Informe de daños

La muerte de un químico que trabajó para los aparatos represivos de la dictadura (trasunto de Eugenio Berríos) es el punto de partida de Informe de daños, novela de Nicolás Vidal que se presentó la semana pasada en la librería Nueva Altamira. Reproducimos a continuación el texto leído por Bernardita Bravo Pelizzola, quien destacó tanto la oscuridad del relato como sus puntos de fuga, o abiertos, que son los que a su juicio más interpelan al lector y que, a fin de cuentas, distinguen a la buena literatura.

por Bernardita Bravo Pelizzola I 29 Septiembre 2026

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La literatura, tupido velo, tiene una relación estrecha y singular con lo abierto. Un relato se cierra en sus últimas páginas, su último párrafo, pero no elimina la posible incertidumbre; de hecho la conserva o la desplaza, como ocurre con el final de Informe de daños. ¿Por qué su autor, Nicolás Vidal, elige esta vez la ficción para entrelazarla con parte de la historia real de Eugenio Berríos (Hermes Bravo en la novela, el alias que utilizaba como miembro de la DINA)?

Una trama cerrada no tiene zonas oscuras ni puntos de fuga; se escribe exhaustivamente hasta que ya no queda más por contar. Pero la historia que se elige narrar, la de Berríos, tiene demasiados misterios, entre comillas, porque misterio es un eufemismo para contener y a la vez develar lo turbio, la extrema crudeza y crueldad, y conjugar a Berríos con la historia de un personaje de ficción, la de un profesor de historia, Marcelo Sánchez, una persona común y peculiar por lo solitario, por el vínculo dependiente con su madre, por esa candidez y simultáneo morbo, por ser temeroso y temerario, por acarrear, igual que muchos, el trauma de la dictadura como esquirlas en el esófago, y la sensación de que su adolescencia consistió en un toque de queda ininterrumpido.

La dupla ficticia entre Hermes, aquel que se creyó omnipotente, y Sánchez, que se obsesiona con la maldad, enriquece esa macro trama de los aparatos políticos y los integrantes que materializaron el horror de la dictadura; la enriquece para reinventar la Historia y permitir así que se revisite: la novela, como la memoria, avanza por asociación, por insistencia, por rumiación. El pasado no se ordena: se reconsidera para desempolvarlo y hacerlo polvo de nuevo.

Escribir es descorrer el velo, con sutileza y arrojo: se parte de una imagen, una situación, una frase, una idea precisa; pero en el transcurso de la escritura aparece una zona indómita: un personaje adquiere relevancia, aparece una decisión imprevista, una palabra bota a otra y recoge una mejor, una escena inicialmente secundaria agarra fuerza, un detalle emite un destello que insta a reorganizar lo anterior.

Sánchez arranca su búsqueda a partir de un papelito que le pasa la madre senil, y traspasa los límites de su realidad para ingresar a un mundo siniestro donde el mal lo obliga a expandir, a desentrañar, a estar con otros y ensanchar la investigación con aristas insospechadas y más tenebrosas que la de los expedientes, pero también, a desear que las palabras y la memoria de su madre sean precisas y perfectas, lo cual está lejos de suceder.

La madre se desdibuja con el tiempo y al mismo tiempo contribuye a dibujar la búsqueda, desde esa zona opaca donde la conjetura no se puede eludir:

¿Qué tiene que ver el asesinato de Hermes con dos niños que buscan el cadáver de un bandido? No tengo idea, pero siento una libertad desconocida, un impulso por desviarme y detenerme en cualquier cosa que me llame la atención, como un gato que curiosea dentro de un clóset. Si me conduce a alguna parte, ideal, pero quizás solo me basta con encontrar buenas historias que despierten a mi madre. Al final, todo se trata de eso.

Esa falsa ilusión, ingenua además, de recobrar a su madre, distinguen al personaje: Sánchez se debate entre el ensimismamiento del niño, el atrevimiento del joven, y la regulación del adulto, pero ese deseo de retener a la madre es también una metáfora. En las épocas de crisis y convulsión, las generaciones portan nuevas esperanzas y desesperaciones, no hay continuidad y la generación pasada se eterniza en el poder. La madre es también esa metáfora que nos apunta con el dedo e imagino que dice: no olviden, no olviden, que es fácil dormirse en los laureles de este presente ciego, sordo y mudo, convertidos en pobres almas con cadáveres a cuestas.

La dupla ficticia entre Hermes, aquel que se creyó omnipotente, y Sánchez, que se obsesiona con la maldad, enriquece esa macro trama de los aparatos políticos y los integrantes que materializaron el horror de la dictadura; la enriquece para reinventar la Historia y permitir así que se revisite: la novela, como la memoria, avanza por asociación, por insistencia, por rumiación.

Lo conjetural es angular en el relato del narrador protagonista, que debe inferir los cabos sueltos, las omisiones de quienes lo ayudan a encontrar nuevas piezas, y a asumir que no conseguirá la exactitud ni lo diáfano; lo mismo ocurre, quizás en la relación próxima y distante entre autor y lector, cuando quisiéramos saber cuestiones al margen de la historia y propias de quien escribe: ¿goza, se impacienta, duda, se emociona u obsesiona al escribir esta escena o la otra? El novelista tiene licencia para mentir y para encubrir esos estados más bien íntimos mientras ficciona. Tanto el autor como el narrador se entregan a la posibilidad de lo incierto.

Luego está el propio Hermes, que tiende, como químico, hacia objetivos específicos y premeditados, hasta que la euforia y los mismos excesos que lo llevan a actuar de manera segura suprimen esa relación. Termina avanzando sin saber hacia dónde va, ya no sabe si su final se parecerá al que imaginó en un principio. Se comporta como ídolo alimentándose de la adoración —dice que a él no le puede suceder nada, que haciendo “así no más” liquida a cualquier persona, que es de roto matar con un arma de fuego—, y una vez que carece de adoración y aparece la decadencia, vive en estado de fraude. Como cómplice y colaborador, inventa experimentos de aniquilación y degradación mientras él mismo se vuelve abisal y se convierte más y más en un personaje; por ende, como personaje literario tiene una función precisa dentro la ficción: introduce variables allí donde se esperan historias ya sabidas o repeticiones, exacerba el sinsentido de los actos siniestros, rompe la idea de rebaño. Se le muestra como una bestia incansable dentro de ese rebaño.

Para terminar, quiero hablar de la soledad: para Sánchez, lo familiar (su madre) de pronto se vuelve extraño, y al dejar de sentirse en casa, intenta recobrar esa sensación de hogar con ayuda de lo externo, empeñado en reconstruir una historia ajena y enajenada que en alguna zona silenciada por la madre, nunca develada, tiene que ver con ella. Lo extraño y lo familiar son caras de una misma moneda y la vida íntima es, como sabemos, inseparable de lo que a veces creemos distante: ambas pueden asomarse, ilegibles y espeluznantes, e inesperadamente otorgar una especie de nueva hospitalidad. El pequeño gran acto heroico de Sánchez en su vida común y también poco corriente, le otorga dignidad a la relación con su madre, moviéndose entre la fragilidad y la tenacidad de un hijo que quiere seguir siendo hijo.

Con la buena literatura pasa algo semejante: introduce una anomalía e insta a reconsiderar el conjunto, deja abierto el horizonte de sentidos. Ningún buen relato responde todas las preguntas que genera y eso despunta una especie de soledad acompañada, para quien escribe, para quien lee. Este párrafo de la novela ilumina lo anterior:

Llego justo cuando a mi madre le están cambiando los pañales. Espero afuera. En una esquina del patio hay hojas secas, amontonadas en un cerrito que se apoya con suavidad entre dos paredes amarillas. Mis ojos se concentran en sus pequeñas laderas, una pendiente perfecta que parece haber sido moldeada con una peineta. Me acerco, con disimulo, y comienzo a pisarlas. El crujido que emiten al romperse tiene algo hipnótico. Siento el poder de desatar un pequeño caos.

Quizás Vidal encuentra en la ficción un alivio, la fantasía le permite jugar con aquellas aberraciones históricas, con la paradoja de la memoria, la manipulación del relato, no para entenderlos, sino para explorarlos, arriesgarse. Así como la dicha o la ternura más que describirse se experimentan y mucha palabrería pueden asfixiarlas, lo macabro deja a las palabras ante un abismo. Ya se sabe: donde no hay imaginación, no hay horror.

 


Informe de daños, Nicolás Vidal, Alquimia, 2026, 162 páginas, $18.000.

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