Horadar el pasado

Dónde puedo dejarlo, la nueva novela de Alejandra Costamagna, relata lo que le sucede a Manu después de que desaparece su amiga Mara, quien pasa de ser una estudiante secundaria a participar en un grupo de insurgencia que opera en los momentos finales del gobierno de Pinochet y los primeros años de la Transición. La narración hurga en la violencia desde lo íntimo, en un puñado de momentos fragmentarios, piezas de un enigma, ecos de voces, susurros vueltos anotaciones.

por Álvaro Bisama I 10 Agosto 2026

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Hay una línea ahí, la que corresponde a la tradición de una literatura chilena de la intimidad, escrita muchas veces a partir de fragmentos y epifanías quebradizas acerca del mapa de un paisaje hecho de afectos. En esa lista quizás es posible encontrar una tradición, fundada en el lazo que une libros y momentos tan disímiles como Alhué (1928), de González Vera; Playas de fuego (1996), el poemario póstumo de Bárbara Delano, y Balneario (1993), de Adolfo Couve, con los momentos más delicados de las desventuras que escribió Manuel Rojas acerca de Aniceto Hevia, entre 1951 y 1971. En esa tradición posible no importan los géneros, esas distancias inverosímiles (por lo menos para un lector chileno) que separan la novela del poema.

Alejandra Costamagma ha habitado ese lugar, ese espacio, desde sus primeras novelas. Su obra describe lo íntimo como un gesto (literario, político, biográfico) donde muchas veces el mismo acto de narrar está definido por lo que se mueve entre líneas como revelaciones sordas y a la vez demoledoras. Este gesto, que corresponde tanto a una forma de entender la lengua como de proponer una poética de la novela, era un elemento sustancial en los relatos incluidos en Animales domésticos (2011) o en Imposible salir de la Tierra (2016), al punto que en su novela El sistema del tacto (2018) se volvía una pregunta formal sobre los límites de la novela como género en su tensión con el espacio de la memoria. Ahí la narración del pasado, puesta en abismo desde el presente, no podía sino funcionar desde la fragmentación y la exhibición de sus propios materiales y recursos, siempre en suspenso, quebradizos e insoslayables.

Dónde puedo dejarlo, su última novela, se pregunta qué significa ahora mismo esa búsqueda. “Cómo saber si, mientras la ciudad va convirtiéndose, allá atrás, en un punto lejano a medida que el bus se interna en la llanura, ella podrá recolectar un puñado de recuerdos, un puñadito que la sostenga antes de que todo se desdibuje”, especula Manu, la protagonista. En el libro se relata lo que le sucede una vez que desaparece su amiga Mara, quien pasa de ser una estudiante secundaria a participar en un grupo de insurgencia que opera en los momentos finales del gobierno de Pinochet y los primeros años de la Transición.

Manu espera sus mensajes mientras recorre la ciudad que conocieron juntas y repasa las vivencias en las que se funda su lazo. Así, vuelve a las experiencias escolares mientras afina un diccionario privado de voces extranjeras (una lengua del desarraigo y de la pena, quizás) y visita a Juan, el padre de Mara, que sigue celebrando su cumpleaños a pesar de que la muchacha no está, de que tiene otra vida en la clandestinidad. La duda de qué pasó con ella (“Otra vez cambiar de nombre, otra vez color de pelo, timbre de voz, fecha de cumpleaños, modo de estornudo, caligrafía, genealogía, alergias”, dice en un momento) define a Manu y es hacia donde se fuga mientras cuida a su gata, comienza su relación con un fotógrafo y equilibra como puede los primeros momentos de su vida laboral.

Nada estalla. Todo sucede a la distancia mientras la realidad se despliega en una colección interminable de hechos que deben ser leídos en clave, pues construyen una trama paralela, ya que la vida de Mara es tan invisible como insoslayable, mientras Manu se pierde en el recuerdo que parece envolverla.

Dónde puedo dejarlo planea sobre los hechos y las cosas con una distancia hecha de una ternura nerviosa, como si se estuviese despidiendo de los personajes y del mundo que relata, pero también convocándolos, buscando señales de reconocimiento para fijarlos ante el lector para que no desvanezcan, algo que incluye la misma identidad de la protagonista.

La experiencia narrativa, antes que afirmarse en la certeza, la claridad o una moral nítida, se sostiene en la fragilidad de ese misterio, en los contornos de una duda que especula una historia inventada. “Tuviste la sensación de estar velándola. Era una fotografía de archivo, no era una imagen nueva. Una foto en blanco y negro, que creaba un efecto atemporal, el tiempo congelado en el artificio de una luz que no correspondía al color del mundo. Una cara sin sombras. La miraste mucho rato, intentando descifrar alguna clave en esa figura distorsionada”, leemos. Ambientada en un momento bisagra de la historia política chilena, la novela existe en ese roce, en ese intersticio, en el pliegue de un país y un imaginario que cambia y se deforma: mientras Manu cuida a Juan luego de un accidente, el gobierno de Chile envía un iceberg a la Exposición Universal de Sevilla.

Como un fantasma que se comunica desde la ausencia, Mara existe al fondo y es retratada como una pregunta, una silueta hecha de duda y silencio, desde los detalles de su vida secreta. Eso la vuelve un signo que permite comprender a su época, ese momento extraño donde la dictadura se acabó, pero no desapareció del todo: quedaron sus gestos y modales, el imaginario de sus héroes y víctimas y, sobre todo, el lenguaje crispado de lo que no debía ser dicho.

La novela está escrita desde esa paradoja, desde un claroscuro feroz que cobra sentido en un momento donde la verdad histórica (las razones del golpe militar, la responsabilidad de los violadores de derechos humanos, el horror extendido sobre las instituciones y los cuerpos) parece ser relativizada una y otra vez desde los dircursos oficiales. En la novela, entonces, lo político consiste en hurgar los ecos de la violencia desde lo íntimo, como un puñado de momentos que no dejan de horadar el recuerdo, convirtiéndose en fragmentos, piezas de un enigma, ecos de voces, susurros vueltos anotaciones.

La narración vuelve sobre el pasado por medio de ráfagas o destellos, en epifanías hechas con los hilos y voces de lo cotidiano, haciendo que los hechos de la Historia retornen como ecos de lo que existe en las habitaciones de la juventud, entre los pósters de rockeros muertos y la paranoia de la vigilancia total de la dictadura. “Tuviste la sensación de estar absorbiendo la calle para presentársela a Mara en alguna dimensión imaginaria. Pasaste frente al edificio que había sido centro cultural y ahora era farmacia. Mira, ahí fue la fiesta de los corazones duros, ¿te acuerdas? Mira, aquí le llegó un balín a Isa en una marcha. Mira, allá tomábamos malta con huevo y nos mareábamos al segundo vaso, ahí te enseñé a fumar y hacer argollas con el humo y tosiste toda la noche”, recuerda Manu.

Por lo mismo, quizás la ficción funcione porque es un arte capaz de convocar fantasmas. Costamagna lo hace con Manu y Mara. Construyendo un tiempo propio, la novela es donde se encuentran, donde pueden seguir viviendo, perdiéndose y reencontrándose una y otra vez. De este modo, Dónde puedo dejarlo planea sobre los hechos y las cosas con una distancia hecha de una ternura nerviosa, como si se estuviese despidiendo de los personajes y del mundo que relata, pero también convocándolos, buscando señales de reconocimiento para fijarlos ante el lector para que no desvanezcan, algo que incluye la misma identidad de la protagonista. “No sabía si le hablabas a ella o te hablabas a ti, a la muchachita que también habías sido”, leemos que dice Manu de sí misma. De este modo, la novela indaga en los rituales de lo cotidiano, entendiéndolo como un territorio de lo perdido, tratando de huir de un tenso horizonte hecho olvido. En ese lugar, la literatura brilla como el reverso del documento volviéndose una forma fantasma del archivo, usando esos recuerdos inciertos que luchan consigo mismos para elevarse como ficción, desplegando aquel catálogo de afectos desaparecidos y rescatados que es la novela.


Dónde puedo dejarlo, Alejandra Costamagna, Anagrama, 2026, 184 páginas, $24.000.

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