El lugar de Chomsky o la caída de un ídolo

Referente de la izquierda en el mundo, hito de la filosofía del lenguaje, el intelectual que se acerca a los 100 años vio vinculado su nombre al del pedófilo Jeffrey Epstein: unos correos develados en enero mostraron no solo que eran amigos, sino que además le dio consejos sobre cómo hacer frente al revuelo mediático que siguió a las acusaciones.

por Juan Rodríguez Medina I 29 Mayo 2026

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Desde 1957, cuando publicó, con 29 años, su libro Estructuras sintácticas, Noam Chomsky tiene asegurado un puesto en la historia del pensamiento, en particular de la filosofía y la lingüística. Allí retomó dos ideas que no pasaban por un buen momento a la hora de entender los asuntos humanos: el innatismo y el universalismo. Según él, los seres humanos tenemos un aparataje, un “órgano del lenguaje”, tan innato como los pulmones, podríamos decir, que nos permite aprender y entender el lenguaje, y este, a su vez, sin importar los idiomas concretos, tiene reglas universales, o sea, existe una “gramática universal”. De ahí la rapidez y facilidad con las que los niños hablan y comprenden lo que hablan.

Chomsky, nacido el 7 de diciembre de 1928, en Pensilvania, Estados Unidos, también tiene asegurado un lugar en la historia del pensamiento y activismo político (o de los intelectuales comprometidos), gracias a la defensa de ideas y prácticas anarquistas o, más específicamente, anarcosindicalistas; y a partir de ahí, por sus críticas al capitalismo, la globalización y el imperialismo de Estados Unidos y sus aliados, y en favor de las clases trabajadoras y en general de los oprimidos y de lo que hoy se llama Sur global o, como lo diría él, por la libertad, la igualdad y la democracia: “El socialismo libertario puede considerarse, con toda propiedad, el auténtico heredero de los ideales liberales de la Ilustración”, dice en Sobre al anarquismo.

Incluso si se llegaran a refutar las ideas de Chomsky sobre el lenguaje, es difícil que ocurra algo que cambie el lugar que ocupa en esa historia; en la otra, en cambio, la de los intelectuales comprometidos, muchas veces convertidos en sabios de la tribu por quienes los siguen, sí ha ocurrido algo que tal vez no lo saque de la foto, pero sí cambie el juicio que se tiene sobre el puesto que ocupa: de referente pasó a decepción.

Desde 2005 Jeffrey Epstein era investigado en su país, Estados Unidos, por una serie de delitos sexuales contra niñas; investigaciones de las que se hizo parte el FBI en 2006. En 2008 el magnate financiero llegó a un cuestionado acuerdo judicial con la fiscalía, que le evitó enfrentar cargos federales a cambio de una condena estatal reducida, por solicitud de prostitución a una menor. El caso no trascendió.

Diez años después, en 2018, un reportaje de la periodista Julie Brown, publicado en el diario Miami Herald, identificó a al menos 80 víctimas de Epstein y destapó un caso que terminó con el millonario arrestado en 2019 por tráfico sexual de menores. Ese mismo año, el 10 de agosto, Epstein murió ahorcado en su celda sin llegar a ser condenado. Tras su muerte aparecieron documentos y testimonios que revelaron el alcance internacional de su red de explotación sexual, en los que han salido nombres de políticos, magnates y famosos asiduos a las fiestas que hacía.

En noviembre y diciembre de 2025 y enero de 2026 se difundieron los llamados Archivos Epstein, entre los que había correos y fotos que revelan que Epstein y Chomsky eran amigos, y no solo conocidos, como dijo en algún momento el filósofo. Las fotos son dos: en una se lo ve a Chomsky con Steve Bannon, el ultraderechista estratega y activista vinculado a Donald Trump y al movimiento MAGA, en una propiedad de Epstein; en la otra imagen, el filósofo comparte con Epstein en un avión privado.

No hay indicios y nadie ha acusado a Chomsky de ser parte de la red de explotación sexual de Epstein, de haber ido a sus fiestas o de estar involucrado en alguna ilegalidad. El asunto es que eran amigos, muy cercanos, según la descripción del propio filósofo en los mensajes publicados posteriormente. Ser amigo de un pedófilo, y de uno poderosísimo, parte de una suerte de oligarquía global sin dios ni ley, por supuesto que ha golpeado la reputación de Chomsky como intelectual público y defensor de buenas causas.

No hay una fecha exacta, pero se estima que la relación comenzó alrededor de 2015, en el MIT, el Massachusetts Institute of Technology, donde el lingüista era profesor y del que el millonario era donante. De ahí en más, desarrollaron una relación en la que Epstein, probablemente recurriendo a sus conocimientos y contactos en el mundo financiero, llegó a ayudar a su amigo en un enredo que tenía con sus fondos de jubilación.

¿Es solo la solidaridad con un amigo caído en desgracia? ¿Vale ese principio cuando la “desgracia” es haber abusado y creado una red de explotación sexual de niñas al servicio de algunos de los hombres —y a veces también mujeres— más poderosos del mundo? ¿Un hombre siempre inquisitivo del poder y de sus discursos, implacablemente lógico y racional, simplemente fue engatusado por el seductor Epstein? E incluso si obviamos lo más horrendo, los delitos sexuales, ¿qué hacía Chomsky en ese círculo social? ¿Ha caído un ídolo? ¿Por qué levantamos ídolos?

Si bien es muy probable que Chomsky no supiera nada de las acusaciones y la condena de 2008, el intercambio de correos es muy intenso en los años 2017 y 2018, o sea, cuando Epstein ya estaba siendo investigado y el caso era público. De hecho, según un artículo del diario El País, la reunión con Bannon la habría organizado Epstein para para pedirle consejo a los dos hombres, en las antípodas del espectro público, sobre cómo responder a la prensa ante el escándalo generado por las acusaciones en su contra.

¿Debía defenderse o callar? Eso le preguntó Epstein a Chomsky el 23 de febrero de 2019. “He visto el horrible trato que te están dando la prensa y el público. Es doloroso decirlo, pero creo que la mejor manera de proceder es ignorarlo”, le respondió el mismo día. “Lo que los buitres anhelan es una respuesta pública que, a su vez, proporcione una oportunidad pública para una avalancha de ataques venenosos, muchos de ellos provenientes de simples buscadores de publicidad o chiflados de todo tipo” y, agregó, en referencia al movimiento #MeToo: “Esto es especialmente cierto ahora, con la histeria que se ha desarrollado en torno al abuso de las mujeres, que ha llegado al punto de que incluso cuestionar una acusación es un delito peor que el asesinato”.

Por supuesto que la amistad con un delincuente no dice nada sobre la validez de las ideas de Chomsky, pero tampoco se puede obviar que no son solo sus argumentos lo que hacen de él la figura pública que es, sino también la integridad intelectual y por qué no moral que proyecta y/o se le atribuye. Y entonces no deja de ser significativo que se preste para aconsejar a alguien como Epstein.

¿Es solo la solidaridad con un amigo caído en desgracia? ¿Vale ese principio cuando la “desgracia” es haber abusado y creado una red de explotación sexual de niñas al servicio de algunos de los hombres —y a veces también mujeres— más poderosos del mundo? ¿Un hombre siempre inquisitivo del poder y de sus discursos, implacablemente lógico y racional, simplemente fue engatusado por el seductor Epstein? E incluso si obviamos lo más horrendo, los delitos sexuales, ¿qué hacía Chomsky en ese círculo social? ¿Ha caído un ídolo? ¿Por qué levantamos ídolos? ¿No son todos demasiado humanos?

Auscultar ídolos, decía Nietzsche, y seguramente Chomsky estaría de acuerdo, darles con un martillo para descubrir el sonido de algo hueco, lleno de aire, es una cura.

En 2023, el filósofo y lingüista sufrió un derrame cerebral que lo dejó en silencio, por lo que no puede defenderse. El 8 de febrero pasado, Valeria Chomsky, su esposa, publicó un comunicado en el que califica la relación que ambos tuvieron con Epstein como un “error grave” y afirma que desde que se reveló el alcance de sus crímenes ella y su esposo están conmocionados: “Fuimos negligentes al no investigar a fondo sus antecedentes. Fue un error grave, y por ese error de juicio, me disculpo en nombre de ambos. Noam me contó, antes de su derrame cerebral, que sentía lo mismo”, se lee. “Fue profundamente perturbador para ambos darnos cuenta de que habíamos tenido una relación con alguien que se presentaba como un amigo servicial, pero que llevaba una vida oculta de actos criminales, inhumanos y pervertidos”.

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