra las definiciones cerradas de qué es ser latinoamericano y decidió reivindicarlo: “Sentía que la gran mayoría de las lecturas del prólogo y de la antología estaban totalmente equivocadas, que fueron lecturas superficiales o que fueron lecturas malas; mala crítica, en realidad. Entonces, yo pensé que hay que (…) hacer una lectura más profunda, más contextualizada y rescatar lo que (yo entendía) era el gesto más importante de la antología, que era un gesto literario. No era una lucha política necesariamente, no era una lucha cultural, era más que nada una lucha literaria y eso quería enfatizar en mi análisis”.
A partir del ensayo “Teoría de la antología”, de Alfonso Reyes, el autor de McOndo Revisited dijo que “las antologías aparecen como producto de un hito histórico, o provocan el hito histórico. Yo creo que McOndo es de las dos”, por su ubicación en el declive del Boom y ante el llamado post-Boom, esa mezcla de novela rosa y realismo mágico de figuras como Isabel Allende o Laura Esquivel. “Podemos contar con una mano las que son antologías en el canon”, afirmó Nulley-Valdés, que defendió la idea de que McOndo es una de ellas y lo habría logrado justamente por su prólogo que “impone un discurso (…) y lo que provoca es toda una serie de reacciones, reacciones en gran parte negativas, que (…) sin querer, la terminan convirtiendo en una obra canónica”.
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“Minutos atrás —están aquellos que confunden el espíritu de una fiesta con el del espiritismo— alguien exhumó un viejo tablero Ouija de los fondos de una fiesta que ya no daba para más”, dice el cuento de Fresán sobre un homosexual reprimido y duplicado en una seguidilla de fiestas que despliegan su vida (im)posible: “La habitación de los abrigos —aseguraba Willi— es el corazón exacto de una fiesta. El irreductible santuario. El refugio adónde el guerrero arroja —al menos por unos minutos— sus armas y sus terrores para bailar desnudo”.
El lanzamiento de McOndo Revisited, que a su vez es una fiesta del treintañero McOndo, también tiene sus fantasmas. El más evidente es el de Sergio Gómez, el editor ausente, fallecido hace un par de semanas. Bisama, que expresó admiración por sus cuentos de Adiós, Carlos Marx, nos vemos en el cielo, sugirió que McOndo “es un libro que existe en la memoria, existe en la presencia, pero también existe como un fantasma sobre el que volvemos una y otra vez”. Y ante la pregunta sobre cómo definir lo latinoamericano, Opazo indicó: “Me gusta pensar el latinoamericanismo en crítica literaria como el ejercicio de cazar un fantasma: probablemente nunca lo vas a agarrar y lo que cuenta es básicamente de qué manera un texto puede responder a ese pie forzado, fantasmagórico, de tener algún lazo con esta región, ya sea porque fuiste desterrado por goce o dolor, porque vives ahí, porque la recuerdas”.
Bisama hizo notar que McOndo se publicó el mismo año que de Chile actual. Anatomía de un mito, el libro de Tomás Moulian que ajustaba cuentas con la transición, y el mismo año en que murió José Donoso. Fuguet destacó que Nulley-Valdés en su libro vincula su antología con Historia personal del Boom de Donoso. Opazo, por su parte, aludió al pasaje de Mala onda en que el protagonista tiene una nota deficiente en una prueba sobre Casa de campo por leerla literal y no alegóricamente: “McOndo terminó desestabilizando la forma en que nos enseñaron a leer. Lo más relevante terminó siendo que era un prólogo y era una antología que nos permitía volver a leer de manera literal. Y por otro lado, también esa libertad de no leer alegóricamente nos permitió reconciliarnos con el Boom”, ya que hizo evidente que aquellos autores mayores no calzaban tampoco con el molde con que se los vendió.
En respuesta a las preguntas del público al final de la presentación, Bisama propuso retrotraernos al siglo XIX y ver lo mcondiano en Andrés Bello, fanático del disruptivo Lord Byron, cuyo aro en el famoso cuadro de Raymond Monvoisin, que el prócer no habría tenido, podría estar ahí en alusión al poeta inglés; o en Rubén Darío, que se hacía la pregunta sobre la identidad desde una biblioteca leída con un francés champurreado, aprendido en Chile. Opazo aludió entonces a Poses de fin de siglo, de Sylvia Molloy, sus ensayos sobre “cómo estos grandes padres varones de la literatura latinoamericana, que con el tiempo fueron canonizados como la gente que se preocupaba de la identidad, en un minuto fueron personas muy incómodas, porque eran afrancesados, porque jugaban con una pose queer, porque la crítica no sabía qué hacer con ellos”.
Vistos así, los textos de McOndo son una pose de este otro fin de siglo, cuentos de juventud que, leídos ahora, con una distancia que coincide con la edad promedio de sus autores al momento de la publicación, ya no tienen tanto de broma sobre Macondo, sino algunos visos de espectral Comala. Estas poses ya no resultan disruptivas para nadie; las máscaras de sus autores, ahora más cansadas, nos son perfectamente habituales, y la fiesta en que se reunieron parece haber llegado a la hora de recoger los abrigos arrojados en la pieza. Pero el nuevo libro de Nulley-Valdés nos llama a revisitar esa fiesta tan polémica que todos se enteraron de ella incluso sin haber ido, a entender lo que significó este gesto para toda una generación de escritores y lectores, lo hayan leído o no.
Imagen de portada: de izquierda a derecha, Alberto Fuguet, Thomas Nulley-Valdés, Cristián Opazo y Álvaro Bisama.

McOndo Revisited, Thomas Nulley-Valdés, Bloomsbury, 2023, 290 páginas.
por Sebastián Duarte Rojas