Carlo Ginzburg: vivir la historia, sentir la historia, amar la vida

Después de algunos días de la muerte de Carlo Ginzburg, a los 87 años, de escuchar sus múltiples entrevistas por todo el mundo, de ver imágenes suyas en un seminario o de leer diversas frases que han emergido en las redes sociales, por fin podemos sentarnos a pensar sobre la vida de un historiador que ha marcado a generaciones en la forma de pensar y hacer historia, pero también de comprender la profundidad de las humanidades.

por Rafael Gaune y Claudio Rolle I 23 Junio 2026

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Hace casi seis años, ante su desordenada biblioteca, un espacio colmado de vida y una metáfora de la curiosidad, Carlo Ginzburg, en una maravillosa entrevista —quizás una de las más íntimas—, habla sobre Cesare Pavese con la gris luz del octubre boloñés de fondo. Con un ritmo melancólico y profundo, con la maestría de la “lectura lenta” y sus obsesiones, termina dicho encuentro diciendo que los libros de Pavese “continúan vivos” y que, citando a Italo Calvino, un “clásico” es aquel “que nunca ha agotado todo lo que tiene que decir a sus lectores”. Ginzburg, que vivió en varias lenguas (la historia, la historia del arte, la antropología, la filología, la historiografía, la literatura y la lengua del ensayo como una escritura de potencialidades conjeturales), ya es un clásico y, sin duda, sus libros siempre han estado y seguirán vivos. Nos seguirán interpelando.

Después de algunos días de la muerte de Carlo Ginzburg, de escuchar sus múltiples entrevistas por todo el mundo, de ver imágenes suyas leyendo o hablando en un seminario, de leer diversas frases que han aparecido en las redes sociales, de revisar escritos sobre su vida y su obra, de ver fotografías de estudiantes con sus libros firmados y de hablar con colegas y amigos de él, por fin podemos sentarnos a pensar sobre la vida de un historiador y amigo que ha marcado a generaciones en la forma de pensar y hacer historia, pero también de comprender la profundidad de las humanidades. Su muerte es una ocasión para apreciar todo lo que entregó con particular pasión e imaginación al estudio de la historia y que permanece entre nosotros en ese legado múltiple, original y cercano, y que nos permite hacer, dentro de nuestras posibilidades, un “retrato de un amigo”.

Nacido en un año trágico y extremo, con el fin de la Guerra Civil española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Ginzburg vivió desde temprano la relegación de sus padres, el filólogo Leone Ginzburg y la escritora Natalia Ginzburg (episodio que esta recuerda en su libro Las pequeñas virtudes), y luego, a los cuatro años, la pérdida de su padre, detenido y torturado hasta la muerte por los nazifascistas en la cárcel de Regina Coeli, en Roma. Ginzburg creció en un ambiente marcado por la literatura y el arte, el conocimiento y el mundo editorial, ligado a la editorial Einaudi, que había tenido entre sus fundadores, en los años 30, a su padre, Leone, y en la que trabajó su madre durante muchos años. Así conoció un ambiente abierto y plural, lleno de estímulos ligados al compromiso con la construcción de una sociedad justa y libre, fundando la propia contribución desde el oficio de la historia.

Al llegar a la edad de elegir su campo de formación para la vida adulta, Carlo Ginzburg pensó en las posibilidades que le ofrecía la literatura y en el atractivo de la historia del arte, antes de optar por la historia. Una vez elegido este último campo, ingresó en la Scuola Normale Superiore di Pisa, donde tuvo maestros y lecturas que fueron determinantes en su modo de entender el oficio de historiador y en el desarrollo de su forma de practicarlo y comunicarlo. En esos años de formación, sus múltiples lecturas, que abarcaban los clásicos y las nuevas corrientes de la literatura italiana y mundial, la psicología, la antropología y otras formas de crítica y propuesta, lo condujeron a buscar su propio camino en la investigación histórica, dando vida a quienes ya habían pasado de este mundo, ocupándose de los olvidados y postergados, y esforzándose por “traducir” para su propio tiempo formas de vida de otras épocas.

Su formación juvenil y su erudición la pudimos apreciar en sus seminarios pisanos, en su regreso a Italia tras su paso por la UCLA, en los que se respiraba un verdadero ambiente de libertad intelectual, rigurosidad y respeto, y en los que se entendía que el taller del historiador parte del taller del filólogo: reconstruimos la biblioteca y las lecturas de Maquiavelo, e ingresamos en las complejidades de la comparación de las religiones y los ritos. Clases inolvidables que no queríamos que terminaran. Aunque nunca terminaron. Estábamos en sus hombros intentando ver el bosque.

“En el pasado se podía acusar a los historiadores de querer conocer solo la ‘gestas de los reyes’. Hoy, esto ya no es así. Cada vez ellos se dirigen hacia aquello que sus predecesores habían callado, descartado o simplemente ignorado. ‘¿Quién construyó Tebas la de las siete puertas?’ preguntaba el lector obrero de Brecht. Las fuentes no nos dicen nada de aquellos anónimos albañiles. Sin embargo, la pregunta conserva todo su peso”. Así escribía Carlo Ginzburg en el primer párrafo de El queso y los gusanos.

Estudioso de enorme sensibilidad, con una curiosidad sin límites y una cultura humanística de gran solidez, Ginzburg fue capaz de recibir y asimilar los trabajos de grandes autores, especialmente de algunos historiadores. Entre estos últimos, el primero es Marc Bloch, a quien no llegó a conocer, pues los nazis lo asesinaron en 1944, pero también otros como Delio Cantimori, Arsenio Frugoni y Arnaldo Momigliano, que dejaron huella en su obra y lo impulsaron a desarrollar un camino abierto a la comprensión de la vida en la historia, basado en el rigor del trabajo con las fuentes y en la necesidad de buscar la verdad de ese acontecer, prestando atención al escrutinio severo de los testimonios voluntarios e involuntarios llegados desde el mundo del pasado, como pruebas que sustentan la interpretación histórica. En este sentido, Carlo Ginzburg fue un representante extraordinario de una nueva forma de indagar y explorar la vida en el tiempo y en sociedad, buscando expresiones de esa humanidad olvidadas, ignoradas o silenciadas, reconociendo sus huellas y vestigios, siguiendo los indicios que permiten conjeturar sólidamente para devolver a la vida a esos hombres y mujeres de otros tiempos y lugares, y hacerlos nuestros contemporáneos.

La vida de Ginzburg y la de la historiografía contemporánea cambiaron cuando el historiador, que por entonces tenía 37 años, publicó El queso y los gusanos. El cosmos de un molinero del siglo XVI, en 1976. Esta obra revolucionó muchos aspectos del trabajo de la historia al proponer una forma de trabajar las fuentes y sus mediaciones, con clara conciencia del peso de la tradición historiográfica y del cambio que, desde finales de los 60, comenzaba a vislumbrarse en los modos de hacer historia.

“En el pasado se podía acusar a los historiadores de querer conocer solo la ‘gestas de los reyes’. Hoy, esto ya no es así. Cada vez ellos se dirigen hacia aquello que sus predecesores habían callado, descartado o simplemente ignorado. ‘¿Quién construyó Tebas la de las siete puertas?’ preguntaba el lector obrero de Brecht. Las fuentes no nos dicen nada de aquellos anónimos albañiles. Sin embargo, la pregunta conserva todo su peso”. Así escribía Ginzburg en el primer párrafo del libro, abriendo un horizonte de trabajo y descubrimiento para la historia, prestando atención a las voces que nos llegan del pasado, a las vidas mínimas, a los silencios y a los discursos, al tiempo ordinario del trabajo, a los anónimos y a los notorios. Aprendimos, con él y con Menocchio, que a través de los detalles y los márgenes podemos entender las complejidades de un contexto de circulación de ideas.

Ginzburg devolvió a la vida a Domenico Scandella y dedicó una parte importante de su vida y energía a sostener este modo de hacer historia, que comenzó a denominarse microhistoria, con su dinámico juego de escalas y su atención a los detalles, aparentemente insignificantes, pero elocuentes para quien sabe ver y leer con cuidado las huellas de la humanidad. Nos recordó al “ogro de las fábulas” que mencionaba Bloch y nos invitó a prestar atención a los indicios, a las pistas faltantes, a los lapsus y los errores, para descubrir la presencia humana y comprender su comportamiento. La imagen cinegética de su extraordinario artículo titulado “Indicios. Raíces de un paradigma indiciario”, reafirma esa pulsión por querer conocer y comprender que desbordaba el trabajo de Ginzburg.

Con una cultura amplísima y una extraordinaria “libertad de movimientos” que le permitía establecer vínculos inéditos y diversas posibilidades de asociación, Ginzburg favoreció el encuentro de formas de apreciar la vida y la cultura, dialogando con historiadores y estudiosos de las artes y las humanidades. De este modo, entabló un diálogo fructífero con pensadores y escritores muy variados. Generoso con sus conocimientos, ideas e inquietudes, sabía introducir a sus lectores, estudiantes y colegas en los espacios y vidas que amaba y transitaba. Aby Warburg fue una figura de referencia para Ginzburg, con quien dialogó permanentemente y a quien presentó a sus lectores. Algo similar sucede con su amor por la obra de Bloch, que fue para él un estímulo permanente hasta el momento de su muerte. Atento a las formas y a los modos de representar la vida en el tiempo y el espacio, escribió sobre un amplio rango de temas, expresión de ese interés por la humanidad que no conocía confines y que le permitió mirar lo grande y lo pequeño, escribiendo obras de largo alcance temporal y espacial, como ocurre con Historia nocturna, que está en diálogo con el resto de su obra.

Sobre todo, Ginzburg resulta un ser luminoso —para nada iluminado, dado su fuertísimo sentido crítico y su irrestricto apego a la búsqueda de una verdad razonada y fundada en pruebas— que amaba el oficio de la historia con una intensidad que se hacía evidente no solo en sus textos, sino también en su capacidad para debatir y dialogar.

Aby Warburg fue una figura de referencia para Ginzburg, con quien dialogó permanentemente y a quien presentó a sus lectores. Algo similar sucede con su amor por la obra de Bloch, que fue para él un estímulo permanente hasta el momento de su muerte.

Tuvimos la oportunidad de conocer estos aspectos en Italia o en visitas a Chile, donde compartió con generosa espontaneidad sus impresiones y entusiasmos, como cuando, en 2018, en Valparaíso, quedó muy sorprendido por el monumento a Colón y guardó ese recuerdo durante mucho tiempo, citándolo en los debates sobre cancelaciones y revisionismos. También quedó encandilado por los cielos y estrellas de San Pedro de Atacama, que volvió a encontrar por “casualidad” en un grabado romano de la Histórica relación del Reino de Chile, de Alonso de Ovalle, de 1646. Imaginativo, rápido y oportuno en sus observaciones, fue un gran conversador con el que siempre se aprendía algo, como cuando, en ese mismo viaje de regreso de Valparaíso, discutimos sobre el grabado “Aún aprendo” de Goya y de un posible viaje a Chiloé para conocer las iglesias jesuitas.

Consciente de ser quien era, Carlo Ginzburg representa a la especie de los sabios que se resisten al envanecimiento y saben aprender de todos y de todas partes. Pudiendo ser severo y durísimo en su crítica, nunca lo abandonó su sentido de la humanidad y por eso recordarlo ahora es un motivo de alegría por cuanto entregó, enseñó y compartió, y una ocasión de reafirmar ese compromiso por el amor a la vida, quizás la más fuerte pulsión en los historiadores e historiadoras.

En una de sus últimas apariciones académicas, en febrero de 2026 en Bolonia, durante una multitudinaria presentación de su libro El vínculo de la vergüenza, dejó una frase que debemos seguir con atención y reflexión: “El país al que pertenecemos no es, como quiere la retórica, aquel que amamos, sino aquel del que nos avergonzamos, o del que podemos avergonzarnos”.

Dada la situación actual del mundo, deberemos volver una y otra vez a esa idea de “vergüenza” que cambia con los tiempos y que nos ayuda a entender los límites mismos del individuo y de los confines de una comunidad. En “Un lapsus de Marc Bloch”, su último ensayo publicado, se nos muestra a un pensador que estudió y reflexionó hasta el final sobre el método y la memoria involuntaria. Aunque, quizás, el verdadero lapsus haya sido que su muerte se produjo en las vísperas de la panteonización de Bloch en París, el 23 de junio de 2026.

Nos enseñó a vivir en la “euforia de la ignorancia” y a ser nuestros propios “abogados del diablo”. Incluso a él debemos “leer entre líneas”. Pero, sobre todo, aprendimos que debemos “desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la trama de nuestro estar en el mundo”.

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