Agua bajo el puente

Mis cambios de opinión, de Julian Barnes, puede ser leído como una sutil resistencia en una época de diagnósticos rotundos y, no pocas veces, indiferentes al otro. Moviéndose entre la memoria, el lenguaje y la política, el autor de El loro de Flaubert realiza un ejercicio de empatía y humildad que subraya la condición móvil del pensamiento y, por supuesto, del ser humano.

por Milagros Abalo I 6 Julio 2026

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La necesidad de establecer una identidad obliga al ser humano a andar con sus opiniones fijas en la solapa, mientras más alta la voz y las mayúsculas para decir, más coherente parece quien las dice, y esa línea recta, sabemos, es signo de respetabilidad y rentabilidad en esta tierra. Como si la realidad que vive alterándose y alternándose nunca afectara a ese alguien y, por lo tanto, a sus opiniones no las pusiera patas arriba. Siempre me he preguntado cómo hay quienes pueden estar tan seguros de lo que piensan. Quizás vivir así, enfundados de una vez y para siempre en la idea fija, sea mucho más fácil que asumir que nuestro yo es algo complejo, en parte inalcanzable. “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”, es una famosa frase de Carlos Caszely que revela algo de lo que todos y todas estamos constituidos, de contradicciones, por lo tanto, de cambios de opinión.

Antes de Despedidas, Julian Barnes publicó un pequeño ensayo titulado Mis cambios de opinión, una saludable lectura para estos tiempos donde las opiniones, en particular y en general, se erigen salpicadas de rigidez. A partir de cinco ejes (Los recuerdos, Las palabras, La política, Los libros, y La edad y el tiempo) el autor avanza y piensa la cuestión de los cambios de opinión desde una perspectiva personal capaz de alumbrar lo común. Entiende que el pensamiento es un proceso mental vivo y en permanente transformación, y la primera prueba de ello son los recuerdos que van cambiando o que, confrontados con otra persona que vivió lo mismo, resultan diferentes. Pienso por ejemplo en las versiones de una pelea entre un padre y un hijo en la infancia, y que a la luz de la adultez que saca los trapitos al sol, cada recuerdo es diferente. “Los recuerdos se deterioran”, escribe Barnes, y agrega que muchas veces están más cerca de la imaginación que de la recuperación de un pasado. Así como cambia la memoria, cambia nuestra opinión sobre los hechos.

Se ríe Barnes de aquellos que aduciendo a la idea de coherencia nunca se mueven de sus lugares de pensamiento, cuando pensar implica ser capaz de desplazarse, y lo que es más importante, de ponerse en entredicho. ¿Cómo es posible, si pasa tanta agua bajo el puente, pensar igual que hace 20 años? Esto tiene que ver en parte con haberse casado con algún tipo de dogmatismo, ya sea religioso, político, etc. En parte también por ignorancia o pereza, la cosa es que el resultado es igual. La gente que opina lo mismo se junta con gente que opina lo mismo, para reafirmar las opiniones de un círculo que no se abre a confrontar sus ideas, probablemente por miedo a que sean puestas en duda o por simple negación, pues hay una mirada en menos hacia el que no piensa lo mismo, o lisa y llanamente una no mirada hacia el otro. Y cuando sus opiniones son cuestionadas, se alteran, como si la posibilidad de poner a pensar al pensamiento lejos de su radio habitual fuera algo peligroso, inadmisible para la bota de la certeza que avanza a paso firme, sin preguntas. Esto llevado al extremo da nacimiento a los autoritarismos, no es novedad, por eso se eliminan o expulsan a aquellos que opinan diferente, y se suprime la condición básica del pensamiento: su libertad.

Cuando habla de política Barnes dice que “son conversaciones que parecen consistir en que una persona declare su postura o sus prejuicios, con datos en la mano, y el de enfrente haga lo mismo pero con la conclusión opuesta”. Por eso es que los debates políticos son la instancia donde nadie cambia de opinión, justamente siendo ese el juego de la política. Como votantes, señala, podemos movernos un poco más acá o más allá de nuestra orilla original, y ocupa la palabra principios.

Aun cuando no lo menciona directamente, surge pensar la cuestión del orgullo ligado a los cambios de opinión, el ego encadenado al momento de revisar nuestros juicios, de dar pie atrás. (…) No hay línea recta como enseñan la Historia en el colegio, sino al decir de Francis Picabia, ‘tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación’. Todos estos cambios de opinión, claro está, son sobre la base de lo capital, lo considerado irreductible.

Sobre los libros, la música, los gustos, podemos variar; un libro que no nos entró en un momento puede que en otro cobre sentido, o no, como decía Borges, y ese libro no estaba hecho para ti. O estaba hecho para otro momento de ti, uno en el que lo leemos arrastrando nuevas experiencias que vienen a sumarse e iluminar la lectura, el goce de encontrarse o reencontrarse con ese libro, por eso la relectura es inútil si queremos confirmar lo que pensamos. Considerar que podemos equivocarnos en nuestra apreciación o juicio respecto de un libro es fundamental. En el capítulo “Las palabras”, Barnes habla de lo conservador de los absolutismos lingüísticos que consideran que el lenguaje se hace de una vez y para siempre. La lengua, dice, vive en un estado de movimiento; no es pura, como tampoco quien la pronuncia.

La última parte del libro, “La edad y el tiempo”, es casi una despedida en su capa profunda: termina pensado el duelo. Hay un efecto del tiempo sobre el pensamiento, señala Barnes, que hace que vaya variando por su condición de transcurrir inestable. Cuando niños, dice, se mira la vida de los adultos como un tiempo estable, y de adultos nos damos cuenta que la vida solo está hecha de inestabilidad. La adultez en parte se trata de gestionar esa inestabilidad, sobre todo frente a los hijos, y eso implica, inevitablemente, revisar nuestros puntos de vista: “El amor, la paternidad, la muerte de un ser querido: son hechos que reorientan nuestra vida y que muchas veces nos llevan a cambiar de opinión”, escribe el autor.

Aun cuando no lo menciona directamente, surge pensar la cuestión del orgullo ligado a los cambios de opinión, el ego encadenado al momento de revisar nuestros juicios, de dar pie atrás. Cada paso que avanzamos con certeza puede ser para el Tiempo dos pasos perdidos, dos pasos en falso, o uno adelante, quien sabe. No hay línea recta como enseñan la Historia en el colegio, sino al decir de Francis Picabia, “tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación”. Todos estos cambios de opinión, claro está, son sobre la base de lo capital, lo considerado irreductible. No recuerdo a quién le leí una vez: lo que pienso cuando despierto, lo despienso cuando me acuesto. O quizás transformé algo que leí, como pasa con los recuerdos; en fin, tantas vidas en una y su tránsito cada vez más rápido. Saber rumiar con atletismo de cabeza abierta a la luz de sí y del mundo, parece en esta época una forma de resistencia.

 


Mis cambios de opinión, Julian Barnes, traducción de Jaime Zulaika, Anagrama, 2025, 72 páginas, $16.000.

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